domingo, 14 de marzo de 2010

Mira las farolas de la ciudad,
un firmamento caído sobre el asfalto
que añora el vacío oscuro del cielo negro
y repudia el vacío oscuro de nuestras vidas
apagadas.
Luces que tiemblan de miedo
ante crímenes de los que son testigos
y aguardan con ansia el alba
para dormir sus sueños
inconexos.
Luces que acechan nuestras ventanas,
observando techos y persianas,
espías del acto de amor
que contemplan ilustres
el brillo de algún
televisor.
Pasean a solas por las calles
sin un alma
y contemplan sin prisas
la autopista
viendo crecer la hierba
en los arcenes de su vida.
Mueren desapercibidas
durante el día
y son lloradas de noche
en la sombra
que dejaron.
Son nuestras estrellas cercanas,
a tiro de piedra
si la puntería es buena,
son constelaciones sin nombre
que nunca nombran
los poetas.
Son el sol que hemos creado
y acompañan a la Luna
en su baile de noche
como camareras del banquete.
Y los borrachos en traslación
rotan
en torno a ellas abrazados
cantando sus penas
como grillos
a la medianoche
iluminada.

sábado, 13 de marzo de 2010

Había una bala con mi nombre.
Pero no era bala, era beso.
Caí herido desangrado
y tú amaste mi cadáver
tieso.
Un sofá compartido
con la desgana y el
aburrimiento
arañaba mi culo
huesudo
y el hombre-
cillo
del televisor
sonreía aburrido
desalmado
y sin alma.
Nena
de gafas corazón,
rojas
como tus labios
de sangre,
cubre tu pelo
una noche
de estrellas
ocultas
en la que duermen
suspiros
de mí fugitivos.

martes, 9 de marzo de 2010

Siento un odio insaciable hacia mí mismo. La necesidad de arrancar mi puta piel a tiras y tumbarme delante de un tren, arrancarme los ojos con las uñas, tirar de mis venas y sacarlas como cableado eléctrico de mi carne, prenderme fuego, saltar al vacío y estallar contra baldosas, explotar por un sentimiento bomba y morir de manera lenta y dolorosa. Siento la necesidad de hacerlo todo a la vez, por ti, como penitencia y como advertencia. Para demostrarte que voy en serio, que puedes contar conmigo. Para ser un mártir de tu espera. Ardo en llamas de PUTO ODIO y los dientes me castañetean, se rompen, se incrustan en mis encías podridas de sufrimiento. Mi cuello se tensa como una cuerda hasta que se rompe y grandes chorretones de sangre tocan el techo e incluso la cúpula del cielo. Mi vómito es tan fuerte que rompo una ventana. Odio en estado puro cada puta célula de mi maldito cuerpo: la cojo, la abrazo y le susurro unas palabras mágicas para que se muera, para que engendre cáncer, para que crezca en tumor. Quiero pudrirme en vida y morir chillando mientras mis propias células se arrancan a mordiscos de mí. Quiero que mi alma rasgue vestiduras de idiota, separe el ceño de subnormal y escape libre de este cráneo infecto, contenedor de basuras hediondas e innecesarias. Deseo que mi corazón se derrita y deje de apestar a mierda podrida y que los dedos de mis manos y de mis pies tiren de sí mismos para arrancarse de mí. Que se me metan en los ojos, en la boca, que me atraganten y me impidan respirar. Igualmente mis pulmones deben cruzarse de alvéolos y negarse a bombear. Mi cerebro se secaría entonces, lleno de sangre sin oxígeno, y al menos tendría una excusa para no pensar estupideces y no sentirme presa del absurdo. Deseo que exista un dios vengador, sádico y minucioso, que coja cada centímetro de mi cuerpo y lo penetre con su polla llena de sífilis. Que el pus apestoso corra por mis poros y estallen en granos de mierda chorreante. Quiero sentir que estas palabras se clavan como órdenes en mi lista de quehaceres del subconsciente para que este me bombardee desde dentro con bombas que esparzan cada mota de mi cuerpo en kilómetros a la redonda. Estallar bajo una bomba nuclear, asfixiarme en una cámara de gas, alojar balas perdidas de fusilamientos olvidados y poner mi cuello en horcas ajenas, así como guillotinas. Quiero que mi cabeza ruede cuesta abajo vomitando incongruencias y que corten mi polla y se la echen a los cerdos. Qué coño, que me echen vivo a los cerdos y muerdan mis tripas. Que me coman desde dentro miles de gusanos mientras agonizo y las moscas pongan huevos en mis ojos. Que los niños lleven cuchillas de afeitar naranjas y oxidadas y las pasen con deleite sobre mi piel, mientras sus abuelos echan sal como alpiste a las palomas. Quiero que me aten a cuatro autobuses y que cada parte de mi cuerpo termine en una parte del mundo. Que me atraviese el transiberiano, entrando por mi boca y saliendo por el ano. Quiero acabar destripado y disecado en una película de Alexandro. Quiero que usen mi cuerpo para experimentar nuevos tumores, nuevas plagas, pestes negras y amarillas. Quiero alojar parásitos radioactivos en mi cuello y en mi pene. Tener gusanos en el cerebro. Anguilas en el culo. Elefantes saliendo por mi boca, destrozando mis dientes. Perros mordiendo mi escroto y tirando de él para el almuerzo. Quiero ser mutilado por una mina y comerme mi pierna carbonizada. Quiero ser violado por futbolistas pederastas y arrastrado por mares ardientes llenos de tiburones hambrientos. Quiero que millones de mosquitos roben cada gota de mi cuerpo a la vez que me introduzcan millones de enfermedades. Quiero ser escudo humano en un secuestro, apartar al suicida y llevarme yo el tren, servir de colchón al que salta al vacío, atarme al que se hunda en el agua y estallar por la presión como una calabaza. Quiero ser mordido por coños dentados con halitosis, ser penetrado por falos con cuchilla, ser destripado con una cuchara y que me claven mil agujas. Quiero sentir siete infartos cerebrales y uno de miocardio, quiero ser aplastado por una roca imponente que me deje malherido mientras mi cabeza sigue pensando, añorando cada segundo de vida que le ha sido arrebatado.
Todo eso por ti, por estar vivo. Para no tener más miedo al dolor...

lunes, 8 de marzo de 2010

Puedo ver sobre la cama siete horas de sueño
amontonadas entre sábanas de luna dorada.
Juegan con sus minutos de lento tic-tac
y el tiempo se mece, flotando en las olas.
Mi carne púrpura brilla en la noche,
perla helada que reposa en la nada,
besando el vacío hecho de cristal
que cubre el olvido de terciopelo.
El sueño se descuelga del techo
cansado
y trepa a mis ojos
cerrados a cal
y canto en silencio
a sirenas sordas
el dulce susurro
de mi mente durmiente.
ssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss
La medianoche,
media dama
de medias
de noche,
volaba en su coche
aferrada
al volante
de su vestido
azabache.
Plagaban estrellas
su nido
nocturno,
vaciaba
botellas
de vino dorado
y vino
dorada
buscando perdía
a su amado
amante,
el mediodía.

domingo, 7 de marzo de 2010

Pisé una planta
con la planta
de mi pie
y corrí
en corro
el recorrido
hasta el corral

sábado, 6 de marzo de 2010

Mozart chirriaba en tus manos
hecho violín malsonante.
Beethoven vomitaba al piano
fusilado por mis dedos.
Pero juntos formábamos un concierto
digno de ver
que nunca recibió ni un aplauso.
Tuve una sonrisa que nunca viste
que no era de diente ni tampoco de labio
no de ojo ni de mejilla
una sonrisa hecha de tacto
que dediqué a tu linda piel
y que nunca me devolviste
cuando me quitaste los dientes,
labios, ojos y mejillas
Me desangraba en palabras
que trepaban por las paredes
ignorando la gravedad
de la situación.
Me alimentaba de deseos
disecados
y clavados
en cartón.
Miraba las piernas hechas hueso
como un perro
relamiéndose.
Lloraba hecho fuente
de la que bebían los mares
de sedienta sed.
Y temblaba
terremoto
de agrietada piel.
Sólo sabía escribir desesperación
titilante
en suaves notas de piano.
Sólo sabía hablar el silencio
susurrante
de los gritos a la medianoche.
Sólo sabía amar con odio
ardiente
puro hielo sobre la piel.
Pero su belleza era una sinfonía
de detalles sutiles
que harían temblar
composiciones dignas de una diosa.
Su belleza era tan
real
como cada átomo que la formaba.
Y sin embargo
dolía
como una cicatriz que no cura.
Abierto el libro de tus piernas, intenté leer la letra pequeña.
Hablaba de faldas quitadas a la medianoche,
de susurros clavados en un viento que escapa.
Hablaba de caer al vacío
y rebotar en un colchón de sexos empapados.
Cerrado el libro me diste la espalda,
que hablaba de noches frías en angustiado silencio
evitando dedos fríos sobre el colchón.
Hablaba de sueños incómodos
aplastados por la oscuridad de la noche,
que con su culo gordo
llenaba de peste nuestros olores.
Miré ya sin entusiasmo el libro de tus pies
que hablaba de viajes comunes,
de paseos sobre el cristal del cielo despejado.
Cerré tus libros y abrí el mío:
páginas en blanco todavía por escribir.
Y me di cuenta de que podía poner en él tus paseos sobre el cristal
y tus viajes de pies,
tus noches de olores y dedos fríos,
tus susurros de sexo empapado
y tus faldas hechas de beso encarnado.
"Eseselsentido", murmuré asombrado,
sintiendo tu tinta marcando mi piel.
Y dormí plácido
como un condenado,
sintiendo las letras agridulces
de aquel interminable poema.
Tecleé muerte sobre tu piel y te moriste, fiel.
Yo ya estaba muerto mucho antes de enseñar el hueso
pues intenté domesticar mis sueños dándoles una casa con piscina.
Aun sabiendo que había cadáveres hundidos en el fondo
de mi sangre.
El periódico no decía nada, ni siquiera en las esquelas,
de por qué todo había ido muriendo a nuestro alrededor.
Supuse que no era noticia
ni para nosotros.
Tecleé despierta y vi tus ojos abrirse
como aquella flor de mi ventana.
Tu piel se deshacía en polvo de caminos de tierra,
abierto tu estómago
como un belén de tripas.
Intenté aferrar algún pedazo
para tener algo que recordar
desde mi muerte eterna,
pero yo mismo no existía ya ni en el reflejo de tus lágrimas
secas de puro cristal.
Un chillido de violín acuchilló el aire,
que se quedaba dormido,
y apuntó al cielo
hacia las estrellas,
una colección de lámparas inabarcable.
Y entonces se fue la luz
llevándose la imagen de las cosas
y dejando sólo el tacto
inseguro
de la oscuridad
sobre nuestras cenizas.
Hacía malabares con palabras y -vive Dios- lo hacía bien.
Hacía malabares con cuchillos y no tenía miedo a cortarse.
Hacía malabares con hachas hasta que perdió un dedo.
Aunque lo único a lo que tenía miedo era a las palabras.
Porque no sabía cuál era beso
y cuál era cuchillo.

viernes, 5 de marzo de 2010

La nieve caía igual de fuerte sobre la carretera que dentro de mí.
El asfalto asomaba curioso de vez en cuando, preguntándose cuál era mi destino. Ignorando que no hay destino para quien viaja solo.
El cielo estallaba en átomos de agua que yo atravesaba a toda velocidad.
Un resplandor rojizo en el cristal me recordó el accidente. Una grieta en el cristal. Mi mirada en el retrovisor.
Estaba solo. Mi sombra rebotaba en los montículos de nieve que cubrían las cunetas de la carretera.
Una señal tiritando se giró al verme pasar.
Los árboles alzaban sus brazos al cielo. Pedían sol y calor. Parecían jugar al baloncesto con las nubes.
La ciudad lejana, en el horizonte, parecía mantenerse siempre a la misma distancia de mí. Incluso se alejaba.
Mis manos aferraban el volante como si fuera un madero en un temporal en alta mar. Podía sentir las inmensas olas negras, profundas e inhumanas, creciendo bajo mi cuerpo. Los monstruos marinos contemplando con un ojo abierto desde las oscuridades, dejando asomar un inmenso tentáculo para dejarse adivinar, para vivir en mi fantasía.
Mientras, las olas mecían mi cuerpo, sobre todo en las curvas.
Todo parecía congelado en un recuerdo distante o un fotograma de película mal revelado.
Los contornos desaparecían difuminados por la velocidad ante mi incapacidad de registrar los detalles.
Y sentía que me quedaría así para siempre, que nunca llegaría a la ciudad. No podría perderme entre sus venas de asfalto, sus esquinas llenas de muerte y hastío.
No llegaría a vivir esa vida hecha pelo negro y ojos en llamas.
No llegaría a borrar ese reflejo rojizo en el salpicadero, salpicado de vidas pasadas.
No llegaría.
Tu tristeza se convirtió de repente en una sala en la que encontrarnos y sufrir.
Con sofás llenos de quemaduras de cigarrillos y moqueta marrón llena de polvo.
Sobre la mesita de cristal había revistas viejas llenas de páginas recortadas.
Faltaban cabezas y ojos, manos y piernas.
Había muchas cosas que yo no entendía. Aunque fui guardando recortes para buscarle sentido.
La sala de espera no tenía puertas y la ventana era falsa. Un póster con luz.
El estómago me temblaba sólo de verme sin ti en aquella sala.
El alógeno del techo transmitía una luz seca e inerte, tiritante, no sé si de frío o de miedo.
Era como un arañar en mis ojos.
Me senté a esperar y saqué un cigarrillo.
Entonces me di cuenta de que no había cenicero.
Y asombrado me quedé mirando la punta inerte y aterradora del cigarro.
Sabiendo que una vez encendido no habría manera de apagarlo.
Pensaste que mi mirada era ojo,
cuando era pupila.
Y usaste mi abrazo como caldera,
aunque mi brazo era tijera.
Besaste mi diente cálido,
como si fuera mejilla.
Y sacaste el puñal
tranquila
como si no fuese robar.
Tú querías una poya dura y fuerte,
y un carácter acorde a las circunstancias.
Yo era débil y flojo,
poca carne entre tus manos.
Tú querías un amante salvaje,
hecho de placer y de vida.
Yo era muerte y pereza,
era rutina hecha huesos.
Tú querías abrazarme,
mezclarte conmigo.
Yo era burbuja
escapando entre tus dedos.
Querías quererme,
sentirme algo tuyo.
Yo quería morirme,
no sentirme ya más.
Y los días pasaron
consecutivos
como hojas que caen
de los árboles
y que se clavan en la piel
hechas lunar y experiencia.
Querías,
y yo quise.
Pero todo murió
congelado
en fotos tristes
de hoteles vacíos.

martes, 2 de marzo de 2010

Un duende duerme donde duermo yo.
Levanta mi cama durante la noche.
Observa mis sueños con sonrisa alelada
mientras lame huesos de niños muertos.
La noche ha caído
pesada
sobre la báscula.
La luna marca
los kilos
en el cielo.
Dos abejas en su flor
de luz
y calor sueñan.
Pelos flotan en la almohada
mar de sueños
sin hundirse.
Para
en sus venas
la sangre.
Todo duerme:
hasta
el verbo.
Clavé poya a pared
me fui alejando
sangre goteaba por cal blanca
no presté atención
me situé paso a paso
tres metros
culo sobre maderas de suelo
astillas
talones callosos
apoyados
sapos perezosos
dedos gordos estirados
cuellos de tortugas
inspeccionando lejanía
mis ojos
de rata
inspeccionando ventana
sin entender vacío
tenue luz entraba tímida
lejana como tambores
en horizonte
poya en pared
colgada
lombriz de tierra
retorcida
barro y arena
entre dientes
cuerpo flota
laxa tensión
blanco rojo
carne madera
y luz
.

miércoles, 27 de enero de 2010

de la mala mezcla

Hoy iba leyendo tranquilamente en el autobús. Con el típico ajetreo de todos los días: conversaciones, ruido de tráfico, etc.
En ese momento se me acerca un tío viejo vestido de rapero. Pero como si fuera daltónico o no tuviera ni idea de moda: parecía un payaso.
Me empezó a decir con un horrible acento alemán algo como "¡no, páralo, por favor, un poco de respeto!" y se marchó: volvió a bajar en la misma parada en la que había subido.
Nadie pareció prestarle atención, como ocurre en las grandes ciudades.
Anonadado, intenté seguir leyendo. Me pareció curioso que tuviera acento alemán: justo ahora estaba leyendo un libro que encontré en casa y es de G-o-e-the. Bastante coñazo, por cierto, no me extraña que la gente se suicidara después de leerlo.
Total, que me había desconcentrado y guardé el libro. De todas formas iba escuchando música, así que podía mirar tranquilamente por la ventana.
Iba escuchando 50 Cent. Todo el camino, desde que salí del insti.
Qué curioso el vejete este... Cómo iba de moderno, ¿no? Seguramente era un mendigo loco. A saber qué quiso decir...
Total, que llego a mi casa, subo las escaleras rapeando como un tío duro (cuando nadie me mira pierdo la vergüenza) y cuando llego frente a mi puerta flipo: hay un negro enorme con ropa to antigua -¡vieja de la hostia!- que parede disfrazado para una obra de teatro. En la cabeza lleva un pañuelo dado la vuelta y tiene una mierda rara en los dientes.
Parece que me conoce, porque cuando me oye se da la vuelta arremangándose y me dice:
-Tenemos que hablar...

jueves, 14 de enero de 2010

solo

Mi madre de pequeño me decía que llorara si me sentía mal: que así limpiaría mi alma de dolor y la dejaría blanca. Así podría recibir otra vez la bondad de este mundo.
Pero mi madre era idiota y no hay bondad en este mundo.
Sólo balas, coños y azufre. Y qué demonios: whiskey...
-
Sobreviví durante años apoyado en una barra de bar con el único sustento de un líquido amargo y el escote de la camarera. El infierno andaba cerca: bastaba con mirarle la cara de perro para evitar la tentación.
Pero me gustaba ser ciego y ver con la garganta. Y lo que veía me gustaba.
-
Por las mañanas me levantaba: el culo como una trompeta de cacao y la cabeza un cubo de basura. Mis sobacos olían a demolición y mis pies a queso añejo.
Pero el agua era un fantasma del pasado.
Un fantasma a evitar.
-
Estuve en el ensayo de un concierto que parecía el juicio final.
Todo ruido, sangre y furia.
Pero miraba a los músicos y no veía ángeles de la destrucción.
Sólo veía vidas llenas de aburrimiento, facilidades y pose.
Mi única pose era aguantar lo máximo posible con el codo sobre la barra.
Cuando tocaba el suelo, era hora de volver a casa.
Siempre zigzags, pensando el camino.
-
Recuerdo que ayer me comí un bocata junto al río.
Me gusta ver que fluye la naturaleza. La vida tiende a estancarse.
Dar un paseo entre peces gordos supone ver un montón de peces pugnando por respirar.
Peces que huelen a podrido y se lleva la corriente.
Los vagabundos no necesitamos nadar: vivimos de tres burbujas de aire.
El resto lo da el saber esperar.
-
Ayer vi una nube tatuada. En el brazo de una mujer.
Deseé tener un paraguas en el brazo y ofrecerle cobijo.
Pero sólo tenía pelos y cicatrices.
Uno no puede ser romántico cuando no es nada.
Vagabundo es una profesión a tiempo completo.
-
Los músicos y yo tenemos mucho en común.
Un culo inquieto, el hambre y la sed.
Pero igual que ellos tocan y consiguen algo para comer, yo me muero de hambre y de sed.
Al final sólo tenemos en común las almorranas.
-

-

En un baño de azulejos azul cielo, me llegó el final.

Jamás lo habría imaginado así.

Tan suave. Tan triste. Tan solo...

Simplemente me apagué desangrándome por una puta herida.

Como un vaso que se vacía. Como un puto recipiente de lejía.

Y mi última mirada al ventanuco -allá arriba- el cielo traía un sentimiento de paz...

Hasta que se acabó.

Y no estaba allí ya.

martes, 12 de enero de 2010

El asfalto arde suave bajo mis pies - me recuerda que estoy en el infierno - la pistola en mi mano está caliente - escupe fuego como un radiador averiado / el sonido de las balas rebota en cada esquina - la sangre borbotea roja - salpicando sobre mis pies desde la herida en mi cabeza / el suelo parece abrirse y la profundidad me absorbe - caigo sobre un edificio de oficinas - la azotea está llena de gente - se empujan mutuamente hacia el borde / salto sobre un cuerpo desnudo y esquelético - caigo desde el cielo hacia la calle - llena de coches destrozados / me golpeo contra el suelo - estoy en la alfombra tirado en mi cuarto - desnudo con una botella de ron - y la ventana abierta / entra nieve con fuerza - estoy tiritando / tengo la poya dura apuntando hacia el techo - la puerta se abre - entra una vieja de ojos saltones - desnuda - con mucho pelo en el coño - su olor apestoso se lanza contra mí como una lluvia de perdigones / me levanto - salto- la atravieso - me lanzo escaleras abajo / los escalones desaparecen - caigo por el hueco del ascensor / mi cuerpo se mueve como una avispa - clavando el aguijón / tendido en la cama - metiendo la poya en un cuerpo ajeno -femenino -indeterminado - de rasgos ilegibles / un espejo frente a mí - me veo metiéndome la poya en el estómago - un hombro se derrite - el brazo cae al suelo - las uñas salen corriendo - gritando - riéndose / mi madre me grita con voz aguda - he dejado el grifo abierto - el agua está a la altura del techo - no me di cuenta de las burbujas - escapando de mi boca / nado hacia la superficie - toco la bombilla con la cabeza - cortocircuito - la electricidad corre por mi cuerpo - se ahoga bajo el agua / me hundo con una sonrisa - un pez rutina empieza a mordisquearme - un tiburón sale de mi pecho - lo destroza de un bocado - sin comérselo - toda la habitación azul y roja - agua y sangre.

lunes, 14 de diciembre de 2009

"Destruyamos a la sociedad. Hagamos que sea un acto estético e intrascendente. Pero hagámoslo rápido." Confucio 2.0
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Oigo un grito golpeando la pared. Dice que nada importa y que todo se puede ir a la mierda. Es mi voz, creo.

Ahí está otra vez.

Sí, soy yo.

Un grito desgarrado de puto asco. Vomitando palabras contra todo lo que se mueve.

Odio las relaciones humanas, odio al mundo.

Salto y atravieso el cristal.

Caigo encima de una embarazada y la aplasto. Que se joda.

Que se jodan.

Salto frente a un coche que me esquiva. Se estampa contra un muro. Veo sangre por todo el capó y cristales clavados en la pared.

No haber girado, idiota.

¿Dónde coño hay un tren o algo que siga recto?

Abro la boca y cago un par de bombas sobre el pavimento. Las dejo rodar cuesta abajo y empiezo a ver cómo los edificios se derrumban: 3 casas, un hospital, una iglesia. Me acerco al hospital: va a ser divertido.

Niños mutilados por todo el suelo arrastrándose como sardinas fuera del agua. Jeringuillas usadas volando por el cielo tras la explosión: una lluvia gris de medicamentos aleatorios sobre la población.

La gente drogada corre por la calle golpeándose contra las paredes. Echando baba por entre los labios anestesiados. Un hombre se saca la polla y la menea. La vieja a su lado se quita los dientes y le mastica la polla con las encías.

El hombre grita: no sé si de placer o de dolor o de ambos.

Agarro un hacha clavada a un árbol y le atravieso la espinilla a un ciego. Abre los ojos como platos, así que le escupo algo de salsa y la remuevo con un tenedor.

Sangre por todas partes. O semen. Pus, líquido amniótico, cosas inexplicables... Una amalgama de olores y sabores: un cuadro de Picasso clavado en el culo de una vieja aristócrata.

Monjas que saltan a la comba. Puedes oír sus tobillos crugir como palos secos.

Un viejo profesor agarra a un niño por el pescuezo y le estampa la cabeza contra la pared.

Me siento a mirar mi obra de caos. He creado destrucción y se está extendiendo como una enfermedad a la velocidad de la luz.

Sentado en el suelo sangrado me paro a pensar en el sentido de todo esto.

Nada tiene sentido.

Mis ojos se derriten y gotean sobre mi boca.

Sale mierda por mi culo, formando un cuerpo grotesco que se aleja corriendo a campo través.

Me tiro de cabeza contra la alcantarilla y mis dientes salen volando de mi boca rota.

La mandíbula desencajada me cuelga por un lado y me la arranco con toda mi fuerza.

Después todo se vuelve blanco de dolor y llega a la catarsis.

Y se acaba.

Vuelvo a estar en mi cuarto.

Entra frío por el cristal roto.

Leo un libro en paz.

Mi mandíbula metida en un cubo de agua.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Despierto intranquilo.
El viento frío me ha despertado.
Las puertas de esta casa dejan grandes rendijas.
El frío se cuela en mis sueños.
Siento el impulso de salir de la habitación.
Algún día haré cambiar las puertas.
He olvidado qué estoy haciendo.
¿Dónde estoy?
Estoy despierto.
No estoy soñando.
Estoy intranquilo.
Es por algo que soñé y que no recuerdo.
A oscuras en el pasillo, me dirijo hacia el lavabo.
Descalzo.
Escucho un ruido y me paro.
Ha sonado fuera.
En el rellano.
Entra luz por la mirilla.
La curiosidad me pone la piel de gallina.
Lentamente me acerco.
Sin hacer ruido.
La luz me deslumbra un poco.
Mi ojo se adapta al destello.
Miro.
Veo.
Hay un ojo al otro lado.
Alguien mirando hacia mí.
El susto me tira al suelo.
El corazón se me para.
Infarto, creo.
No puedo respirar.
Veo la sombra de dos piernas por debajo de la puerta.
La rendija es grande, otra vez.
Intento levantarme.
Intento respirar.
Sea como sea, intento no mirar.
Pero miro.
Y veo.
Un ojo terrible se asoma por debajo de la puerta.
Oigo que araña el pomo intentando abrir.
Pienso aterrado en mi mujer y mis hijas.
Oigo sus respiraciones desde aquí.
No puedo hacer nada.
No respiro.
Ya ni pienso.
Pero alcanzo a ver una rendija de luz que entra por la puerta abierta.
Y ese ojo.
Que me mira.
Sonriente.

jueves, 15 de octubre de 2009

Escuché una melodía en el fondo de un vaso de whiskey. Sonaba más alto a cada trago, como si un músico invisible habitara allá abajo. Sin embargo, el sonido terminó cuando la última gota cayó en mi boca.

martes, 13 de octubre de 2009

El otro día atropellé a un payaso.
Conducía tan rápido que no me dio tiempo ni a verlo.
Simplemente lo reventé: su cuerpo despedazado estalló en una carcajada.
Bajé del coche y miré alrededor. Todo el vehículo estaba empapado de sangre, pero no había carne ni órganos por ningún lado.
Toda la gente que iba por la calle se quedó muda mirándome y luego empezó a reírse. Todos estallaban en carcajadas como si fueran pompas de jabón.
Yo no podía reír debido a una enfermedad que tuve de niño, así que monté de nuevo en el coche y me alejé de allí rápidamente.
Una hora más tarde abandoné el coche en el campo y me volví andando a la ciudad.
Como si una maldición se hubiera apoderado de mí, la gente empezaba a reírse al pasar a mi lado. Intenté alejarme de allí, pero en todas las calles había demasiadas personas. Desesperado, fui a mi casa y me encerré bajo llave.
Sin embargo, no tuve descanso. No podía dormir: a todas horas oía la risita leve de mis vecinos. Me estaba volviendo loco, así que salí corriendo a la calle. De nuevo empezaron las carcajadas por todas partes y presa de la locura, me lancé delante de un coche.
Reventé sin dejar más rastro que una mancha de sangre y una risita desesperada.
Ella tenía un sólo ojo en la cara y otro en el culo.
Me encantaba mirar la oscura profundidad de su pupila y buscar en ella mundos diminutos y galaxias de papel.
Igualmente, miraba su ano contraerse con dulzura. Como un bebé que bosteza por la mañana, como un pequeño parásito que se asoma para echar un vistazo a mi habitación. Esperaba que no estuviera criticando el color de las cortinas.
A menudo soplaba suavemente sobre sus pestañas elevadas, que temblaban como briznas de hierba, como negras espigas en un campo de trigo. Igualmente, soplaba a su ano y veía aquellos cuatro pelos tiritar rizados como los muelles salientes de un colchón destrozado. Parecían intentar brincar lejos de su sitio, pero la gravedad de la piel les impedía alejarse.
Un día descubrí una pequeña manchita escondida en su pupila: era un reflejo diminuto, una luz. Obsesionado con descubrir de dónde procedía, clavé una aguja y la removí como intentando enfriar una sopa. No hubo respuesta por parte de ella, que me miró con gesto de aburrimiento.
No logré descubrir de dónde venía.
Obsesionado todavía más con la extraña mecánica de aquella lucecita, decidí profundizar aún más en el tema: me introduje suavemente por el ano y recorrí todo su cuerpo hasta llegar a la cabeza. Anduve un rato perdido entre los dientes y las orejas, hasta que al final acabé saliendo por la nariz.
Harto de dar vueltas, rompí a patadas el tabique nasal y me escurrí por su carne hasta dentro del ojo.
Allí había un escritorio con una pequeña lamparita. ¿Todo aquel viaje por una mierda de flexo?
Apagué y salí desencantado por la pupila. Me tumbé enfadado en el colchón, a su lado. Fumaba un cigarrillo intentando pensar en otra cosa. Miré las nubes grises que cabalgaban por el cielo.
La mañana transcurrió rápidamente porque, sumergido en mis pensamientos, no necesité en ningún momento salir a respirar. Cuando volví a asomar la cabeza al aire libre de mi habitación saturada, ella seguía durmiendo a mi lado.
Sin embargo, algo había cambiado. De alguna manera su mirada ya no me resultaba atrayente. Se había apagado la luz de sus ojos y su mirada inerte había dejado de interesarme. Sus ojos eran como dos bolitas de vidrio, sin vida ni alma.
Como si ella se hubiese dado cuenta, se levantó rápidamente y procedió a salir de mi habitación.
Lo hizo por la ventana, no sé si fue a causa de la ceguera o por propia desesperación.
En cambio yo me volví a tumbar en la cama y rememoré aquellos bellos instantes en que soplaba los pelos de su ano y éstos bailaban como muelles saltarines.
Entro en la librería sintiéndome mierda. Noto miradas que analizan mi ropa y mi aspecto físico. Conversaciones susurradas criticándome. No tienen ni idea.
En cuanto veo las palabras escondidas tras las tapas de los libros, vuelvo a sentirme bien. Lejos del mundo este que se han inventado en los telediarios. Me siento libre de elegir una pequeña celda de palabras y esconderme por unas horas de la vida cruel. Volver a mi agujero y meterme en mi cabeza.
Compro un par de libros de los más baratos: ediciones de lujo para quien quiera exhibir libros en estanterías, ediciones modestas para los que deseamos sentir melodías de sonidos escritos.
Pago con monedillas evitando la extraña mirada de la vendedora.
Salgo corriendo y me sumerjo de nuevo en el pantano pestilente de la gente en la ciudad.
Corro entre los coches sintiéndome enloquecer por momentos.
Necesito estar en casa YA.
Bajo la lluvia ácida de cada mañana, mi cuerpo reacciona curtiéndose como el cuero barato.
(....)
Por fin en mi colchón, mi rinconcito.
Devoro una página tras otra y me quedo dormido. La noche transcurre como un sueño sin sueños.
(...)
Por la mañana, salgo a la calle. Acabo de recordar que tengo un trabajo. Miro mi reflejo en el cristal de un coche. Estoy despeinado, sin afeitar y mi traje nuevo de Armani está hecho un asco.
Entonces me doy cuenta de que no estoy hecho para este tipo de vida y renuncio a ir a la oficina.
(...)
Me quedo en casa pintando árboles y animales por las paredes: volviendo al principio.
Sentado en la oscuridad sintiendo el silencio.
Mi piel se agrieta por culpa del frío.
Mi cuerpo desnudo iluminando el almacén.
Atrapado en una pesadilla atemporal,
en la que el polvo en el aire permanece estático,
a la espera.
Siento los cimientos del edificio resquebrajarse
como finas copas de cristal
y la gravedad tirando de nosotros:
una boca abierta y luego el vacío.
Qué divertida es la ingravidez espiritual.

lunes, 12 de octubre de 2009

Miopía parcial

"Interpretando un mismo dibujo abstracto formado por manchas de pintura, treinta y tres personas distintas dieron treinta y tres explicaciones distintas. Muchas vieron cosas similares. Sin embargo, cada percepción fue analizada de manera distinta por un cerebro concreto (lo que implica diferentes percepciones, diferentes capacidades de análisis, diferentes conocimientos culturales y experiencias vitales, creencias e intereses, etc.). Así, el resultado que para uno fue un barquito (infantilismo), para otro fue una goleta (competición), para otro un velero (hedonismo lúdico), etc. Algunos incluso no vieron ningún barco.
/
Este experimento, llevado a cabo por el Dr. Heinrich Falsch (traducido al castellano: Enrique Falso), personaje completamente inexistente inventado expresamente para esta investigación, llegó a la conclusión de que toda experiencia sensorial es completamente parcial y, por tanto, única, subjetiva y exclusiva del sujeto que la registra. De esta manera, las teorías del insconsciente, los instintos primitivos subyacentes, el subconsciente colectivo e incluso la intertextualidad se unieron como meras clasificaciones añadibles a cualquier corpus de análisis. En resumen: fueron destapadas como meras teorías. Igualmente, la propia teoría del imaginario Dr. Falsch resultaba falsa, por cuanto negaba completamente el concepto de Verdad Absoluta y, de esta manera, no podía representarla. Era una teoría simple que demostraba la inutilidad de las teorías, fueran estas simples o complejas."
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Distribuida esta información a los asistentes a la reunión, el Dr. Theodor Od (cuyo nombre había sido ridiculizado por sus colegas como Dr."T.od"; cuyo equivalente en castellano sería Dr."M.uerte"), abrió los brazos dirigiéndose a los asistentes y terminó su discurso con las palabras:
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-La Teoría de la Miopía Parcial, desarrollada por los doctores Blind (Ciego) y Dumm (Idiota), demuestra que la subjetividad de la percepción y la influencia de ésta en las capacidades de análisis del ser humano motivan la miopía parcial que permite que cualquier persona creyente sea capaz de ver al instante que las otras religiones suponen la adoración irracional de símbolos arcaicos, a menudo tanto metafóricos como aleatorios, y piensen sin embargo que esto no es aplicable a su propia religión.
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Dicho esto, el Dr. Od extrajo un bolígrafo de su bolsillo y, ejemplificando perfectamente el absurdo de toda percepción, lo utilizó como palanca para saltarse el ojo izquierdo.
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La multitud, constituida por cien personas de distintas edades y procedencias, considerada plenamente capaz de analizar objetivamente la situación, estalló en cien respuestas completamente distintas -incluso en sus semejanzas-, llevando a cabo la demostración evidente de la Teoría de la Miopía Parcial ante la mirada satisfecha del Dr. Od, cuyo ojo chorreaba sangre sobre su traje bien planchado, manchando las páginas perfectamente redactadas de su discurso.
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Al final, todo terminó con un estruendo de chillidos y gritos en el momento en que las bombas situadas bajo los asientos estallaron.
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La locura del Dr. Od, recogida fríamente por una serie de cámaras de vídeo perfectamente situadas, fue reproducida en todas las televisiones como "la representación objetiva de lo acaecido." Sin embargo, no todas las reproducciones tenían la misma duración ni tomaban el mismo ángulo, confirmando nuevamente la Teoría de la Miopía Parcial (cosa que pasó ampliamente inadvertida).
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La teoría del Dr. Od fue considerada una locura fruto de una mente enferma y se prohibió la reproducción posterior de las imágenes del discurso, exceptuando la automutilación ocular y la explosión del auditorio. Con los años, la historia quedó sepultada por la ignorancia y fue utilizada como ejemplo perfecto de comportamiento irracional, creando las expresiones populares to od (en inglés, "el que actúa sin sentido"), oden (en alemán, "estallar en actos de locura irracional") y odearse (en castellano, "ponerse cachondo, sufrir un arrebato pasional").
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Fin del Informe.
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viernes, 9 de octubre de 2009

Hacía un día soleado, para quien sepa mirar más allá de las nubes.
El cielo amaneció como un collage de retales grises cosidos por un sastre que no experimentaba mucho con las tonalidades. Una infinita galería de lienzos con grisallas colgados en paredes del mismo color. Asfalto viejo, agrietado por el uso. Manchas de aceite de suelo de taller.
Escondí la mirada, apoyándola con desesperación en los marrones azulejos de la cocina. Concretamente sobre una mancha de aceite en la que no pude reconocer ninguna forma conocida. La escasa luz que entraba por la ventana lo hacía con timidez, sin decidirse a quitarle el asiento a la penumbra, que no acababa de entender que estaba de más.
Apoyado en la mesa en la que acababa de desayunar -aunque ya había recogido todo-, me tapé mis ojos con mis manos. Buscaba en la oscuridad de mis párpados la puerta negra a mi mundo interior, pero no recordaba dónde había puesto la llave.
Un ruidito empezó a obsesionarme cuando me di cuenta de que le seguía el paso a mis latidos. Como cuando alguien te anda en paralelo por la calle. Reconocí que se trataba del reloj que presidía la habitación y que, endiosado y orgulloso, alzaba la voz para ser escuchado. Hablaba a martillazos regulares y su conversación se hacía monótona y aburrida. Agitaba los brazos para hacerse oír, elevando uno por el aire para gesticular y apoyándose con el otro sobre la hora correspondiente. La viva imagen de la comodidad y del conformismo.
Con el paso del tiempo aquel discurso vano y tedioso se acabó convirtiendo en el ruido de una máquina de coser que me taladraba el cerebro. Costurones por todas partes, cortesía de la Doctora Rutina.
Una gotita de sangre gris cayó desde mi nariz. Buen síntoma de mi estado cerebral.
Cayó decidida en mi taza de café (olvidé decir que seguía ahí) y se quedó flotando como una nubecita gris sobre el aburrido marrón oscuro de cada mañana. Su presencia, sin embargo, no significó ninguna mejora en la situación: sólo era un aviso de hasta dónde podía llegar un día gris.
Resulta extraña la precisión del dolor cuando un órgano decide exigir protagonismo.
Como buen mánager del órgano al que representa, el dolor actúa como el publicista perfecto: el que no permite que olvides la información que te brinda. El equivalente a un cartero que te grape en la frente tu correspondencia.
Y mientras dura la campaña, todo el organismo se hace eco de la importancia de su compañero.
¡Dios bendiga la publicidad cárnica y los concursos de popularidad entre órganos!
La torre se levantaba sobre la ciudad como si se dispusiera a abandonar aquella reunión de edificios. Rodeada de las pequeñas casa de la alta burguesía, se sentía incómoda ante aquellas ventanas siniestras que la miraban con fingida dignidad. Podía ver cómo debajo de aquellos tejados sólo se pensaba en dinero, cómo proliferaban las tiendas a pie de calle. Le repugnaban aquellas fachadas cuidadas, impolutamente exfoliadas y repintadas. Ella deseaba mostrar con sus piedras el paso de los años. Pero, ¿cómo sobrevivir en un ambiente como aquél?
Cerca, tan sólo unos kilómetros más allá, se alzaba un moderno edificio de viviendas. En él rebosaba la vida. Se oían gritos, niños jugando. De noche se veían sus luces encendidas, como si intentara recrear el firmamento para ella.
Pobre torre angustiada, mirando disimuladamente de reojo aquel edificio, mientras las casitas a su alrededor la observaban y criticaban.
Pobre torre angustiada, condenada a vivir congelada en esa extraña situación.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Apunté con la pistola lejos. Quizá por ello me di en un pie.
En el hospital soñé con un hombre ahorcado y un cura que lamía la soga con su lengua áspera. Llegado el momento, el que había sido un ser humano abandonaba su cuerpo en forma de una montaña de heces que salpicaba el suelo. Un par de monaguillos recogían cuidadosamente esa esencia divina y la repartían en misa. Mojaban la hostia en dicha ambrosía y la compartían con el resto de la gente.
Era una hostia infectada de ideas. La mayoría de las personas que se la comían moría de engaño.
Desperté y encontré a mi lado a una horrible enfermera. Era tan hermosa como la lapidación de un inocente. De su cuello colgaba un crucifijo, y el diminuto Jesucristo de oro parecía apartar la mirada de aquellos pechos venosos y de piel grasa. Lo más cerca que algo con forma humana había estado de aquellos pechos. La vagina en cambio seguiría indefinidamente esperando a su Alí-Baba.
Abandoné la sala de operaciones con un buen costurón en el pie y con la billetera descosida. Menuda puñalada, la del seguro. Dijeron que había sido intencionado y que no cubrirían los gastos... Una puta vida sano como una rosa y me vienen con esas. Le expliqué educadamente a la chica del teléfono la situación y ella me dijo que si volvía a llamar avisaría a la policía.
Miré el registro de llamadas: vale, me había pasado. Pero que se joda, para eso le pagan.
(...)
Sentado en la terraza de mi casa con un pasamontañas barato (en la parte de atrás hay un parche medio descosido del cheguevara), cortesía de mi sobrino, lanzo bombas a la calle en forma de bolsas de basura.
Pero por la reacción de la gente parece que están estallando bien.
Veo edificios enteros de gente ardiendo mientras salta al vacío. Sus cuerpos cayendo a la puerta de restaurantes de comida rápida. Creo que parte de lo que cae se aprovecha rápido para las hamburguesas. No me extraña: carne de primera.
Después de un rato divirtiéndome oigo las sirenas de la policía.
No es para tanto: sólo son funcionarios con placa. Conserjes con pistolas de agua.
Me amenazan con pasar la noche en el calabozo.
Me conocen ya: me llaman por mi nombre. Es lo que tienen las ciudades pequeñas.
Empujo la silla de ruedas hasta mi arsenal oculto y empiezo a sacar todo del armario: cientos de fotografías sexuales con menores de edad que distribuyo por toda la habitación.
Hay que acabar a lo grande: dar un poco de qué hablar.
Oigo cómo fuerzan la puerta. Golpes desde fuera.
Corro por el pasillo cojeando -qué remedio- hasta la cocina. Allí me espera mi arma secreta.
Bum. La policía está entrando.
Me siguen llamando por mi nombre de pila, los muy maleducados. Les recuerdo que tengo el título de marqués, así como de pasada.
Al principio del pasillo empiezan a aparecer policías con cara de malas pulgas. Ladran que debo entregarme, que esta vez sí que la he liado. Les lanzo un par de consoladores que tengo de exposición en un mueble.
(Y un cojón, de exposición... si esos amiguitos hablaran...)
Me siguen hacia la cocina, donde les espero con la gran sorpresa: la traca final.
Los pobres no se enteran porque no les da tiempo ni a situarse. Antes de entrar ya están ardiendo y una décima de segundo más tarde volamos por los aires junto con la mitad del piso de arriba.
Tengo una última visión de mi cuerpo atravesando la ventana abierta y viajando contra la fachada opuesta.
Con suerte entraré en una terraza y daré un buen susto a alguien.
Después de todo, no todos los días caen cuerpos contra tu ventana.
(...)
¿Lo último que recuerdo antes del golpe definitivo? Ni idea.
No es un recuerdo, sino una sensación. Un movimiento en el pecho.
Algo así como si todavía me estuviera riendo.
Mierda por todas partes. Mires donde mires.
Gente de mierda con trabajos de mierda e intereses de mierda.
Compradores de mierda que convierten su vida en una montaña de mierda a base de comprar mierda.
Sonrisas de mierda con malas intenciones,
lágrimas de mierda en los ojos de un vendedor que no pudo vender su mierda.
La vida se reduce a rodearse de mierda hasta convertirse en ella.
Como una tela de araña (de mierda) en la que quedarse pegado y chillar.
Chillar vomitando mierda antes de que la gran araña del cielo caiga sobre ti y te devore con sus frías mandíbulas.
Y, no lo sé, pero imagino que el aliento de esa araña
también huele a mierda...

martes, 6 de octubre de 2009

Gris era el color de la nube que se deslizaba por la superficie de mi coche. Mi coche también era gris, por cierto. Igual que mis ojos.
No es un relato multicolor, como se puede ver.
Mi humor era tirando a negro, aunque no más que la ropa que me abrigaba del frío.
El frío: él sí que era blanco.
Blanca era también la piel de mi cara cuando me vi reflejado en un cristal. Todo menos la nariz, que destacaba roja como una gota de sangre en la nieve.
Mis dedos eran invisibles en la oscuridad de mis bolsillos, aunque un par asomaban de vez en cuando para sujetar el cigarrillo. Ese bastoncito que creaba una niebla misteriosa ante mis ojos.
En aquello que pasó ante mí una bicicleta.
Roja.
Y la imagen que sobre ella se alzaba llenó mi vida de color para siempre.

domingo, 4 de octubre de 2009

Faltaba poco para que llegara la noche y una tecla de piano insistía en presidir el silencio desde lo alto de la escalera. Impertinentemente, como un gallo que se señorea, el golpe sonoro sacaba pecho durante la vibración de la cuerda y la nota resonaba orgullosa en aquella estrecha garganta escalonada. Como si la casa entera intentara entonar una canción pero estuviera afónica. Presentía que en cualquier momento una mano gigante levantaría el tejado y trataría de sacarle la moqueta a la escalera para que no se atragantara. Ese pensamiento, por ilógico que fuera, consiguió que volviera al comedor, alejándome de aquel misterio de la buhardilla.
Nadie podía estar allí arriba porque nadie había subido, de modo que yo seguía preguntándome cómo era posible que aquella nota llevara sonando toda la tarde. Me acurruqué en el sofá sin perder de vista la bombilla del techo y esperé durante horas.
Finalmente, alguien llamó a la puerta y la bombilla se encendió.
Temblé aterrado: había llegado la noche.
(19.02.08)

sábado, 3 de octubre de 2009

Tenía un cerebro blanco cuando empecé a pensar.
Después de unas décadas ya estaba gris, como el resto.
Nubes de polución y mierda flotaban sobre la ciudad
mientras la calle se llenaba de cabezas vacías.
Las ideas se agrietaban como el pavimento
en aquellos cerebros mal asfaltados
y el autobús paseaba como un perro abandonado
echando una meada en cada semáforo.
Un mendigo ciego miraba al sol
sin ver la luz que cegaba sus ojos
y paseando pasó el paseante
que pisó con prisa ajenas pisadas.
Tan lejos quedaba el horizonte
con el que una niña saltaba a la comba.

viernes, 2 de octubre de 2009

La avispa clavaba su aguijón en la carne, indiferente a cualquier reacción ajena a su enfado. Pequeñas dosis de veneno se extendían buscando las venas y arterias: instalándose en el cuerpo nuevo con la ingenua curiosidad de un capitalista. Derribando muros y haciendo agujeros a su antojo.
Nos gustaba la avispa.
El veneno tenía un color azulado que luego resultó darle a la carne un sabor amargo. Lo compensamos echando más sal.
En la tele ponían dibujos animados, aunque habíamos quitado el volumen para comer.
Por la terraza abierta entraba una fina brisa primaveral que traía el olor de las flores y la hierba fresca.
Repartimos la carne en grandes pedazos, ya que había en abundancia. A mí me tocó además un dedo pequeño, aunque no sé de qué mano.
Se oía el televisor de los vecinos dando la telenovela, lo que hacía divertido mirar el nuevo doblaje de los dibujos. La boca nunca coincidía, pero eso es algo más que habitual.
Llamaron al timbre y mi padre se levantó a abrir.
Escuché un disparo de escopeta pero continué mirando los dibujos. Estaba como hipnotizado por la mezcla.
Mi padre arrastró el cuerpo de un vecino hasta la terraza y lo colgó del cuello, enganchado a las cuerdas de tender. Luego volvió a la mesa.
Se quejó de que su comida se estaba poniendo fría. Mamá se la recalentó en el microondas.
Al rato se oyó caer el cuerpo cuando las cuerdas no pudieron aguantar la tensión. Sonó como un doing bastante cómico que, sin embargo, me sacó de la ensoñación de los dibujos animados.
Entonces eché una mirada alrededor, como perdido.
Pero comprobé que todo seguía siendo normal.
Y seguí comiendo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Los vecinos lanceros

En cada discusión que tenían los vecinos tiraban algo por la ventana. La mayoría de las cosas quedaban en el piso, pero siempre había algo que acertaba a buscar la calle. Un día fue un vaso de cristal, otro un sofá de cuero. El caso es que se iban mudando sin demasiado secreto.
Hasta que un día, cuando ya nada quedaba en el piso, se tiraron el uno al otro.
Nadie le dio demasiada importancia -salvo quizás yo-, pero recuerdo que los nuevos vecinos estaban entrando antes de que los otros tocaran el suelo.
Y así acaba la crónica de una mudanza anunciada.
Aunque creo que hoy escuché un vaso golpear la acera...
Las cálidas notas del piano, cayendo desde el tocadiscos, rebotaban sobre el suelo de madera como diminutas piececitas de cristal. Luego correteaban persiguiendo aquellos pies fríos cuyos dedos tamborileaban sobre la madera, tocando las teclas de un instrumento invisible. Por la ventana se asomaba la triste lluvia de otoño -el manto raído y grisáceo de nubes con el que los últimos días de verano engañaban al sol-, pero nadie parecía prestarle atención en la habitación. Tan abstraída se encontraba ella.

Tersa como la melodía del piano, su nuca suave y delicada -puro satén- se elevaba graciosa hasta el comienzo del pelo negro que servía de cobijo a sus ideas. Ese pelo negro que, como un telón que se abre, ocultaba bellos espacios remotos, sueños, deseos... Imágenes de alegría a la vez que de locura. Imágenes por las que nadaba su alma como pez en un río. Dichosos los dedos que pudieran colarse en aquellos espacios prohibidos, conocer el placer de sumergirse en sus aguas.

Como dos hojas caídas del otoño, sus labios parecían haber caído distraídamente sobre ella, haberse posado en aquel camino de piel que llevaba hacia los ojos, que se abrían a su vez como dos volcanes helados. En la lejanía, aquella lejanía imaginada en el horizonte, parecía que una lágrima se bañaba en las oscuras pupilas, deleitándose en un baño caliente. Aunque bien podían ser respiraderos por los que asomaba el alma inquieta.

Para el paseante casual -distraído-, que cruza repentinamente por el salón de tu casa pensando que sigue en la calle, esa lágrima sería una señal definitiva de tristeza. No valoraría el conjunto, el todo en su totalidad, como no valora nada en su nadalidad. Sin embargo, para el ojeador astuto, el que encuentra el detalle que se esconde en la foto, esa lágrima será de felicidad.
Porque en ella verá las letras de una carta que le escribieron con amor.

martes, 1 de septiembre de 2009

Le llamaban "el viejo indecente" porque era honesto y decía que le gustaba follar y beber. Era coherente y sincero, aunque a veces un poco cabrón. Se reía de todo y todo le daba igual si no servía para ser bebido o ser follado. Redujo su vida a una serie de palabras sabiamente ordenadas y se marchó para dejar un garabato -duro y hermoso- de su propia existencia.
Le llamaban "el viejo indecente" porque quería follárselos a todos y vomitar lo que quedara de ellos. Le llamaban así porque no se molestaron en entenderlo.
Luego leyeron sus libros y dijeron que era un genio.
Alabar un cuerpo muerto y unas cuantas palabras parece menos peligroso.
Y lo sería, si esas palabras no te follaran el culo y vomitaran tu cráneo...

jueves, 27 de agosto de 2009

Desperté desesperado de esperar una esperanza.
Nada apareció ante mis ojos al despertar.
Un cristal dio vueltas por mi sueño. Un vaso de cristal flotando en un cielo negro infinito.
El mundo era frío, aburrido e inerte.
Volví a cerrar los ojos y vi mi habitación, mis pies moviéndose en la cama, mi mano buscando mi cara para tocarla.
Abrí los ojos y vi demonios y enfermos mentales trepando desde la oscuridad, buscando algo que llevarse a la boca.
Cerré los ojos y miré por la ventana de mi cuarto. Llovía y no había nadie por las calles.
Abrí los ojos y encontré un paisaje desolado hasta el horizonte. Todos los edificios derruidos, la arena llena de cadáveres y restos humanos.
Cerré los ojos y vi a la gente del autobús. Íbamos hacia el trabajo. Una mujer frente a mí sonreía mirando las nubes. El resto de gente parecía apagada.
Abrí los ojos y encontré un acantilado infinito. En sus profundidades veía cuerpos de lagartos retorciéndose, húmedos, en una orgía de destrucción que estaba cavando la tierra hasta destruirla.
Cerré los ojos y saludé a la secretaria de la oficina. Me deseó un buen día.
Fingí que trabajaba al ordenador. De repente se encendió la pantalla. Una depresión mordisqueó mis dedos impidiéndome presionar ninguna tecla. Me resigné y abandoné la lucha.
Abrí los ojos y me lancé a aquel mar de cuerpos y ruidos sibilantes.
Por fin en casa.
Sentí de nuevo ese dolor interno en un punto oscuro de mi cuerpo. Esa angustia invisible que no viene de ninguna parte ni dirige a ningún lugar. Esa rabia contenida contra mí mismo, contra mi vida. Cerré la puerta. Pensé en amigos y parejas. Puse el primer candado. Pensé en gobiernos y religiones. Puse otro. A cada pensamiento que tenía ponía un nuevo cerrojo. El último correspondió a un pensamiento sobre mí mismo. Yo abrazando a una persona. Yo solo en un banco de un parque. Yo sentado en el asiento trasero de un coche, llorando. De mis ojos salían gotas de sangre verde. El click del último cerrojo indicó el final de todo.
Sólo me senté a esperar, con un libro en el costado, a que el tiempo viniera a cobrar sus facturas.
Mientras, el veneno en el aire hacía su trabajo.
Sólo leí tres páginas.
El resto lo inventé con la imaginación mientras me apagaba lentamente.
Soñando con un mundo en el que todo el mundo está muerto.
Muriendo en un mundo en el que no se puede soñar.
Metí un pequeño alambre en el enchufe sujetándolo con los dientes. Una fuerte corriente recorrió mi cuerpo electrocutándolo y calcinándolo en un instante. Mis órganos internos se derritieron, mis globos oculares explotaron manchando la pared. Sangre corría por mi nariz buscando las rendijas del suelo.
Así de fácil.
Mucho mejor que hacerlo lentamente y con desgana.
Mejor acabar rápido...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Gritaba que el mundo no estaba hecho para ella, igual que sabía que ella no estaba hecha para nada especial.
Los días se le hacían demasiado largos y apáticos o demasiado cortos y apáticos.
Las pollas siempre le parecían demasiado pequeñas o demasiado blandas. Las sonrisas demasiado tensas.
La gente era una enfermedad incomprensible que infectaba las calles.
Los cigarrillos eran llaves para abrir puertas de humo en el aire.
Los niños eran piedras que gritan y babean. Los colegios, museos de arqueología.
Los besos eran vuelos de mariposa, los labios bailaban como babosas borrachas.
El sol era una farola a medianoche, la luna el faro de un coche.
La ropa era una piel innecesaria, la piel un traje placentero.
El corazón era un estéreo siempre on.
Y las cosas buenas de la vida eran dibujos infantiles sobre el mantel.
¡Qué bueno no necesitar a la vida y poder verla crecer a tu alrededor!

domingo, 23 de agosto de 2009

Ven,
Como un atardecer de sonrisas,
Ardiendo
Como la fruta madura.

Vete,
Como mariposa en la brisa,
Aullando
Canciones desesperadas.

Vuelve,
Como estación, como otoño,
Olvidando
tus hojas perdidas.

Mata,
Como amante, como ajeno,
Cortando
las venas al día.
Gotitas de pintura en las paredes y una motita marrón en el surco del iris de tu ojo. La pupila enorme, dilatada, perdida en la inmensidad de la noche, intentando arrancar un par de estrellas a la oscuridad. Una nube silenciosa ardiendo invisible en el cielo oculto. El ruido hipnótico de un motor que rumia su propio aburrimiento al calor del asfalto. El tacto agradable de una piel conocida en las tinieblas del paraíso del dormitorio.
Las gotitas de acuarela del estío enturbian el gris urbano de un otoño futuro.
El dolor de ser tan pequeño en un mundo sin límites, de ser tan grande en un mundo de detalles...

sábado, 22 de agosto de 2009

Ellos versionaban for your love y yo tragaba pastillas para la úlcera. Me sentí libre, por un estúpido segundo, antes de darme cuenta de que mi brazo estaba encadenado a la barra. Observé el concierto desde lejos y la chica que estaba a mi lado me miró con cara de zombie. No creo que se diera cuenta de que le colgaba el pellejo como si sólo fuera un cascarón de huesos. Asquerosos ojos de pez y baba goteando del labio inferior.
Me alejé de aquella escena del Bosco.
Entre la gente me volví a sentir bien: nada mejor que un montón de treintañeros borrachos saltando a tu alrededor para sentirte viejo pero joven. De hecho, bastante más joven que esos "jovencitos hipotecados" sin pasado ni futuro.
Intenté subir al escenario pero perdí el equilibrio y caí sobre el público, que no hizo ninguna intención por cogerme. Lo siguiente que recuerdo es la tumbona de la piscina y las estrellas en el cielo. Una noche teñida de bourbon.
Pensé en dejarme caer en el agua: probablemente sería incapaz de nadar y me hundiría sin remedio. Al día siguiente la casera encontraría un flotador hinchado y fofo con forma de pato.
Siempre he tenido forma de pato...
Después de maldecir un par de veces mi vida, acabé la bebida de un trago y me fui a mi habitación. A ese horno del demonio donde me sumergiría en la piscina del sueño.

viernes, 21 de agosto de 2009

Al abrir los ojos descubrí que un nuevo día había sustituido a la noche. Aquella noche de sexo y placeres que no quería que terminara nunca. ¡Qué manía, la del sol, de amanecer cueste lo que cueste!
Miré mis costillas, normalmente sobresalientes, que aquel día apenas rozaban el aprobado. "Qué estupidez de pensamiento", fue lo único que se me ocurrió pensar al encontrarme frente al espejo, "pero, ¿por qué no tengo boca?"
Rebusqué bajo la almohada y allí estaba, la muy puerca: dándole mordiscos al colchón.
Derribé un muro para tomar unos cereales pero al final se me quitó el hambre: los cascotes siempre se deshacen demasiado pronto. Odio esa pasta blandurria de muesli y fibra. La próxima vez lo compraré con más cemento.
Me asomé a la terraza y comprobé que las calles no estaban correctamente. Normalmente Lope de Figueroa está a la izquierda y Téllez de Bilbao a la derecha. En lugar de eso, cada una estaba en el lado opuesto. Me molestó bastante, porque ahora tendría que comprar mapas nuevos. A menos que la comunidad mandara darle la vuelta al edificio. Pero esas cosas nunca salen bien: mejor dejar las cosas como están.
Recordé lo que hacía el día anterior antes de dormirme. "Sexo" fue la única palabra que pasó por mi mente. Sin embargo, la cama estaba vacía. Volví a echar un vistazo y, efectivamente, no había nadie. De hecho, ni yo mismo estaba, porque fui tan rápido a mirar que seguía todavía en la terraza. Al llegar mi cuerpo comprobé realmente que no había nadie.
Levanté mi cama un poco, buscando una zapatilla, y encontré un pie. "Caramba", pensé, "ya sé quién estuvo aquí anoche." Sin embargo no me pareció bien desvelarlo, ya que un caballero no habla de eso, y preferí pensar en otra cosa, evitando las palabras fue, María y Teresa.
Sonreí, sabiendo que había dejado a más de un lector con la duda.
Me puse el sombrero para salir a la calle y en el ascensor coincidí con la vecina del sexto:
-¿Se ha dado usted cuenta de que camina desnudo? -me preguntó.
-¿Y usted de que este edificio sólo tiene cinco plantas? -respondí iracundo. A fin de cuentas, ella ni siquiera se había fijado en mis calcetines.
El viento de la mañana siempre hace bien en los genitales. Aquel día corría una fina brisa grisácea que hacía que mis pelotas rebotaran una contra otra con un soniquete alegre. Pasó un policía a mi lado y alabó mis pelotas, a lo que respondí con un gesto de cabeza y le ofrecí que pasara por casa siempre que quisiera visitarlas.
En un kiosko compré un pescado para leer la sección de deportes. No es que sea un gran aficionado, pero nunca es tarde para hacer ejercicio. El resto de noticias apestaba, de modo que lo tiré con desdén a la basura.
Tomé un autobús para ir al centro y caminaba algo abstraído cuando una mujer me gritó que lo soltara. Le dije que estaba en mi derecho de coger el autobús, pero ella replicó que tardaban más andando y lo volví a dejar en la calzada. Después de todo, la gente ha olvidado el encanto de pasear en autobús...
En el centro disfruté de una exposición de miradas furtivas por la calle y después me metí en un museo para descansar la vista. Después me senté en una terraza y disfruté de una cerveza bien fría y un par de olivas de animada conversación. Por desgracia, al rato me cansé de oírlas hablar de anchoas -¡qué egocéntricas!- y me despedí cortésmente, no sin antes pagar su consumición. Una me gustó mucho, ¡a esa le chupaba hasta el hueso!
La mañana fue, sinceramente, una entre tantas, y por eso cuando llegué a casa no me extrañó encontrarme la mitad de los muebles desordenados en el techo y las ventanas llenas de pisadas. Coloqué todo en su sitio y me senté a mirar el televisor con una cerveza. Al estar colgado del techo, resultaba difícil beber bocabajo. Sin embargo, ya he cogido práctica y dicen, además, que es muy bueno para el hipo.
-Creo que (¡hip!) empezaré a (¡hip!) preparar la (¡hip!) comida.
Sonreí y comencé a darle vueltas al contenido de la olla. ¡Qué bien olía: me estaba quedando una NADA exquisita!
Dispuesto a compartirla, lancé un poco por la ventana. Mi vecino siempre solía sacar un plato para ver si caía algo.
-¡Nunca he probado NADA tan bien cocinado, vecino! -le oí gritar desde arriba. Contento y de buen humor, me lo comí todo y rebañé el plato con un trozo de pan que ya no pude comerme: ¡estaba tan lleno!
La tarde llegó con el juego de petanca en el parque: un viejo lanzó la bola con tanta fuerza que golpeó una esquina del mediodía y este se levantó como una persiana mal atada. ¡Y de repente, era por la tarde! ¡Casi todo el día había pasado ya ante mis narices y ni siquiera me había enterado!
Esnifé con fuerza intentado atrapar la tarde y luego pensé qué podía hacer con aquellas horas llenas de mocos. Decidí tocar algo de música. Puse un disco a todo volumen y empecé a palpar los altavoces:
"sublime..."
Y así, como quien no quiere la cosa -y yo ciertamente, no quería-, la noche volvió de repente, con su sexo y sus placeres. Al principio intenté resistirme: tenía cosas que hacer. Pero cuando empezó a menearme el culito delante de la cara tuve que reconocerlo: tenía ganas de ir a la cama.
De modo que el día terminó como había empezado y me dormí con la certeza de que el día siguiente sería igual de aburrido que hoy. La noche me susurró, sin embargo, que al día siguiente se iba de vacaciones y nos nos veríamos en unas semanas.
"¡Vaya lata!", pensé. Tras quedarme dormido, decidí irme con ella y pasar unas semanas en la playa tomando las estrellas.
Después de todo, estaba demasiado moreno para ser verano...
Nuestro amor fue una exhibición de atrocidades estancada en una sala vacía de una exposición de arte moderno. Los cuadros, sin gracia ni sentido, flotaban sobre esperma florido y se escurrían por las paredes en extrañas geometrías. Los paseantes que entraban por error salían después de asomar la cabeza, asustados y llenos de asco. Aquella creación enferma de una mente senil que se había reproducido por mitosis resultaba tan fértil, tan estimulante a la imaginación, que hacía brotar fetos en los ojos de los espectadores. Todo duró apenas unas horas, antes de que la policía del pensamiento fumigara la sala completa, incinerara los cuadros y ejecutara al autor: la célula de aquella barbarie. Los espectadores que lo vieron fueron igualmente decapitados para que no quedaran testigos y monos de tres cabezas con trajes de cuero se follaron sus cabezas por el cuello para destruir completamente las pruebas.
El resto es Historia del Arte.
Sentado a la barra de un bar, apagaba mis sentidos en un vaso de whiskey. Trataba de olvidar años enteros, millones de sensaciones desagradables. Sin embargo, lo único que hice fue desactivar mis defensas y volverme vulnerable.
Un solo de guitarra como un martillo se empeñaba en aplastarme el alma. Piang... piang... Y yo enfureciéndome a cada momento, aferrando con fuerza la pistola entre mis piernas.
Pedí otro cuando vi que el hielo empezaba a derretirse. Una chica a mi lado me pidió fuego y me alejé hacia el baño sin responderle. Fui a vomitar. Después no recuerdo lo que hice en varias horas. Creo que anduve por el centro.
Incomunicado dentro de mi estúpido cerebro, deambulaba por aquellos lugares comunes que en otra época había echado de menos. En aquel momento, sin embargo, hubiera dinamitado toda aquella maldita ciudad.
Mis huesos gritaban que querían ser libres.
El malestar de mi piel provenía de algún punto indeterminado de mi estómago.
Agarré algunas palabras al vuelo del periódico de un viejo sentado en una terraza. No entendí lo que significaban, pero intuí que no eran buenos presagios.
Al llegar a casa dudé entre pegarme un tiro en el ascensor o sentarme a llorar en las escaleras, a oscuras.
Creo que al final hice todo a la vez.
Nadie se sorprenderá cuando aparezca mi cadáver en un río.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Escribí un relato tan breve que cabía en un sello de correos. Lo grabé en una bala y me dispuse a dispararlo. Busqué un rostro interesante entre la multitud: alguien capaz de comprender la grandeza de una poesía tan diminuta. Tras una mañana de geografías faciales decepcionantes, tiré la pistola a la basura y me olvidé del arte. No estaba hecho para aquello.
A la mañana siguiente escuché que había habido un atraco en unos grandes almacenes. Habían muerto tres personas. También había un herido: una mujer, cajera, de veintipocos. La pistola había sido encontrada a pocos metros de la puerta, tirada en la acera, sin huellas dactilares. Era muy cerca de donde yo estuve, así que el tema no dejó de interesarme.
Decidí ir al hospital y visitar a aquella muchacha.
Yacía en la cama con gesto indiferente. Sus ojos tenían algo que me dejó atónito: miraban tan lejos de aquella habitación fría y aséptica como si pudieran atravesar el tiempo y el espacio.
Intenté hablar con ella y se le escapó un susurro casi imperceptible. No había notado mi presencia. Simplemente susurraba algo cada cierto tiempo.
Acerqué el oído a su boca y esperé.
No se escuchó nada.
Vi cómo la muchacha abría los labios otra vez. Parecía dispuesta a compartir sus palabras conmigo.
Aguardé...
"Bang", fue todo lo que dijo.
Me aparté decepcionado de su mirada ausente y me dirigí a la ventana. En silencio, contemplé el exterior sin apenas fijarme en nada. Luego decidí marcharme.
Dirigí una mirada más a aquella pobre muchacha y salí por la puerta. Con una mano me coloqué las gafas en su sitio y apreté el botón del ascensor.
Antes de que las puertas se cerraran, un pensamiento se escapó de mi mente y se apeó antes de que el ascensor comenzara a descender. Había sido un pensamiento rápido y casi inconsciente, pero no podía olvidarlo aunque se me hubiera escapado.
Era un pensamiento que decía: "tampoco era un gran relato."

domingo, 9 de agosto de 2009

Pasear por la calle se había vuelto como un acelerado solo de trompeta: desafinado, irritante, pero capaz de hacerte sudar el alma. Las imágenes chocaban unas contra otras como cristales cayendo sobre mis ojos: una fugaz rueda de coche, el sol exaltado, unas gafas de sol, unos pechos botando al caminar, el mareante bordillo de la acera. La sensación que me envargaba podría llamarse vértigo vital o algo así: sabía que estaba sobre la cuerda floja. Creo que en el fondo era una percepción derivada de mis malditos cursos de acróbata.
El recuerdo sensorial de drogas imaginarias agitaba mi cuerpo, que deambulaba como una masa de átomos que se ponen la zancadilla unos a otros. Me picaba un cojón y me ardía la frente por la fiebre. Empecé a desmayarme más o menos cuando estaba ya inclinado sobre el suelo. 45º y reduciendo. El asfalto se descubrió como una sólida fría realidad, de esas que tumban filosofías de golpe. Normal, cuando los sesos del filósofo se arrastran por el suelo intentando llegar lejos de sus ideas.
Una vez atropellé un filósofo y estalló en palabras. Todas empezaban por hache...
La luz del sol calentaba mi piel frita y quemaba la punta del cigarrillo que sobrevivía en mis labios. Y yo tirado como una tortuga boca abajo. Sin ninguna excusa para no levantarme salvo mi propia incapacidad. Creo que mis extremidades se agitaban en el aire como patitas de insecto.
Finalmente, por maldito aburrimiento, mi cuerpo se convirtió en miles de hombrecitos diminutos que corrían en direcciones opuestas atacando a la gente.
Toda mi carne loca mordisqueándole los ojos a los niños y tirando de los tendones de las corredoras de footing. Incluso un par de cabrones le hicieron la "corbata colombiana" a un obeso conductor. Su lengua sobresalía burlona por la garganta cortada y todo el mundo le pitaba al pasar.
Dejé de prestar atención al espectáculo cuando los edificios empezaron a derrumbarse sobre los atónitos espectadores y el ruido de los huesos se hizo insoportable. Sonaba como al cortar papel, algo que siempre me ha dado asco.
Mientras los cuerpos morados se amontonaban por las esquinas decidí alejarme de todo aquello.
Creo que me escondí detrás de una mierda de perro y esperé. Cuando me di cuenta mi lengua asomaba sobre mi pecho manchado de sangre.
-¡Seréis cabrones!, maldecí amenazando con el puño.
Pero ni eso pude acabar, porque el sonido viscoso que producía mi lengua era tan divertido que todos nos empezamos a reír sin parar.
Los cadáveres de las calles me señalaban y apuntaban sus carcajadas hacia mí.
Mierda, ni en el fin del mundo puede uno estar libre de críticas...
Después todo se quedó negro como el sobaco de un grillo a medianoche...