miércoles, 29 de abril de 2009

Las casas brotan de la colina como setas acurrucadas unas junto a otras y se asemejan a un graderío lleno de idiotas, espectadores que miran la hierba crecer. Dirigidas sus miradas hacia abajo, contemplan -con las ventanas como platos- el tren que aparece y desaparece.
Apostaría a que aguardan ansiosas el próximo tren...
Con el sol todo parece distinto: las casas brillan, luciérnagas en la noche azul, y las sombras del cielo vuelven a quedar atadas a sus dueños en el suelo. El agua parece más clara, menos llena de secretos, y la piel se calienta de alegría. Con el sol los sentimientos fluyen, polen en el viento, y hasta el sexo despierta lejos de burdeles de cemento.
¡Qué bueno, que brilla el sol!
¡Qué bueno, que brillo yo!
Parecemos hechos para derrumbarnos pero nos mantenemos en pie de alguna forma. En un mar de relaciones inesperadas, flotando a la deriva, hacemos pie o tocamos fondo. Pero siempre queriendo más, buscando algo.
El abrazo de una chica a la que ni quieres ni deseas a veces significa más que la religión más creíble del mundo. Otras ni el sexo con la persona amada llenan más que un vaso de agua.
Amparadas tras el cristal de la cafetería, las parejas comparten sus sueños y sus tristezas. Bromean, discuten o simplemente bostezan. Y, mientras, el tiempo -siempre el tiempo que les queda- espera tras la esquina empuñando unas tijeras, cortando cuerdas al azar.
El azar: la religión del caos...
¿Puedes azar al azar un campo de azahar sin ver que existe una pequeña relación?
Eso espero.
No sirve de nada pensar porque las conclusiones no existen. Conclusión, como final, es el momento en el que la persona deja de pensar y acepta como respuesta la distancia a la que ha llegado.
Si es así... Si en eso sí que crees... Entonces no temas:
sólo cierra los ojos y aguarda.

Alrededores

Bosques talados o mal podados,
la cárcel roja tras el muro gris,
alguna casa entre autopistas
y un pueblecito
alla y allí.
...
Pueblos diminutos aplastados por el cielo
gris nublado y goteante,
una flor perdida entre ramas secas,
asfalto
y supermercados
...
Como un refugio triste de una guerra antigua
ennegrecen las casas imitando al cielo
y entre autopistas y campos de golf,
la grieta
incrustada
de una gran autopista.
...
Las casa antiguas rompen el cielo,
saturado y grasiento suelo de taller,
ensalzando la grandeza de una Historia pequeña
que sigue allí para quien la quiera ver.
...
El lujo y el confort del que lo tiene todo,
el aguantar desesperado de quien no tiene nada,
tanta riqueza mal repartida
y tanta tristeza mal escondida.
Su vestido no era blanco sino rosado, no era vestido sino desnudo. Y vestida con su suave piel atraía a los hombres como una sirena sin plumas ni voz.
Amaneció un sol gris tras un velo azulado
e infectó la mañana de su triste color.
Se reflejó en mi iris de tono dorado
y apagó mi cordura arrancando el calor.
La pizarra parecía un verde desierto lleno de nubes blancas de tiza, un mar oscuro lleno de estelas de barcos olvidados. La clase, un bosque de azulejo azotado por el viento. Y los intentos de la mano por dar sentido a esas formas tropezaban con el desinteresado desinterés de los gallitos.
Con un suspiro, el profesór flotó sobre sus cabezas y vio por un momento su futuro.
Pero nada les intimidaba para que dejaran de cacarear, ni siquiera la cuchilla afilada a la salida del edificio.
(...)
Un mal día en la escuela.

domingo, 26 de abril de 2009

El tamaño de mi cabeza aumentaba constantemente mientras tú estallabas en convulsiones de aburrimiento. Se hinchaba e hinchaba formando tumores que supuraban fétidos humores con sabor a sangre. Y todo ello a la luz artificial del televisor que se dispersaba por una atmósfera enrarecida. Las ondas de sufrimiento en el aire chocaban con las ventanas y se empañaban como deseos frustrados. Para mí todo era fruto de tu cuerpo sudado y retorcido en el suelo de madera astillada. Cada puntita se elevaba como una erección intentando clavarse en tu cuerpo deshecho.
Sentí unas manos dentro de mí que apartaban la carne, empujando hacia afuera.
"Tengo un pasajero", fue la única excusa que se me ocurrió para aquella reacción.
Mi tripa abierta chorreaba peces podridos en un caudal de agua de alcantarilla.
"Necesito derretirme" fue tu respuesta, acompañada por el sonido de chopchop que hacía tu piel cuando los poros escupían ese agua envenenada. "Necesito... calma."
Pero la calma no venía. Nada se movía en aquel cuarto en el que la electricidad sólo era estática. Y podíamos sentir las punzantes patitas de miles de insectos diminutos que correteaban por nuestra piel al son de la droga. Lo llamábamos "el ardor del ansia", lo confundíamos con amor. Esperábamos que se evaporara con el sol de la mañana, pero parecía que nunca fuera a llegar.
Aquel universo estaba destinado a la eternidad y nosotros nos convertiríamos pronto en estatuas. De cal.
En algún momento mi cabeza dejó de crecer, creo que porque había llegado a su tope. Mis ojos estaban aplastados, uno contra la superficie arenosa del techo, el otro contra el frío cristal de la ventana. Y mi mirada hacia fuera te hizo estallar en un llanto que sonaba a risas. Cuando vi las nubes rojas en el cielo naranja. Cuando vi derrumbarse en ruinas cientos de edificios de personas.
Carne púrpura rodaba hacia abajo en un sonido de huesos que crujen.
Todo tenía la calidad cuestionada de una pesadilla. Los sonidos en el cuarto parecían perderse en un espacio lejano. Notaba el eco de tus suspiros susurrando en mi cerebro.
"Ne...ce...si...to...másssssshh..." y tu lengua de serpiente asomaba asustadiza a intervalos regulares.
Sentí cómo olfateabas mi miedo.
La última persona cayó y quedó en la punta del montón, su cabeza dirigida hacia el cielo.
"Ya vaaaaaaaaaaamanecer", arrastré las palabras de una punta a otra de mis labios.
La persona fuera abrió su boca diminuta y regurgitó lo que parecía la cabeza de un misil.
Creo que te oí todavía susurrar un click.
Entonces todo desapareció en un torbellino de angustiada lentitud. Todo tan rápido que duró casi una eternidad. Sentí cada átomo rebelarse contra mí y clavar sus garras para arrancarse de mi ser.
Sentí el fin del comienzo.
De veras que lo sentí.
Fue lo último, de hecho...

sábado, 25 de abril de 2009

El último día daba vueltas de campana tras arrastrarse accidentado por una semana mala. Lamiendo el olor a sangre de las heridas de la rutina, miraba apesadumbrado a la gente paseante. Imposible entender lo que les movía por la calle, imposible siquiera mantener su mirada. Como un desecho deshecho entre sucesos y excesos, el día fatigó su calma con pensamientos distantes y sintió cómo la soledad barnizaba su piel de madera. Y mientras, el serrín húmedo goteaba por su costoso costado y el día se desangraba en horas de tipo A negativo.
Y la felicidad era una estatua en un cementerio de automóviles todavía marcados por las manchas de sangre de sus conductores infelices...
El infierno es un peatón de carne conociendo el mundo de acero a 180 km/h.
El infierno es una risa burlona que no sabemos de dónde viene...

lunes, 20 de abril de 2009

III.

Arcoiris
a quien quiero
rendir tributo
por
los colores
que me diste.
Fuiste luz
en la lluvia,
fuiste blanco
entre la multitud.
De colores
tus cabellos
negros como
el asfalto,
de colores
tu piel
blanca
como la noche.

II.

Fuiste todos los colores
a la vez,
fuiste todos los sabores
que probé,
fuiste causa de dolores
porque amé
y fuiste todas las flores
que quemé.

I.

Si hubo un primer amor
fuiste tú,
amor.
Si hubo
un primer dolor
fuiste tú.
Calor
sentí mientras te tuve
calor perdí
cuando te fuiste.
Si un sabor quedó
anclado
en mi lengua
fue tuyo
y quedó.
Quedó
resonando
quedo
en el silencio
de tus ojos.
De aquellas miradas
que buscaba
y encontré
sólo en ti.
Tú serás siempre
mi musa
confundida,
desconocida
de su propia belleza.
Tú serás
siempre.
Serás.

viernes, 17 de abril de 2009

Tus pasos bajando la escalera retumbaron en el pasillo casi tanto como en mi vida. Y el telón cayó al cerrarse la puerta, tras de ti, en el portal. Fue un momento intenso en el que el tiempo casi se detuvo, en el que todo iba tan lento que no sabía si ibas o venías.
Por un momento pensé que subías de nuevo. Que subías a recoger el calor que habías dejado en mi cama. A arrancarme el vacío y a llenar mi piel de besos que queman.
Casi notaba de nuevo tu presencia en el cuarto. Esa presencia que me costaría una vida olvidar pero que al día siguiente ya no tenía sentido. Ese fantasma de placeres nocturnos que me atormentó esporádicamente.
Casi...
Pero la puerta estaba cerrada y tú ya te habías ido de mi mundo.
¿Qué te llevaste en tus maletas que luego noté que me faltaba algo?
Tan rápido apareciste
y tan pronto no estabas
que fuiste un placer perdido
antes de que se enfriaran las sábanas.
Un racimo de rayas en constante simetría
es la corriente del río
que arrastra mi alegría
ahogando mis recuerdos en su fondo frío.

martes, 31 de marzo de 2009

Te escribí mi opinión en un charco de agua
con trazos de tiza que no podías ver.
Enjaulé el sentimiento durante todo el día
pero no pude evitar que de noche aullara a la luna.
Preguntas y dudas temblaron sobre la tela sin araña
que tiritaba al frío viento del atardecer.
Y al final escapé aterrado de tus brazos y me sumergí
en el agua fría de la noche nublada.
Dejando un rastro de burbujas que te parecieron estrellas en el cielo.
Todo lo que quiero ser es un rincón en el que escondas tu cabeza al dormir
un hombro adormecido por el peso de tu cuerpo
un dedo que flota delicado sobre tu tersa piel.
El sol y la luna parecían ahogados en un estanque de peces muertos.
Dejé caer la flor de tus deseos y flotó en la superficie aceitosa.
Antes de hundirse en el fango del cielo infectado de estrellas.
me gustaría ser el asesino de tu amor hacia mí
para matarlo antes de que me apuntes con él
para evitar que se clave en mis costillas y recorra mi piel.
para no tener que volver a buscar al asesino del dolor de perder tu amor
Es difícil comprender la soledad que acompaña al individuo en su viaje. Anclado en paisajes y tierras que no le pertenecen, llora por dentro el calor perdido en lágrimas invisibles que se evaporan con la luz del nuevo día. La presión de los propios pensamientos, que hinchan el cerebro como si pretendiesen hacer saltar los ojos de sus cuencas, se une a la angustia que atenaza el corazón, formando un brebaje amargo que, sin embargo, nunca sacia. Y como un dolor que recorre la piel inspeccionando nuestro cuerpo, sentimos la distancia interminable entre nuestra felicidad y nuestra tristeza, que parece tan, tan cercana.
Cuando llueve me siento mal porque el agua que hay en mí llora en su cárcel de carne. Mi interior se agita burbujeante al contacto con la lluvia y siento la tristeza del fluido preso en mí: siento su anhelo por huir.
Por eso cuando llueve me encierro en casa y no quiero salir. Corro las cortinas como un telón que esconde el cielo y espero en silencio a que acabe el aguacero.
Entonces una ducha caliente apacigua mi agua y un té tibio sirve de mensajero.
Para decirle a mi agua que aguarde y aguante.
Triste mundo mojado,
lleno de corazones apagados
y ojos vidriosos,
te iluminas un instante
al descubrir la belleza
y te apagas de nuevo
arrastrado por los grises raíles
de acero.

viernes, 20 de marzo de 2009

Intenté agarrar una nube y me caí desde la cornisa.
Con la mala suerte que tuve y nunca perdí la sonrisa....

jueves, 19 de marzo de 2009

Hay un fuego leve y dorado en su piel de lagarto que enciende los sentidos bajo mis verdosas escamas. Su cuerpo diseñado para golpear el mío choca hecho hierro contra mi carne, como intentando amoldarla para forjarse un hombre a su medida. Y yo, pura contradicción, me siento de nuevo como un simple ensamblaje de cartílagos y huesos.
El sol amanece, un bostezo en el cielo azul incomprensible, y brilla vivaz en sus pupilas de plástico como en los ojos de una muñeca. Sólo el reflejo de mis ojos en los suyos la devuelve a la vida como si yo fuera el oxígeno que le falta. Y nada queda por hacer salvo apretarme a su piel ardiente y derretirme. Y esperar hasta que acabe el día y despierte la placentera noche de besos y abrazos.

Nada que hacer salvo vivir.

jueves, 19 de febrero de 2009

Para mí era tan simple como volver a empezar. Tan difícil como encontrarle un final adecuado.
Y mientras paseaba por la calle impregnada de tinieblas sentía desazón por la distancia entre mis labios y los suyos.
A cada paso que daba incrustaba en el suelo medio metro más de tierra de por medio, echaba una paletada de recuerdos sobre las flores de nuestra tumba. Y mientras las bombillas de las farolas lloraban luz que no ilumina, mi corazón se detuvo, se escurrió hacia el suelo y salió por la pernera de mi pantalón.

Dejando un rastro de pisadas de sangre que reveló mi camino a la policía.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Fragmentos dispersos de realidades cotidianas

Mientras los árboles dejan caer sus hojas brotan los pechos de su camisa. En redonda espiral las imágenes dan vueltas en torno a los pezones. El frío cristal se empaña en las ventanas y mi carne emerge como una burbuja en el agua. Todo tan delicado como un milagro.
Parece que fuera a estallar en cualquier momento
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Su cabeza cuelga del respaldo de la silla. Su último aliento cuelga de la bombilla del techo, que parpadea y muere también: coincidencias de la vida (y de la muerte).
En sus ojos permanece todavía la imagen del asesino.
Pero me voy y quedan vacíos.
Completamente.
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Negras nubes cargadas de días lluviosos cantan su tristeza silbando al viento. Se congregan sobre la ciudad y conspiran una tormenta mientras los árboles autistas se balancean al ritmo hipnótico del blues y aprietan sus raíces contra la tierra.
Es tiempo de conseguir un paragüas y un hacha.
Para enseñarles que no siempre pueden hacer lo que quieren.
O por diversión.
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Me vendieron un hacha para talar nubes y un libro en el que encerrar melodías. Y la vida, tan corta como el estornudo de una hormiga, empezó a sonreír con dientes de oro.
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Ayer miré por mi ventana y vi un muro.
Ayer escalé un muro y encontré a Dios.
Ayer conversé con Dios y le reproché sus fallos.
Ayer Dios reinició el equipo e instaló el Apocalipsis.
Pero eso fue ayer.
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La noche sonrió llena de sexo y placeres antes de recostarse sobre los hombros de la cuidad exhausta.
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Números escritos al azar era tu vida sobre el papel. Ahora que todo ha ardido estás en el aire.
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Obsesionada con el calor de la ducha helada caíste sobre un estruendo de guitarras.

jueves, 12 de febrero de 2009

El cielo cayó con la lluvia y quedó atrapado en un charco mientras el mar trepaba por el aire y formaba una cúpula azulada de horizonte a horizonte. Las nubes se disolvieron como azúcar en el agua dejando un dulzón aliento en el viento del atardecer, que sobrevivió rayado por el sol pero sucumbió ante el abrazo sensual de la noche. Qué triste sonó a la luz de las farolas el chapoteo de pisadas sobre el cielo derribado.

jueves, 29 de enero de 2009

Ayer redescubrí el placer que se escondía oculto bajo mi dolorida piel. Un estirón que alargó mis penas durante horas como si estuviera atragantándome con un autobús. Pero todo acabó con la gloria espasmódica de la vuelta al ruedo y el bienestar divino del suspiro insignificante.

La profundidad de unas palabras me hizo tropezar con archivos de vídeo y acabé empalado en la mugrienta rutina del sinsentido. Descubrí un muro pintado de ventana y un cristal irrompible que gemía al viento.
Qué agradable volver a nacer
cuando sabes cómo va a acabar

miércoles, 28 de enero de 2009

Mi aula se vacía como una descarga de esperma y me siento cansado y fatigado emocionalmente. Tengo que fingir que todo esto me importa, que quiero profundizar en mis relaciones, cuando en realidad sólo soy un egoísta que aguanta la avalancha de nieve porque quiere continuar su paseo.
No sé de dónde viene mi falta de interés ni mi falta de ganas, pero sí sé lo fuertes que son y sus consecuencias.
Por eso me esfuerzo por evitarlas, por participar. Y aunque siempre parezca dispuesto y muestre iniciativa, todo esto me importa una mierda, porque en cuanto salgo de aquí me olvido de todo y vuelvo a esconderme en mí mismo.
Puta comodidad...

lunes, 26 de enero de 2009

Qué raro se siente el día cuando se recubre de alegría. En una fina capa, pues la alegría no se deja engrosar, el brillo del sol se posa suavemente sobre los contornos de la vida e incluso el pánico al exceso de detalles queda ensordecido por la luz. El horror vacui se ve velado por el vacío ingrávido de la felicidad momentánea y la sensación resulta tan fluida y tan intensa que uno casi siente la nube de átomos que lo rodea y que contagia su bienestar.

Y puede que todo resulte ser sólo un engaño de los sentidos, pero ¿qué no lo es?

sábado, 24 de enero de 2009

Arranqué las palabras del libro y las colgué de las horas del día. Quería tener algo en lo que apoyarme, con que construir escalones para elevarme un poco la moral y no decaer. La tarde se comió a la mañana y luego folló con la noche, dejándome solo desde el desayuno hasta la cena. Floté un rato en el éter suave de no saber qué hacer, hasta que las responsabilidades del día me echaron el lazo y tiraron de mí hacia tierra. Y de nuevo con los pies en el suelo, con ese olor a cemento fresco metido en la nariz. Atrapado. Sentado en una silla de mimbre durante horas, mientras la humedad eyacula sobre mi piel y la calefacción rumia ruidosa su aburrimiento. Sin nada mejor que hacer que asomarme al espejo a ver qué hay delante, aunque siempre vea lo que hay detrás de mis ojos.
-Todo el mundo lucha por algo. ¿Y tú?
-Yo lucho por encontrarme a mí mismo.
-¿Y qué harás cuando te encuentres?
-Perderme y volver a empezar.
Explota de rabia por una nimiedad y salpica con tu sangre mi aburrimiento.
Pídeme que te espere y luego desaparece con el viento.
Calienta mis pies antes de cortarlos por los tobillos
Y beberte mi cerebro a través de mis ojos.

Mi alma abierta como un frigorífico
con la luz encendida que tiembla aturdida.
Y mis pensamientos dando vueltas por el dvd
asaltando la programación de la vida.
Tu mirada punzante como una inyección
sacándome sangre para hacer morcillas.
Daría un puto billete de monopoli por recuperar mi inspiración.

sábado, 17 de enero de 2009

Puedo oír los tambores que vibran sobre mi piel apagando mis ideas. Un sonido ritual que incita a mascar huesos. Y la mezcla con el peyote que convierte mis pupilas en astros atravesando el espacio infinito. Las luces van y vienen clavándose en mí y formando diferentes imágenes sobre mi piel, que de repente es fotosensible como película fotográfica.
Unos ojos asoman a través de la densa piel de mi pecho, que se aparta como si fuera gelatina. Parpadean y comienzan a inspeccionar el lugar mientras mis verdaderos ojos se pudren repentinamente. Pus caliente resbala sobre mi boca, garganta y cuello. Al menos mientras siguen ahí, porque pronto mi cuerpo los absorbe junto a la cabeza, que se deshace como una vela derretida y se funde con los hombros. Poco después nuevos órganos emergen también en mi pecho.
Presiento que la colocación es similar pero cuando miro a las figuras danzantes sé que me he convertido en otra persona. En un dios mitológico. Me salgo del círculo y corro atravesando el bosque. Mis pies se apoyan en la oscuridad y olvido el significado del suelo. Los árboles comienzan a desaparecer consumidos por la energía que me rodea y luces de colores emergen de entre los sonidos ambientales.
Ojos felinos acechan en la oscuridad, pintados sobre el cielo estrellado que comienza a caer sobre mí. Vuelo en círculos por el éter inerte y mi carne se moldea por la falta de presión. Cada movimiento arrastra una masa de cuerpo en una dirección y el resto le sigue lentamente hasta recuperar una forma lógica. Pero sigo sin tener cabeza y con los sentidos en el pecho.
Mis manos son atrapadas por la oscuridad y desaparecen ante mí en la lejanía. Vuelo tras ellas atravesando el cielo purpúreo lleno de nubes de leche. Descubro mis manos posadas sobre un cuerpo de mujer. Una diosa. Su piel vibra ante cada caricia ondulándose como el agua invisible de la superficie de un lago. Junto mis brazos con las manos y me hundo dentro del cuerpo, que me acoge placentero permitiéndome atravesarlo.
Los ojos de gato se han juntado en dos solas estrellas que flotan frente a mí, a tan sólo un palmo. Cambiando de color, del verde al turquesa pasando por el amarillo y luego al rojo y al azul, los ojos comienzan a lamer mi cuerpo con una suave lluvia de baja intensidad. Las ondas de placer flotan invisibles en la arritmia de sus caricias. Froto mi esencia contra su espalda abrazando la estela que deja frente a mí y estrecho los brazos aunque ella se separa en pompas de jabón y flota a mi alrededor.
Toma forma de sí misma desde cada pompa y se multiplica formando un cálido circulo a mi alrededor. El círculo se estrecha y me devora, pero no siento miedo aunque sé que estoy muriendo. Y atravieso mi propia carne con un grito desesperado que la asusta y le roba una sonrisa cariñosa. Sé que está jugando conmigo como un gato con la comida. Y no siento miedo de que me mate porque sé que me está liberando de las cargas de la vida.
Poco a poco todo se difumina, precisamente en el momento en que el éxtasis del sufrimiento me abandona sobre una playa de arena, ella convertida en un mar de olas salvajes pero ralentizadas que parece que nunca vayan a llegar.
La intensidad de la señal empieza a debilitarse como el efecto de la droga en mi cuerpo. La música vuelve lejana desde el horizonte. Aunque es como si siempre hubiera sonado dentro de mí, siguiendo un ritmo propio, el de mis latidos desacompasados pero vertiginosos. Profundidad y vértigo, como si me absorbiera el vacío y la gravedad tirara de mí con suaves dedos de gelatina caliente...
...y despierto por un segundo mientras los tambores se alejan de mí y caigo al vacío, ya lejos de la plataforma sobre la que estaba y la realidad acerca el suelo pedregoso con círculos de piedra puntiaguda y no puedo pensar porque el recuerdo es más lento que mi camino hasta la muerte pero veo inconscientemente toda la información: la tribu, la droga, el sacrificio al dios piedra y la plataforma elevada muy por encima del árbol más alto.
Pero no llego a ver más que de lejos toda esa información porque los tambores estallan igual que mi cuerpo...
¿Cómo no sentir la soledad cuando esta te lame con sus fríos dedos, cuando notas su aliento en tus sueños? Cuando ella chilla en tus silencios.
La Luna anoche sonreía con malicia mientras las nubes, escondidas, coreaban con carcajadas las lágrimas de cristal que perdí entre mis sábanas. ¿Por qué lloraba? No lo sé. Quizás porque era la única manera de escuchar tu respiración agitada sobre mi almohada.
Y recuperar por un instante el calor entre tus muslos. El sudor de tu pecho. El abrazo suave y la mirada cercana.
Qué mierda de frío me persigue por la calle.
Qué mierda de luz vomitan las farolas.
Qué mierda de mierda pisan mis botas.
Y mientras desapareces en la lejanía de cada latido, mientras te fundes con el horizonte, nadan mis ojos en melancolía por cada palabra tuya que desaparece de mi mente.
Roída por el tiempo y los ratones,
consumida por el recuerdo de tus botones
que escondían el corazón de tus pechos
y el sabor de tus susurros...
Puta nostalgia...

jueves, 15 de enero de 2009

Te juro que he abierto mis tripas y he rebuscado entre las piezas buscando qué es lo que falla. Y no he encontrado nada, salvo una nueva colección de sonidos y texturas.
Me he arrancado las venas y he observado cada centímetro a la luz de la lámpara. Nada, sólo metros y metros de celuloide barato. Sólo el conocimiento de que mi sangre fluye por fotogramas de cine malo.
He frotado mi cerebro contra la alfombra persa. Una fina lluvia de letras ha comenzado a escalar por mis dedos como una infección y lo he tenido que arrojar asustado a la esquina. Tengo miedo al contagio, sobre todo de ideas.
(De noche despierto con el cerebro en su sitio: supongo que quedamos en tablas).
No sé si mis huesos tendrán la respuesta a algo: he hecho un buen caldo pero no he visto nada en sus vapores. Y sé que mis ojos no pueden ayudarme, pues sólo son embudos para engullir imágenes.
Y mire donde mire no encuentro qué me duele. Reviso el mapa de mi cuerpo y no queda peca sin inspeccionar...
Salgo a dar un paseo y me embobo frente al escaparate: la piel tersa de los maniquíes despierta mi libido. Sobre todo la que no tiene ojos y lleva ropa ajustada. Me alejo asustado, he agrietado el cristal.
La multitud me adormece así que intento evitarla, pero veo las cabezas y el sueño me vence: caigo rodando sobre cuerpos desechables y mi consciencia se escabuye por una alcantarilla.
Media hora mas tarde permanezco escondido bajo una nube. Veo a la gente pero creo que ellos a mí no. Ya no me dan sueño porque estoy descansado.
Atrapo al vuelo una mirada extraña y corro tras ella a través de los coches: esos juguetes de diamante tan incomprensibles. La gente que está en ellos parecen figuritas de cristal en vitrinas de barro.
Enamorado como un insecto recupero los ojos que me han llamado la atención, pero suspiro insatisfecho palpando un espejo. La calle resulta tan desconcertante...
Regreso a mi casa y me tumbo en el sofá. Tiro al suelo las compras de la tarde: un montón de sensaciones nuevas que ahora tengo que colocar en las estanterías de mi vida.
Pongo a calentar comida de tarro y me paso de tiempo: chorrea churruscada y se me escurre por las orejas. Está visto que hoy no me sale nada bien.
Enciendo la cama para dormir un rato pero me quedo desvelado entre sábanas de neón. No puedo dormir porque no he dejado la cuchara sobre la mesa, así que me la saco de la boca y escucho su tintineo suave.
Caigo redondo presa del sueño que me arrastra hasta su cubil. Si no llego a resistirme me hubiera devorado.
Y pongo fin a este consentido sinsentido cuando salgo de mi casa y me dejo en paz de una vez. Desde enfrente puedo ver por la ventana cómo por fin me relajo y me quedo dormido.
Me apoyo contra la pared y me arropo con el frío de la calle mientras espero a que salga el sol.
(...)
Por la mañana, cuando baja las escaleras y sale del portal, resulta cegador, pero al menos me avisa de que el día ha comenzado. Y veo cómo trepa por los cantos de los gallos y se cuelga del cielo, volviendo a dar sentido a toda esa luz que había goteado sobre la noche.
Vuelvo a mi casa contento de que todo haya terminado.
Aunque me queda un largo paseo porque vivo en otra ciudad...
Algunas relaciones flotan a la deriva por muchas anclas que les pongas. Supuse que la nuestra sería una de ellas y tardé mucho en darme cuenta de que se había hundido hacía tiempo, de que había desaparecido en el azul oscuro casi negro de las profundidades marinas. Allá donde los monstruos de la consciencia se pasean a sus anchas.

Durante un tiempo continué tumbado en mi barca. Sin agua, sin comida, sin esperanzas de ver tierra. Mentiría si dijera que esto ha cambiado. Mentiría igualmente si dijera que me importa...

Mi vida se ha reducido a un flote pasivo por la superficie de las relaciones, esperando desinteresado una ola que alcance a mojarme. Y por más que oteo el horizonte, no hallo huellas de nubes.

¿Dónde están aquellas tormentas de la adolescencia? ¿Dónde aquel sentir desdichado que tanto se sentía? Probablemente aplastados por la redonda rutina. O aturdidos por la retórica rancia.

...

miércoles, 14 de enero de 2009

La canción suena constantemente por la radio y resulta tan deprimente como una sonrisa enmarcada. Es como una melodía de ascensor que se cuela por las rendijas de la realidad y se cuelga de mi nariz, obligándome a dirigir mi cabeza hacia el suelo. Sólo puedo ver baldosas porque levantar la mirada resulta doloroso. Y tanto me he acostumbrado a la imagen de mis pies en movimiento que ya nunca veo una fachada a menos que se refleje en un charco.
Pues sí, la canción me entristece: empaña mi alegría con un velo pegajoso. Y arrastro esa sensación desde pequeño cuando me asalta implacable desde la publicidad, fruto del contraste entre la alegría de la canción alegre y ese sentimiento de impotencia que no sé cómo apartar. No sabría definirlo, pero es una sensación de falsedad: como maravillarse del amanecer y descubrir un inerte sol de neón sobre avejentado papel de regalo.
Y cuando la escucho sólo puedo recordar aquellos momentos grises en los que se posa sobre mí y me cubre de desilusión, cuando mi alegría huye aterrada de mi cuerpo y, contaminada, escapa dejando una nube de desesperación. Como la tinta del calamar a la fuga.
En esos momentos todo lo que queda es el tedio de un viaje en autobús y la sensación reseca de la tapicería quemada y maloliente de los asientos, el cristal empañado por mi respiración agitada y el enjambre de coches vacíos que flotan en paralelo a mi vida y los tapacubos que mandan un mensaje en clave sobre la rutina diaria y las vibraciones que cosquillean bajo mis pies y el periódico polizón, escondido bajo los asientos, y el chicle ya endurecido por su experiencia en viajes y la firma de una persona desconocida a la que no quieres conocer y la lucecita que apenas ilumina pero que te anima a leer y el vecino que se duerme apoyándose en tu hombro y la chica de la que te enamoras porque nunca te ha mirado y el puticlub que atrapa tu atención antes de desaparecer de tu mente y la furgoneta de gitanos traqueteando sobre el camino de arena y el avión que se cruza en el cielo con un puente sobre la ventana y la conversación pillada a medias entre cabezadas somnolientas y el conductor que abre la puerta sin esperar a detenerse y el frío aire congelado que monta corriendo para calentarse y el cielo gris reflejado en el río marrón y la vuelta a casa con el paisaje escondido tras el velo de la noche y las farolas en medio de la nada que nada tienen que decir y las putas de las rotondas, las únicas que allí no dan la vuelta, y la gente que baja en una parada y se aleja de tu vida y… y el autobús que por fin llega a tu parada y te devuelve aturdido a tus pies, con ese primer paso que tanto cuesta dar, hasta que uno vuelve a hacerse con los mandos…
La canción desaparece de los altavoces una vez me he bajado, pero todavía sigue resonando durante un tiempo sobre mi piel. Y me trae tantas sensaciones tan gastadas pero tan desconocidas… Que me recuerda que mi vida, triste y sin aventuras, es mucho más rica de lo que alcanzo a ver.
Sin embargo me entristece porque, joder, ¡qué mala es esa canción!
"mi mente está más allá de este universo" - G.G.Allin

Toda la gente que atraviesa la realidad desarrolla un deseo irrefrenable de matar. Esta es la manera de ir más allá del contacto físico, lejos de todo sentimiento, y acceder de manera directa a la esencia de lo que somos.

La muerte, al igual que el asesinato, reproduce la verdad más sincera y cruel de este mundo, pues nos recuerda que el ser humano es un objeto destruible.

Algunas personas parten de esta idea para llegar al a conclusión de que hay que respetar la vida, porque es una cosa única e irrepetible.

Otros, sin embargo, sabiendo que van a desaparecer sin remedio de la realidad, deciden traspasarla y destruirla. Esta gente representa todo aquello que la sociedad odia o no puede entender.

Todo, pero elevado a la máxima potencia.

Y, aunque hemos olvidado que no existe diferencia entre orden y desorden, resulta comprensible que su conducta nos repugne: nos hace sentir víctimas de nuestras propias reglas.

¿O no? A lo mejor, entre el miedo y la incomprensión, sólo podamos sentir pena y vergüenza ajena ante estas personas.

No lo sé, tal vez nuestra risa no sea muy diferente al balido sarcástico de las ovejas que miran nuestro coche al pasar.

Sentado a la mesa el muchacho intenta escribir: pequeñas gotas de inspiración caen de su frente al papel formando una historia. Agotado, contempla el charquito que ha formado y envidia a la gente que puede crear mares. Después levanta la hoja dejando que el trabajo de toda la tarde se escurra en un cubo.

Viendo que resulta imposible escribir nada decente, se le ocurre dibujar. Agarra el portaminas vacío e introduce las minas como si fueran balas, dispuesto a cazar algunos bocetos. Un par de infructuosos intentos y desiste también (...)

(06/04/2006)

El cuento de la niña

"En el campo, por un sendero que correteaba entre un gran maizal y un diminuto arroyo, una niña pequeña paseaba con un ramito de amapolas en la mano. El viento bailaba entre las espigas de maíz al son de la canción que ella tarareaba, a pesar de creer haberla olvidado hacía tiempo. A su paso, el riachuelo le susurraba palabras que no alcanzaba a entender.
El sonido lejano de un automóvil hizo que se volviese y esperase pacientemente junto al camino. Tarareando todavía, observó cómo la nube de polvo se iba acercando a ella. En el momento en que el coche pasó a su lado la pequeña intentó reconocer el rostro del conductor, pero el sucio cristal sólo mostró el fugaz reflejo de una niña con coletas. Después el ruido se fue alejando mientras el polvo del aire se iba asentando de nuevo en el suelo. Fue cuando la niña iba a reanudar la marcha que se dio cuenta del silencio que deambulaba a su alrededor.
Algo nerviosa, intentó silbar de nuevo la canción pero los sonidos se negaban a traspasar el umbral de sus labios, como si tuvieran miedo de interrumpir el inaudible monólogo del silencio. Sintiéndose observada, se volvió y miró en derredor: nadie. Todo estaba en calma. Sin embargo en cuanto dio el primer paso el viento regresó juguetón a las espigas y pudo continuar más tranquila, saltando de una piedrecilla a otra y evitando pisar las atareadas hormigas que aparecían aquí y allá.
Entre tanto, atraídas por el inocente paseo de la niña, las nubes comenzaban a aparecer por el cielo. En cuanto las primeras chocaron comenzaron a llegar más, como atraídas por la posible pelea, y se fueron empujando unas a otras hasta formar una tormenta. La niña apenas se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde: unas gotitas de advertencia y después el cielo bramó enloquecido derramándose sin control sobre el campo. Parecía que la gravedad estaba pasando factura de repente a toda esa agua que flotaba en el cielo.
Lejos del pueblo y en medio del campo, el único posible refugio se hallaba en el bosque, de manera que la niña salió a la carrera hacia los árboles. Según corría, las gotas de agua caían a cientos sobre ella y se aferraban a su vestido intentando retenerla. Ella apartaba como podía el maíz para abrirse paso y las espigas se giraban tras ella y la observaban enfadadas.
Por fin, sus embarrados zapatos llegaron a la linde del bosque y la niña respiró aliviada, aunque el vestido estaba totalmente empapado. La densidad del bosque en esa zona no era suficiente para evitar la lluvia, de manera que comenzó a adentrarse más y más, buscando una zona conocida en la que poder resguardarse del frío y esperar a que el cielo se apaciguara. Sabía que por ahí cerca debía de haber un montecillo y que en él se encontraba la antigua ermita del pueblo, pero en la creciente oscuridad de media tarde se veía incapaz de encontrarla.
Ahora la niña maldecía haber discutido con su hermano; sabía que todo esto era culpa suya, que si no hubiera pasado nada ella no habría andado jamás sola por el campo. Pero ahora era ya demasiado tarde para pensar en esas cosas y decidió que lo mejor sería refugiarse bajo un seto y simplemente esperar. Se metió bajo el primero que encontró relativamente seco y, agachada como estaba, trató de cubrirse las piernas con el vestido para evitar el frío. El sonido del bosque en la tormenta sonaba como una furiosa orquesta sin director, pero la niña ya no tenía miedo: miraba tranquilamente las ramas de los árboles y veía cómo se zarandeaban. Tras un rato empezó a sentir sueño".
(28/04/2006)-inconcluso

Buscando imágenes, part. I

>Ya sabes que siempre he deseado conocer el mundo... He de salir ahí fuera y ver qué hay.<
...
Esas habían sido sus últimas palabras. Sin llantos, sin mirar atrás, sólo un beso de despedida con el sol del amanecer y un día que me sorprendió sin saber qué hacer. Cayó la noche y yo seguía mirando el horizonte. De algún modo pensaba que hasta que no apartara la mirada no tendría que afrontar los hechos. Podría haberme pasado así meses, pero al final volví a casa.
Dicen que el tiempo lo cura todo pero conozco un cáncer de pulmón que nada pudo remediar: regresé a casa, pero a la suya. Abrí con mi propia llave y busqué por los rincones el recuerdo de su olor. Nunca compró un puto perfume pero siempre olía a campo de amapolas. Por desgracia, nunca he tenido buen olfato, ni para las colonias ni para las mentiras: debí suponerme que "para siempre" era sólo una manera de hablar. Si por mí hubiera sido estaríamos cosidos uno a otro como siameses pero ella necesitaba libertad. Nunca pude entenderlo: le ofrecía la celda más grande del mundo, una cuyo único límite era el horizonte. Y aun así ella se asfixiaba.
No podía quitarme de la cabeza el momento en que la conocí, cuando apenas podía intuir lo que se escondía tras cada palabra que sus labios me permitían descubrir. Era el tipo de mujer que con un suspiro hubiera hecho temblar un imperio, pero por algún motivo prefirió asaltar mi pequeño castillo. Y yo desesperado buscando la alfombra roja. El caso es que mi vida cambió totalmente aquel día: miré en sus ojos y vi un mundo, y supe que quería adentrarme en él y conocer todos sus secretos. A partir de entonces podía abarcar todo el universo con tan sólo abrazarla, porque no había para mí nada más allá.
Sin embargo, ¿qué hacía aquel fatídico día, en su casa, mirando sus fotografías y rebuscando en sus cajones? Supongo que buscaba una señal, una pista de hacia dónde podía haberse dirigido. Debo de ser de esas personas que no comprenden que la película ha acabado aunque se queden ante una pantalla en blanco. Lo peor de todo es que yo intentaba esperar a la siguiente proyección. ¿Volvería a comenzar nuestra historia si me quedaba sentado? No lo sé, pero no tenía suficientes palomitas, y allí, en el apartamento, la desesperación se instaló definitivamente en mi vida sin la menor intención de abandonarme. Debía darme prisa y hacer algo antes de que empezara a tirar tabiques.
Pasé de los cajones a las botellas y acabé destrozándolo todo. No era un buen comienzo, pero al menos era un principio y eso es todo lo que necesita una historia. Me llevé todas las fotos que vi y su libro favorito. Como si con ello fuera a encontrarla.


***

Al principio apenas podía creer que fuera el mismo: jamás pensé que llegaría a encontrarlo. Un vago sentimiento de incomodidad me hizo mirar a mi alrededor. Me sentía como si estuviera invadiendo un espacio privado, espiando un momento de la intimidad de otra persona. En cierto modo era exactamente lo que estaba haciendo, sólo que llegaba dieciséis años tarde.
Volví a levantar la foto: el cartel con forma de barquichuela, el pato amarillo y el lago. De fondo los árboles algo más jóvenes. Todo exactamente igual, salvo por la intrusión de la impaciente vegetación por todos los rincones. No era tan mal comienzo, si se tiene en cuenta que al principio sólo tenía una foto vieja; pero a pesar de todo persistía el sabor a derrota en mi boca. A fin de cuentas yo buscaba a la chica y sólo había encontrado el decorado. La sonrisa adolescente de la fotografía parecía burlarse de mí, parecía recordarme que sólo se trataba de algo de luz posada sobre un trozo de película. En todo caso me daba igual: ya tenía el primer elemento de la serie, lo cual demostraba que lo que me pretendía era en cierto modo posible.
Me senté con una cerveza, contemplé el pequeño éxito que para mí representaba el paisaje y comprendí que podría hacerlo. Seguro que empresas más descabelladas habían llegado igualmente a buen puerto. Daba igual tener que jugar contra toda probabilidad, porque yo no pararía hasta que fuera evidentemente imposible: me conformaba con la posibilidad de intentarlo. A fin de cuentas, estaba tratando de engañar al tiempo y todo sonaba absurdo, pero no más que la religión más respetable del mundo.
Cuando el sol comenzó a lamer el horizonte y este enrojeció, comprendí que había llegado el momento de irme. Tiré la lata, vacía ya desde hacía un rato, y me acaricié la barba pensativo contemplando otra vez el cartel. Después clavé la foto en él con un martillazo que pareció despertar todo el polvo que dormía sobre la madera y me aparté un par de pasos sorprendido. Había quedado de tal manera que el clavo atravesaba exactamente el mismo punto en el cartel y en la foto, tocando a la vez presente y pasado. A la vista quedaba la representación de un bucle temporal de dieciséis años.

Después me alejé y empecé a sentirme triste.
(15/05/2006) -inconcluso

Cliché

>¿Qué cojones es esto?< ruge el capitán.
>Arte< la voz áspera del detenido. Sus ojos parecen capaces de escurrirse de las cuencas.
>¿Piensas que esto es un puto juego?< Una mano en el bolsillo, la otra con un pañuelo sobre la nariz.
>Sí< mirada tranquila y sonrisa de hierro.
>Entonces les diré a los chicos que jueguen un rato contigo en la comisaría< ojos de acero.
>Me encanta el dolor< empujado fuera del apartamento.
>Sí, de eso estoy seguro< susurro que se pierde por el pasillo en la misma dirección que los pasos del asesino.
El capitán mira el cuerpo tendido en el suelo. Le pregunta la edad al forense e intenta alejar el pensamiento "como mi hija" cuando escucha la respuesta. Sin éxito. Un puñetazo de furia lo golpea en el estómago. Deseos de matar.
Se asoma a la ventana y contempla la lluvia que golpea monótonamente la ventana. Abre y saca la cabeza. Las gotas de agua fresca caen sobre su cara y siguen cuello abajo. Vuelve a ponerse el sombrero pero deja abierto. Que se airee esto.
Un café caliente en la mesa, media hora más tarde. Se miran mútuamente. Con la cucharilla crea una espiral oscura. Esto nunca acabará. Siempre aparecerá otro maldito loco. Cada vez peor, siempre un paso más allá. Deja dos monedas grises sobre la mesa y su sombra cruza el local.
Con el volante en las manos, las imágenes de la mañana se suceden entre sí. No puedo volver a casa, no lo soportaría. Un frenazo en el barro del arcén y vomita en la hierba. Llora. Cuando se tranquiliza vuelve al asiento de cuero. Enciende un cigarro.
El rugido del motor deja atrás a los otros vehículos de la autopista, cuyos faros desaparecen por el retrovisor. Deja el coche tras la comisaría y entra por la puerta trasera. Saluda al muchacho de la limpieza, gira hacia el pasillo de la derecha. Saca furioso la pistola y apunta sobre la mesa, junto a su placa.
>Se acabó< tajante.
La mirada irónica del superior lo enfurece aún más. Tiene los ojos del detenido. Y su sonrisa. Los ojos crispados del capitán sólo hacen que ría con más ímpetu.
>Traslado. Es lo único que te puedo ofrecer< abre un cajón y saca un pescado podrido.
>¿A dónde?<
>Flanagan, vas a ir al infierno. Al de verdad. Descubrirás lo que te has estado perdiendo los últimos años<
>¿A dónde?<

Silencio

>Distrito IV<
Un susp¡ro. Coge el arma y la placa y sale dejando la puerta abierta.

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(21/05/2006)

La lucha contra uno mismo

Hoy cuando despierto me invade una extraña sensación. Como si mi cerebro estuviera golpeando mi cráneo desde dentro. Mis ojos me duelen al moverlos hacia los lados y especialmente al moverlos hacia arriba. Ya me pasó una vez, y eran como arañazos en el músculo. Lo juro.
Después me cuesta ponerme en pie, mis piernas siguen débiles por el sueño. Eso sí que me suele pasar, eso es normal.
Entonces voy hasta la ventana y subo la persiana. El cielo está de un gris trágico, partido por una cuchillada resplandeciente, una nube dolorosamente blanca. Me giro para evitar la luz directa en las pupilas y me quedo apoyado de espaldas en la pared. Ante mí está toda la habitación, desordenada, penetrada por la luz dañina del día. Tan intensa como el foco de una cárcel.
Incapaz de soportarlo más, intento refugiarme en el baño, yendo en busca de una ducha relajante. Me desnudo rápidamente para esquivar el frío, que aun así parece envolverme con su acostumbrada lascivia, y cierro la mampara tras de mí. El agua caliente tiene el efecto de un bálsamo sobre mi piel. Alargo la ducha lo que puedo, hasta que al final alguien empieza a aporrearme la puerta. El despertador.
***
Despierto y mi cerebro está tranquilo. Mis ojos se mueven ahora sin causarme problemas, aunque sigo sin ver una mierda. Busco las gafas con la mano y no están. Por algún motivo, no me sorprendo demasiado. Abro la persiana y el cielo está gris. Una fuerte lluvia cae golpeteando contra el cristal, como si intentase darme en la cara. Vaya manera de dar los buenos días. Veo un par de hojas volar frente a mi ventana, como elevándose hasta mí para observarme, bailoteando con el viento. No sé por qué, pero pongo la mano en el cristal y digo "hola". Las hojas pierden fuerza y caen muertas, quedándose después flotando en un charco del asfalto. Como la pobre Ofelia. Qué cuadro tan bello. A lo mejor mi palabra les ha arrebatado la vida, puede que haya despertado como un rey Midas de la muerte. Pienso durante un segundo en ello y de repente estoy deseando saludar a mis vecinos.
Como toda mañana, me dirijo al baño, a echarme un poco de agua y limpiarme la pereza del cuerpo. Abro la puerta y al instante oigo un golpe sordo. Como si alguien hubiera tirado una piedra. Conozco ese sonido. Me acerco lentamente y me asomo con cuidado. Nadie. Lo he oído de verdad, refunfuño...
Siguiendo un impulso extraño a mí, abro la ventana y asomo medio cuerpo. La lluvia entonces empieza a golpear con más fuerza, como si quisiera volver a hundirme en mi habitación. Hago el esfuerzo y miro en ambas direcciones, pero sigue sin haber nadie. Intento cerrar la ventana, pero el viento es demasiado fuerte, tanto que parece que fuera a hacerme volar como a las hojas. Yo dejaría un cadáver más bello sobre el asfalto. Todavía empujando la ventana, que se niega a cerrarse a pesar de estar ya sólo a un palmo de su sitio, una luz cegadora aparece en el horizonte. Es como si los rayos de sol fueran una dedo metiéndose en mis ojos. Suelto y la ventana se abre de par en par, dejando que la lluvia y el viento, la luz y la desesperación entren en mí.
***
Lo primero que veo al despertar es lo mismo que veo cada día al despertar: nada. Mi habitación permanece en el anonimato, desenfocada por mis ojos miopes. Vuelvo a tener la sensación de que mis sábanas pesan más de lo normal. Desde donde estoy tumbado puedo ver una silla de madera que está al revés. Hay una chica sentada en ella. No puedo ver apenas, sólo intuyo los detalles. Le pregunto quién es, pero no responde. Con una mano adormilada y tranquila, busco las gafas en la mesita y hago que la realidad vuelva a hacerse visible: no era más que un montón de ropa sobre la silla. El jersey marrón que queda arriba hace la forma perfecta de una melena descuidada. ¿Lo dejé así aposta cuando me lo quité? Una extraña idea cruza mi mente: ¿y si mi habitación en realidad no tiene contornos y mis gafas me están engañando?
Pienso en ello cuando me pongo de pie, si es que una acción tan torpemente realizada puede denominarse así. Haciendo equilibrios, como si no tuviera pies y andase sobre muñones, me acerco a la silla. Le pego una patada al montón de ropa, que cae a una, como si fuera un cuerpo humano. Me entra una punzada de remordimiento y hago como que extiendo la mano para ayudarle. Para ayudarla, a la chica. Es sólo una broma de mal gusto, por eso no me lo tomo mal cuando ella me coge la mano.

(21/01/2007)
Hay un hombre muerto en mi cama.

No es nada nuevo, en realidad lleva ahí mucho tiempo. Por lo menos desde que alquilé el apartamento al anterior inquilino, un tipo de grandes ojeras y diminutas orejas. Me lo dejó muy barato pero no pude evitar que me resultara desagradable, con esa sonrisa nerviosa y todos esos extraños tics nerviosos. Como si fuera para tanto. ¿Sería el primer muerto que veía en su vida?

En verdad era también mi primera vez, pero fue mucho menos trágico de lo que cualquiera podría imaginarse: me limité a cerrar la puerta tras de mí, dejar la maleta en el suelo y darle los buenos días. No hubo respuesta, pero supongo que si uno está muerto queda eximido de ciertas costumbres sociales. En todo caso no me pareció maleducado.

Tal vez ustedes se estén preguntando cómo puede ser la convivencia con un hombre que está muerto. Bueno, a decir verdad no es nada fuera de lo corriente, simplemente se trata de una convivencia silenciosa. Dicen que es duro acostumbrarse a vivir con la muerte, y supongo que tienen razón: no debe ser fácil asumir que tu compañero va por ahí, día y noche, buscando a gente para quitarles la vida. Y debe ser un engorro encontrarse a veces la hoja de la guadaña en el lavaplatos. Y peor todavía deben de ser sus visitas: esos tres jinetes que se pasan de vez en cuando para jugar al ajedrez y te lo ponen todo perdido de ectoplasma.

Pero un muerto no, con un cadáver uno puede sentarse y leer, incluso en voz alta -si se tercia-, que nunca va a recibir quejas. Puedes traer visitas, poner música alta o ver la tele de madrugada con total tranquilidad, que él siempre seguirá ahí tumbado, un poco tieso, sin apartar la vista del techo. Por supuesto, resulta algo incómodo a la hora de irse a dormir, pero uno se acaba acostumbrando y al final siempre coge la postura adecuada.

Después de todo, si vive aquí es porque paga el alquiler, así que tiene tanto derecho a dormir en la cama como yo. No creo que al morir pierda uno el derecho a estar cómodo, menuda tontería entonces, ¿no?

(08/10/2006)

viaje de negocios

Un parpadeo oculta un instante las pupilas azules, perdidas en algún rincón del horizonte. El flequillo negro danza con la brisa sin interponerse entre la mirada y el paisaje, mientras el sol arde en el cielo a pesar de que la gravedad de la tierra lo atrae lentamente con la promesa de un descanso nocturno. Tiempo oxidado en una señal que prohibe cruzar las vías. El andén vacío al sol, en la sombra un obrero sesteando. Un cigarrillo apagado en la punta de sus labios da cabezadas al ritmo pausado de la respiración.
Crujidos de arenilla en baldosas rojas al caminar en dirección al edificio de la estación. El viajero se dirije a la cafetería, deja su enorme maleta sobre el mostrador, a pesar de que esto le impide mirar a la cara al dependiente, y contempla el cartel de refrescos. Pide uno y una voz ronca tras la maleta responde que no queda. Lo mismo pasa al pronunciar otros tantos nombres de la lista. Pacientemente, el viajero recita cada palabra, como si se tratase de una extraña poesía. Al llegar la última se oyen los pasos del dependiente: un clock clock que va y viene y un vaso grande es depositado sobre la barra, a la derecha de la maleta. Una lluvia de monedillas cae en el lado izquierdo sobre la madera mojada y una mano de dedos rugosos y peludos las recoje con calma.
Con un sonoro sorbido del dulce refresco azul, el viajero recoje su equipaje de mano y le da las buenas tardes al dependiente. Este lo mira con una inocente mirada bovina antes de darse la vuelta y desaparecer cojeando en la trastienda. Por la misma cortinilla de plástico por la que se ha ido aparece un hombre colocándose una corbata de color negro. No lleva camisa y su piel es escamosa y amarillenta. Cada hueso de su cuerpo asoma con el movimiento, mirando al exterior a través de la piel como lo haría una persona tras las cortinas de una ventana. El sujeto sale de detrás del mostrador y se dirije al viajero, que espera sentado en una mesa y al que no le pasa desapercibido el baileteo de huesos.
Cuando llega a su altura, se detiene y ambos se miran durante un instante a los ojos. El dependiente aparece de nuevo, bamboleando el cuerpo al andar, y se acerca para poner una silla tras el otro, que se sienta lentamente sin dejar de clavar sus pupilas en las del hombre que tiene delante. El dependiente regresa a su puesto y parece olvidarse del tema.
-Tenemos entendido que poseen una información que nos puede interesar. Al menos eso dijo el informador que nos llamó -el viajero.
El huesudo asiente una vez con calma, despacio pero llevando a cabo una inclinación un tanto exagerada, como si diera una cabezada. Parece un tipo silencioso, aunque tal vez se deba a que tiene los labios cosidos entre sí. Da la impresión de que por su cabeza pasan muchas más cosas de las que se pueden imaginar, posee la expresión sabia de un chamán. Sus ojos de cangrejo, sin expresión pero de gran profundidad, distorsionan el reflejo de una cafetería deforme. Sin alterar una sola de sus facciones extrae de un bolsillo unas tijeras muy grandes, desproporcionadamente grandes, teniendo en cuenta su cometido. Lentamente pero sin el menor atisbo de nervios, las eleva y las sitúa frente a su cara, a la altura del ojo. Las hojas afiladas se separan con un chillido de metal y encuadran un ojo negro como el alquitrán. En él se refleja el rostro sorprendido del viajero, que sin perderse el más mínimo detalle, toquetea nervioso los objetos de sus bolsillos. Inconscientemente trata de aferrar su mente a las cosas que roza bajo la piel del pantalón para así evadirse de la situación, pero sus dedos se detienen ante la imagen que golpea sus retinas.
El huesudo dirige las tijeras a la comisura de su boca y corta el nudo de cordel que mantiene su boca sellada. Después las deja con un chasquido en el mármol blanco de la superficie de la mesa y con sus dedos alargados y cayosos tira de un extremo, liberando sus labios de la atadura sin que aparezca ni una gota de sangre. La carne blanda parece irse acomodando a su nueva libertad y se despega con un ruido de succión antes de que las palabras comiencen a salir con calma, siempre con calma. El sónido sólo podría describirse como húmedo. El viajero nota cómo las palabras parecen adherirse al sudor de su frente y se limpia rápidamente con un pañuelo.
-Nadie dijo que fuera a ser agradable.
El viajero traga saliva:
-Me pagan bien.
-Seguro que sí.
-¿Qué tienes para nosotros?
El huesudo niega con un gesto tranquilo y replica:
-No intentes engañar al viejo mensajero -pasa un dedo por sus labios agujereados-, he dedicado mi vida a esta profesión.
El viajero se inclina hacia su derecha y eleva la maleta poniéndola sobre la mesa. El huesudo mira silencioso a su compañero y este sale de nuevo y se la lleva del asa a la trastienda. El viajero pregunta sorprendido si no van a comprobar la mercancía.
-Nadie se atrevería a engañarme -respondiendo con una melodía que parece acariciar con un dedo frío la cordura del hombre.
-Hemos cumplido nuestra parte, ¿no? -empapado en sudor.
El dependiente regresa apartando la cortinilla. Cuentas de plástico multicromático danzando frente a una oscuridad impenetrable que parece agazaparse en el interior como un insecto a la espera de una presa. El extraño ser asiente con su cabeza vacuna y se relame la nariz. Una mosca le incomoda y se agita sin variar la expresión vacía de su rostro.
-En efecto. Y yo por supuesto cumpliré la mía -un largo silencio. La ausencia de sonido parece envolverlos como una expectante multitud de curiosos. Luego continúa:
-Buscábais a uno de los vuestros. Pensábais que os había traicionado y que había escapado con algo que os pertenecía. No fue así: fue atrapado y asesinado. Su cuerpo apareció semienterrado en la arena.
-Está bien. ¿Quién fue?
-Eso yo no lo sé.
El viajero abre los ojos aún más, sorprendido. Replica tras una breve pausa para recuperar un poco sus nervios:
-Formaba parte del trato: si había un cadáver necesitábamos saber quién era el asesino.
-Y lo sabréis. Me pagáis por conseguiros información, no por conocerla yo.
-Pero, ¿entonces como...?
La respuesta resulta más que obvia.
-Lo sabrás de su propia boca.

(...)

(01/08/2006)

Cadáver exquisito

"En el cementerio, un sucio albañil se lía un pitillo en el muro encalado un poco de tabaco se cae y va a parar a la fosa,sobre los mostachos del difunto el cuervo sobre el ciprés, mensajero de lo eterno se abalanza sobre el cadáver, dispuesto a arrebatarle el tabaco porque su mujer no le deja fumar ya en casa el verdugo encapuchado merodea junto a una ramera de luto, el hacha hambrienta de carne la ramera quiere irse ya, pensando en el pedazo de bocata de bacon que le espera en casa un niño juguetea con las hormigas, que merodean por los pies del albañil siguiendo la promesa del queso saca su mechero para prenderlas,pero decide qe es mejor comerselas, acompañando a la tableta de chocolate qe tiene en su bolsillo el niño mira el chocolate y sale corriendo con él en la mano, perseguido por los gritos sofocados del hombre, pues viendo las intenciones del niño, no estaba dispuesto a qe se comiera su alimento preferido!! ambas sombras se alejan por el campo, correteando por la arena roja los asistentes al funeral, se disipan lentamente: vuelven a sus casas, como ovejas al matadero y después, sentados a la mesa y sin pronunciar palabra, la conversación es sustituida por los mendrugos de pan que mastican una mosca sobrevuela la estancia, atraida por el olor a cadáver qe desprenden los invitados cuyas frentes sudorosas quedan resaltadas ante la llama del candil al atardecer el olor a madera y humedad impregna el ambiente haciendo que en los cubiertos ensalivados crezcan el musgo y se arrastren los caracoles los caracoles piensan qe estas cosas de lo entierros son algo vano y sin sentido, pues la muerte solo es parte de un ciclo absurdo qe se derrite al sol del atardecer, como cada dia cuando el sol acuchilla el horizonte y el cielo se baña de sangre y las mariposas de cerca del lago, tiñen sus alas del carmesí de la matanza entonces la beata ama de casa aferra el cuchillo y se dirije al puerco atemorizado, mientras una gallina corretea sin cabeza, ignorando su propia muerte el crucifijo de su pecho emite destellos qe se reflejan en los ojos muertos de la gallina el cerdo chilla al primer tajo como lo hace la pizarra del maestro ante la tiza rota la beata acerca el barreño al cuello abierto, para aprovechar la sangre qe se derrama extrañas nubes se ven reflejadas en esta vida que se escapa en lágrimas rojas y pequeños angelitos sonrientes con la risa de la muerte parecen danzar y brincar alrededor del vaho mientras continúa impasible la procesión mortuaria los invitados comparten cigarros mientras observan con ojos vacios los espolones negros y el asfalto ardiente bajo sus sandalias enegrece las suelas el horizonte se vislumbra acuoso a causa del calor sofocante e imperceptibles fantasmas se inclinan en los viñedos para recoger la vendimia porque, como todos sabemos, los fantasmas adoran el vino por encima de todo y el vino les permite olvidar sus propios fantasmas al igual qe hacen los hombres "un segundo" dijo uno de los fantasmas al otro mientras apartaba las uvas de su cara y los pechos mustios y flácidos de la musa del poeta dejaban de inspirarle la musa y el vino, compañeros inseparables del poeta, se habian quitado la máscara, dejando ver su repugnante rostro cadaverico,despues de tantos años y, esta vez, tan sólo acercaban a sus labios ásperos el veneno definitivo y la tuberculosis de repente, el poeta se despertó sobresaltado, y descubrió que todo habia sido una alucinación, producto de la absenta y el cansancio, y vio su futuro reflejado en los ojos de una mosca mientras notaba cómo la polvorienta sabiduría rural que hasta ahora lo había guiado se posaba de nuevo sobre las piedras del camino abandonado".

Colaboración con Virginia Romero (texto sin negrita)
(26/6/06)

Vacío sin soledad, inercia inerte

Bajo el sol abrasador de finales de junio, un puente mantiene separadas ambas orillas del Rin. Un muchacho apoyado en la barandilla de metal contempla el agua buscando geometrías conocidas en el caos de formas, buscando sirenas en el agua oscura. Los trenes a su espalda ronronean y continúan su trayecto hacia destinos que él desconoce, acariciando al pasar la espalda del puente, que vibra y no sabe muy bien si de placer o de dolor.
Algunas nubes dispersas flotan por el cielo, en la distancia, pero se limitan a contemplar lo que pasa, se dejan llevar por el viento. El muchacho se pregunta por qué todo es tan bello a veces. Más que una pregunta es una sensación, pues las palabras vienen y van por su mente al son de la música, sin detenerse en ningún sitio. Caribou...
En su piel húmeda y perlada de sudor, el muchacho siente el peso de la luz del sol, que lame su camiseta negra. Luto aparente, burbujeante estela de barcos que dejan su marca en el agua como fantasmas durante tan sólo unos minutos. Luego las aguas borran el recuerdo ansiosas por continuar su camino sin interrupciones. Mientras haya agua el río se quedará ahí. Después probablemente se marche.
I put a spell on you... El grito desgarrado rasgea cuerdas en el alma: sabe a instituto y a desamores, sabe a Cuenca y a kilómetros de asfalto. Sabe a bellos recuerdos.
...because you´re mine. El muchacho decide regresar a casa. Sus pies se mueven compitiendo a ver quién irá delante mientras el suelo desiste y va quedando atrás. Ideas. Nunca dirás adiós de verdad a alguien mientras siga habiendo pájaros en el aire; mientras ellos sigan burlándose de la gravedad que a ti tanto te afecta el mundo no será más que una broma de mal gusto, un payaso sin chistes. Ninguna despedida lo es para siempre, pues nosotros no somos eternos.
Un tranvía para huir del sol y el muchacho llega a su calle. Apenas unos metros antes de entrar en casa se encuentra un pájaro muerto, en el suelo. Lleva ahí tiempo y parece picoteado. Parece que el muchacho se equivocaba. Recuerdo del gusano arrastrándose en el paquete de arroz. Recuerdo del sabor del Natto y su aspecto desagradable. Soja. Todo en este mundo importa una mierda, por eso mismo significa tanto. Sin conclusiones, finito pero eterno. Demasiado.

This is all...
(25/06/2006)
Miraba el disco de datos como si pudiera leer lo que había en él.
Le daba vueltas en la mano y no podía creérselo.
Jugaba con el reflejo brillante y verdoso del sol,
girando la muñeca como si anticipara el futuro.
Y mientras caminaba hacia casa todo parecía más alegre:
la lluvia, la vendedora de periódicos, la luz tenue del ascensor.
No sentía miradas de reproche, porque no había nada malo en lo que hacía.
Y en cuanto entró, se bajó los pantalones y se sentó al ordenador,
ansioso por pajearse con los mil vídeos porno que le habían prestado.
Empalmado,
consciente de que empezaba una larga tradición
que se perdía en el futuro hasta donde alcanzaba a ver.
Eufórico por vivir en un mundo feliz.
Un mundo de satisfacción.
Cálido sentía el fusil en mi mano tras haberlo disparado. Aquel humo delicioso flotaba en el ambiente, ignorando la respuesta agitada de la multitud. Todas aquellas personas corriendo de un lado para otro. Y mi ventana abierta. Probablemente la única en el edificio. Inevitable que alguien dirigiera su mirada hacia arriba y la viera. Y yo estaría allí, con un fusil en la mano. Esperando el tiro de gracia.
Vamos, encuéntrame.
Apunta.
Mátam(...)
..................................................

lunes, 12 de enero de 2009

La habitación está ardiendo. Recojo una colilla del suelo y me pongo a fumar. Y espero a que las llamas retrocedan antes de sentarme en el sofá. Y espero. La habitación se va apagando poco a poco. Las paredes recuperan el color verde del papel mal adherido y el suelo su reluciente parqué. Enciendo el cigarrillo y lo guardo en el paquete. Noto el olor a gasolina. Huele tan fuerte que cojo el bote que hay tirado en el suelo y riego la habitación con él. Descuelgo el teléfono y pienso: "aquí acaba todo".

sábado, 10 de enero de 2009

El tibio té dulzón calentaba mi aliento mientras anotaba mis impresiones nostálgicas en un cuaderno anónimo.
¿Qué motivaba aquella lluvia, aquel caer sin sentido de agua desde el cielo? La gente corría sudorosa -o simplemente mojada- sobre las baldosas indiferentes de las aceras. Y yo no podía verle el sentido a todo aquello.
Sospechaba que era cuestión de tiempo: tenían prisa. Supuse que querían aprovechar la lluvia al máximo antes de que desapareciera fugaz tras su cortinaje nublado. Chapotear el reflejo de las farolas en la calzada.
Pero no veía sentido a aquella danza apresurada: ¿acaso intentaban dejar huella de su existencia? ¿Pretendían simplemente existir, efímeros, en el tiempo de una pisada eterna sobre un charco de lluvia?
¿En qué esperanza se basaban para justificar semejante ajetreo?
Y aunque podía oir ya las explosiones que iluminaban el cielo, todo aquello me resultaba incomprensible.
Más aún que el temblor de la cuchara sobre mi mesa.
Sonreí mientras me destripabas
y abracé tu puñalada furiosa,
que penetró erecta en mi tórax
y descerrajó mis latidos.
Aún pude besar tus labios manchados
de mi sangre azul
o violeta,
pero rechacé pedirte cuentas por tus actos
ante tanta amargura en tu mirada.
Sólo al coger el taladro
vibrador,
pensé en lo que estabas haciendo:
sodomizando mi carne moldeable
con tu deseo infinito.
Pero, coño, no puedo negar
que, aunque dolió mucho,
viéndote gozar
me lo pasé en grande...

viernes, 9 de enero de 2009

La ciudad maldecía a la noche por haberle robado la luz.
La noche maldecía a las farolas por atentar contra su imperio de tinieblas.
Las farolas maldecían a los peatones que no reparaban en ellas.
Y los peatones se maldecían los unos a los otros porque sí.

jueves, 8 de enero de 2009

Escondido tuviste el secreto de tus sonrisas hasta que logré descifrarlo en lo profundo de tus lágrimas. Descubrí el teclado escondido bajo tu piel y con él escribí historias que se formaron a través de tus suspiros en la noche. Y escarbé en lo oscuro de tus ojos, profundizando en tus pupilas como en la madriguera del conejo.
Dentro de ti no supe qué hacer, mareado de sentimientos que no eran míos y sintiéndome arrastrado por la corriente descendente con que querías expulsarme. Meses estuve aferrado a tu piel -o a su recuerdo-, antes de ser excretado sin la menor compasión. Rebuscaste en tu alma hasta encontrarme y le diste la vuelta para vaciarla. Y caí al vacío de la soledad en medio de una lluvia de mecheros, papeles y calderilla olvidada en los bolsillos.
Sentí cómo mi recuerdo desaparecía de ti y regresaba a mí, cabizbajo, somnoliento; impregnado del fracaso con que regaste los quemeolvides que crecieron en la tumba de nuestra relación.
Desarraigado me desgarré con mis garras y
agredí mi garganta con aguarrás...
Y los sonidos de las palabras perdieron su sentido, al igual que el mundo siguió caminando cojo por la avenida, alejándose de mí cada vez más.
Envuelto en un raído abrigo de reproches olvidados.
Protegiéndose del frío absurdo de la noche.
Inevitable fue la decadencia de tus besos en mis labios tumefactos
y el entumecimiento de tus rasgos en el espejo empañado de lágrimas.
Mira en lo que te has convertido:
un susurro de cada imagen que fuiste,
un fantasma de una mirada.
Qué triste se volvió tu vida cuando dejaste que se secara,
qué triste se volvió verte arrastrar tus sentimientos
con cadenas por los callejones de la ciudad.
Suspirabas por un beso que, como una puñalada,
volviera a desangrarte en caricias
y sólo recibiste un abrazo sin brazos
en medio de la yerma, vacía, desolada
multitud.
Huye de esta ciudad que parasita tu vida, huye del blanco
de las paredes blancas de hospital.
Escóndete en el colchón de placeres junto al contenedor
bajo mojadas paredes de cartón marrón
y no dejes que la lluvia te encuentre.
Y no dejes que nadie te busque.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Te atrapé cinco sentidos y un placer con mi lengua y los esparcí por todo tu cuerpo. Tristes olas ardían sobre tu piel mientras tus ojos se convulsionaban. Y pensé que lo que salía de tu boca era espuma. O ácido.
Me dijeron que tus pecas eran de LSD y nunca les creí hasta que las chupé una a una. Entonces comprobé que, como los sapos esos, tu sabor era adictivo y el placer interminable. Tu angustia chorreaba sobre mí y me purificaba. como las mejores lluvias.
Intenté disfrutar de la melancolía de tu presencia mientras presentía un presente insulso. Y la realidad cotidiana amenazaba más allá de la cama, por lo que me negaba a salir de allí. Eché raíces sobre el somier y me anclé en tu vagina. Escondido en tu cuerpo para no volver al mío. Perdido en lo profundo de una mirada a través del humo de un bar de copas. Dulce como sólo contigo podía serlo.
Y arranqué mi pasado de tu piel a la vez que sacaba mi alma de tu coño.
Y desaparecí como el aliento de un moribundo
para no volver jamás.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Siento que ya he estado aquí.
Haciendo lo mismo que hago ahora.
Con la cabeza ocupada en las mismas cosas.
Es una sensación que ya conozco:
una sensación que proyecté hacia el futuro y ha regresado con el tiempo,
rebotada desde el final,
desde mi muerte.
Debería ser capaz de calcular el tiempo que me queda.
Seguro que es una operación bastante simple.
Lástima que sea de letras.
Luz azul y artificial
Ilumina la habitación como una pecera
Mientras floto en la oscuridad
Que se escurre por el techo
Negro siento mi cuerpo
Dulce mi sangre que me recorre
Y sentimientos de recién nacido
Brotan como flor en mi pecho
Agua llena mis ideas
Siento sólo las caricias
De las olas que en mareas
Trae este mar de delicias
Me da miedo quedarme en silencio por la noche y oír mi respiración insomne, mi sueño velado. Aparecer y desaparecer en mi habitación como una luz intermitente. Iluminar sueños y pesadillas con la luz del baño mientras meo. Y volver a la cama sabiendo que aunque me hunda en ella pronto saldré a flote otra vez.
Despierto y escribo unas líneas que me cruzan la cabeza; el transiberiano de la medianoche que atraviesa los recuerdos diarios. Y mis ojos legañizos se atontan con la luz y se espabilan en la oscuridad.
Creo que mi piel brilla cuando cierro los ojos, pero nunca puedo verlo porque se apaga cuando los abro. Es lo mismo que me pasaba con la luz del frigorífico, aunque un día conseguí verla dejando entornada la puerta.
Tanto esfuerzo sólo para quitarle un poquito más de magia al mundo…
Como si nos sobrara, digo yo.
Sé mi musa para poesía difusa
Sé el sabor de mi sobria sonrisa
Sé suave sin saber sólo serlo
Y silba sedosa sobre tu entreabierta blusa.
Echaste una mirada por encima de mi hombro y miraste al horizonte. Seguramente para ver el final de nuestra relación en el espejo de la pared. Yo también lo estaba viendo, pero reflejado en la pared de mármol como una sombra oscura y difusa.
No había ninguna salida y caíamos en picado mientras el tiempo estallaba en las esferas de los relojes. Minuteros y otras agujas se clavaban en mi piel y comenzaban a moverse de nuevo con su ritmo interno, sólo que esta vez arañando el músculo y rasgando mi vida.
Sentí cómo mis pupilas se derretían en el iris color de miel y se escurrían por mis mejillas. Pero no es que estuviera llorando. Sólo vaciaba de agua mi cuerpo para secar mis sentimientos. Y cocido al sol sentí que la última gota se evaporaba y volvía a ser feliz.
Sí, seco al calor de la mañana, olvidé tu aliento frío y pude volver a dormir.
Insomne sí, pero no sin sueños.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Cada palabra de mi vida era un mueble de aquel cuarto, cada idea un centímetro de papel de pared. Problabemente mis pecados eran las flores frescas de aquel jarrón y mis deseos los pétalos secos que se arremolinaban sobre el mantel. El moho de la bañera era mi estancia en la guerra, mis opiniones políticas una pila de periódicos olvidados junto al sofá. Y la colcha agujereada de la cama, olvidada e inerte como mi vida sexual.
Era un cuartucho de soltero, un final para un camino solitario, y los rajados cristales no encajaban en las ventanas, como no encajaba el cuerpo de ella allí.
Irreal por inerte y real por su muerte, aquella piel azulada era una melodía discordante que estropeaba la sinfonía, pobre pero hermosa, de aquel cuarto sin nombre. Anónimo mas no indiferente, iluminaba el sol aquella esquina igual que harían las farolas llegado el momento, y la luz parecía lamer deleitada aquellas piernas que colgaban ahogadas tan lejos de la bañera.
Era un misterio cómo el oxígeno le había faltado. Había miles de hipótesis, como cientos de coches circulando por la avenida, pero ninguna parecía llevar a un destino correcto. Y el fresco de la ventana se condensaba en sus pestañas convertido en el rocío de la mañana que ella nunca vería; convertido en perlas relucientes en torno a sus verdes esmeraldas aguadas. Terrible, como la mirada que formaban sus ojos. Terrible por sincera, terrible por ausente, terrible por apuntar a aquel clavo saliente, del cual colgaba un trapo enredado.
Y el misterio de su muerte, evidente para los muebles como para la bombilla (inocente) del techo, flotaba como un susurro en el viento calmo que inspeccionaba el lugar. Viento que salió por debajo de la puerta y se acurrucó en la moqueta al calor de un radiador.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Corro, sabiendo que no tiene sentido, mientras el plomo susurra silbando a mi alrededor y siento el roce desgarrado del calor de una bala. Clavada en una pared de hotel convertida en ruina anónima, mi espalda se aprieta contra la cal descarada, que, blanca, revela mi posición al destacar, negra, mi ropa. Como un collage abstracto de muerte y pureza, mi sangre rojiza se escurre por el muro y empapa la tierra que, embarrada con mi vida, se secará con mi muerte.
Tu recuerdo empañaba el cristal de mis gafas y tuve que limpiarme los ojos para ver con claridad. Sentí sobre mi piel una fría lluvia de cristales que me recordaba que debía seguir atento a la carretera, en la que el morro de un coche enemigo se acercaba agresivo y cariñoso a la vez. Tan cerca que mi carrocería se abollaba, intentando dejar pasar aquel falo de acero que atravesaba el motor. Como un barco partido por un iceberg, mi coche y mi cuerpo se abrieron por la mitad, dejando escapar mi consciencia en una nube de mariposas purpúreas que bañó la depresión de la carrocería.
Tal fue el impacto de tu presencia sobre mis cristales. que me quedé colgado en el aire. Como una marioneta, como las estrellas en la noche. Sólo que los hilos eran mis venas, que salían de mis ojos y por ellos me desangraba. Y una niña tiraba de ellos viendo cómo goteaba roja mi vida.
Todo sucedió ante la atenta mirada de una mujer tuerta que, sentada sobre una montañita de calaveras infantiles, le arrancaba los deditos a un niño como quien deshoja margaritas.
Mientras, susurraba con voz embarrada:
“me quiere… no me quiere… me quiere… no me quiere…”.
Y nunca se acababan los deditos.
Un chirrido suave pero estrepitoso salía de tu mirada cuando me reprochaste lo que había hecho con aquella chica. La clavé con mi alma contra aquella pared. Y allí la dejé, indefensa, mientras recorría su piel lubricada como una juguetona infección. Lamiendo sus heridas para sacarles la pus, chupando sus venas y hasta el tuétano de los huesos. Plomo hirviendo fueron tus palabras, que marcaron mi espalda como látigos de neón, mientras tu melena de alambre de espinos atragantaba mi garganta y me hacía vomitar. Una lluvia de chinchetas se esparció como mucosa sobre el suelo de cobre.
Arañaste mis manos y arrancaste los huesos de las articulaciones de los dedos: falange tras falange, sólo que fueron todas a la vez. Y adiós a lo de tocar el piano. Y adiós a lo de explorar tu vagina. Y ya sólo me quedaba un pene arrastrado por paredes de cal y unos ojos envidriados que se descascarillaban como huevos de gorrión.
Para mi desesperación, esquivaste mi metáfora -directa al corazón- y machacaste con un cascote mi cráneo saturado. Cientos de lombrices suspiraron en la noche tibia mientras devoraban mi cuerpo a la luz de la luna
y las ruedas de los coches se arrastraban por el asfalto dejando un triste olor a goma quemada.
Nunca quisiste verme en estas condiciones, pero no fuiste capaz de apartar la mirada.

Raro

En la esquina, a la puerta del bar, afilé mi mirada como un cuchillo y probé a pinchar a los transeúntes. Nadie pareció notar nada pero más de uno se fue desangrado. Después me calé el sombrero sobre los hombros y me lancé sobre la multitud, cayendo en picado desde la altura de tres escalones. Atravesé sus cuerpos tan suave como el aire a través de los pulmones y arranqué carteras y vacié bolsillos. A alguno incluso le dejé la piel del revés. Pero nadie tosió mi presencia.
Y frío como los dedos del viento fue mi roce sobre tu nuca. La tuya, preciosa y morena, que era mayor tesoro que cualquier moneda de plata.
A ti te robé el corazón, lo cambié por una lata
y lo puse en mi altar de amapolas
clavado sobre una patata.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Una frase escondida en un libro te hizo salir a buscarme. Intercambiamos palabras que llevaron tu culo a mi sofá, tu boca a la mía y mis dedos a tu ombligo. Luego tejiste una lágrima en mis ojos y dejaste de leer mis labios. Entonces llegó ella, escondida tras un muro de reproches que no alcancé a derrumbar, siquiera a hacer un ventanuco. Miré a través y susurré sentimientos sin sonido que rebotaron en el eco de su niebla. Pero mis palabras jamás llegaron más allá y ella desapareció en la lluvia.
Y ahora, seco mi arroyo de palabras, recojo apesadumbrado restos de comida entre las páginas de libros que no alimentan salvo mi resentimiento. Mi corazón seco arde en mi tronco como la leña humeante de la chimenea. Y noto cómo cada latido se apaga con calma, extinguiéndose como los animales del bosque. Ardiendo entre los edificios manchados de hollín.
Y remuevo la ceniza con un palo, esperando en vano un ave fénix, antes de alejarme con la cabeza hundida entre los hombros. Hundida como un barco en el fondo de una bañera. Un barco fantasma con invisible tripulación de plástico.
Me da miedo quedarme en silencio por la noche y oír mi respiración insomne, mi sueño velado. Aparecer y desaparecer en mi habitación como una luz intermitente. Iluminar sueños y pesadillas con la luz del baño mientras meo. Y volver a la cama sabiendo que puedo hundirme en ella pero que pronto saldré a flote.
Despierto y escribo unas líneas que me cruzan la cabeza; el transiberiano de la medianoche que atraviesa los recuerdos diarios. Y mis ojos legañizos se atontan con la luz y se espabilan en la oscuridad.
Creo que mi piel brilla cuando cierro los ojos, pero nunca puedo verlo porque se apaga cuando los abro. Es lo mismo que me pasaba con la luz del frigorífico, aunque un día conseguí verla dejando entornada la puerta. Tanto esfuerzo sólo para quitarle un poquito más de magia al mundo… Como si nos sobrara, digo yo.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Choqué contra una pared y allí se quedó mi cara pegada. Como un grafiti burlón que me devolvía la mirada. Entonces comprendí que iba a ser otro de ESOS días. Me cerré bien el abrigo al cuello y, esperando que nadie pudiera verme, me escurrí de aquella esquina a toda prisa. Llegué tarde al trabajo, pero me encerré con llave y me pasé todo el tiempo aislado.
A media tarde comprobé con satisfacción que ya me habían vuelto a salir los ojos y las orejas. Aunque la nariz seguía siendo demasiado chata, no como la patata que suelo llevar. Para cuando saliera a la calle, seguramente ya estaría todo en orden.
Ya con el sol a oscuras, volví a asomarme por la ciudad. Las luces de Navidad habían asesinado todas las sombras de la calle, pero aun así encontré el camino a casa. Pasé con cuidado por la esquina de mi tropiezo y descubrí asombrado que un montón de gente estaba de rodillas adorando mi cara.
“¡¡Jesús, te adoramos, Jesús!!” gritaban.
Me encogí de hombros y continué hacia casa. Allí al menos tenía el calor del radiador: alguien con quien hablar. Después de contarle cómo había ido el día, fui al dormitorio, me di un cabezazo contra la pared y comprobé con satisfacción mi cara sobre la pared.
Entonces me puse de rodillas y empecé a rezar:
“¡¡Jesús, te adoramos, Jesús!!”
Porque pensé que si la gente iba a empezar a creer en mí, yo no podía ser menos, ¿no?

jueves, 4 de diciembre de 2008

Hay días en los que mi creatividad se desliza
Como una tiza chillona sobre una pizarra
Cantando con voz caliza de cigarra.
Y días en que con un cali ya estoy en la parra.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Reconozco que tengo sueño.
Mis ojos se cierran y mis poros se abren, y me dejo inundar por la suave somnolencia latente en mis huesos, mientras mi sistema operativo relaja sus defensas y los virus picotean mi piel, que se deshace en el huracanado viento azucarado. Y volamos por la brisa, un pájaro de nubes cuyo canto penetra bajo las faldas de las chicas.
De algún modo, percibo el olor a pintura de mis ojos y sé que ya estoy soñando.
El corazón abierto como una piñata y los dulces escapándose de mi vientre como caramelos ventolados. Y me convierto en aquella lágrima que aplastaste contra mi chaqueta. Aquella que me hizo sentir que realmente existías. Esa gota de agua salada con que descolgaste el mar sobre mis hombros.
Y de aquel mar surgió la ciudad bajo cuyos adoquines escondimos nuestros sueños, sin saber que acabarían amontonados en barricadas. Manchados de sangre, negros por el hollín. Nunca imaginamos que aquellas calles tenían fecha de caducidad, que nuestra ciudad era un cementerio: estábamos cegados por las flores de plástico.
Pero recuerdo el brillo en tus ojos, el calor de un aliento compartido que suspira una historia a la almohada. Nuestros brazos enlazados como el mimbre, nuestros besos resonando como un timbre.
Y despierto asustado, perdido entre mi felicidad interior y el opaco amanecer helado que se aproxima. El radiador tirita de frío. Me siento en la cama, frente a la ventana que se ilumina lentamente de un rojo anaranjado. Una aguja de sol se clava en mi alma inspeccionando mis venas. Cegándome.
Y siento que la belleza de tu recuerdo, vana creación de mi mente, es mejor regalo que un rayo de sol.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Yo tenía una pistola y él un kalashnikov.
Pero el tamaño no importa, me decía: una bala es una bala. Y yo soy más rápido, le daré primero.
Disparamos y, como dije, yo le di primero.
En todo el cuello, una herida mortal.
Pero el cabrón no disparó una, sino muchas.
Me dio por todo el cuerpo. Sobre todo en el pecho.
Joputa...
No hay nada que me dé más asco que tener semen de otro en el pecho, joder…
No hacía más que rascar mi cabeza, como si con ello quisiera suavizar mis pensamientos. La piel se revolvía y agitaba y el pelo se caía. Pero mi uña no cesaba, ni aun sintiendo rozar el hueso.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Amar marea como mirar al amargo mar de mármol amartillado
Que con cosquillas quisquillosas cuesta cada cosa que queremos.
tranquilamente desquiciado, observo desde mi sillón de piel humana cómo mis pensamientos corretean sobre los tablones del suelo. Mis ojos dan vueltas sobre sí mismos y las imágenes se mezclan en mi cerebro con visiones de mi mente y mis órganos internos.
la madera cruje en el fuego de la chimenea y en mi cabeza el sonido se arrastra como polvo de arena a través de las venas. Las neuronas de neón se iluminan como puticlubs de carretera, llenas de sexo barato y psicosis frustradas sobre marrones moquetas mojadas.
un bebé se arrastra por el suelo utilizando brazos y piernas que en realidad todavía no tiene. Le animo diciendo: "lo que importa es el sentimiento", pero su reacción no me gusta, pues es pura química: se derrite sobre la madera escapando por las grietas de mi alma.
un francotirador inspecciona mi habitación con el ojo rojo de su rifle. Mis pupilas se detienen por primera vez en meses. En el puntero láser. Acribillo el reflejo ennegrecido en mis pupilas de un frío reproche sexual. El puntito rojo sube por mi pierna y se detiene en mi poya.
noto el calor sobre mi piel de aterciopelada porcelana y el semen brota en espasmos cuando el puntero me roza la uretra. El líquido blanquecino y lechoso se filtra al entresuelo y se extiende buscando algo que fecundar. Probablemente buscando una infección.
y mis pensamientos se esconden bajo la alfombra cuando muero. Mis ojos estáticos aún pueden distinguir sus bultos. Exploto expandiéndome por la habitación.
cubriendo cada rincón con un trozo de carne latiente.
Arranco mis sentimientos de tu corazón con ebria precisión de cirujano. Quemo tus ojos somnolientos en el calor cafeínico de mi chimenea industrial. Meo en tu boca sin extinguir las ardientes palabras con que lames mi glande.
Y mi ano vomita simpatía por la gente que no aguanto.
Pompas de jabón con olor a pedo y besos de chocolate con vómito reseco en la comisura del labio. Sabores agridulces del día a día que se difuminan en la noche de ardientes sentimientos que se deshiela goteando por mi piel.
Deja arder mis pupilas. Deja que introduzca mi alma erecta en tu cerebro húmedo. Pulsa mis lunares como si algo fuera a encenderse y desabotona mi pecho para raspar mis costillas.
Si el amor duele oiré tus chillidos.
Si el amor huele asfixiaré tus latidos.
Que se apagarán con el olor intenso de nuestra
bienaventurada depravación
(22.11.08)

lunes, 10 de noviembre de 2008

El cielo se abre en el techo de mi cuarto cuando me tumbo en la cama y la clásica me abanica. Música que libera mi alma y mis pensamientos, que desata la calma en mis sentimientos. Violines como silbidos rondando sobre mis pupilas abiertas, escurriéndose en mis oídos hasta mi cerebro. Tapizando de terciopelo las paredes, ocultando los barrotes con ramos de flores.
Floto cuando los acordes drogados de jazz desafían al silencio y trotan enloquecidos, o navegan entumecidos por la neblina de mis ojos. Tizas arañando pizarras como trompetas y largos lamentos de un saxofón ebrio de pena. Y un piano tropezando por el suelo, pisando su propia melodía.
Exploto cuando las guitarras desgarran las paredes y arañan los cristales, salto esquivando voz condensada en puñetazos y escupo mis demonios contra el cielo, desdibujado sobre el blanco del techo. Como si no hubiera suficientes sueños por quemar, añado un poco de gasolina a mi sangre. Todo sea por elevar mi humo hacia el infierno de los gritos.
Y de nuevo la calma cuando el corazón impone su propio ritmo y los músicos continúan tocando fuera de tono. Al final se silencian avergonzados cuando bajo el volumen. En ese momento, mi locura y mi cordura cesan su baile por el techo y regresan frustradas a mis dedos.
Y con un paraguas de lluvia, me enfrento con una sonrisa al día soleado.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Los pulmones llenos de disolvente y el corazón mal aireado, esquivo el sueño mientras mi cerebro se pudre como verdura almacenada en malas condiciones. Las ratas corretean entre mis pensamientos y mordisquean un poquito de cordura. Pero lo justo como para no perder el hilo de la conversación.
Las relaciones sociales brotan entre la apatía y el malhumor, que no mueren aunque uno se esfuerce en olvidarlos. Como una cortina que no acaba de correrse, el recuerdo de experiencias pasadas contamina mis sentidos.
Pasos: mordiscos sobre el asfalto para continuar adelante. Aunque el suelo desaparezca bajo mis pies.
La gravedad se ceba hoy conmigo: me obliga a doblarme hacia el suelo, los pelillos de mi barba rozando las grietas de la calzada. Mi espinazo partido cruje como pan tostado y mis costillas sobresalen detrás de mi piel intentando saludar a los paseantes. Bailoteo de huesos sin ritmo ni melodía, vaivén de miradas.
Y mi estómago chilla después del sepuku de anoche. Litros de alcohol intoxicando mi sangre, litros de cáncer goteando en el suelo verdoso del servicio.
En mi mente, abrazos olor canela y besos sabor a menta. Pero soledad esculpida en cada rostro sonriente, moral impregnada en cada mirada. Y pechos demasiado inmaduros como para merecer un beso. Un beso que destruiría el mundo.
Dedos que acarician y brazos que ahorcan. Mi piel se irrita, burbujeando ante el calor de la fría noche estrellada contra el cielo. Y la lluvia de cristales que anega mi vientre suena como maracas mientras caigo al vacío.
Lejano se oye el temblor de una cuerda de guitarra. Tan lejano que lo siento dentro de mí.
A estas horas ya no sé lo que siento, pero la vida es dulce cuando no distingues los sabores.
Escribí con furia mi odio en un papel y lo dejé escapar a través de mi piel.
Dicen que es un virus, pero yo sólo siento mariposas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

No te quise más que a nadie, nunca te adoré. No me sentí mal cuando todo se rompió. No miré al cielo azul y lo vi gris. No pensé que la arena me llegara al cuello. No me costó respirar. No fluyeron mis lágrimas desde mis ojos al desagüe en el fregadero. No se volvió frío mi reflejo en el charco. No hubo menos viento agitando mi piel. No se rompieron mis lazos con los amigos de los demás. No se silenciaron las canciones, ni sonaron de más lejos. No sentí que la mentira fuera verdad. No dejé nunca de creer en nada de nada.
Pero sí que me escurrí por el empedrado cuesta abajo.
Entre piedrecitas y cristales.
Cada vez más lejos.
De mí mismo.