jueves, 27 de agosto de 2009
miércoles, 26 de agosto de 2009
domingo, 23 de agosto de 2009
sábado, 22 de agosto de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
Sonreí, sabiendo que había dejado a más de un lector con la duda.
miércoles, 19 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
Pasear por la calle se había vuelto como un acelerado solo de trompeta: desafinado, irritante, pero capaz de hacerte sudar el alma. Las imágenes chocaban unas contra otras como cristales cayendo sobre mis ojos: una fugaz rueda de coche, el sol exaltado, unas gafas de sol, unos pechos botando al caminar, el mareante bordillo de la acera. La sensación que me envargaba podría llamarse vértigo vital o algo así: sabía que estaba sobre la cuerda floja. Creo que en el fondo era una percepción derivada de mis malditos cursos de acróbata.
El recuerdo sensorial de drogas imaginarias agitaba mi cuerpo, que deambulaba como una masa de átomos que se ponen la zancadilla unos a otros. Me picaba un cojón y me ardía la frente por la fiebre. Empecé a desmayarme más o menos cuando estaba ya inclinado sobre el suelo. 45º y reduciendo. El asfalto se descubrió como una sólida fría realidad, de esas que tumban filosofías de golpe. Normal, cuando los sesos del filósofo se arrastran por el suelo intentando llegar lejos de sus ideas.
Una vez atropellé un filósofo y estalló en palabras. Todas empezaban por hache...
La luz del sol calentaba mi piel frita y quemaba la punta del cigarrillo que sobrevivía en mis labios. Y yo tirado como una tortuga boca abajo. Sin ninguna excusa para no levantarme salvo mi propia incapacidad. Creo que mis extremidades se agitaban en el aire como patitas de insecto.
Finalmente, por maldito aburrimiento, mi cuerpo se convirtió en miles de hombrecitos diminutos que corrían en direcciones opuestas atacando a la gente.
Toda mi carne loca mordisqueándole los ojos a los niños y tirando de los tendones de las corredoras de footing. Incluso un par de cabrones le hicieron la "corbata colombiana" a un obeso conductor. Su lengua sobresalía burlona por la garganta cortada y todo el mundo le pitaba al pasar.
Dejé de prestar atención al espectáculo cuando los edificios empezaron a derrumbarse sobre los atónitos espectadores y el ruido de los huesos se hizo insoportable. Sonaba como al cortar papel, algo que siempre me ha dado asco.
Mientras los cuerpos morados se amontonaban por las esquinas decidí alejarme de todo aquello.
Creo que me escondí detrás de una mierda de perro y esperé. Cuando me di cuenta mi lengua asomaba sobre mi pecho manchado de sangre.
-¡Seréis cabrones!, maldecí amenazando con el puño.
Pero ni eso pude acabar, porque el sonido viscoso que producía mi lengua era tan divertido que todos nos empezamos a reír sin parar.
Los cadáveres de las calles me señalaban y apuntaban sus carcajadas hacia mí.
Mierda, ni en el fin del mundo puede uno estar libre de críticas...
Después todo se quedó negro como el sobaco de un grillo a medianoche...
miércoles, 29 de julio de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
Paranoia
sábado, 25 de julio de 2009
miércoles, 22 de julio de 2009
sábado, 18 de julio de 2009
viernes, 17 de julio de 2009
Quizás por eso nadie los vio. Nadie se dio cuenta.
Pasaron días y semanas sin que nadie pasara por allí
y viera sus cuerpos rígidos
en ridícula postura.
Sus cuerpos pálidos y calcáreos,
su inerte expresión de estupidez.
Nadie los encontró hasta mucho después,
cuando su piel estaba amarillenta y corroída
por la lluvia.
Finalmente, un sorprendido barrendero dio con ellos.
Apenas quedaba ya un esqueleto o cascarón.
Echó los restos con pereza en el cubo de la basura
sobre un montón de hojas secas y palos.
Y se fue a continuar su ronda sin pararse a pensar.
Sin preguntarse qué demonios hacían ahí
dos maniquíes destrozados.
cuando intento clavarle la poya.
Me arranca la carne a mordiscos
hasta saltarme un ojo de golpe.
La mujer gato me lame las heridas
cuando intento acariciarle la cola.
Me acaricia la piel con la lengua
hasta arrancarme un poco de placer.
Qué contradictorio es el amor
imaginario.
lunes, 13 de julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
viernes, 10 de julio de 2009
Todos resultaban tan... externos.
Sólo formaban parte de un mundo exterior a mí.
Fuera de mi piel todo resultaba molesto e incómodo y sufría cada instante de apertura a los demás.
Entonces comencé a cerrarme más y más.
Sin darme cuenta de que cuanto más me cerraba más pequeño me volvía.
Y comprendí que el tamaño de mi mundo dependía completamente de su relación con el externo.
Así que, impelido por el miedo a desaparecer en mí mismo,
decidí abrirme en apariencia
y copiar cada imagen del universo
en mis venas.
Añadí cada centímetro de acera pisado, cada raya de la carretera,
cada mirada de una camarera y cada estornudo en el tren.
Convertí mi interior en una copia artificial de lo externo
y al final me vi vagando por un parque temático,
degradante y grotesco,
tan irreal como sin sentido.
En mi cerebro, convertido en vasto desierto de imaginación,
florecía el asfalto con que la información creaba autopistas abandonadas hacia ninguna parte.
Y parecía que al final de cada camino
había un barranco.
Finalmente cavé un agujero
en el pavimento agrietado
y me escondí entre las raíces de un cable de alta tensión.
Hibernando
en el templado lodo
electrificado
y apagándome en latidos
que se propagaban por la tierra desolada.
Dormí hasta que el asfalto creció sobre mi cabeza
y los edificios empezaron a caer
por su propio peso.
Y mientras dormía todavía una pregunta quedaba en mis ojos cerrados:
"¿Qué aspecto tendrá mi cara en estos momentos?
¿Podrá alguien ver cómo me siento?"
miércoles, 1 de julio de 2009
Podía ver dentro de ti y leer en el reverso de tus venas. Así descifraba tus historias antes de que me las contaras y sabía más de ti que tú misma.
El caso es que el mundo siguió girando como si nada: sólo que yo daba vueltas en sentido contrario.
Como un sentimiento que va y vuelve -como una peonza, por continuar la metáfora- el recuerdo de su rostro pasó ante mis ojos y quedó tatuado en lo negro de mis párpados. Sus ojos, sus labios, su tersa piel... Una geografía memorizada durante años que ahora desaparecía en la confusión de formas, detalles y gestos del mundo que me rodeaba asfixiante.
Y yo obligado a verla cuando cerraba los ojos.
Sus labios, sus ojos, su tersa piel...
Mi vida dio un vuelco y mi piel quedó del revés: toda mi intimidad ante los ojos de los demás. Todo el mundo podía ver la cicatriz que quedó cuando ella se extirpó de mi corazón.
Y conseguí colocarlo de nuevo todo dentro, pero no estoy seguro de que quedara en su sitio.
El corazón me quedó vacío de vida, sólo con ese fluir de sangre que en el fondo nada significa. Y esa fea cicatriz. ¿Cómo poner una tirita ahí dentro para taparla? Lo intenté con alcohol y otras chicas, pero con el licor se despegaba y con las chicas sólo ponía un parche encima de otro...
Nada llenaba la ausencia de ese órgano externo del que dependía mi vida y que había sido arrancado. Era como cojear por un pie que no te pertenece.
Pero mi corazón resistía. El pobre... Le di literatura por entretenerlo y música para ayudarle a llevar el ritmo. Lástima que siempre tirara hacia el jazz y los ritmos sincopados: malditas arritmias...
Y las cosas siguieron goteando por las alcantarillas durante días y días de veranos e inviernos, otoños y primaveras, y periódicos y programas de la tele, hasta que al final un día me olvidé de recordarte y ya no estabas.
El tiempo me había robado hasta la cicatriz.
lunes, 29 de junio de 2009
sábado, 27 de junio de 2009
la publicidad es tan triste?
¿Por qué
siempre me hace llorar?
¿Por qué
la literatura
no cura
las heridas
de la desesperación?
¿Por qué
me miran así
las gotitas
de esta lata de cerveza?
¿Dónde
están los amigos
cuando no están?
¿Dónde
estoy yo
cuando no estoy?
¿Dónde
está el mundo
cuando cierro los ojos
y cuando
pierdo el control?
lunes, 22 de junio de 2009
jueves, 18 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
miércoles, 10 de junio de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
¡Qué bueno, que brilla el sol!
¡Qué bueno, que brillo yo!
Alrededores
la cárcel roja tras el muro gris,
alguna casa entre autopistas
y un pueblecito
alla y allí.
...
Pueblos diminutos aplastados por el cielo
gris nublado y goteante,
una flor perdida entre ramas secas,
asfalto
y supermercados
...
Como un refugio triste de una guerra antigua
ennegrecen las casas imitando al cielo
y entre autopistas y campos de golf,
la grieta
incrustada
de una gran autopista.
...
Las casa antiguas rompen el cielo,
saturado y grasiento suelo de taller,
ensalzando la grandeza de una Historia pequeña
que sigue allí para quien la quiera ver.
...
El lujo y el confort del que lo tiene todo,
el aguantar desesperado de quien no tiene nada,
tanta riqueza mal repartida
y tanta tristeza mal escondida.
domingo, 26 de abril de 2009
sábado, 25 de abril de 2009
Y la felicidad era una estatua en un cementerio de automóviles todavía marcados por las manchas de sangre de sus conductores infelices...
El infierno es un peatón de carne conociendo el mundo de acero a 180 km/h.
El infierno es una risa burlona que no sabemos de dónde viene...
lunes, 20 de abril de 2009
III.
a quien quiero
rendir tributo
por
los colores
que me diste.
Fuiste luz
en la lluvia,
fuiste blanco
entre la multitud.
De colores
tus cabellos
negros como
el asfalto,
de colores
tu piel
blanca
como la noche.
II.
a la vez,
fuiste todos los sabores
que probé,
fuiste causa de dolores
porque amé
y fuiste todas las flores
que quemé.
I.
viernes, 17 de abril de 2009
martes, 31 de marzo de 2009
con trazos de tiza que no podías ver.
Enjaulé el sentimiento durante todo el día
pero no pude evitar que de noche aullara a la luna.
Preguntas y dudas temblaron sobre la tela sin araña
que tiritaba al frío viento del atardecer.
Y al final escapé aterrado de tus brazos y me sumergí
en el agua fría de la noche nublada.
Dejando un rastro de burbujas que te parecieron estrellas en el cielo.
Por eso cuando llueve me encierro en casa y no quiero salir. Corro las cortinas como un telón que esconde el cielo y espero en silencio a que acabe el aguacero.
Entonces una ducha caliente apacigua mi agua y un té tibio sirve de mensajero.
Para decirle a mi agua que aguarde y aguante.
viernes, 20 de marzo de 2009
jueves, 19 de marzo de 2009
Hay un fuego leve y dorado en su piel de lagarto que enciende los sentidos bajo mis verdosas escamas. Su cuerpo diseñado para golpear el mío choca hecho hierro contra mi carne, como intentando amoldarla para forjarse un hombre a su medida. Y yo, pura contradicción, me siento de nuevo como un simple ensamblaje de cartílagos y huesos.
El sol amanece, un bostezo en el cielo azul incomprensible, y brilla vivaz en sus pupilas de plástico como en los ojos de una muñeca. Sólo el reflejo de mis ojos en los suyos la devuelve a la vida como si yo fuera el oxígeno que le falta. Y nada queda por hacer salvo apretarme a su piel ardiente y derretirme. Y esperar hasta que acabe el día y despierte la placentera noche de besos y abrazos.
Nada que hacer salvo vivir.
jueves, 19 de febrero de 2009
Y mientras paseaba por la calle impregnada de tinieblas sentía desazón por la distancia entre mis labios y los suyos.
A cada paso que daba incrustaba en el suelo medio metro más de tierra de por medio, echaba una paletada de recuerdos sobre las flores de nuestra tumba. Y mientras las bombillas de las farolas lloraban luz que no ilumina, mi corazón se detuvo, se escurrió hacia el suelo y salió por la pernera de mi pantalón.
Dejando un rastro de pisadas de sangre que reveló mi camino a la policía.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Fragmentos dispersos de realidades cotidianas
jueves, 12 de febrero de 2009
jueves, 29 de enero de 2009
miércoles, 28 de enero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
sábado, 24 de enero de 2009
sábado, 17 de enero de 2009
jueves, 15 de enero de 2009
miércoles, 14 de enero de 2009
Pues sí, la canción me entristece: empaña mi alegría con un velo pegajoso. Y arrastro esa sensación desde pequeño cuando me asalta implacable desde la publicidad, fruto del contraste entre la alegría de la canción alegre y ese sentimiento de impotencia que no sé cómo apartar. No sabría definirlo, pero es una sensación de falsedad: como maravillarse del amanecer y descubrir un inerte sol de neón sobre avejentado papel de regalo.
Y cuando la escucho sólo puedo recordar aquellos momentos grises en los que se posa sobre mí y me cubre de desilusión, cuando mi alegría huye aterrada de mi cuerpo y, contaminada, escapa dejando una nube de desesperación. Como la tinta del calamar a la fuga.
En esos momentos todo lo que queda es el tedio de un viaje en autobús y la sensación reseca de la tapicería quemada y maloliente de los asientos, el cristal empañado por mi respiración agitada y el enjambre de coches vacíos que flotan en paralelo a mi vida y los tapacubos que mandan un mensaje en clave sobre la rutina diaria y las vibraciones que cosquillean bajo mis pies y el periódico polizón, escondido bajo los asientos, y el chicle ya endurecido por su experiencia en viajes y la firma de una persona desconocida a la que no quieres conocer y la lucecita que apenas ilumina pero que te anima a leer y el vecino que se duerme apoyándose en tu hombro y la chica de la que te enamoras porque nunca te ha mirado y el puticlub que atrapa tu atención antes de desaparecer de tu mente y la furgoneta de gitanos traqueteando sobre el camino de arena y el avión que se cruza en el cielo con un puente sobre la ventana y la conversación pillada a medias entre cabezadas somnolientas y el conductor que abre la puerta sin esperar a detenerse y el frío aire congelado que monta corriendo para calentarse y el cielo gris reflejado en el río marrón y la vuelta a casa con el paisaje escondido tras el velo de la noche y las farolas en medio de la nada que nada tienen que decir y las putas de las rotondas, las únicas que allí no dan la vuelta, y la gente que baja en una parada y se aleja de tu vida y… y el autobús que por fin llega a tu parada y te devuelve aturdido a tus pies, con ese primer paso que tanto cuesta dar, hasta que uno vuelve a hacerse con los mandos…
La canción desaparece de los altavoces una vez me he bajado, pero todavía sigue resonando durante un tiempo sobre mi piel. Y me trae tantas sensaciones tan gastadas pero tan desconocidas… Que me recuerda que mi vida, triste y sin aventuras, es mucho más rica de lo que alcanzo a ver.
Sin embargo me entristece porque, joder, ¡qué mala es esa canción!
Toda la gente que atraviesa la realidad desarrolla un deseo irrefrenable de matar. Esta es la manera de ir más allá del contacto físico, lejos de todo sentimiento, y acceder de manera directa a la esencia de lo que somos.
La muerte, al igual que el asesinato, reproduce la verdad más sincera y cruel de este mundo, pues nos recuerda que el ser humano es un objeto destruible.
Algunas personas parten de esta idea para llegar al a conclusión de que hay que respetar la vida, porque es una cosa única e irrepetible.
Otros, sin embargo, sabiendo que van a desaparecer sin remedio de la realidad, deciden traspasarla y destruirla. Esta gente representa todo aquello que la sociedad odia o no puede entender.
Todo, pero elevado a la máxima potencia.
Y, aunque hemos olvidado que no existe diferencia entre orden y desorden, resulta comprensible que su conducta nos repugne: nos hace sentir víctimas de nuestras propias reglas.
¿O no? A lo mejor, entre el miedo y la incomprensión, sólo podamos sentir pena y vergüenza ajena ante estas personas.
No lo sé, tal vez nuestra risa no sea muy diferente al balido sarcástico de las ovejas que miran nuestro coche al pasar.
Sentado a la mesa el muchacho intenta escribir: pequeñas gotas de inspiración caen de su frente al papel formando una historia. Agotado, contempla el charquito que ha formado y envidia a la gente que puede crear mares. Después levanta la hoja dejando que el trabajo de toda la tarde se escurra en un cubo.
Viendo que resulta imposible escribir nada decente, se le ocurre dibujar. Agarra el portaminas vacío e introduce las minas como si fueran balas, dispuesto a cazar algunos bocetos. Un par de infructuosos intentos y desiste también (...)
(06/04/2006)
El cuento de la niña
El sonido lejano de un automóvil hizo que se volviese y esperase pacientemente junto al camino. Tarareando todavía, observó cómo la nube de polvo se iba acercando a ella. En el momento en que el coche pasó a su lado la pequeña intentó reconocer el rostro del conductor, pero el sucio cristal sólo mostró el fugaz reflejo de una niña con coletas. Después el ruido se fue alejando mientras el polvo del aire se iba asentando de nuevo en el suelo. Fue cuando la niña iba a reanudar la marcha que se dio cuenta del silencio que deambulaba a su alrededor.
Algo nerviosa, intentó silbar de nuevo la canción pero los sonidos se negaban a traspasar el umbral de sus labios, como si tuvieran miedo de interrumpir el inaudible monólogo del silencio. Sintiéndose observada, se volvió y miró en derredor: nadie. Todo estaba en calma. Sin embargo en cuanto dio el primer paso el viento regresó juguetón a las espigas y pudo continuar más tranquila, saltando de una piedrecilla a otra y evitando pisar las atareadas hormigas que aparecían aquí y allá.
Entre tanto, atraídas por el inocente paseo de la niña, las nubes comenzaban a aparecer por el cielo. En cuanto las primeras chocaron comenzaron a llegar más, como atraídas por la posible pelea, y se fueron empujando unas a otras hasta formar una tormenta. La niña apenas se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde: unas gotitas de advertencia y después el cielo bramó enloquecido derramándose sin control sobre el campo. Parecía que la gravedad estaba pasando factura de repente a toda esa agua que flotaba en el cielo.
Lejos del pueblo y en medio del campo, el único posible refugio se hallaba en el bosque, de manera que la niña salió a la carrera hacia los árboles. Según corría, las gotas de agua caían a cientos sobre ella y se aferraban a su vestido intentando retenerla. Ella apartaba como podía el maíz para abrirse paso y las espigas se giraban tras ella y la observaban enfadadas.
Por fin, sus embarrados zapatos llegaron a la linde del bosque y la niña respiró aliviada, aunque el vestido estaba totalmente empapado. La densidad del bosque en esa zona no era suficiente para evitar la lluvia, de manera que comenzó a adentrarse más y más, buscando una zona conocida en la que poder resguardarse del frío y esperar a que el cielo se apaciguara. Sabía que por ahí cerca debía de haber un montecillo y que en él se encontraba la antigua ermita del pueblo, pero en la creciente oscuridad de media tarde se veía incapaz de encontrarla.
Ahora la niña maldecía haber discutido con su hermano; sabía que todo esto era culpa suya, que si no hubiera pasado nada ella no habría andado jamás sola por el campo. Pero ahora era ya demasiado tarde para pensar en esas cosas y decidió que lo mejor sería refugiarse bajo un seto y simplemente esperar. Se metió bajo el primero que encontró relativamente seco y, agachada como estaba, trató de cubrirse las piernas con el vestido para evitar el frío. El sonido del bosque en la tormenta sonaba como una furiosa orquesta sin director, pero la niña ya no tenía miedo: miraba tranquilamente las ramas de los árboles y veía cómo se zarandeaban. Tras un rato empezó a sentir sueño".
(28/04/2006)-inconcluso
Buscando imágenes, part. I
...
Esas habían sido sus últimas palabras. Sin llantos, sin mirar atrás, sólo un beso de despedida con el sol del amanecer y un día que me sorprendió sin saber qué hacer. Cayó la noche y yo seguía mirando el horizonte. De algún modo pensaba que hasta que no apartara la mirada no tendría que afrontar los hechos. Podría haberme pasado así meses, pero al final volví a casa.
Dicen que el tiempo lo cura todo pero conozco un cáncer de pulmón que nada pudo remediar: regresé a casa, pero a la suya. Abrí con mi propia llave y busqué por los rincones el recuerdo de su olor. Nunca compró un puto perfume pero siempre olía a campo de amapolas. Por desgracia, nunca he tenido buen olfato, ni para las colonias ni para las mentiras: debí suponerme que "para siempre" era sólo una manera de hablar. Si por mí hubiera sido estaríamos cosidos uno a otro como siameses pero ella necesitaba libertad. Nunca pude entenderlo: le ofrecía la celda más grande del mundo, una cuyo único límite era el horizonte. Y aun así ella se asfixiaba.
No podía quitarme de la cabeza el momento en que la conocí, cuando apenas podía intuir lo que se escondía tras cada palabra que sus labios me permitían descubrir. Era el tipo de mujer que con un suspiro hubiera hecho temblar un imperio, pero por algún motivo prefirió asaltar mi pequeño castillo. Y yo desesperado buscando la alfombra roja. El caso es que mi vida cambió totalmente aquel día: miré en sus ojos y vi un mundo, y supe que quería adentrarme en él y conocer todos sus secretos. A partir de entonces podía abarcar todo el universo con tan sólo abrazarla, porque no había para mí nada más allá.
Sin embargo, ¿qué hacía aquel fatídico día, en su casa, mirando sus fotografías y rebuscando en sus cajones? Supongo que buscaba una señal, una pista de hacia dónde podía haberse dirigido. Debo de ser de esas personas que no comprenden que la película ha acabado aunque se queden ante una pantalla en blanco. Lo peor de todo es que yo intentaba esperar a la siguiente proyección. ¿Volvería a comenzar nuestra historia si me quedaba sentado? No lo sé, pero no tenía suficientes palomitas, y allí, en el apartamento, la desesperación se instaló definitivamente en mi vida sin la menor intención de abandonarme. Debía darme prisa y hacer algo antes de que empezara a tirar tabiques.
Pasé de los cajones a las botellas y acabé destrozándolo todo. No era un buen comienzo, pero al menos era un principio y eso es todo lo que necesita una historia. Me llevé todas las fotos que vi y su libro favorito. Como si con ello fuera a encontrarla.
***
Al principio apenas podía creer que fuera el mismo: jamás pensé que llegaría a encontrarlo. Un vago sentimiento de incomodidad me hizo mirar a mi alrededor. Me sentía como si estuviera invadiendo un espacio privado, espiando un momento de la intimidad de otra persona. En cierto modo era exactamente lo que estaba haciendo, sólo que llegaba dieciséis años tarde.
Volví a levantar la foto: el cartel con forma de barquichuela, el pato amarillo y el lago. De fondo los árboles algo más jóvenes. Todo exactamente igual, salvo por la intrusión de la impaciente vegetación por todos los rincones. No era tan mal comienzo, si se tiene en cuenta que al principio sólo tenía una foto vieja; pero a pesar de todo persistía el sabor a derrota en mi boca. A fin de cuentas yo buscaba a la chica y sólo había encontrado el decorado. La sonrisa adolescente de la fotografía parecía burlarse de mí, parecía recordarme que sólo se trataba de algo de luz posada sobre un trozo de película. En todo caso me daba igual: ya tenía el primer elemento de la serie, lo cual demostraba que lo que me pretendía era en cierto modo posible.
Me senté con una cerveza, contemplé el pequeño éxito que para mí representaba el paisaje y comprendí que podría hacerlo. Seguro que empresas más descabelladas habían llegado igualmente a buen puerto. Daba igual tener que jugar contra toda probabilidad, porque yo no pararía hasta que fuera evidentemente imposible: me conformaba con la posibilidad de intentarlo. A fin de cuentas, estaba tratando de engañar al tiempo y todo sonaba absurdo, pero no más que la religión más respetable del mundo.
Cuando el sol comenzó a lamer el horizonte y este enrojeció, comprendí que había llegado el momento de irme. Tiré la lata, vacía ya desde hacía un rato, y me acaricié la barba pensativo contemplando otra vez el cartel. Después clavé la foto en él con un martillazo que pareció despertar todo el polvo que dormía sobre la madera y me aparté un par de pasos sorprendido. Había quedado de tal manera que el clavo atravesaba exactamente el mismo punto en el cartel y en la foto, tocando a la vez presente y pasado. A la vista quedaba la representación de un bucle temporal de dieciséis años.
Después me alejé y empecé a sentirme triste.
