jueves, 27 de agosto de 2009

Desperté desesperado de esperar una esperanza.
Nada apareció ante mis ojos al despertar.
Un cristal dio vueltas por mi sueño. Un vaso de cristal flotando en un cielo negro infinito.
El mundo era frío, aburrido e inerte.
Volví a cerrar los ojos y vi mi habitación, mis pies moviéndose en la cama, mi mano buscando mi cara para tocarla.
Abrí los ojos y vi demonios y enfermos mentales trepando desde la oscuridad, buscando algo que llevarse a la boca.
Cerré los ojos y miré por la ventana de mi cuarto. Llovía y no había nadie por las calles.
Abrí los ojos y encontré un paisaje desolado hasta el horizonte. Todos los edificios derruidos, la arena llena de cadáveres y restos humanos.
Cerré los ojos y vi a la gente del autobús. Íbamos hacia el trabajo. Una mujer frente a mí sonreía mirando las nubes. El resto de gente parecía apagada.
Abrí los ojos y encontré un acantilado infinito. En sus profundidades veía cuerpos de lagartos retorciéndose, húmedos, en una orgía de destrucción que estaba cavando la tierra hasta destruirla.
Cerré los ojos y saludé a la secretaria de la oficina. Me deseó un buen día.
Fingí que trabajaba al ordenador. De repente se encendió la pantalla. Una depresión mordisqueó mis dedos impidiéndome presionar ninguna tecla. Me resigné y abandoné la lucha.
Abrí los ojos y me lancé a aquel mar de cuerpos y ruidos sibilantes.
Por fin en casa.
Sentí de nuevo ese dolor interno en un punto oscuro de mi cuerpo. Esa angustia invisible que no viene de ninguna parte ni dirige a ningún lugar. Esa rabia contenida contra mí mismo, contra mi vida. Cerré la puerta. Pensé en amigos y parejas. Puse el primer candado. Pensé en gobiernos y religiones. Puse otro. A cada pensamiento que tenía ponía un nuevo cerrojo. El último correspondió a un pensamiento sobre mí mismo. Yo abrazando a una persona. Yo solo en un banco de un parque. Yo sentado en el asiento trasero de un coche, llorando. De mis ojos salían gotas de sangre verde. El click del último cerrojo indicó el final de todo.
Sólo me senté a esperar, con un libro en el costado, a que el tiempo viniera a cobrar sus facturas.
Mientras, el veneno en el aire hacía su trabajo.
Sólo leí tres páginas.
El resto lo inventé con la imaginación mientras me apagaba lentamente.
Soñando con un mundo en el que todo el mundo está muerto.
Muriendo en un mundo en el que no se puede soñar.
Metí un pequeño alambre en el enchufe sujetándolo con los dientes. Una fuerte corriente recorrió mi cuerpo electrocutándolo y calcinándolo en un instante. Mis órganos internos se derritieron, mis globos oculares explotaron manchando la pared. Sangre corría por mi nariz buscando las rendijas del suelo.
Así de fácil.
Mucho mejor que hacerlo lentamente y con desgana.
Mejor acabar rápido...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Gritaba que el mundo no estaba hecho para ella, igual que sabía que ella no estaba hecha para nada especial.
Los días se le hacían demasiado largos y apáticos o demasiado cortos y apáticos.
Las pollas siempre le parecían demasiado pequeñas o demasiado blandas. Las sonrisas demasiado tensas.
La gente era una enfermedad incomprensible que infectaba las calles.
Los cigarrillos eran llaves para abrir puertas de humo en el aire.
Los niños eran piedras que gritan y babean. Los colegios, museos de arqueología.
Los besos eran vuelos de mariposa, los labios bailaban como babosas borrachas.
El sol era una farola a medianoche, la luna el faro de un coche.
La ropa era una piel innecesaria, la piel un traje placentero.
El corazón era un estéreo siempre on.
Y las cosas buenas de la vida eran dibujos infantiles sobre el mantel.
¡Qué bueno no necesitar a la vida y poder verla crecer a tu alrededor!

domingo, 23 de agosto de 2009

Ven,
Como un atardecer de sonrisas,
Ardiendo
Como la fruta madura.

Vete,
Como mariposa en la brisa,
Aullando
Canciones desesperadas.

Vuelve,
Como estación, como otoño,
Olvidando
tus hojas perdidas.

Mata,
Como amante, como ajeno,
Cortando
las venas al día.
Gotitas de pintura en las paredes y una motita marrón en el surco del iris de tu ojo. La pupila enorme, dilatada, perdida en la inmensidad de la noche, intentando arrancar un par de estrellas a la oscuridad. Una nube silenciosa ardiendo invisible en el cielo oculto. El ruido hipnótico de un motor que rumia su propio aburrimiento al calor del asfalto. El tacto agradable de una piel conocida en las tinieblas del paraíso del dormitorio.
Las gotitas de acuarela del estío enturbian el gris urbano de un otoño futuro.
El dolor de ser tan pequeño en un mundo sin límites, de ser tan grande en un mundo de detalles...

sábado, 22 de agosto de 2009

Ellos versionaban for your love y yo tragaba pastillas para la úlcera. Me sentí libre, por un estúpido segundo, antes de darme cuenta de que mi brazo estaba encadenado a la barra. Observé el concierto desde lejos y la chica que estaba a mi lado me miró con cara de zombie. No creo que se diera cuenta de que le colgaba el pellejo como si sólo fuera un cascarón de huesos. Asquerosos ojos de pez y baba goteando del labio inferior.
Me alejé de aquella escena del Bosco.
Entre la gente me volví a sentir bien: nada mejor que un montón de treintañeros borrachos saltando a tu alrededor para sentirte viejo pero joven. De hecho, bastante más joven que esos "jovencitos hipotecados" sin pasado ni futuro.
Intenté subir al escenario pero perdí el equilibrio y caí sobre el público, que no hizo ninguna intención por cogerme. Lo siguiente que recuerdo es la tumbona de la piscina y las estrellas en el cielo. Una noche teñida de bourbon.
Pensé en dejarme caer en el agua: probablemente sería incapaz de nadar y me hundiría sin remedio. Al día siguiente la casera encontraría un flotador hinchado y fofo con forma de pato.
Siempre he tenido forma de pato...
Después de maldecir un par de veces mi vida, acabé la bebida de un trago y me fui a mi habitación. A ese horno del demonio donde me sumergiría en la piscina del sueño.

viernes, 21 de agosto de 2009

Al abrir los ojos descubrí que un nuevo día había sustituido a la noche. Aquella noche de sexo y placeres que no quería que terminara nunca. ¡Qué manía, la del sol, de amanecer cueste lo que cueste!
Miré mis costillas, normalmente sobresalientes, que aquel día apenas rozaban el aprobado. "Qué estupidez de pensamiento", fue lo único que se me ocurrió pensar al encontrarme frente al espejo, "pero, ¿por qué no tengo boca?"
Rebusqué bajo la almohada y allí estaba, la muy puerca: dándole mordiscos al colchón.
Derribé un muro para tomar unos cereales pero al final se me quitó el hambre: los cascotes siempre se deshacen demasiado pronto. Odio esa pasta blandurria de muesli y fibra. La próxima vez lo compraré con más cemento.
Me asomé a la terraza y comprobé que las calles no estaban correctamente. Normalmente Lope de Figueroa está a la izquierda y Téllez de Bilbao a la derecha. En lugar de eso, cada una estaba en el lado opuesto. Me molestó bastante, porque ahora tendría que comprar mapas nuevos. A menos que la comunidad mandara darle la vuelta al edificio. Pero esas cosas nunca salen bien: mejor dejar las cosas como están.
Recordé lo que hacía el día anterior antes de dormirme. "Sexo" fue la única palabra que pasó por mi mente. Sin embargo, la cama estaba vacía. Volví a echar un vistazo y, efectivamente, no había nadie. De hecho, ni yo mismo estaba, porque fui tan rápido a mirar que seguía todavía en la terraza. Al llegar mi cuerpo comprobé realmente que no había nadie.
Levanté mi cama un poco, buscando una zapatilla, y encontré un pie. "Caramba", pensé, "ya sé quién estuvo aquí anoche." Sin embargo no me pareció bien desvelarlo, ya que un caballero no habla de eso, y preferí pensar en otra cosa, evitando las palabras fue, María y Teresa.
Sonreí, sabiendo que había dejado a más de un lector con la duda.
Me puse el sombrero para salir a la calle y en el ascensor coincidí con la vecina del sexto:
-¿Se ha dado usted cuenta de que camina desnudo? -me preguntó.
-¿Y usted de que este edificio sólo tiene cinco plantas? -respondí iracundo. A fin de cuentas, ella ni siquiera se había fijado en mis calcetines.
El viento de la mañana siempre hace bien en los genitales. Aquel día corría una fina brisa grisácea que hacía que mis pelotas rebotaran una contra otra con un soniquete alegre. Pasó un policía a mi lado y alabó mis pelotas, a lo que respondí con un gesto de cabeza y le ofrecí que pasara por casa siempre que quisiera visitarlas.
En un kiosko compré un pescado para leer la sección de deportes. No es que sea un gran aficionado, pero nunca es tarde para hacer ejercicio. El resto de noticias apestaba, de modo que lo tiré con desdén a la basura.
Tomé un autobús para ir al centro y caminaba algo abstraído cuando una mujer me gritó que lo soltara. Le dije que estaba en mi derecho de coger el autobús, pero ella replicó que tardaban más andando y lo volví a dejar en la calzada. Después de todo, la gente ha olvidado el encanto de pasear en autobús...
En el centro disfruté de una exposición de miradas furtivas por la calle y después me metí en un museo para descansar la vista. Después me senté en una terraza y disfruté de una cerveza bien fría y un par de olivas de animada conversación. Por desgracia, al rato me cansé de oírlas hablar de anchoas -¡qué egocéntricas!- y me despedí cortésmente, no sin antes pagar su consumición. Una me gustó mucho, ¡a esa le chupaba hasta el hueso!
La mañana fue, sinceramente, una entre tantas, y por eso cuando llegué a casa no me extrañó encontrarme la mitad de los muebles desordenados en el techo y las ventanas llenas de pisadas. Coloqué todo en su sitio y me senté a mirar el televisor con una cerveza. Al estar colgado del techo, resultaba difícil beber bocabajo. Sin embargo, ya he cogido práctica y dicen, además, que es muy bueno para el hipo.
-Creo que (¡hip!) empezaré a (¡hip!) preparar la (¡hip!) comida.
Sonreí y comencé a darle vueltas al contenido de la olla. ¡Qué bien olía: me estaba quedando una NADA exquisita!
Dispuesto a compartirla, lancé un poco por la ventana. Mi vecino siempre solía sacar un plato para ver si caía algo.
-¡Nunca he probado NADA tan bien cocinado, vecino! -le oí gritar desde arriba. Contento y de buen humor, me lo comí todo y rebañé el plato con un trozo de pan que ya no pude comerme: ¡estaba tan lleno!
La tarde llegó con el juego de petanca en el parque: un viejo lanzó la bola con tanta fuerza que golpeó una esquina del mediodía y este se levantó como una persiana mal atada. ¡Y de repente, era por la tarde! ¡Casi todo el día había pasado ya ante mis narices y ni siquiera me había enterado!
Esnifé con fuerza intentado atrapar la tarde y luego pensé qué podía hacer con aquellas horas llenas de mocos. Decidí tocar algo de música. Puse un disco a todo volumen y empecé a palpar los altavoces:
"sublime..."
Y así, como quien no quiere la cosa -y yo ciertamente, no quería-, la noche volvió de repente, con su sexo y sus placeres. Al principio intenté resistirme: tenía cosas que hacer. Pero cuando empezó a menearme el culito delante de la cara tuve que reconocerlo: tenía ganas de ir a la cama.
De modo que el día terminó como había empezado y me dormí con la certeza de que el día siguiente sería igual de aburrido que hoy. La noche me susurró, sin embargo, que al día siguiente se iba de vacaciones y nos nos veríamos en unas semanas.
"¡Vaya lata!", pensé. Tras quedarme dormido, decidí irme con ella y pasar unas semanas en la playa tomando las estrellas.
Después de todo, estaba demasiado moreno para ser verano...
Nuestro amor fue una exhibición de atrocidades estancada en una sala vacía de una exposición de arte moderno. Los cuadros, sin gracia ni sentido, flotaban sobre esperma florido y se escurrían por las paredes en extrañas geometrías. Los paseantes que entraban por error salían después de asomar la cabeza, asustados y llenos de asco. Aquella creación enferma de una mente senil que se había reproducido por mitosis resultaba tan fértil, tan estimulante a la imaginación, que hacía brotar fetos en los ojos de los espectadores. Todo duró apenas unas horas, antes de que la policía del pensamiento fumigara la sala completa, incinerara los cuadros y ejecutara al autor: la célula de aquella barbarie. Los espectadores que lo vieron fueron igualmente decapitados para que no quedaran testigos y monos de tres cabezas con trajes de cuero se follaron sus cabezas por el cuello para destruir completamente las pruebas.
El resto es Historia del Arte.
Sentado a la barra de un bar, apagaba mis sentidos en un vaso de whiskey. Trataba de olvidar años enteros, millones de sensaciones desagradables. Sin embargo, lo único que hice fue desactivar mis defensas y volverme vulnerable.
Un solo de guitarra como un martillo se empeñaba en aplastarme el alma. Piang... piang... Y yo enfureciéndome a cada momento, aferrando con fuerza la pistola entre mis piernas.
Pedí otro cuando vi que el hielo empezaba a derretirse. Una chica a mi lado me pidió fuego y me alejé hacia el baño sin responderle. Fui a vomitar. Después no recuerdo lo que hice en varias horas. Creo que anduve por el centro.
Incomunicado dentro de mi estúpido cerebro, deambulaba por aquellos lugares comunes que en otra época había echado de menos. En aquel momento, sin embargo, hubiera dinamitado toda aquella maldita ciudad.
Mis huesos gritaban que querían ser libres.
El malestar de mi piel provenía de algún punto indeterminado de mi estómago.
Agarré algunas palabras al vuelo del periódico de un viejo sentado en una terraza. No entendí lo que significaban, pero intuí que no eran buenos presagios.
Al llegar a casa dudé entre pegarme un tiro en el ascensor o sentarme a llorar en las escaleras, a oscuras.
Creo que al final hice todo a la vez.
Nadie se sorprenderá cuando aparezca mi cadáver en un río.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Escribí un relato tan breve que cabía en un sello de correos. Lo grabé en una bala y me dispuse a dispararlo. Busqué un rostro interesante entre la multitud: alguien capaz de comprender la grandeza de una poesía tan diminuta. Tras una mañana de geografías faciales decepcionantes, tiré la pistola a la basura y me olvidé del arte. No estaba hecho para aquello.
A la mañana siguiente escuché que había habido un atraco en unos grandes almacenes. Habían muerto tres personas. También había un herido: una mujer, cajera, de veintipocos. La pistola había sido encontrada a pocos metros de la puerta, tirada en la acera, sin huellas dactilares. Era muy cerca de donde yo estuve, así que el tema no dejó de interesarme.
Decidí ir al hospital y visitar a aquella muchacha.
Yacía en la cama con gesto indiferente. Sus ojos tenían algo que me dejó atónito: miraban tan lejos de aquella habitación fría y aséptica como si pudieran atravesar el tiempo y el espacio.
Intenté hablar con ella y se le escapó un susurro casi imperceptible. No había notado mi presencia. Simplemente susurraba algo cada cierto tiempo.
Acerqué el oído a su boca y esperé.
No se escuchó nada.
Vi cómo la muchacha abría los labios otra vez. Parecía dispuesta a compartir sus palabras conmigo.
Aguardé...
"Bang", fue todo lo que dijo.
Me aparté decepcionado de su mirada ausente y me dirigí a la ventana. En silencio, contemplé el exterior sin apenas fijarme en nada. Luego decidí marcharme.
Dirigí una mirada más a aquella pobre muchacha y salí por la puerta. Con una mano me coloqué las gafas en su sitio y apreté el botón del ascensor.
Antes de que las puertas se cerraran, un pensamiento se escapó de mi mente y se apeó antes de que el ascensor comenzara a descender. Había sido un pensamiento rápido y casi inconsciente, pero no podía olvidarlo aunque se me hubiera escapado.
Era un pensamiento que decía: "tampoco era un gran relato."

domingo, 9 de agosto de 2009

Pasear por la calle se había vuelto como un acelerado solo de trompeta: desafinado, irritante, pero capaz de hacerte sudar el alma. Las imágenes chocaban unas contra otras como cristales cayendo sobre mis ojos: una fugaz rueda de coche, el sol exaltado, unas gafas de sol, unos pechos botando al caminar, el mareante bordillo de la acera. La sensación que me envargaba podría llamarse vértigo vital o algo así: sabía que estaba sobre la cuerda floja. Creo que en el fondo era una percepción derivada de mis malditos cursos de acróbata.
El recuerdo sensorial de drogas imaginarias agitaba mi cuerpo, que deambulaba como una masa de átomos que se ponen la zancadilla unos a otros. Me picaba un cojón y me ardía la frente por la fiebre. Empecé a desmayarme más o menos cuando estaba ya inclinado sobre el suelo. 45º y reduciendo. El asfalto se descubrió como una sólida fría realidad, de esas que tumban filosofías de golpe. Normal, cuando los sesos del filósofo se arrastran por el suelo intentando llegar lejos de sus ideas.
Una vez atropellé un filósofo y estalló en palabras. Todas empezaban por hache...
La luz del sol calentaba mi piel frita y quemaba la punta del cigarrillo que sobrevivía en mis labios. Y yo tirado como una tortuga boca abajo. Sin ninguna excusa para no levantarme salvo mi propia incapacidad. Creo que mis extremidades se agitaban en el aire como patitas de insecto.
Finalmente, por maldito aburrimiento, mi cuerpo se convirtió en miles de hombrecitos diminutos que corrían en direcciones opuestas atacando a la gente.
Toda mi carne loca mordisqueándole los ojos a los niños y tirando de los tendones de las corredoras de footing. Incluso un par de cabrones le hicieron la "corbata colombiana" a un obeso conductor. Su lengua sobresalía burlona por la garganta cortada y todo el mundo le pitaba al pasar.
Dejé de prestar atención al espectáculo cuando los edificios empezaron a derrumbarse sobre los atónitos espectadores y el ruido de los huesos se hizo insoportable. Sonaba como al cortar papel, algo que siempre me ha dado asco.
Mientras los cuerpos morados se amontonaban por las esquinas decidí alejarme de todo aquello.
Creo que me escondí detrás de una mierda de perro y esperé. Cuando me di cuenta mi lengua asomaba sobre mi pecho manchado de sangre.
-¡Seréis cabrones!, maldecí amenazando con el puño.
Pero ni eso pude acabar, porque el sonido viscoso que producía mi lengua era tan divertido que todos nos empezamos a reír sin parar.
Los cadáveres de las calles me señalaban y apuntaban sus carcajadas hacia mí.
Mierda, ni en el fin del mundo puede uno estar libre de críticas...
Después todo se quedó negro como el sobaco de un grillo a medianoche...

miércoles, 29 de julio de 2009

Anoche soñé con una mujer hecha de polvo de estrellas,
formada por las lágrimas del ojo izquierdo de Bowie,
por las tripas de Iggy y la lefa de Reed.
Una mujer que es pétalo y cáncer a la vez.
Suave como el asfalto ardiendo y dura
como la superficie de un charco.
Hecha a partir de su reflejo en mis pupilas
y del latir de mis venas.
Una mujer que sólo existe arrastrándose bajo mi piel,
sobreviviendo de mi sangre,
observándome desde mi sombra.
Anoche soñé con una mujer que se viste de noche
y duerme desnuda sobre el capó de un coche...
Abrí el libro y escapé de aquella habitación, de aquella ciudad. Lejos de todo ese calor concentrado, de preocupaciones y sufrimientos irreales y rutinarios. Me sumergí en la ilusión de la lejanía en el tiempo y en el espacio: en el terreno donde todo es posible. Disfrutaba evadiéndome de mí mismo y de los demás, habitando castillos en el aire que yo mismo inflaba con pompas de jabón.
La sensación era tan agradable como sentarse sobre la suave arena de la playa y hundirse quedando atrapado en una burbuja desde la que poder recrear todos los paraísos e infiernos de mi imaginación. De esa imaginación colectiva creada por los seres humanos en su conjunto: el inconsciente colectivo.
El único problema o miedo que me atenazaba era saber que en algún momento la burbuja estallaría...
...y toda la maldita arena de la rutina caería sobre mí otra vez...
Envuelto en una sonrisa me escondía del calor igual que del frío. En este caso lo primero, porque el sol se derramaba ardiendo sobre el campo ante el que me encontraba. Ante mí paja seca, amarillenta, y un camino de tierra seca y agrietada. El tacto bajo mis pies era agradablemente cálido y suave, como una caricia amorosa. Paso a paso fui disfrutando el camino hasta que terminó en un precipicio.
Abajo estaba el mar. Agua por todas partes hasta donde alcanza la vista. Algunas rocas asomaban la cabeza curiosas por saber quién estaba aquí arriba. Como tortugas flotando bajo las olas, sus ojos pétreos custodiaban el acantilado. Paseé mi mirada por la húmeda neblina del horizonte. Podía sentir las frescas gotitas que volaban en la brisa posarse sobre mi piel.
Una última mirada al sol, al campo de paja y al agua, antes de saltar al vacío.
En el aire, atravesando frescas capas de espuma marina, me siento como una gaviota. Apunto con la cabeza hacia abajo y atravieso el agua justo entre las rocas más grandes. Sin miedo, sin pensar en nada, esquivo con indiferencia los enormes arrecifes: icebergs de piedra que apenas asoman a la superficie pero que surgen de las profundidades de la tierra marina.
El agua es muy profunda aquí y buceo hacia el fondo a gran velocidad. Agito mis pies como si fuera un pez y me dirijo al agua más oscura y fría de las profundidades.
Entre bancos de peces y arrecifes de coral, buceo por todo el fondo explorando el vasto mundo que se abre ante mí.
Envuelto en una sonrisa de burbujas cristalinas me escondo del sol en aguas donde su luz ya sólo alcanza débil y mortecina. Contemplo el océano ante el que me encuentro. Ante mí la negrura de lo desconocido y los peces furtivos que eluden mi presencia. También algún tiburón esporádico que me mira con indiferencia y frialdad. El agua sobre mi piel tiene un efecto refrescante y salado, como una caricia amorosa. A grandes brazadas voy disfrutando las corrientes marinas hasta que llego ante un acantilado.
Abajo está el misterio, lo desconocido. Sin luz apenas para ver lo que me rodea, intuyo las enormes paredes de piedra que escavan la tierra hacia las profundidades del planeta, hacia la gruta de los monstruos prehistóricos, de los seres marinos mitológicos.
Una última mirada atrás, hacia el amplio azul claro de la superficie lejana, y me dejo caer en el vacío.

lunes, 27 de julio de 2009

Tan sólo
tú solo.
Sólo tú,
tú solo.
Sólo
tú
solo.
Solo.
Sólo
tú.
Mi perro es el único motivo por el que no me he suicidado
todavía.
Hoy lo han atropellado.
En la clínica, el veterinario ha hablado de inyecciones.
Le pregunté si tenía dos.
Replicó que una bastaría.
No me entendió.
Pedía una para mí.
Pero parece ser que yo no tengo ese derecho...
...derecho a morir en paz.

Paranoia

Como un puto gurú: 24 horas sin comer y en estado de alerta.
Mirando por la ventana con un rifle sin balas.
Papel de periódico desperdigado por el suelo con supuestas manchas de pintura o sangre.
Oigo que llaman a la puerta pero no pienso abrir.
También suena el teléfono, a pesar de que lo he descableado.
A oscuras, tumbado en el suelo, el techo parece a punto de caerse sobre mí.
Parece que ha vuelto a entrar aquel enano que se esconde en las sombras.
He encendido todas las luces.
Espero que nadie me vea desde la calle.
La bomba que traje no ha estallado.
Escupo sangre por alguna extraña razón y se me caen los dientes.
Esta droga estaba caducada.
Los cristales estallan hacia dentro: parece que hay alguien disparando.
Siento que las balas me atraviesan como queso fresco.
Salto por la ventana intentando caer en la piscina.
Me equivoqué: era un coche azul.
Azul y rojo, desde que me estrellé contra él.
Desde aquí se ven las estrellas.
¿O son visores apuntándome?

sábado, 25 de julio de 2009

La canción suena como una maldita balada. Una de esas que se repiten constantemente a lo largo de tu vida aunque mueres sin saber quién demonios la cantaba. Ese es el destino del amor: flotar en el aire, indefinido, sin dirigirse a ninguna persona concreta y sin llevar nada a cabo. El amor como el máximo estatismo del alma humana. ¿No sentimos acaso un leve mareo cuando nos enamoramos? Es por el cambio de velocidad: del lento movimiento al estatismo puro. Eso sí, en caída libre. Porque no nos movemos pero viajamos a una velocidad enorme. Como si de repente sintiéramos la inercia de estar clavados a una tierra que gira sobre sí misma. ¿No es acaso ese mareo el que sentimos? E, igual que la velocidad sobre la Tierra cambia dependiendo de dónde te encuentres, cambia la velocidad del amor sobre tu cuerpo dependiendo de dónde te toque: en la polla o en el corazón. ¿Te has enamorado sexualmente? Felicidades: ese mareo era la falta de sangre por tu gran erección. Nada más. No jodas, no llames a eso amor. El amor no se puede definir más que con metáforas manidas que no digan nada. En cambio el sexo es palpable -cómo no- y puede significar cualquier cosa existente, siempre y cuando sea real. El sexo sí es velocidad: de empuje y de eyaculación, de frotación. Uno olvida la rotación de la Tierra por la frotación de los cuerpos sobre el colchón, en el coche o donde sea. Uno olvida que el sexo es amor cuando escucha esa empalagosa canción.

miércoles, 22 de julio de 2009

Corría sobre lava fundida.
Porque sí,
por matar el rato.
Porque no todo iba a ser tumbarse en la piscina.
Porque la vida está hecha de sufrimientos frecuentes
entre alegrías esporádicas.
Corría sobre lava fundida
y no me dolían los pies.
Sólo me dolía tu recuerdo...
aunque también ardió,
como todo.
Miro hacia arriba y veo el cielo azul estallando desde las profundidades del sol.
La luz cegadora cae como plomo fundido sobre mi piel, que se derrite en múltiples gotitas de sudor.
Miro hacia arriba e imagino la playa. El olor del agua salada, la brisa fresca, la arena entre los pies.
Bajo la mirada y sólo hay asfalto y coches. Todo ardiendo posado en la sartén del mediodía.
Todo grasiento flotando en aceite.
Miro al cielo y veo el mar evaporado en el aire. Sé que está ahí arriba, esperando a que me sumerja en él.
Pero tendrá que esperar.
De momento, lo único que hay son altas temperaturas, sudor y polvo.
Mucho polvo.

sábado, 18 de julio de 2009

Había vomitado la comida sobre la mesa.
El mantel había chupado el líquido verdoso y quedaban algunos cuerpos sólidos desperdigados. Tenían un aspecto aceitoso. Realmente desagradable.
Frente a él estaba un plato casi vacío -salvo por el material regurgitado- y un vaso lleno de vino. Meto el dedo y lo huelo.
-No es vino: es sangre.
Hablo para la habitación vacía, ya que estoy solo. "Mi grabadora podría haberlo escuchado", pienso recordando que me la he dejado en casa.
Compruebo el estado del cuarto a mi alrededor. Nada demasiado llamativo: un par de libros polvorientos en la estantería. Novelas baratas: una de amor, otra de terror y otra del oeste. La de amor está húmeda y tiene comentarios escritos a lápiz en las páginas. Parece que nuestro hombre era un cínico, a juzgar por el tono sarcástico.
Los cajones de la mesa están vacíos, salvo el que contiene la biblia y la pistola de rigor. Evidentemente falsas y, es más, pegadas entre sí. Parece un decorado de una película, aunque el porno que flota en el televisor es de verdad.
Salgo de la habitación y camino el largo pasillo enmoquetado hasta el final. Hay un par de agujeros de bala incrustados en el papel de pared. Nada extraño en un hotel como este: probablemente lleven años, certifico al pasar el dedo y no encontrar pólvora.
Bajo las astilladas escaleras de madera casi desenclavada y escucho cada una de mis pisadas hasta el primer piso. El último tramo está enmoquetado y el sonido desaparece, acolchado.
Hablo un poco con el conserje: un estúpido simio engrosado por la comida grasienta y con el cerebro embotado por el alcohol. Aquí no voy a sacar nada.
La calle se abre como un desierto de sol ardiente que se clava entre dos aceras y una franja interminable de asfalto. Veo a una joven pasar delante de mí y no puedo evitar acompañar el movimiento de sus caderas con mis ojos.
Después, sudoroso por el sol y el calor sexual, subo al coche.
Bajo la ventanilla, enciendo un cigarro y apunto en mi bloc de notas. Después echo una última mirada a la entrada del edificio. Arranco la hoja, la dejo en la caja de apuntes y subo la bandera.
"Parece que este hombre ya no va a ir a ninguna parte", pienso, calculando el gasto de gasolina.
Después desaparezco con el taxi, esperando la próxima llamada.
-Mira, es ése.
-¿Está mirando?
-Todo el rato, no nos quita ojo.
-Mírale, ya verás como se pone nervioso.
-¡Jaja, tienes razón!
-Menudo idiota.
(...)

viernes, 17 de julio de 2009

La pareja estaba en un parque, sentada en un banco oculto por un seto.
Quizás por eso nadie los vio. Nadie se dio cuenta.
Pasaron días y semanas sin que nadie pasara por allí
y viera sus cuerpos rígidos
en ridícula postura.
Sus cuerpos pálidos y calcáreos,
su inerte expresión de estupidez.
Nadie los encontró hasta mucho después,
cuando su piel estaba amarillenta y corroída
por la lluvia.
Finalmente, un sorprendido barrendero dio con ellos.
Apenas quedaba ya un esqueleto o cascarón.
Echó los restos con pereza en el cubo de la basura
sobre un montón de hojas secas y palos.
Y se fue a continuar su ronda sin pararse a pensar.
Sin preguntarse qué demonios hacían ahí
dos maniquíes destrozados.
En el autobús no ocurre nada.
Subes, bajas y ya está.
Das vueltas por la ciudad
sin ningún misterio.
De la primera
a la última parada.
Viendo a la gente por las aceras
o atrapada en coches.
Un puto aburrimiento...
...
Y, sin embargo,
puede ser el origen
de un romance.
O de una violación.
El chirrido de una guitarra que te arranca la piel y el latido de un bajo que te mantiene vivo. Y golpes, muchos golpes sobre tu cabeza, para mantener el ritmo. La voz que grita lo que el cerebro necesita escupir y el cerebro que se derrite y gotea en sudor por todo el cuerpo.
La multitud caníbal deseando morderte, escupiéndote, disparando enfermedades hacia el escenario.
Un puñado de mierda vuela sobre las cabezas como un ángel en la oscuridad. Actuación extrema.
Los retretes huelen a sangre y diarrea. Vómito en el aire como una fuente transparente.
Todo enfermo de muerte y violencia. El sexo como único antídoto al aburrimiento.
Saltas sobre la multitud desde el escenario y te clavas en la masa. Un cuchillo de sonido cercenando su cordura. Cuerpos ardiendo se elevan hacia el cielo.
Todo se ralentiza por la droga hasta que se para.
Una masa de cuerpos quietos en el aire, ardiendo, fundiéndose, mezclándose con el tuyo al ritmo de la muerte.
Sí, la vida es una bomba que no entiende de botones.
Te estalla en las narices aunque no aprietes.
Dibujaba a trazos tus curvas mientras estabas tirada delante de mí. A lápiz. Esas formas que se agrupaban por el sofá en lo que nadie llamaría una postura. Eras una pequeña montaña de carne firme y yaciente. Nada más que carne, salvo por tus ojos. Intentaba no fijarme en esas dos lámparas azules que me miraban de reojo. Intentaba, digo.
El lápiz raspaba el papel como una caricia sobre tu cuerpo. Parecía gustarte, a juzgar por tus gemidos. Aparté el papel y vi que habías empezado a acariciarte. Maldita sea, eras un boceto rebelde.
Salté sobre ti para devolverte a tu forma. Quería aniquilar ese extraño movimiento, esa animación de tus líneas.
Quieta.
Pero no podía porque mi cuerpo quería pertenecer también al dibujo. Quería follarme a mi musa. Doblegarla contra el colchón, arrancarle la vida a mordiscos y acabar con ese sufrimiento interno que me obligaba a dibujar.
Te penetraba como el que golpea contra su insatisfacción. Quería llorar a través de ti mi melancolía y compartir mi soledad.
Maldita musa estúpida.
Déjame en paz.
Y parecía encantarte, la verdad.
Tu cuerpo entero se agitaba debajo de mí.
Como si yo no estuviera haciendo nada, en realidad. Eras tú la que me movía. Maldita sea, eras tú la que me utilizaba.
Incapaz de respirar, salté a un lado, sintiéndome morir.
Me miraste con sarcasmo o con pura maldad. De rodillas frente a mí. Empapada como mis genitales. Tu boca abierta hacia mis labios y el susurro de la inspiración.
Soplaste un poquito de aire y me hinché como una bolsa movida por el viento. Empecé a menerarme como atrapado en un remolino. No podía recuperar el control ni el equilibrio.
Caí al suelo llorando, sabiendo que tú me dabas la vida y podías quitármela.
Me deshinché como una bolsa
de basura.
Arranqué el boceto del cuaderno y vi cómo había quedado: trazos desgarrados lanzados con furia sobre un caos de colores deprimentes y sucios. Basura. Todo lo que tenía dentro era basura.
Me asomé a la ventana, intentando darle la espalda a mi mediocridad. El cielo negro de la noche parecía el fondo de un contenedor.
Tuve una arcada y vomité hacia la calle.
Cayeron latas vacías, colillas y cáscaras de plátano...
La mujer gato me clava las uñas
cuando intento clavarle la poya.
Me arranca la carne a mordiscos
hasta saltarme un ojo de golpe.
La mujer gato me lame las heridas
cuando intento acariciarle la cola.
Me acaricia la piel con la lengua
hasta arrancarme un poco de placer.
Qué contradictorio es el amor
imaginario.

lunes, 13 de julio de 2009

Atrapado entre cajas en un almacén infinito. Colocando cartón sobre cartón, todo lleno de polvo. Puedo notar los pulmones llenos de arena y el sol colándose por los resquicios del tejado buscando quemar mi piel. Hace calor, tanto calor... Que parece que las cajas fueran a derretirse.
Paro un poco. Me siento en el suelo, entre pilas de cajas que me ocultan completamente. Todos salen fuera a fumar menos yo. Todos se fueron, de hecho. Pero yo sigo aquí, apilando cajas sobre cajas hasta que ya no recuerdo cuándo tengo que irme. Pero mientras espero, trabajo. Así se pasa el tiempo más rápido.
¿El tiempo? La vida...
Oculto entre cajas de cartón espero y descanso, al amparo de una pequeña sombra donde el sol no llega a colarse.
Siento que mi cuerpo se duerme. Mi mente no. Sigo despierto aunque inactivo. Acechante como el ojo un reloj digital inspeccionando la oscuridad. Pero incapaz de moverme. Puede que esté muerto, incluso, aunque sospecho que entonces lo vería todo desde fuera de mí mismo.
Finalmente oigo ruidos. Al otro lado de las cajas.
Alegre por la vuelta de mis compañeros, intento levantarme aunque no puedo. Mi cuerpo no responde. Mi relación con mi cuerpo se ha roto en algún momento. A lo mejor se ha estropeado por el polvo y el calor.
Escucho las voces de los demás.
Están hablando. No dicen nada en particular, aunque creo que son palabras. No entiendo: parece que mi capacidad de comprensión quedó en mi cuerpo.
No es tan terrible. El mundo no es para entenderlo.
El caso es que tengo que volver al trabajo. Levantarme y seguir apilando cajas. Lo intento, mi cuerpo no me responde. Nervioso, siento que cuanto más tiempo pase mi cuerpo dormido, menos posibilidades habrá de despertarlo.
Se ve que voy a morir...
Y miro hacia arriba buscando una cara amiga que me reconozca y me despierte. ¡Encuéntrame y sácame de aquí, amigo!
Espero.
Pero lo único que veo es una caja tras otra. Apilándose hacia arriba a mi alrededor.
Y mi corazón se apaga en el momento en que alguien coloca la última caja, justo encima de mi cabeza. Muero. ¿Para qué seguir viviendo aquí metido, entre cucarachas y mierdas de gato?
Sin embargo, mi mente sigue viva todavía. Desde hace años. Tiritando por el frío en invierno, abrasada de calor en verano. Aterrada por la soledad extrema de este rincón entre las cajas. Y parece que será así hasta que mi cuerpo se convierta en polvo.
Este maldito polvo que impregna todas las cosas...

domingo, 12 de julio de 2009

Siento arder mi mirada a la vez que mi piel y mis órganos internos.
Siento derretirse mi ser en pálidas pupilas afiladas acuchillando un atardecer pintado de negro.
Escondidos en un vaso de alcohol dejé mis sentimientos y alguien se los bebió o los derramó en una maceta. No creció nada, por supuesto, salvo una carretera de asfalto con cunetas llenas de accidentes.
Me siento invisible
hasta para mí mismo...
es un sentimiento que no tiene nombre, sólo color - el color de un cuadro de hopper - pintado con la tristeza de una flor - seca - y muerta - y con sombras acentuadas en las esquinas - un buen sitio en el que refugiarse del sol - y de uno mismo - - la chica espera sentada en la cama - vestida - sólo con su piel de lagarto - y sus ojos estrellados - mientras yo paseo - o danzo - ebrio - por la oscuridad - en mis ojos - cerrados - por la habitación - siguiendo un ritmo chamánico - y susurrando - - mi piel reluce como escayola - y caigo suave - desde el cielo - entre sus piernas abiertas - a la noche - y al amor - - tiemblo - como una llama - perdida en un incendio - cuando ella me besa - - - - - -
Tendremos que irnos de nuevo
otra vez.
No importa a dónde,
no importa cómo salga.
A algún sitio nuevo en el que esconderse de la vida,
a un rincón de un cuadro
pintado de melancolía
aguada.
Entre el sonido de tambores
arrastro
un puñado de latidos
que retumban
y ensordecen.
El verano arde
tan frío
dentro de mí
y el polvo de mis ojos
se humedece
con lágrimas de sangre.
Guiado por palabras indescifrables
busco un sentido
y sólo encuentro un sentimiento.
Me siento vacío
y pálido,
me siento
y espero.
No pasa nada a mi alrededor,
nada dentro de mí...

viernes, 10 de julio de 2009

Odiaba a la gente en el metro y en la calle.
Todos resultaban tan... externos.
Sólo formaban parte de un mundo exterior a mí.
Fuera de mi piel todo resultaba molesto e incómodo y sufría cada instante de apertura a los demás.
Entonces comencé a cerrarme más y más.
Sin darme cuenta de que cuanto más me cerraba más pequeño me volvía.
Y comprendí que el tamaño de mi mundo dependía completamente de su relación con el externo.
Así que, impelido por el miedo a desaparecer en mí mismo,
decidí abrirme en apariencia
y copiar cada imagen del universo
en mis venas.
Añadí cada centímetro de acera pisado, cada raya de la carretera,
cada mirada de una camarera y cada estornudo en el tren.
Convertí mi interior en una copia artificial de lo externo
y al final me vi vagando por un parque temático,
degradante y grotesco,
tan irreal como sin sentido.
En mi cerebro, convertido en vasto desierto de imaginación,
florecía el asfalto con que la información creaba autopistas abandonadas hacia ninguna parte.
Y parecía que al final de cada camino
había un barranco.
Finalmente cavé un agujero
en el pavimento agrietado
y me escondí entre las raíces de un cable de alta tensión.
Hibernando
en el templado lodo
electrificado
y apagándome en latidos
que se propagaban por la tierra desolada.
Dormí hasta que el asfalto creció sobre mi cabeza
y los edificios empezaron a caer
por su propio peso.
Y mientras dormía todavía una pregunta quedaba en mis ojos cerrados:
"¿Qué aspecto tendrá mi cara en estos momentos?
¿Podrá alguien ver cómo me siento?"
Entre tus piernas siempre me sentí un privilegiado.
Contemplando paisajes prohibidos al resto de los hombres.
Robando suspiros a la noche.
Pegado a tus sábanas de telaraña.
Lamiendo tu sudor dorado y uniéndolo a mi sangre.
Frotando tu placer con mi alma y penetrando
en tus gemidos
que resonaban en la bóveda estrellada de tu habitación.
Aplastando tu cuerpo contra el colchón y arrastrándome
por kilómetros de labios dulces
como helado
derritiéndose.
Siempre me sentí así
hasta que dejé de sentir nada...
Entonces todo se convirtió en muerte
untada
de sudor
y la noche
sólo era un refugio
en el que ocultar
a los hombres
nuestro dolor.

miércoles, 1 de julio de 2009

La aguja pinchó la piel negra y empezó a sonar la melodía.
Sobre el disco la vida daba vueltas
y las notas parecían quedarse en el techo
pegadas
como estalacticas.
Eras como un libro abierto.
Pero con vagina.
Podía ver dentro de ti y leer en el reverso de tus venas. Así descifraba tus historias antes de que me las contaras y sabía más de ti que tú misma.
Pero cuando dormíamos juntos de noche me sentía como un desconocido, como un extraño en tu cama. O en tu cuerpo.
De noche tus venas resplandecían iluminando el cuarto: tu luz asesinaba a la oscuridad y escondía su cadáver bajo la cama. El techo vivía plagado de sombras y formas, como las constelaciones del cielo nocturno.
Esto duró días y noches, hasta que, saliendo de un sueño sin salida, me encontré con tus ojos abiertos en la cama. Me miraban con una extraña expresión: como se inspecciona al extranjero que pide un visado para quedarse. Y yo sin mis fotos de carnet...
Tus ojos, abiertos, en la cama, y tú detrás. Escondida tras una mirada.
Te abracé acariciando tu piel y te toqué un pecho. Puede que en alguna realidad paralela todo esto tenga sentido, pero en la nuestra no: me diste la espalda, te apretaste contra mí y empezamos de nuevo a follar.
Lo que sea por un visado de estancia permanente.
El corazón me dio un vuelco. Se pasó la sangre de un lado a otro como el que hace un regate. Yo miré para otro lado: lo importante era que continuara el partido. Después de todo, me jugaba la vida.
El caso es que el mundo siguió girando como si nada: sólo que yo daba vueltas en sentido contrario.
Como un sentimiento que va y vuelve -como una peonza, por continuar la metáfora- el recuerdo de su rostro pasó ante mis ojos y quedó tatuado en lo negro de mis párpados. Sus ojos, sus labios, su tersa piel... Una geografía memorizada durante años que ahora desaparecía en la confusión de formas, detalles y gestos del mundo que me rodeaba asfixiante.
Y yo obligado a verla cuando cerraba los ojos.
Sus labios, sus ojos, su tersa piel...
Mi vida dio un vuelco y mi piel quedó del revés: toda mi intimidad ante los ojos de los demás. Todo el mundo podía ver la cicatriz que quedó cuando ella se extirpó de mi corazón.
Y conseguí colocarlo de nuevo todo dentro, pero no estoy seguro de que quedara en su sitio.
El corazón me quedó vacío de vida, sólo con ese fluir de sangre que en el fondo nada significa. Y esa fea cicatriz. ¿Cómo poner una tirita ahí dentro para taparla? Lo intenté con alcohol y otras chicas, pero con el licor se despegaba y con las chicas sólo ponía un parche encima de otro...
Nada llenaba la ausencia de ese órgano externo del que dependía mi vida y que había sido arrancado. Era como cojear por un pie que no te pertenece.
Pero mi corazón resistía. El pobre... Le di literatura por entretenerlo y música para ayudarle a llevar el ritmo. Lástima que siempre tirara hacia el jazz y los ritmos sincopados: malditas arritmias...
Y las cosas siguieron goteando por las alcantarillas durante días y días de veranos e inviernos, otoños y primaveras, y periódicos y programas de la tele, hasta que al final un día me olvidé de recordarte y ya no estabas.
El tiempo me había robado hasta la cicatriz.
"Es sólo sexo", me recordaste
para que no lo olvidara.
Pero nunca es sólo sexo.
Siempre hay un resquicio de vida
escondido entre las sábanas.
Un pedazo de cielo en tu lengua
sobre mi piel.
Siempre hay algo más
que sólo sexo.

lunes, 29 de junio de 2009

Nos besábamos, aunque no era divertido.
No Fun...
Porque era mejor que estar solos.
...to be alone.
Y en el fondo nos daba igual
porque ninguno estaba enamorado
más que de sí mismo.
Guiados por el placer egoísta,
por el vacío interior.
Y estaba de puta madre, no creas...
Era como literatura hecha vida.
Walkin´ the wild side...
Como música hecha carne.
Una expresión artística del deseo.
Sin concepto,
todo fluido.
Amalgamando olores,
sincopando gemidos.
Minimalismo
y animalismo.
Rompiéndonos en formas
abstrayéndonos
pero sin abstracción.
Tan lejos de la civilización...
Cortando y pegando
segundos inolvidables
en el húmedo collage
de tus sábanas.
Tus ojos de acuarela
y tu piel pastel,
contorneando
mi sexo
hecho silueta.
Hermoso
aunque feísta,
desequilibrado
pero áureo.
Bailando sin proporciones
en el frasco de tinta
de tus profundidades
y pintando estrellas en tu cielo
oculto.
Siendo a la vez
musa y muerte
con sabor a vida
aunque inerte...
Mucho mejor que estar vivos,
mucho mejor que estar muertos.

sábado, 27 de junio de 2009

¿Por qué
la publicidad es tan triste?
¿Por qué
siempre me hace llorar?
¿Por qué
la literatura
no cura
las heridas
de la desesperación?
¿Por qué
me miran así
las gotitas
de esta lata de cerveza?
¿Dónde
están los amigos
cuando no están?
¿Dónde
estoy yo
cuando no estoy?
¿Dónde
está el mundo
cuando cierro los ojos
y cuando
pierdo el control?
Hoy estoy de funeral
por mis sentimientos
cálidos
como el verano
enfriándose
hacia el otoño.
Sudo desesperación
cuando pienso en ti.
Sudo aburrimiento
en el trabajo.
Y todo
esto
lo hago
por encadenar
una promesa
falsa
de libertad.
Tengo tantas ganas de encontrar un mar en el que ahogarme...

lunes, 22 de junio de 2009

Asfixiado por el desaliento con que me sentía abrazado por tu ausencia, notaba cómo mi vida moría desde dentro. Primero mi felicidad, luego mis esperanzas, finalmente mis sentidos y luego lo que quedó: un cascarón de huesos y músculos...
Cayendo.
Atravesando la atmósfera.
Ardiendo como el napalm.
Ardiendo.
Pero aburrido.
Deja que me arrastre por el suelo destrozando mi quemada piel de lagarto. Por las rocas, por el polvo. Déjame ser un ermitaño indeseable, un esclavo de la soledad. Deja que muera solo y olvidado.
En lugar de pretender venderme una familia y un amor de juguete.
Deja que ande perdido y llore la ausencia de un cuerpo como el tuyo.
Déjame, porque me vacías el alma...

jueves, 18 de junio de 2009

Tus ojos tan bonitos
y tu pelo
tan negro...

Viéndote peinarlo
con las manos,
acariciado
en una coleta...

Tan íntimo
que
por un momento
sentí que despertaba
a tu lado,
detrás de una noche
abrazada
sobre las nubes.

Qué bello
conocerte.

Qué bello
reconocerme
en tus sonrisas
y tus ojos...

¡Qué bella
coincidencia!

miércoles, 17 de junio de 2009

El tiempo pasó por mi colegio e instituto, también por mi universidad.
Pasó por mi trabajo y por mi familia.
Pasó por todo, ante mis ojos, y se marchó sin despedirse.
Con los bolsillos llenos.

miércoles, 10 de junio de 2009

Déjame oler el sudor de tu pecho y olvidar el color de tus ojos. Déjame esconderme bajo tu piel, entre músculos rojizos. Supera mi amor como una enfermedad y cúrate de mi aprecio que te contamina. Pero permite que duerma a tu lado, con los dedos de tus pies entre mis dientes. Con el sucio sabor a suelo y arena que me recuerda que te encantaba bailar.
Juntos vimos crecer una religión sin dioses basada en el sacrificio y derramamos nuestra sangre para poder creer en algo. Después dejamos que nuestros latidos se volvieran eléctricos y automáticos, hasta que la rutina los convirtió en un pitido aburrido que anunciaba el final. El problema es que aunque el ruido se apagó seguimos viviendo, desconectados.
Déjame tan sólo oler el sudor de tu pecho. Recordar aquellas noches de sexo cálido flotando en un mar de sábanas. Toda la noche buceando en tus besos y parando sólo para respirar.
Déjame recordar los pensamientos que flotaban en el cielo de la habitación como un humo denso, mientras tú dormías abrazada a mi respiración y yo cazaba tus sueños en la noche.
Déjame recordarte para volver a vivirte. Aunque mi mente emborrache las imágenes y distorsione tu esencia. Aunque empieze a recordar cosas que nunca pasaron.
Pero déjame hacerlo. Déjame.
Sólo déjame.

miércoles, 29 de abril de 2009

Las casas brotan de la colina como setas acurrucadas unas junto a otras y se asemejan a un graderío lleno de idiotas, espectadores que miran la hierba crecer. Dirigidas sus miradas hacia abajo, contemplan -con las ventanas como platos- el tren que aparece y desaparece.
Apostaría a que aguardan ansiosas el próximo tren...
Con el sol todo parece distinto: las casas brillan, luciérnagas en la noche azul, y las sombras del cielo vuelven a quedar atadas a sus dueños en el suelo. El agua parece más clara, menos llena de secretos, y la piel se calienta de alegría. Con el sol los sentimientos fluyen, polen en el viento, y hasta el sexo despierta lejos de burdeles de cemento.
¡Qué bueno, que brilla el sol!
¡Qué bueno, que brillo yo!
Parecemos hechos para derrumbarnos pero nos mantenemos en pie de alguna forma. En un mar de relaciones inesperadas, flotando a la deriva, hacemos pie o tocamos fondo. Pero siempre queriendo más, buscando algo.
El abrazo de una chica a la que ni quieres ni deseas a veces significa más que la religión más creíble del mundo. Otras ni el sexo con la persona amada llenan más que un vaso de agua.
Amparadas tras el cristal de la cafetería, las parejas comparten sus sueños y sus tristezas. Bromean, discuten o simplemente bostezan. Y, mientras, el tiempo -siempre el tiempo que les queda- espera tras la esquina empuñando unas tijeras, cortando cuerdas al azar.
El azar: la religión del caos...
¿Puedes azar al azar un campo de azahar sin ver que existe una pequeña relación?
Eso espero.
No sirve de nada pensar porque las conclusiones no existen. Conclusión, como final, es el momento en el que la persona deja de pensar y acepta como respuesta la distancia a la que ha llegado.
Si es así... Si en eso sí que crees... Entonces no temas:
sólo cierra los ojos y aguarda.

Alrededores

Bosques talados o mal podados,
la cárcel roja tras el muro gris,
alguna casa entre autopistas
y un pueblecito
alla y allí.
...
Pueblos diminutos aplastados por el cielo
gris nublado y goteante,
una flor perdida entre ramas secas,
asfalto
y supermercados
...
Como un refugio triste de una guerra antigua
ennegrecen las casas imitando al cielo
y entre autopistas y campos de golf,
la grieta
incrustada
de una gran autopista.
...
Las casa antiguas rompen el cielo,
saturado y grasiento suelo de taller,
ensalzando la grandeza de una Historia pequeña
que sigue allí para quien la quiera ver.
...
El lujo y el confort del que lo tiene todo,
el aguantar desesperado de quien no tiene nada,
tanta riqueza mal repartida
y tanta tristeza mal escondida.
Su vestido no era blanco sino rosado, no era vestido sino desnudo. Y vestida con su suave piel atraía a los hombres como una sirena sin plumas ni voz.
Amaneció un sol gris tras un velo azulado
e infectó la mañana de su triste color.
Se reflejó en mi iris de tono dorado
y apagó mi cordura arrancando el calor.
La pizarra parecía un verde desierto lleno de nubes blancas de tiza, un mar oscuro lleno de estelas de barcos olvidados. La clase, un bosque de azulejo azotado por el viento. Y los intentos de la mano por dar sentido a esas formas tropezaban con el desinteresado desinterés de los gallitos.
Con un suspiro, el profesór flotó sobre sus cabezas y vio por un momento su futuro.
Pero nada les intimidaba para que dejaran de cacarear, ni siquiera la cuchilla afilada a la salida del edificio.
(...)
Un mal día en la escuela.

domingo, 26 de abril de 2009

El tamaño de mi cabeza aumentaba constantemente mientras tú estallabas en convulsiones de aburrimiento. Se hinchaba e hinchaba formando tumores que supuraban fétidos humores con sabor a sangre. Y todo ello a la luz artificial del televisor que se dispersaba por una atmósfera enrarecida. Las ondas de sufrimiento en el aire chocaban con las ventanas y se empañaban como deseos frustrados. Para mí todo era fruto de tu cuerpo sudado y retorcido en el suelo de madera astillada. Cada puntita se elevaba como una erección intentando clavarse en tu cuerpo deshecho.
Sentí unas manos dentro de mí que apartaban la carne, empujando hacia afuera.
"Tengo un pasajero", fue la única excusa que se me ocurrió para aquella reacción.
Mi tripa abierta chorreaba peces podridos en un caudal de agua de alcantarilla.
"Necesito derretirme" fue tu respuesta, acompañada por el sonido de chopchop que hacía tu piel cuando los poros escupían ese agua envenenada. "Necesito... calma."
Pero la calma no venía. Nada se movía en aquel cuarto en el que la electricidad sólo era estática. Y podíamos sentir las punzantes patitas de miles de insectos diminutos que correteaban por nuestra piel al son de la droga. Lo llamábamos "el ardor del ansia", lo confundíamos con amor. Esperábamos que se evaporara con el sol de la mañana, pero parecía que nunca fuera a llegar.
Aquel universo estaba destinado a la eternidad y nosotros nos convertiríamos pronto en estatuas. De cal.
En algún momento mi cabeza dejó de crecer, creo que porque había llegado a su tope. Mis ojos estaban aplastados, uno contra la superficie arenosa del techo, el otro contra el frío cristal de la ventana. Y mi mirada hacia fuera te hizo estallar en un llanto que sonaba a risas. Cuando vi las nubes rojas en el cielo naranja. Cuando vi derrumbarse en ruinas cientos de edificios de personas.
Carne púrpura rodaba hacia abajo en un sonido de huesos que crujen.
Todo tenía la calidad cuestionada de una pesadilla. Los sonidos en el cuarto parecían perderse en un espacio lejano. Notaba el eco de tus suspiros susurrando en mi cerebro.
"Ne...ce...si...to...másssssshh..." y tu lengua de serpiente asomaba asustadiza a intervalos regulares.
Sentí cómo olfateabas mi miedo.
La última persona cayó y quedó en la punta del montón, su cabeza dirigida hacia el cielo.
"Ya vaaaaaaaaaaamanecer", arrastré las palabras de una punta a otra de mis labios.
La persona fuera abrió su boca diminuta y regurgitó lo que parecía la cabeza de un misil.
Creo que te oí todavía susurrar un click.
Entonces todo desapareció en un torbellino de angustiada lentitud. Todo tan rápido que duró casi una eternidad. Sentí cada átomo rebelarse contra mí y clavar sus garras para arrancarse de mi ser.
Sentí el fin del comienzo.
De veras que lo sentí.
Fue lo último, de hecho...

sábado, 25 de abril de 2009

El último día daba vueltas de campana tras arrastrarse accidentado por una semana mala. Lamiendo el olor a sangre de las heridas de la rutina, miraba apesadumbrado a la gente paseante. Imposible entender lo que les movía por la calle, imposible siquiera mantener su mirada. Como un desecho deshecho entre sucesos y excesos, el día fatigó su calma con pensamientos distantes y sintió cómo la soledad barnizaba su piel de madera. Y mientras, el serrín húmedo goteaba por su costoso costado y el día se desangraba en horas de tipo A negativo.
Y la felicidad era una estatua en un cementerio de automóviles todavía marcados por las manchas de sangre de sus conductores infelices...
El infierno es un peatón de carne conociendo el mundo de acero a 180 km/h.
El infierno es una risa burlona que no sabemos de dónde viene...

lunes, 20 de abril de 2009

III.

Arcoiris
a quien quiero
rendir tributo
por
los colores
que me diste.
Fuiste luz
en la lluvia,
fuiste blanco
entre la multitud.
De colores
tus cabellos
negros como
el asfalto,
de colores
tu piel
blanca
como la noche.

II.

Fuiste todos los colores
a la vez,
fuiste todos los sabores
que probé,
fuiste causa de dolores
porque amé
y fuiste todas las flores
que quemé.

I.

Si hubo un primer amor
fuiste tú,
amor.
Si hubo
un primer dolor
fuiste tú.
Calor
sentí mientras te tuve
calor perdí
cuando te fuiste.
Si un sabor quedó
anclado
en mi lengua
fue tuyo
y quedó.
Quedó
resonando
quedo
en el silencio
de tus ojos.
De aquellas miradas
que buscaba
y encontré
sólo en ti.
Tú serás siempre
mi musa
confundida,
desconocida
de su propia belleza.
Tú serás
siempre.
Serás.

viernes, 17 de abril de 2009

Tus pasos bajando la escalera retumbaron en el pasillo casi tanto como en mi vida. Y el telón cayó al cerrarse la puerta, tras de ti, en el portal. Fue un momento intenso en el que el tiempo casi se detuvo, en el que todo iba tan lento que no sabía si ibas o venías.
Por un momento pensé que subías de nuevo. Que subías a recoger el calor que habías dejado en mi cama. A arrancarme el vacío y a llenar mi piel de besos que queman.
Casi notaba de nuevo tu presencia en el cuarto. Esa presencia que me costaría una vida olvidar pero que al día siguiente ya no tenía sentido. Ese fantasma de placeres nocturnos que me atormentó esporádicamente.
Casi...
Pero la puerta estaba cerrada y tú ya te habías ido de mi mundo.
¿Qué te llevaste en tus maletas que luego noté que me faltaba algo?
Tan rápido apareciste
y tan pronto no estabas
que fuiste un placer perdido
antes de que se enfriaran las sábanas.
Un racimo de rayas en constante simetría
es la corriente del río
que arrastra mi alegría
ahogando mis recuerdos en su fondo frío.

martes, 31 de marzo de 2009

Te escribí mi opinión en un charco de agua
con trazos de tiza que no podías ver.
Enjaulé el sentimiento durante todo el día
pero no pude evitar que de noche aullara a la luna.
Preguntas y dudas temblaron sobre la tela sin araña
que tiritaba al frío viento del atardecer.
Y al final escapé aterrado de tus brazos y me sumergí
en el agua fría de la noche nublada.
Dejando un rastro de burbujas que te parecieron estrellas en el cielo.
Todo lo que quiero ser es un rincón en el que escondas tu cabeza al dormir
un hombro adormecido por el peso de tu cuerpo
un dedo que flota delicado sobre tu tersa piel.
El sol y la luna parecían ahogados en un estanque de peces muertos.
Dejé caer la flor de tus deseos y flotó en la superficie aceitosa.
Antes de hundirse en el fango del cielo infectado de estrellas.
me gustaría ser el asesino de tu amor hacia mí
para matarlo antes de que me apuntes con él
para evitar que se clave en mis costillas y recorra mi piel.
para no tener que volver a buscar al asesino del dolor de perder tu amor
Es difícil comprender la soledad que acompaña al individuo en su viaje. Anclado en paisajes y tierras que no le pertenecen, llora por dentro el calor perdido en lágrimas invisibles que se evaporan con la luz del nuevo día. La presión de los propios pensamientos, que hinchan el cerebro como si pretendiesen hacer saltar los ojos de sus cuencas, se une a la angustia que atenaza el corazón, formando un brebaje amargo que, sin embargo, nunca sacia. Y como un dolor que recorre la piel inspeccionando nuestro cuerpo, sentimos la distancia interminable entre nuestra felicidad y nuestra tristeza, que parece tan, tan cercana.
Cuando llueve me siento mal porque el agua que hay en mí llora en su cárcel de carne. Mi interior se agita burbujeante al contacto con la lluvia y siento la tristeza del fluido preso en mí: siento su anhelo por huir.
Por eso cuando llueve me encierro en casa y no quiero salir. Corro las cortinas como un telón que esconde el cielo y espero en silencio a que acabe el aguacero.
Entonces una ducha caliente apacigua mi agua y un té tibio sirve de mensajero.
Para decirle a mi agua que aguarde y aguante.
Triste mundo mojado,
lleno de corazones apagados
y ojos vidriosos,
te iluminas un instante
al descubrir la belleza
y te apagas de nuevo
arrastrado por los grises raíles
de acero.

viernes, 20 de marzo de 2009

Intenté agarrar una nube y me caí desde la cornisa.
Con la mala suerte que tuve y nunca perdí la sonrisa....

jueves, 19 de marzo de 2009

Hay un fuego leve y dorado en su piel de lagarto que enciende los sentidos bajo mis verdosas escamas. Su cuerpo diseñado para golpear el mío choca hecho hierro contra mi carne, como intentando amoldarla para forjarse un hombre a su medida. Y yo, pura contradicción, me siento de nuevo como un simple ensamblaje de cartílagos y huesos.
El sol amanece, un bostezo en el cielo azul incomprensible, y brilla vivaz en sus pupilas de plástico como en los ojos de una muñeca. Sólo el reflejo de mis ojos en los suyos la devuelve a la vida como si yo fuera el oxígeno que le falta. Y nada queda por hacer salvo apretarme a su piel ardiente y derretirme. Y esperar hasta que acabe el día y despierte la placentera noche de besos y abrazos.

Nada que hacer salvo vivir.

jueves, 19 de febrero de 2009

Para mí era tan simple como volver a empezar. Tan difícil como encontrarle un final adecuado.
Y mientras paseaba por la calle impregnada de tinieblas sentía desazón por la distancia entre mis labios y los suyos.
A cada paso que daba incrustaba en el suelo medio metro más de tierra de por medio, echaba una paletada de recuerdos sobre las flores de nuestra tumba. Y mientras las bombillas de las farolas lloraban luz que no ilumina, mi corazón se detuvo, se escurrió hacia el suelo y salió por la pernera de mi pantalón.

Dejando un rastro de pisadas de sangre que reveló mi camino a la policía.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Fragmentos dispersos de realidades cotidianas

Mientras los árboles dejan caer sus hojas brotan los pechos de su camisa. En redonda espiral las imágenes dan vueltas en torno a los pezones. El frío cristal se empaña en las ventanas y mi carne emerge como una burbuja en el agua. Todo tan delicado como un milagro.
Parece que fuera a estallar en cualquier momento
(................................................................................)
Su cabeza cuelga del respaldo de la silla. Su último aliento cuelga de la bombilla del techo, que parpadea y muere también: coincidencias de la vida (y de la muerte).
En sus ojos permanece todavía la imagen del asesino.
Pero me voy y quedan vacíos.
Completamente.
(................................................................................)
Negras nubes cargadas de días lluviosos cantan su tristeza silbando al viento. Se congregan sobre la ciudad y conspiran una tormenta mientras los árboles autistas se balancean al ritmo hipnótico del blues y aprietan sus raíces contra la tierra.
Es tiempo de conseguir un paragüas y un hacha.
Para enseñarles que no siempre pueden hacer lo que quieren.
O por diversión.
(................................................................................)
Me vendieron un hacha para talar nubes y un libro en el que encerrar melodías. Y la vida, tan corta como el estornudo de una hormiga, empezó a sonreír con dientes de oro.
(................................................................................)
Ayer miré por mi ventana y vi un muro.
Ayer escalé un muro y encontré a Dios.
Ayer conversé con Dios y le reproché sus fallos.
Ayer Dios reinició el equipo e instaló el Apocalipsis.
Pero eso fue ayer.
(................................................................................)
La noche sonrió llena de sexo y placeres antes de recostarse sobre los hombros de la cuidad exhausta.
(................................................................................)
Números escritos al azar era tu vida sobre el papel. Ahora que todo ha ardido estás en el aire.
(................................................................................)
Obsesionada con el calor de la ducha helada caíste sobre un estruendo de guitarras.

jueves, 12 de febrero de 2009

El cielo cayó con la lluvia y quedó atrapado en un charco mientras el mar trepaba por el aire y formaba una cúpula azulada de horizonte a horizonte. Las nubes se disolvieron como azúcar en el agua dejando un dulzón aliento en el viento del atardecer, que sobrevivió rayado por el sol pero sucumbió ante el abrazo sensual de la noche. Qué triste sonó a la luz de las farolas el chapoteo de pisadas sobre el cielo derribado.

jueves, 29 de enero de 2009

Ayer redescubrí el placer que se escondía oculto bajo mi dolorida piel. Un estirón que alargó mis penas durante horas como si estuviera atragantándome con un autobús. Pero todo acabó con la gloria espasmódica de la vuelta al ruedo y el bienestar divino del suspiro insignificante.

La profundidad de unas palabras me hizo tropezar con archivos de vídeo y acabé empalado en la mugrienta rutina del sinsentido. Descubrí un muro pintado de ventana y un cristal irrompible que gemía al viento.
Qué agradable volver a nacer
cuando sabes cómo va a acabar

miércoles, 28 de enero de 2009

Mi aula se vacía como una descarga de esperma y me siento cansado y fatigado emocionalmente. Tengo que fingir que todo esto me importa, que quiero profundizar en mis relaciones, cuando en realidad sólo soy un egoísta que aguanta la avalancha de nieve porque quiere continuar su paseo.
No sé de dónde viene mi falta de interés ni mi falta de ganas, pero sí sé lo fuertes que son y sus consecuencias.
Por eso me esfuerzo por evitarlas, por participar. Y aunque siempre parezca dispuesto y muestre iniciativa, todo esto me importa una mierda, porque en cuanto salgo de aquí me olvido de todo y vuelvo a esconderme en mí mismo.
Puta comodidad...

lunes, 26 de enero de 2009

Qué raro se siente el día cuando se recubre de alegría. En una fina capa, pues la alegría no se deja engrosar, el brillo del sol se posa suavemente sobre los contornos de la vida e incluso el pánico al exceso de detalles queda ensordecido por la luz. El horror vacui se ve velado por el vacío ingrávido de la felicidad momentánea y la sensación resulta tan fluida y tan intensa que uno casi siente la nube de átomos que lo rodea y que contagia su bienestar.

Y puede que todo resulte ser sólo un engaño de los sentidos, pero ¿qué no lo es?

sábado, 24 de enero de 2009

Arranqué las palabras del libro y las colgué de las horas del día. Quería tener algo en lo que apoyarme, con que construir escalones para elevarme un poco la moral y no decaer. La tarde se comió a la mañana y luego folló con la noche, dejándome solo desde el desayuno hasta la cena. Floté un rato en el éter suave de no saber qué hacer, hasta que las responsabilidades del día me echaron el lazo y tiraron de mí hacia tierra. Y de nuevo con los pies en el suelo, con ese olor a cemento fresco metido en la nariz. Atrapado. Sentado en una silla de mimbre durante horas, mientras la humedad eyacula sobre mi piel y la calefacción rumia ruidosa su aburrimiento. Sin nada mejor que hacer que asomarme al espejo a ver qué hay delante, aunque siempre vea lo que hay detrás de mis ojos.
-Todo el mundo lucha por algo. ¿Y tú?
-Yo lucho por encontrarme a mí mismo.
-¿Y qué harás cuando te encuentres?
-Perderme y volver a empezar.
Explota de rabia por una nimiedad y salpica con tu sangre mi aburrimiento.
Pídeme que te espere y luego desaparece con el viento.
Calienta mis pies antes de cortarlos por los tobillos
Y beberte mi cerebro a través de mis ojos.

Mi alma abierta como un frigorífico
con la luz encendida que tiembla aturdida.
Y mis pensamientos dando vueltas por el dvd
asaltando la programación de la vida.
Tu mirada punzante como una inyección
sacándome sangre para hacer morcillas.
Daría un puto billete de monopoli por recuperar mi inspiración.

sábado, 17 de enero de 2009

Puedo oír los tambores que vibran sobre mi piel apagando mis ideas. Un sonido ritual que incita a mascar huesos. Y la mezcla con el peyote que convierte mis pupilas en astros atravesando el espacio infinito. Las luces van y vienen clavándose en mí y formando diferentes imágenes sobre mi piel, que de repente es fotosensible como película fotográfica.
Unos ojos asoman a través de la densa piel de mi pecho, que se aparta como si fuera gelatina. Parpadean y comienzan a inspeccionar el lugar mientras mis verdaderos ojos se pudren repentinamente. Pus caliente resbala sobre mi boca, garganta y cuello. Al menos mientras siguen ahí, porque pronto mi cuerpo los absorbe junto a la cabeza, que se deshace como una vela derretida y se funde con los hombros. Poco después nuevos órganos emergen también en mi pecho.
Presiento que la colocación es similar pero cuando miro a las figuras danzantes sé que me he convertido en otra persona. En un dios mitológico. Me salgo del círculo y corro atravesando el bosque. Mis pies se apoyan en la oscuridad y olvido el significado del suelo. Los árboles comienzan a desaparecer consumidos por la energía que me rodea y luces de colores emergen de entre los sonidos ambientales.
Ojos felinos acechan en la oscuridad, pintados sobre el cielo estrellado que comienza a caer sobre mí. Vuelo en círculos por el éter inerte y mi carne se moldea por la falta de presión. Cada movimiento arrastra una masa de cuerpo en una dirección y el resto le sigue lentamente hasta recuperar una forma lógica. Pero sigo sin tener cabeza y con los sentidos en el pecho.
Mis manos son atrapadas por la oscuridad y desaparecen ante mí en la lejanía. Vuelo tras ellas atravesando el cielo purpúreo lleno de nubes de leche. Descubro mis manos posadas sobre un cuerpo de mujer. Una diosa. Su piel vibra ante cada caricia ondulándose como el agua invisible de la superficie de un lago. Junto mis brazos con las manos y me hundo dentro del cuerpo, que me acoge placentero permitiéndome atravesarlo.
Los ojos de gato se han juntado en dos solas estrellas que flotan frente a mí, a tan sólo un palmo. Cambiando de color, del verde al turquesa pasando por el amarillo y luego al rojo y al azul, los ojos comienzan a lamer mi cuerpo con una suave lluvia de baja intensidad. Las ondas de placer flotan invisibles en la arritmia de sus caricias. Froto mi esencia contra su espalda abrazando la estela que deja frente a mí y estrecho los brazos aunque ella se separa en pompas de jabón y flota a mi alrededor.
Toma forma de sí misma desde cada pompa y se multiplica formando un cálido circulo a mi alrededor. El círculo se estrecha y me devora, pero no siento miedo aunque sé que estoy muriendo. Y atravieso mi propia carne con un grito desesperado que la asusta y le roba una sonrisa cariñosa. Sé que está jugando conmigo como un gato con la comida. Y no siento miedo de que me mate porque sé que me está liberando de las cargas de la vida.
Poco a poco todo se difumina, precisamente en el momento en que el éxtasis del sufrimiento me abandona sobre una playa de arena, ella convertida en un mar de olas salvajes pero ralentizadas que parece que nunca vayan a llegar.
La intensidad de la señal empieza a debilitarse como el efecto de la droga en mi cuerpo. La música vuelve lejana desde el horizonte. Aunque es como si siempre hubiera sonado dentro de mí, siguiendo un ritmo propio, el de mis latidos desacompasados pero vertiginosos. Profundidad y vértigo, como si me absorbiera el vacío y la gravedad tirara de mí con suaves dedos de gelatina caliente...
...y despierto por un segundo mientras los tambores se alejan de mí y caigo al vacío, ya lejos de la plataforma sobre la que estaba y la realidad acerca el suelo pedregoso con círculos de piedra puntiaguda y no puedo pensar porque el recuerdo es más lento que mi camino hasta la muerte pero veo inconscientemente toda la información: la tribu, la droga, el sacrificio al dios piedra y la plataforma elevada muy por encima del árbol más alto.
Pero no llego a ver más que de lejos toda esa información porque los tambores estallan igual que mi cuerpo...
¿Cómo no sentir la soledad cuando esta te lame con sus fríos dedos, cuando notas su aliento en tus sueños? Cuando ella chilla en tus silencios.
La Luna anoche sonreía con malicia mientras las nubes, escondidas, coreaban con carcajadas las lágrimas de cristal que perdí entre mis sábanas. ¿Por qué lloraba? No lo sé. Quizás porque era la única manera de escuchar tu respiración agitada sobre mi almohada.
Y recuperar por un instante el calor entre tus muslos. El sudor de tu pecho. El abrazo suave y la mirada cercana.
Qué mierda de frío me persigue por la calle.
Qué mierda de luz vomitan las farolas.
Qué mierda de mierda pisan mis botas.
Y mientras desapareces en la lejanía de cada latido, mientras te fundes con el horizonte, nadan mis ojos en melancolía por cada palabra tuya que desaparece de mi mente.
Roída por el tiempo y los ratones,
consumida por el recuerdo de tus botones
que escondían el corazón de tus pechos
y el sabor de tus susurros...
Puta nostalgia...

jueves, 15 de enero de 2009

Te juro que he abierto mis tripas y he rebuscado entre las piezas buscando qué es lo que falla. Y no he encontrado nada, salvo una nueva colección de sonidos y texturas.
Me he arrancado las venas y he observado cada centímetro a la luz de la lámpara. Nada, sólo metros y metros de celuloide barato. Sólo el conocimiento de que mi sangre fluye por fotogramas de cine malo.
He frotado mi cerebro contra la alfombra persa. Una fina lluvia de letras ha comenzado a escalar por mis dedos como una infección y lo he tenido que arrojar asustado a la esquina. Tengo miedo al contagio, sobre todo de ideas.
(De noche despierto con el cerebro en su sitio: supongo que quedamos en tablas).
No sé si mis huesos tendrán la respuesta a algo: he hecho un buen caldo pero no he visto nada en sus vapores. Y sé que mis ojos no pueden ayudarme, pues sólo son embudos para engullir imágenes.
Y mire donde mire no encuentro qué me duele. Reviso el mapa de mi cuerpo y no queda peca sin inspeccionar...
Salgo a dar un paseo y me embobo frente al escaparate: la piel tersa de los maniquíes despierta mi libido. Sobre todo la que no tiene ojos y lleva ropa ajustada. Me alejo asustado, he agrietado el cristal.
La multitud me adormece así que intento evitarla, pero veo las cabezas y el sueño me vence: caigo rodando sobre cuerpos desechables y mi consciencia se escabuye por una alcantarilla.
Media hora mas tarde permanezco escondido bajo una nube. Veo a la gente pero creo que ellos a mí no. Ya no me dan sueño porque estoy descansado.
Atrapo al vuelo una mirada extraña y corro tras ella a través de los coches: esos juguetes de diamante tan incomprensibles. La gente que está en ellos parecen figuritas de cristal en vitrinas de barro.
Enamorado como un insecto recupero los ojos que me han llamado la atención, pero suspiro insatisfecho palpando un espejo. La calle resulta tan desconcertante...
Regreso a mi casa y me tumbo en el sofá. Tiro al suelo las compras de la tarde: un montón de sensaciones nuevas que ahora tengo que colocar en las estanterías de mi vida.
Pongo a calentar comida de tarro y me paso de tiempo: chorrea churruscada y se me escurre por las orejas. Está visto que hoy no me sale nada bien.
Enciendo la cama para dormir un rato pero me quedo desvelado entre sábanas de neón. No puedo dormir porque no he dejado la cuchara sobre la mesa, así que me la saco de la boca y escucho su tintineo suave.
Caigo redondo presa del sueño que me arrastra hasta su cubil. Si no llego a resistirme me hubiera devorado.
Y pongo fin a este consentido sinsentido cuando salgo de mi casa y me dejo en paz de una vez. Desde enfrente puedo ver por la ventana cómo por fin me relajo y me quedo dormido.
Me apoyo contra la pared y me arropo con el frío de la calle mientras espero a que salga el sol.
(...)
Por la mañana, cuando baja las escaleras y sale del portal, resulta cegador, pero al menos me avisa de que el día ha comenzado. Y veo cómo trepa por los cantos de los gallos y se cuelga del cielo, volviendo a dar sentido a toda esa luz que había goteado sobre la noche.
Vuelvo a mi casa contento de que todo haya terminado.
Aunque me queda un largo paseo porque vivo en otra ciudad...
Algunas relaciones flotan a la deriva por muchas anclas que les pongas. Supuse que la nuestra sería una de ellas y tardé mucho en darme cuenta de que se había hundido hacía tiempo, de que había desaparecido en el azul oscuro casi negro de las profundidades marinas. Allá donde los monstruos de la consciencia se pasean a sus anchas.

Durante un tiempo continué tumbado en mi barca. Sin agua, sin comida, sin esperanzas de ver tierra. Mentiría si dijera que esto ha cambiado. Mentiría igualmente si dijera que me importa...

Mi vida se ha reducido a un flote pasivo por la superficie de las relaciones, esperando desinteresado una ola que alcance a mojarme. Y por más que oteo el horizonte, no hallo huellas de nubes.

¿Dónde están aquellas tormentas de la adolescencia? ¿Dónde aquel sentir desdichado que tanto se sentía? Probablemente aplastados por la redonda rutina. O aturdidos por la retórica rancia.

...

miércoles, 14 de enero de 2009

La canción suena constantemente por la radio y resulta tan deprimente como una sonrisa enmarcada. Es como una melodía de ascensor que se cuela por las rendijas de la realidad y se cuelga de mi nariz, obligándome a dirigir mi cabeza hacia el suelo. Sólo puedo ver baldosas porque levantar la mirada resulta doloroso. Y tanto me he acostumbrado a la imagen de mis pies en movimiento que ya nunca veo una fachada a menos que se refleje en un charco.
Pues sí, la canción me entristece: empaña mi alegría con un velo pegajoso. Y arrastro esa sensación desde pequeño cuando me asalta implacable desde la publicidad, fruto del contraste entre la alegría de la canción alegre y ese sentimiento de impotencia que no sé cómo apartar. No sabría definirlo, pero es una sensación de falsedad: como maravillarse del amanecer y descubrir un inerte sol de neón sobre avejentado papel de regalo.
Y cuando la escucho sólo puedo recordar aquellos momentos grises en los que se posa sobre mí y me cubre de desilusión, cuando mi alegría huye aterrada de mi cuerpo y, contaminada, escapa dejando una nube de desesperación. Como la tinta del calamar a la fuga.
En esos momentos todo lo que queda es el tedio de un viaje en autobús y la sensación reseca de la tapicería quemada y maloliente de los asientos, el cristal empañado por mi respiración agitada y el enjambre de coches vacíos que flotan en paralelo a mi vida y los tapacubos que mandan un mensaje en clave sobre la rutina diaria y las vibraciones que cosquillean bajo mis pies y el periódico polizón, escondido bajo los asientos, y el chicle ya endurecido por su experiencia en viajes y la firma de una persona desconocida a la que no quieres conocer y la lucecita que apenas ilumina pero que te anima a leer y el vecino que se duerme apoyándose en tu hombro y la chica de la que te enamoras porque nunca te ha mirado y el puticlub que atrapa tu atención antes de desaparecer de tu mente y la furgoneta de gitanos traqueteando sobre el camino de arena y el avión que se cruza en el cielo con un puente sobre la ventana y la conversación pillada a medias entre cabezadas somnolientas y el conductor que abre la puerta sin esperar a detenerse y el frío aire congelado que monta corriendo para calentarse y el cielo gris reflejado en el río marrón y la vuelta a casa con el paisaje escondido tras el velo de la noche y las farolas en medio de la nada que nada tienen que decir y las putas de las rotondas, las únicas que allí no dan la vuelta, y la gente que baja en una parada y se aleja de tu vida y… y el autobús que por fin llega a tu parada y te devuelve aturdido a tus pies, con ese primer paso que tanto cuesta dar, hasta que uno vuelve a hacerse con los mandos…
La canción desaparece de los altavoces una vez me he bajado, pero todavía sigue resonando durante un tiempo sobre mi piel. Y me trae tantas sensaciones tan gastadas pero tan desconocidas… Que me recuerda que mi vida, triste y sin aventuras, es mucho más rica de lo que alcanzo a ver.
Sin embargo me entristece porque, joder, ¡qué mala es esa canción!
"mi mente está más allá de este universo" - G.G.Allin

Toda la gente que atraviesa la realidad desarrolla un deseo irrefrenable de matar. Esta es la manera de ir más allá del contacto físico, lejos de todo sentimiento, y acceder de manera directa a la esencia de lo que somos.

La muerte, al igual que el asesinato, reproduce la verdad más sincera y cruel de este mundo, pues nos recuerda que el ser humano es un objeto destruible.

Algunas personas parten de esta idea para llegar al a conclusión de que hay que respetar la vida, porque es una cosa única e irrepetible.

Otros, sin embargo, sabiendo que van a desaparecer sin remedio de la realidad, deciden traspasarla y destruirla. Esta gente representa todo aquello que la sociedad odia o no puede entender.

Todo, pero elevado a la máxima potencia.

Y, aunque hemos olvidado que no existe diferencia entre orden y desorden, resulta comprensible que su conducta nos repugne: nos hace sentir víctimas de nuestras propias reglas.

¿O no? A lo mejor, entre el miedo y la incomprensión, sólo podamos sentir pena y vergüenza ajena ante estas personas.

No lo sé, tal vez nuestra risa no sea muy diferente al balido sarcástico de las ovejas que miran nuestro coche al pasar.

Sentado a la mesa el muchacho intenta escribir: pequeñas gotas de inspiración caen de su frente al papel formando una historia. Agotado, contempla el charquito que ha formado y envidia a la gente que puede crear mares. Después levanta la hoja dejando que el trabajo de toda la tarde se escurra en un cubo.

Viendo que resulta imposible escribir nada decente, se le ocurre dibujar. Agarra el portaminas vacío e introduce las minas como si fueran balas, dispuesto a cazar algunos bocetos. Un par de infructuosos intentos y desiste también (...)

(06/04/2006)

El cuento de la niña

"En el campo, por un sendero que correteaba entre un gran maizal y un diminuto arroyo, una niña pequeña paseaba con un ramito de amapolas en la mano. El viento bailaba entre las espigas de maíz al son de la canción que ella tarareaba, a pesar de creer haberla olvidado hacía tiempo. A su paso, el riachuelo le susurraba palabras que no alcanzaba a entender.
El sonido lejano de un automóvil hizo que se volviese y esperase pacientemente junto al camino. Tarareando todavía, observó cómo la nube de polvo se iba acercando a ella. En el momento en que el coche pasó a su lado la pequeña intentó reconocer el rostro del conductor, pero el sucio cristal sólo mostró el fugaz reflejo de una niña con coletas. Después el ruido se fue alejando mientras el polvo del aire se iba asentando de nuevo en el suelo. Fue cuando la niña iba a reanudar la marcha que se dio cuenta del silencio que deambulaba a su alrededor.
Algo nerviosa, intentó silbar de nuevo la canción pero los sonidos se negaban a traspasar el umbral de sus labios, como si tuvieran miedo de interrumpir el inaudible monólogo del silencio. Sintiéndose observada, se volvió y miró en derredor: nadie. Todo estaba en calma. Sin embargo en cuanto dio el primer paso el viento regresó juguetón a las espigas y pudo continuar más tranquila, saltando de una piedrecilla a otra y evitando pisar las atareadas hormigas que aparecían aquí y allá.
Entre tanto, atraídas por el inocente paseo de la niña, las nubes comenzaban a aparecer por el cielo. En cuanto las primeras chocaron comenzaron a llegar más, como atraídas por la posible pelea, y se fueron empujando unas a otras hasta formar una tormenta. La niña apenas se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde: unas gotitas de advertencia y después el cielo bramó enloquecido derramándose sin control sobre el campo. Parecía que la gravedad estaba pasando factura de repente a toda esa agua que flotaba en el cielo.
Lejos del pueblo y en medio del campo, el único posible refugio se hallaba en el bosque, de manera que la niña salió a la carrera hacia los árboles. Según corría, las gotas de agua caían a cientos sobre ella y se aferraban a su vestido intentando retenerla. Ella apartaba como podía el maíz para abrirse paso y las espigas se giraban tras ella y la observaban enfadadas.
Por fin, sus embarrados zapatos llegaron a la linde del bosque y la niña respiró aliviada, aunque el vestido estaba totalmente empapado. La densidad del bosque en esa zona no era suficiente para evitar la lluvia, de manera que comenzó a adentrarse más y más, buscando una zona conocida en la que poder resguardarse del frío y esperar a que el cielo se apaciguara. Sabía que por ahí cerca debía de haber un montecillo y que en él se encontraba la antigua ermita del pueblo, pero en la creciente oscuridad de media tarde se veía incapaz de encontrarla.
Ahora la niña maldecía haber discutido con su hermano; sabía que todo esto era culpa suya, que si no hubiera pasado nada ella no habría andado jamás sola por el campo. Pero ahora era ya demasiado tarde para pensar en esas cosas y decidió que lo mejor sería refugiarse bajo un seto y simplemente esperar. Se metió bajo el primero que encontró relativamente seco y, agachada como estaba, trató de cubrirse las piernas con el vestido para evitar el frío. El sonido del bosque en la tormenta sonaba como una furiosa orquesta sin director, pero la niña ya no tenía miedo: miraba tranquilamente las ramas de los árboles y veía cómo se zarandeaban. Tras un rato empezó a sentir sueño".
(28/04/2006)-inconcluso

Buscando imágenes, part. I

>Ya sabes que siempre he deseado conocer el mundo... He de salir ahí fuera y ver qué hay.<
...
Esas habían sido sus últimas palabras. Sin llantos, sin mirar atrás, sólo un beso de despedida con el sol del amanecer y un día que me sorprendió sin saber qué hacer. Cayó la noche y yo seguía mirando el horizonte. De algún modo pensaba que hasta que no apartara la mirada no tendría que afrontar los hechos. Podría haberme pasado así meses, pero al final volví a casa.
Dicen que el tiempo lo cura todo pero conozco un cáncer de pulmón que nada pudo remediar: regresé a casa, pero a la suya. Abrí con mi propia llave y busqué por los rincones el recuerdo de su olor. Nunca compró un puto perfume pero siempre olía a campo de amapolas. Por desgracia, nunca he tenido buen olfato, ni para las colonias ni para las mentiras: debí suponerme que "para siempre" era sólo una manera de hablar. Si por mí hubiera sido estaríamos cosidos uno a otro como siameses pero ella necesitaba libertad. Nunca pude entenderlo: le ofrecía la celda más grande del mundo, una cuyo único límite era el horizonte. Y aun así ella se asfixiaba.
No podía quitarme de la cabeza el momento en que la conocí, cuando apenas podía intuir lo que se escondía tras cada palabra que sus labios me permitían descubrir. Era el tipo de mujer que con un suspiro hubiera hecho temblar un imperio, pero por algún motivo prefirió asaltar mi pequeño castillo. Y yo desesperado buscando la alfombra roja. El caso es que mi vida cambió totalmente aquel día: miré en sus ojos y vi un mundo, y supe que quería adentrarme en él y conocer todos sus secretos. A partir de entonces podía abarcar todo el universo con tan sólo abrazarla, porque no había para mí nada más allá.
Sin embargo, ¿qué hacía aquel fatídico día, en su casa, mirando sus fotografías y rebuscando en sus cajones? Supongo que buscaba una señal, una pista de hacia dónde podía haberse dirigido. Debo de ser de esas personas que no comprenden que la película ha acabado aunque se queden ante una pantalla en blanco. Lo peor de todo es que yo intentaba esperar a la siguiente proyección. ¿Volvería a comenzar nuestra historia si me quedaba sentado? No lo sé, pero no tenía suficientes palomitas, y allí, en el apartamento, la desesperación se instaló definitivamente en mi vida sin la menor intención de abandonarme. Debía darme prisa y hacer algo antes de que empezara a tirar tabiques.
Pasé de los cajones a las botellas y acabé destrozándolo todo. No era un buen comienzo, pero al menos era un principio y eso es todo lo que necesita una historia. Me llevé todas las fotos que vi y su libro favorito. Como si con ello fuera a encontrarla.


***

Al principio apenas podía creer que fuera el mismo: jamás pensé que llegaría a encontrarlo. Un vago sentimiento de incomodidad me hizo mirar a mi alrededor. Me sentía como si estuviera invadiendo un espacio privado, espiando un momento de la intimidad de otra persona. En cierto modo era exactamente lo que estaba haciendo, sólo que llegaba dieciséis años tarde.
Volví a levantar la foto: el cartel con forma de barquichuela, el pato amarillo y el lago. De fondo los árboles algo más jóvenes. Todo exactamente igual, salvo por la intrusión de la impaciente vegetación por todos los rincones. No era tan mal comienzo, si se tiene en cuenta que al principio sólo tenía una foto vieja; pero a pesar de todo persistía el sabor a derrota en mi boca. A fin de cuentas yo buscaba a la chica y sólo había encontrado el decorado. La sonrisa adolescente de la fotografía parecía burlarse de mí, parecía recordarme que sólo se trataba de algo de luz posada sobre un trozo de película. En todo caso me daba igual: ya tenía el primer elemento de la serie, lo cual demostraba que lo que me pretendía era en cierto modo posible.
Me senté con una cerveza, contemplé el pequeño éxito que para mí representaba el paisaje y comprendí que podría hacerlo. Seguro que empresas más descabelladas habían llegado igualmente a buen puerto. Daba igual tener que jugar contra toda probabilidad, porque yo no pararía hasta que fuera evidentemente imposible: me conformaba con la posibilidad de intentarlo. A fin de cuentas, estaba tratando de engañar al tiempo y todo sonaba absurdo, pero no más que la religión más respetable del mundo.
Cuando el sol comenzó a lamer el horizonte y este enrojeció, comprendí que había llegado el momento de irme. Tiré la lata, vacía ya desde hacía un rato, y me acaricié la barba pensativo contemplando otra vez el cartel. Después clavé la foto en él con un martillazo que pareció despertar todo el polvo que dormía sobre la madera y me aparté un par de pasos sorprendido. Había quedado de tal manera que el clavo atravesaba exactamente el mismo punto en el cartel y en la foto, tocando a la vez presente y pasado. A la vista quedaba la representación de un bucle temporal de dieciséis años.

Después me alejé y empecé a sentirme triste.
(15/05/2006) -inconcluso