miércoles, 29 de abril de 2009
¡Qué bueno, que brilla el sol!
¡Qué bueno, que brillo yo!
Alrededores
la cárcel roja tras el muro gris,
alguna casa entre autopistas
y un pueblecito
alla y allí.
...
Pueblos diminutos aplastados por el cielo
gris nublado y goteante,
una flor perdida entre ramas secas,
asfalto
y supermercados
...
Como un refugio triste de una guerra antigua
ennegrecen las casas imitando al cielo
y entre autopistas y campos de golf,
la grieta
incrustada
de una gran autopista.
...
Las casa antiguas rompen el cielo,
saturado y grasiento suelo de taller,
ensalzando la grandeza de una Historia pequeña
que sigue allí para quien la quiera ver.
...
El lujo y el confort del que lo tiene todo,
el aguantar desesperado de quien no tiene nada,
tanta riqueza mal repartida
y tanta tristeza mal escondida.
domingo, 26 de abril de 2009
sábado, 25 de abril de 2009
Y la felicidad era una estatua en un cementerio de automóviles todavía marcados por las manchas de sangre de sus conductores infelices...
El infierno es un peatón de carne conociendo el mundo de acero a 180 km/h.
El infierno es una risa burlona que no sabemos de dónde viene...
lunes, 20 de abril de 2009
III.
a quien quiero
rendir tributo
por
los colores
que me diste.
Fuiste luz
en la lluvia,
fuiste blanco
entre la multitud.
De colores
tus cabellos
negros como
el asfalto,
de colores
tu piel
blanca
como la noche.
II.
a la vez,
fuiste todos los sabores
que probé,
fuiste causa de dolores
porque amé
y fuiste todas las flores
que quemé.
I.
viernes, 17 de abril de 2009
martes, 31 de marzo de 2009
con trazos de tiza que no podías ver.
Enjaulé el sentimiento durante todo el día
pero no pude evitar que de noche aullara a la luna.
Preguntas y dudas temblaron sobre la tela sin araña
que tiritaba al frío viento del atardecer.
Y al final escapé aterrado de tus brazos y me sumergí
en el agua fría de la noche nublada.
Dejando un rastro de burbujas que te parecieron estrellas en el cielo.
Por eso cuando llueve me encierro en casa y no quiero salir. Corro las cortinas como un telón que esconde el cielo y espero en silencio a que acabe el aguacero.
Entonces una ducha caliente apacigua mi agua y un té tibio sirve de mensajero.
Para decirle a mi agua que aguarde y aguante.
viernes, 20 de marzo de 2009
jueves, 19 de marzo de 2009
Hay un fuego leve y dorado en su piel de lagarto que enciende los sentidos bajo mis verdosas escamas. Su cuerpo diseñado para golpear el mío choca hecho hierro contra mi carne, como intentando amoldarla para forjarse un hombre a su medida. Y yo, pura contradicción, me siento de nuevo como un simple ensamblaje de cartílagos y huesos.
El sol amanece, un bostezo en el cielo azul incomprensible, y brilla vivaz en sus pupilas de plástico como en los ojos de una muñeca. Sólo el reflejo de mis ojos en los suyos la devuelve a la vida como si yo fuera el oxígeno que le falta. Y nada queda por hacer salvo apretarme a su piel ardiente y derretirme. Y esperar hasta que acabe el día y despierte la placentera noche de besos y abrazos.
Nada que hacer salvo vivir.
jueves, 19 de febrero de 2009
Y mientras paseaba por la calle impregnada de tinieblas sentía desazón por la distancia entre mis labios y los suyos.
A cada paso que daba incrustaba en el suelo medio metro más de tierra de por medio, echaba una paletada de recuerdos sobre las flores de nuestra tumba. Y mientras las bombillas de las farolas lloraban luz que no ilumina, mi corazón se detuvo, se escurrió hacia el suelo y salió por la pernera de mi pantalón.
Dejando un rastro de pisadas de sangre que reveló mi camino a la policía.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Fragmentos dispersos de realidades cotidianas
jueves, 12 de febrero de 2009
jueves, 29 de enero de 2009
miércoles, 28 de enero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
sábado, 24 de enero de 2009
sábado, 17 de enero de 2009
jueves, 15 de enero de 2009
miércoles, 14 de enero de 2009
Pues sí, la canción me entristece: empaña mi alegría con un velo pegajoso. Y arrastro esa sensación desde pequeño cuando me asalta implacable desde la publicidad, fruto del contraste entre la alegría de la canción alegre y ese sentimiento de impotencia que no sé cómo apartar. No sabría definirlo, pero es una sensación de falsedad: como maravillarse del amanecer y descubrir un inerte sol de neón sobre avejentado papel de regalo.
Y cuando la escucho sólo puedo recordar aquellos momentos grises en los que se posa sobre mí y me cubre de desilusión, cuando mi alegría huye aterrada de mi cuerpo y, contaminada, escapa dejando una nube de desesperación. Como la tinta del calamar a la fuga.
En esos momentos todo lo que queda es el tedio de un viaje en autobús y la sensación reseca de la tapicería quemada y maloliente de los asientos, el cristal empañado por mi respiración agitada y el enjambre de coches vacíos que flotan en paralelo a mi vida y los tapacubos que mandan un mensaje en clave sobre la rutina diaria y las vibraciones que cosquillean bajo mis pies y el periódico polizón, escondido bajo los asientos, y el chicle ya endurecido por su experiencia en viajes y la firma de una persona desconocida a la que no quieres conocer y la lucecita que apenas ilumina pero que te anima a leer y el vecino que se duerme apoyándose en tu hombro y la chica de la que te enamoras porque nunca te ha mirado y el puticlub que atrapa tu atención antes de desaparecer de tu mente y la furgoneta de gitanos traqueteando sobre el camino de arena y el avión que se cruza en el cielo con un puente sobre la ventana y la conversación pillada a medias entre cabezadas somnolientas y el conductor que abre la puerta sin esperar a detenerse y el frío aire congelado que monta corriendo para calentarse y el cielo gris reflejado en el río marrón y la vuelta a casa con el paisaje escondido tras el velo de la noche y las farolas en medio de la nada que nada tienen que decir y las putas de las rotondas, las únicas que allí no dan la vuelta, y la gente que baja en una parada y se aleja de tu vida y… y el autobús que por fin llega a tu parada y te devuelve aturdido a tus pies, con ese primer paso que tanto cuesta dar, hasta que uno vuelve a hacerse con los mandos…
La canción desaparece de los altavoces una vez me he bajado, pero todavía sigue resonando durante un tiempo sobre mi piel. Y me trae tantas sensaciones tan gastadas pero tan desconocidas… Que me recuerda que mi vida, triste y sin aventuras, es mucho más rica de lo que alcanzo a ver.
Sin embargo me entristece porque, joder, ¡qué mala es esa canción!
Toda la gente que atraviesa la realidad desarrolla un deseo irrefrenable de matar. Esta es la manera de ir más allá del contacto físico, lejos de todo sentimiento, y acceder de manera directa a la esencia de lo que somos.
La muerte, al igual que el asesinato, reproduce la verdad más sincera y cruel de este mundo, pues nos recuerda que el ser humano es un objeto destruible.
Algunas personas parten de esta idea para llegar al a conclusión de que hay que respetar la vida, porque es una cosa única e irrepetible.
Otros, sin embargo, sabiendo que van a desaparecer sin remedio de la realidad, deciden traspasarla y destruirla. Esta gente representa todo aquello que la sociedad odia o no puede entender.
Todo, pero elevado a la máxima potencia.
Y, aunque hemos olvidado que no existe diferencia entre orden y desorden, resulta comprensible que su conducta nos repugne: nos hace sentir víctimas de nuestras propias reglas.
¿O no? A lo mejor, entre el miedo y la incomprensión, sólo podamos sentir pena y vergüenza ajena ante estas personas.
No lo sé, tal vez nuestra risa no sea muy diferente al balido sarcástico de las ovejas que miran nuestro coche al pasar.
Sentado a la mesa el muchacho intenta escribir: pequeñas gotas de inspiración caen de su frente al papel formando una historia. Agotado, contempla el charquito que ha formado y envidia a la gente que puede crear mares. Después levanta la hoja dejando que el trabajo de toda la tarde se escurra en un cubo.
Viendo que resulta imposible escribir nada decente, se le ocurre dibujar. Agarra el portaminas vacío e introduce las minas como si fueran balas, dispuesto a cazar algunos bocetos. Un par de infructuosos intentos y desiste también (...)
(06/04/2006)
El cuento de la niña
El sonido lejano de un automóvil hizo que se volviese y esperase pacientemente junto al camino. Tarareando todavía, observó cómo la nube de polvo se iba acercando a ella. En el momento en que el coche pasó a su lado la pequeña intentó reconocer el rostro del conductor, pero el sucio cristal sólo mostró el fugaz reflejo de una niña con coletas. Después el ruido se fue alejando mientras el polvo del aire se iba asentando de nuevo en el suelo. Fue cuando la niña iba a reanudar la marcha que se dio cuenta del silencio que deambulaba a su alrededor.
Algo nerviosa, intentó silbar de nuevo la canción pero los sonidos se negaban a traspasar el umbral de sus labios, como si tuvieran miedo de interrumpir el inaudible monólogo del silencio. Sintiéndose observada, se volvió y miró en derredor: nadie. Todo estaba en calma. Sin embargo en cuanto dio el primer paso el viento regresó juguetón a las espigas y pudo continuar más tranquila, saltando de una piedrecilla a otra y evitando pisar las atareadas hormigas que aparecían aquí y allá.
Entre tanto, atraídas por el inocente paseo de la niña, las nubes comenzaban a aparecer por el cielo. En cuanto las primeras chocaron comenzaron a llegar más, como atraídas por la posible pelea, y se fueron empujando unas a otras hasta formar una tormenta. La niña apenas se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde: unas gotitas de advertencia y después el cielo bramó enloquecido derramándose sin control sobre el campo. Parecía que la gravedad estaba pasando factura de repente a toda esa agua que flotaba en el cielo.
Lejos del pueblo y en medio del campo, el único posible refugio se hallaba en el bosque, de manera que la niña salió a la carrera hacia los árboles. Según corría, las gotas de agua caían a cientos sobre ella y se aferraban a su vestido intentando retenerla. Ella apartaba como podía el maíz para abrirse paso y las espigas se giraban tras ella y la observaban enfadadas.
Por fin, sus embarrados zapatos llegaron a la linde del bosque y la niña respiró aliviada, aunque el vestido estaba totalmente empapado. La densidad del bosque en esa zona no era suficiente para evitar la lluvia, de manera que comenzó a adentrarse más y más, buscando una zona conocida en la que poder resguardarse del frío y esperar a que el cielo se apaciguara. Sabía que por ahí cerca debía de haber un montecillo y que en él se encontraba la antigua ermita del pueblo, pero en la creciente oscuridad de media tarde se veía incapaz de encontrarla.
Ahora la niña maldecía haber discutido con su hermano; sabía que todo esto era culpa suya, que si no hubiera pasado nada ella no habría andado jamás sola por el campo. Pero ahora era ya demasiado tarde para pensar en esas cosas y decidió que lo mejor sería refugiarse bajo un seto y simplemente esperar. Se metió bajo el primero que encontró relativamente seco y, agachada como estaba, trató de cubrirse las piernas con el vestido para evitar el frío. El sonido del bosque en la tormenta sonaba como una furiosa orquesta sin director, pero la niña ya no tenía miedo: miraba tranquilamente las ramas de los árboles y veía cómo se zarandeaban. Tras un rato empezó a sentir sueño".
(28/04/2006)-inconcluso
Buscando imágenes, part. I
...
Esas habían sido sus últimas palabras. Sin llantos, sin mirar atrás, sólo un beso de despedida con el sol del amanecer y un día que me sorprendió sin saber qué hacer. Cayó la noche y yo seguía mirando el horizonte. De algún modo pensaba que hasta que no apartara la mirada no tendría que afrontar los hechos. Podría haberme pasado así meses, pero al final volví a casa.
Dicen que el tiempo lo cura todo pero conozco un cáncer de pulmón que nada pudo remediar: regresé a casa, pero a la suya. Abrí con mi propia llave y busqué por los rincones el recuerdo de su olor. Nunca compró un puto perfume pero siempre olía a campo de amapolas. Por desgracia, nunca he tenido buen olfato, ni para las colonias ni para las mentiras: debí suponerme que "para siempre" era sólo una manera de hablar. Si por mí hubiera sido estaríamos cosidos uno a otro como siameses pero ella necesitaba libertad. Nunca pude entenderlo: le ofrecía la celda más grande del mundo, una cuyo único límite era el horizonte. Y aun así ella se asfixiaba.
No podía quitarme de la cabeza el momento en que la conocí, cuando apenas podía intuir lo que se escondía tras cada palabra que sus labios me permitían descubrir. Era el tipo de mujer que con un suspiro hubiera hecho temblar un imperio, pero por algún motivo prefirió asaltar mi pequeño castillo. Y yo desesperado buscando la alfombra roja. El caso es que mi vida cambió totalmente aquel día: miré en sus ojos y vi un mundo, y supe que quería adentrarme en él y conocer todos sus secretos. A partir de entonces podía abarcar todo el universo con tan sólo abrazarla, porque no había para mí nada más allá.
Sin embargo, ¿qué hacía aquel fatídico día, en su casa, mirando sus fotografías y rebuscando en sus cajones? Supongo que buscaba una señal, una pista de hacia dónde podía haberse dirigido. Debo de ser de esas personas que no comprenden que la película ha acabado aunque se queden ante una pantalla en blanco. Lo peor de todo es que yo intentaba esperar a la siguiente proyección. ¿Volvería a comenzar nuestra historia si me quedaba sentado? No lo sé, pero no tenía suficientes palomitas, y allí, en el apartamento, la desesperación se instaló definitivamente en mi vida sin la menor intención de abandonarme. Debía darme prisa y hacer algo antes de que empezara a tirar tabiques.
Pasé de los cajones a las botellas y acabé destrozándolo todo. No era un buen comienzo, pero al menos era un principio y eso es todo lo que necesita una historia. Me llevé todas las fotos que vi y su libro favorito. Como si con ello fuera a encontrarla.
***
Al principio apenas podía creer que fuera el mismo: jamás pensé que llegaría a encontrarlo. Un vago sentimiento de incomodidad me hizo mirar a mi alrededor. Me sentía como si estuviera invadiendo un espacio privado, espiando un momento de la intimidad de otra persona. En cierto modo era exactamente lo que estaba haciendo, sólo que llegaba dieciséis años tarde.
Volví a levantar la foto: el cartel con forma de barquichuela, el pato amarillo y el lago. De fondo los árboles algo más jóvenes. Todo exactamente igual, salvo por la intrusión de la impaciente vegetación por todos los rincones. No era tan mal comienzo, si se tiene en cuenta que al principio sólo tenía una foto vieja; pero a pesar de todo persistía el sabor a derrota en mi boca. A fin de cuentas yo buscaba a la chica y sólo había encontrado el decorado. La sonrisa adolescente de la fotografía parecía burlarse de mí, parecía recordarme que sólo se trataba de algo de luz posada sobre un trozo de película. En todo caso me daba igual: ya tenía el primer elemento de la serie, lo cual demostraba que lo que me pretendía era en cierto modo posible.
Me senté con una cerveza, contemplé el pequeño éxito que para mí representaba el paisaje y comprendí que podría hacerlo. Seguro que empresas más descabelladas habían llegado igualmente a buen puerto. Daba igual tener que jugar contra toda probabilidad, porque yo no pararía hasta que fuera evidentemente imposible: me conformaba con la posibilidad de intentarlo. A fin de cuentas, estaba tratando de engañar al tiempo y todo sonaba absurdo, pero no más que la religión más respetable del mundo.
Cuando el sol comenzó a lamer el horizonte y este enrojeció, comprendí que había llegado el momento de irme. Tiré la lata, vacía ya desde hacía un rato, y me acaricié la barba pensativo contemplando otra vez el cartel. Después clavé la foto en él con un martillazo que pareció despertar todo el polvo que dormía sobre la madera y me aparté un par de pasos sorprendido. Había quedado de tal manera que el clavo atravesaba exactamente el mismo punto en el cartel y en la foto, tocando a la vez presente y pasado. A la vista quedaba la representación de un bucle temporal de dieciséis años.
Después me alejé y empecé a sentirme triste.
Cliché
>Arte< la voz áspera del detenido. Sus ojos parecen capaces de escurrirse de las cuencas.
>¿Piensas que esto es un puto juego?< Una mano en el bolsillo, la otra con un pañuelo sobre la nariz.
>Sí< mirada tranquila y sonrisa de hierro.
>Entonces les diré a los chicos que jueguen un rato contigo en la comisaría< ojos de acero.
>Me encanta el dolor< empujado fuera del apartamento.
>Sí, de eso estoy seguro< susurro que se pierde por el pasillo en la misma dirección que los pasos del asesino.
El capitán mira el cuerpo tendido en el suelo. Le pregunta la edad al forense e intenta alejar el pensamiento "como mi hija" cuando escucha la respuesta. Sin éxito. Un puñetazo de furia lo golpea en el estómago. Deseos de matar.
Se asoma a la ventana y contempla la lluvia que golpea monótonamente la ventana. Abre y saca la cabeza. Las gotas de agua fresca caen sobre su cara y siguen cuello abajo. Vuelve a ponerse el sombrero pero deja abierto. Que se airee esto.
Un café caliente en la mesa, media hora más tarde. Se miran mútuamente. Con la cucharilla crea una espiral oscura. Esto nunca acabará. Siempre aparecerá otro maldito loco. Cada vez peor, siempre un paso más allá. Deja dos monedas grises sobre la mesa y su sombra cruza el local.
Con el volante en las manos, las imágenes de la mañana se suceden entre sí. No puedo volver a casa, no lo soportaría. Un frenazo en el barro del arcén y vomita en la hierba. Llora. Cuando se tranquiliza vuelve al asiento de cuero. Enciende un cigarro.
El rugido del motor deja atrás a los otros vehículos de la autopista, cuyos faros desaparecen por el retrovisor. Deja el coche tras la comisaría y entra por la puerta trasera. Saluda al muchacho de la limpieza, gira hacia el pasillo de la derecha. Saca furioso la pistola y apunta sobre la mesa, junto a su placa.
>Se acabó< tajante.
La mirada irónica del superior lo enfurece aún más. Tiene los ojos del detenido. Y su sonrisa. Los ojos crispados del capitán sólo hacen que ría con más ímpetu.
>Traslado. Es lo único que te puedo ofrecer< abre un cajón y saca un pescado podrido.
>¿A dónde?<
>Flanagan, vas a ir al infierno. Al de verdad. Descubrirás lo que te has estado perdiendo los últimos años<
>¿A dónde?<
Silencio
>Distrito IV<
Un susp¡ro. Coge el arma y la placa y sale dejando la puerta abierta.
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(21/05/2006)
La lucha contra uno mismo
Después me cuesta ponerme en pie, mis piernas siguen débiles por el sueño. Eso sí que me suele pasar, eso es normal.
Entonces voy hasta la ventana y subo la persiana. El cielo está de un gris trágico, partido por una cuchillada resplandeciente, una nube dolorosamente blanca. Me giro para evitar la luz directa en las pupilas y me quedo apoyado de espaldas en la pared. Ante mí está toda la habitación, desordenada, penetrada por la luz dañina del día. Tan intensa como el foco de una cárcel.
Incapaz de soportarlo más, intento refugiarme en el baño, yendo en busca de una ducha relajante. Me desnudo rápidamente para esquivar el frío, que aun así parece envolverme con su acostumbrada lascivia, y cierro la mampara tras de mí. El agua caliente tiene el efecto de un bálsamo sobre mi piel. Alargo la ducha lo que puedo, hasta que al final alguien empieza a aporrearme la puerta. El despertador.
***
Despierto y mi cerebro está tranquilo. Mis ojos se mueven ahora sin causarme problemas, aunque sigo sin ver una mierda. Busco las gafas con la mano y no están. Por algún motivo, no me sorprendo demasiado. Abro la persiana y el cielo está gris. Una fuerte lluvia cae golpeteando contra el cristal, como si intentase darme en la cara. Vaya manera de dar los buenos días. Veo un par de hojas volar frente a mi ventana, como elevándose hasta mí para observarme, bailoteando con el viento. No sé por qué, pero pongo la mano en el cristal y digo "hola". Las hojas pierden fuerza y caen muertas, quedándose después flotando en un charco del asfalto. Como la pobre Ofelia. Qué cuadro tan bello. A lo mejor mi palabra les ha arrebatado la vida, puede que haya despertado como un rey Midas de la muerte. Pienso durante un segundo en ello y de repente estoy deseando saludar a mis vecinos.
Como toda mañana, me dirijo al baño, a echarme un poco de agua y limpiarme la pereza del cuerpo. Abro la puerta y al instante oigo un golpe sordo. Como si alguien hubiera tirado una piedra. Conozco ese sonido. Me acerco lentamente y me asomo con cuidado. Nadie. Lo he oído de verdad, refunfuño...
Siguiendo un impulso extraño a mí, abro la ventana y asomo medio cuerpo. La lluvia entonces empieza a golpear con más fuerza, como si quisiera volver a hundirme en mi habitación. Hago el esfuerzo y miro en ambas direcciones, pero sigue sin haber nadie. Intento cerrar la ventana, pero el viento es demasiado fuerte, tanto que parece que fuera a hacerme volar como a las hojas. Yo dejaría un cadáver más bello sobre el asfalto. Todavía empujando la ventana, que se niega a cerrarse a pesar de estar ya sólo a un palmo de su sitio, una luz cegadora aparece en el horizonte. Es como si los rayos de sol fueran una dedo metiéndose en mis ojos. Suelto y la ventana se abre de par en par, dejando que la lluvia y el viento, la luz y la desesperación entren en mí.
***
Lo primero que veo al despertar es lo mismo que veo cada día al despertar: nada. Mi habitación permanece en el anonimato, desenfocada por mis ojos miopes. Vuelvo a tener la sensación de que mis sábanas pesan más de lo normal. Desde donde estoy tumbado puedo ver una silla de madera que está al revés. Hay una chica sentada en ella. No puedo ver apenas, sólo intuyo los detalles. Le pregunto quién es, pero no responde. Con una mano adormilada y tranquila, busco las gafas en la mesita y hago que la realidad vuelva a hacerse visible: no era más que un montón de ropa sobre la silla. El jersey marrón que queda arriba hace la forma perfecta de una melena descuidada. ¿Lo dejé así aposta cuando me lo quité? Una extraña idea cruza mi mente: ¿y si mi habitación en realidad no tiene contornos y mis gafas me están engañando?
Pienso en ello cuando me pongo de pie, si es que una acción tan torpemente realizada puede denominarse así. Haciendo equilibrios, como si no tuviera pies y andase sobre muñones, me acerco a la silla. Le pego una patada al montón de ropa, que cae a una, como si fuera un cuerpo humano. Me entra una punzada de remordimiento y hago como que extiendo la mano para ayudarle. Para ayudarla, a la chica. Es sólo una broma de mal gusto, por eso no me lo tomo mal cuando ella me coge la mano.
(21/01/2007)
No es nada nuevo, en realidad lleva ahí mucho tiempo. Por lo menos desde que alquilé el apartamento al anterior inquilino, un tipo de grandes ojeras y diminutas orejas. Me lo dejó muy barato pero no pude evitar que me resultara desagradable, con esa sonrisa nerviosa y todos esos extraños tics nerviosos. Como si fuera para tanto. ¿Sería el primer muerto que veía en su vida?
En verdad era también mi primera vez, pero fue mucho menos trágico de lo que cualquiera podría imaginarse: me limité a cerrar la puerta tras de mí, dejar la maleta en el suelo y darle los buenos días. No hubo respuesta, pero supongo que si uno está muerto queda eximido de ciertas costumbres sociales. En todo caso no me pareció maleducado.
Tal vez ustedes se estén preguntando cómo puede ser la convivencia con un hombre que está muerto. Bueno, a decir verdad no es nada fuera de lo corriente, simplemente se trata de una convivencia silenciosa. Dicen que es duro acostumbrarse a vivir con la muerte, y supongo que tienen razón: no debe ser fácil asumir que tu compañero va por ahí, día y noche, buscando a gente para quitarles la vida. Y debe ser un engorro encontrarse a veces la hoja de la guadaña en el lavaplatos. Y peor todavía deben de ser sus visitas: esos tres jinetes que se pasan de vez en cuando para jugar al ajedrez y te lo ponen todo perdido de ectoplasma.
Pero un muerto no, con un cadáver uno puede sentarse y leer, incluso en voz alta -si se tercia-, que nunca va a recibir quejas. Puedes traer visitas, poner música alta o ver la tele de madrugada con total tranquilidad, que él siempre seguirá ahí tumbado, un poco tieso, sin apartar la vista del techo. Por supuesto, resulta algo incómodo a la hora de irse a dormir, pero uno se acaba acostumbrando y al final siempre coge la postura adecuada.
Después de todo, si vive aquí es porque paga el alquiler, así que tiene tanto derecho a dormir en la cama como yo. No creo que al morir pierda uno el derecho a estar cómodo, menuda tontería entonces, ¿no?
(08/10/2006)
viaje de negocios
Un parpadeo oculta un instante las pupilas azules, perdidas en algún rincón del horizonte. El flequillo negro danza con la brisa sin interponerse entre la mirada y el paisaje, mientras el sol arde en el cielo a pesar de que la gravedad de la tierra lo atrae lentamente con la promesa de un descanso nocturno. Tiempo oxidado en una señal que prohibe cruzar las vías. El andén vacío al sol, en la sombra un obrero sesteando. Un cigarrillo apagado en la punta de sus labios da cabezadas al ritmo pausado de la respiración.
Crujidos de arenilla en baldosas rojas al caminar en dirección al edificio de la estación. El viajero se dirije a la cafetería, deja su enorme maleta sobre el mostrador, a pesar de que esto le impide mirar a la cara al dependiente, y contempla el cartel de refrescos. Pide uno y una voz ronca tras la maleta responde que no queda. Lo mismo pasa al pronunciar otros tantos nombres de la lista. Pacientemente, el viajero recita cada palabra, como si se tratase de una extraña poesía. Al llegar la última se oyen los pasos del dependiente: un clock clock que va y viene y un vaso grande es depositado sobre la barra, a la derecha de la maleta. Una lluvia de monedillas cae en el lado izquierdo sobre la madera mojada y una mano de dedos rugosos y peludos las recoje con calma.
Con un sonoro sorbido del dulce refresco azul, el viajero recoje su equipaje de mano y le da las buenas tardes al dependiente. Este lo mira con una inocente mirada bovina antes de darse la vuelta y desaparecer cojeando en la trastienda. Por la misma cortinilla de plástico por la que se ha ido aparece un hombre colocándose una corbata de color negro. No lleva camisa y su piel es escamosa y amarillenta. Cada hueso de su cuerpo asoma con el movimiento, mirando al exterior a través de la piel como lo haría una persona tras las cortinas de una ventana. El sujeto sale de detrás del mostrador y se dirije al viajero, que espera sentado en una mesa y al que no le pasa desapercibido el baileteo de huesos.
Cuando llega a su altura, se detiene y ambos se miran durante un instante a los ojos. El dependiente aparece de nuevo, bamboleando el cuerpo al andar, y se acerca para poner una silla tras el otro, que se sienta lentamente sin dejar de clavar sus pupilas en las del hombre que tiene delante. El dependiente regresa a su puesto y parece olvidarse del tema.
-Tenemos entendido que poseen una información que nos puede interesar. Al menos eso dijo el informador que nos llamó -el viajero.
El huesudo asiente una vez con calma, despacio pero llevando a cabo una inclinación un tanto exagerada, como si diera una cabezada. Parece un tipo silencioso, aunque tal vez se deba a que tiene los labios cosidos entre sí. Da la impresión de que por su cabeza pasan muchas más cosas de las que se pueden imaginar, posee la expresión sabia de un chamán. Sus ojos de cangrejo, sin expresión pero de gran profundidad, distorsionan el reflejo de una cafetería deforme. Sin alterar una sola de sus facciones extrae de un bolsillo unas tijeras muy grandes, desproporcionadamente grandes, teniendo en cuenta su cometido. Lentamente pero sin el menor atisbo de nervios, las eleva y las sitúa frente a su cara, a la altura del ojo. Las hojas afiladas se separan con un chillido de metal y encuadran un ojo negro como el alquitrán. En él se refleja el rostro sorprendido del viajero, que sin perderse el más mínimo detalle, toquetea nervioso los objetos de sus bolsillos. Inconscientemente trata de aferrar su mente a las cosas que roza bajo la piel del pantalón para así evadirse de la situación, pero sus dedos se detienen ante la imagen que golpea sus retinas.
El huesudo dirige las tijeras a la comisura de su boca y corta el nudo de cordel que mantiene su boca sellada. Después las deja con un chasquido en el mármol blanco de la superficie de la mesa y con sus dedos alargados y cayosos tira de un extremo, liberando sus labios de la atadura sin que aparezca ni una gota de sangre. La carne blanda parece irse acomodando a su nueva libertad y se despega con un ruido de succión antes de que las palabras comiencen a salir con calma, siempre con calma. El sónido sólo podría describirse como húmedo. El viajero nota cómo las palabras parecen adherirse al sudor de su frente y se limpia rápidamente con un pañuelo.
-Nadie dijo que fuera a ser agradable.
El viajero traga saliva:
-Me pagan bien.
-Seguro que sí.
-¿Qué tienes para nosotros?
El huesudo niega con un gesto tranquilo y replica:
-No intentes engañar al viejo mensajero -pasa un dedo por sus labios agujereados-, he dedicado mi vida a esta profesión.
El viajero se inclina hacia su derecha y eleva la maleta poniéndola sobre la mesa. El huesudo mira silencioso a su compañero y este sale de nuevo y se la lleva del asa a la trastienda. El viajero pregunta sorprendido si no van a comprobar la mercancía.
-Nadie se atrevería a engañarme -respondiendo con una melodía que parece acariciar con un dedo frío la cordura del hombre.
-Hemos cumplido nuestra parte, ¿no? -empapado en sudor.
El dependiente regresa apartando la cortinilla. Cuentas de plástico multicromático danzando frente a una oscuridad impenetrable que parece agazaparse en el interior como un insecto a la espera de una presa. El extraño ser asiente con su cabeza vacuna y se relame la nariz. Una mosca le incomoda y se agita sin variar la expresión vacía de su rostro.
-En efecto. Y yo por supuesto cumpliré la mía -un largo silencio. La ausencia de sonido parece envolverlos como una expectante multitud de curiosos. Luego continúa:
-Buscábais a uno de los vuestros. Pensábais que os había traicionado y que había escapado con algo que os pertenecía. No fue así: fue atrapado y asesinado. Su cuerpo apareció semienterrado en la arena.
-Está bien. ¿Quién fue?
-Eso yo no lo sé.
El viajero abre los ojos aún más, sorprendido. Replica tras una breve pausa para recuperar un poco sus nervios:
-Formaba parte del trato: si había un cadáver necesitábamos saber quién era el asesino.
-Y lo sabréis. Me pagáis por conseguiros información, no por conocerla yo.
-Pero, ¿entonces como...?
La respuesta resulta más que obvia.
-Lo sabrás de su propia boca.
(...)
(01/08/2006)
Cadáver exquisito
Colaboración con Virginia Romero (texto sin negrita)
(26/6/06)
Vacío sin soledad, inercia inerte
Algunas nubes dispersas flotan por el cielo, en la distancia, pero se limitan a contemplar lo que pasa, se dejan llevar por el viento. El muchacho se pregunta por qué todo es tan bello a veces. Más que una pregunta es una sensación, pues las palabras vienen y van por su mente al son de la música, sin detenerse en ningún sitio. Caribou...
En su piel húmeda y perlada de sudor, el muchacho siente el peso de la luz del sol, que lame su camiseta negra. Luto aparente, burbujeante estela de barcos que dejan su marca en el agua como fantasmas durante tan sólo unos minutos. Luego las aguas borran el recuerdo ansiosas por continuar su camino sin interrupciones. Mientras haya agua el río se quedará ahí. Después probablemente se marche.
I put a spell on you... El grito desgarrado rasgea cuerdas en el alma: sabe a instituto y a desamores, sabe a Cuenca y a kilómetros de asfalto. Sabe a bellos recuerdos.
...because you´re mine. El muchacho decide regresar a casa. Sus pies se mueven compitiendo a ver quién irá delante mientras el suelo desiste y va quedando atrás. Ideas. Nunca dirás adiós de verdad a alguien mientras siga habiendo pájaros en el aire; mientras ellos sigan burlándose de la gravedad que a ti tanto te afecta el mundo no será más que una broma de mal gusto, un payaso sin chistes. Ninguna despedida lo es para siempre, pues nosotros no somos eternos.
Un tranvía para huir del sol y el muchacho llega a su calle. Apenas unos metros antes de entrar en casa se encuentra un pájaro muerto, en el suelo. Lleva ahí tiempo y parece picoteado. Parece que el muchacho se equivocaba. Recuerdo del gusano arrastrándose en el paquete de arroz. Recuerdo del sabor del Natto y su aspecto desagradable. Soja. Todo en este mundo importa una mierda, por eso mismo significa tanto. Sin conclusiones, finito pero eterno. Demasiado.
This is all...
(25/06/2006)
Le daba vueltas en la mano y no podía creérselo.
Jugaba con el reflejo brillante y verdoso del sol,
girando la muñeca como si anticipara el futuro.
Y mientras caminaba hacia casa todo parecía más alegre:
la lluvia, la vendedora de periódicos, la luz tenue del ascensor.
No sentía miradas de reproche, porque no había nada malo en lo que hacía.
Y en cuanto entró, se bajó los pantalones y se sentó al ordenador,
ansioso por pajearse con los mil vídeos porno que le habían prestado.
Empalmado,
consciente de que empezaba una larga tradición
que se perdía en el futuro hasta donde alcanzaba a ver.
Eufórico por vivir en un mundo feliz.
Un mundo de satisfacción.
Vamos, encuéntrame.
Apunta.
Mátam(...)
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lunes, 12 de enero de 2009
sábado, 10 de enero de 2009
viernes, 9 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
lunes, 29 de diciembre de 2008
sábado, 27 de diciembre de 2008
Ilumina la habitación como una pecera
Mientras floto en la oscuridad
Que se escurre por el techo
Negro siento mi cuerpo
Dulce mi sangre que me recorre
Y sentimientos de recién nacido
Brotan como flor en mi pecho
Agua llena mis ideas
Siento sólo las caricias
De las olas que en mareas
Trae este mar de delicias
Despierto y escribo unas líneas que me cruzan la cabeza; el transiberiano de la medianoche que atraviesa los recuerdos diarios. Y mis ojos legañizos se atontan con la luz y se espabilan en la oscuridad.
Creo que mi piel brilla cuando cierro los ojos, pero nunca puedo verlo porque se apaga cuando los abro. Es lo mismo que me pasaba con la luz del frigorífico, aunque un día conseguí verla dejando entornada la puerta.
viernes, 26 de diciembre de 2008
lunes, 22 de diciembre de 2008
Tal fue el impacto de tu presencia sobre mis cristales. que me quedé colgado en el aire. Como una marioneta, como las estrellas en la noche. Sólo que los hilos eran mis venas, que salían de mis ojos y por ellos me desangraba. Y una niña tiraba de ellos viendo cómo goteaba roja mi vida.
Todo sucedió ante la atenta mirada de una mujer tuerta que, sentada sobre una montañita de calaveras infantiles, le arrancaba los deditos a un niño como quien deshoja margaritas.
Mientras, susurraba con voz embarrada:
“me quiere… no me quiere… me quiere… no me quiere…”.
Y nunca se acababan los deditos.
Raro
sábado, 20 de diciembre de 2008
Y ahora, seco mi arroyo de palabras, recojo apesadumbrado restos de comida entre las páginas de libros que no alimentan salvo mi resentimiento. Mi corazón seco arde en mi tronco como la leña humeante de la chimenea. Y noto cómo cada latido se apaga con calma, extinguiéndose como los animales del bosque. Ardiendo entre los edificios manchados de hollín.
Y remuevo la ceniza con un palo, esperando en vano un ave fénix, antes de alejarme con la cabeza hundida entre los hombros. Hundida como un barco en el fondo de una bañera. Un barco fantasma con invisible tripulación de plástico.
Despierto y escribo unas líneas que me cruzan la cabeza; el transiberiano de la medianoche que atraviesa los recuerdos diarios. Y mis ojos legañizos se atontan con la luz y se espabilan en la oscuridad.
Creo que mi piel brilla cuando cierro los ojos, pero nunca puedo verlo porque se apaga cuando los abro. Es lo mismo que me pasaba con la luz del frigorífico, aunque un día conseguí verla dejando entornada la puerta. Tanto esfuerzo sólo para quitarle un poquito más de magia al mundo… Como si nos sobrara, digo yo.
viernes, 5 de diciembre de 2008
A media tarde comprobé con satisfacción que ya me habían vuelto a salir los ojos y las orejas. Aunque la nariz seguía siendo demasiado chata, no como la patata que suelo llevar. Para cuando saliera a la calle, seguramente ya estaría todo en orden.
Ya con el sol a oscuras, volví a asomarme por la ciudad. Las luces de Navidad habían asesinado todas las sombras de la calle, pero aun así encontré el camino a casa. Pasé con cuidado por la esquina de mi tropiezo y descubrí asombrado que un montón de gente estaba de rodillas adorando mi cara.
“¡¡Jesús, te adoramos, Jesús!!” gritaban.
Me encogí de hombros y continué hacia casa. Allí al menos tenía el calor del radiador: alguien con quien hablar. Después de contarle cómo había ido el día, fui al dormitorio, me di un cabezazo contra la pared y comprobé con satisfacción mi cara sobre la pared.
Entonces me puse de rodillas y empecé a rezar:
“¡¡Jesús, te adoramos, Jesús!!”
Porque pensé que si la gente iba a empezar a creer en mí, yo no podía ser menos, ¿no?
jueves, 4 de diciembre de 2008
sábado, 29 de noviembre de 2008
Mis ojos se cierran y mis poros se abren, y me dejo inundar por la suave somnolencia latente en mis huesos, mientras mi sistema operativo relaja sus defensas y los virus picotean mi piel, que se deshace en el huracanado viento azucarado. Y volamos por la brisa, un pájaro de nubes cuyo canto penetra bajo las faldas de las chicas.
De algún modo, percibo el olor a pintura de mis ojos y sé que ya estoy soñando.
El corazón abierto como una piñata y los dulces escapándose de mi vientre como caramelos ventolados. Y me convierto en aquella lágrima que aplastaste contra mi chaqueta. Aquella que me hizo sentir que realmente existías. Esa gota de agua salada con que descolgaste el mar sobre mis hombros.
Y de aquel mar surgió la ciudad bajo cuyos adoquines escondimos nuestros sueños, sin saber que acabarían amontonados en barricadas. Manchados de sangre, negros por el hollín. Nunca imaginamos que aquellas calles tenían fecha de caducidad, que nuestra ciudad era un cementerio: estábamos cegados por las flores de plástico.
Pero recuerdo el brillo en tus ojos, el calor de un aliento compartido que suspira una historia a la almohada. Nuestros brazos enlazados como el mimbre, nuestros besos resonando como un timbre.
Y despierto asustado, perdido entre mi felicidad interior y el opaco amanecer helado que se aproxima. El radiador tirita de frío. Me siento en la cama, frente a la ventana que se ilumina lentamente de un rojo anaranjado. Una aguja de sol se clava en mi alma inspeccionando mis venas. Cegándome.
Y siento que la belleza de tu recuerdo, vana creación de mi mente, es mejor regalo que un rayo de sol.
lunes, 24 de noviembre de 2008
domingo, 23 de noviembre de 2008
lunes, 10 de noviembre de 2008
Floto cuando los acordes drogados de jazz desafían al silencio y trotan enloquecidos, o navegan entumecidos por la neblina de mis ojos. Tizas arañando pizarras como trompetas y largos lamentos de un saxofón ebrio de pena. Y un piano tropezando por el suelo, pisando su propia melodía.
Exploto cuando las guitarras desgarran las paredes y arañan los cristales, salto esquivando voz condensada en puñetazos y escupo mis demonios contra el cielo, desdibujado sobre el blanco del techo. Como si no hubiera suficientes sueños por quemar, añado un poco de gasolina a mi sangre. Todo sea por elevar mi humo hacia el infierno de los gritos.
Y de nuevo la calma cuando el corazón impone su propio ritmo y los músicos continúan tocando fuera de tono. Al final se silencian avergonzados cuando bajo el volumen. En ese momento, mi locura y mi cordura cesan su baile por el techo y regresan frustradas a mis dedos.
Y con un paraguas de lluvia, me enfrento con una sonrisa al día soleado.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Las relaciones sociales brotan entre la apatía y el malhumor, que no mueren aunque uno se esfuerce en olvidarlos. Como una cortina que no acaba de correrse, el recuerdo de experiencias pasadas contamina mis sentidos.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Pero sí que me escurrí por el empedrado cuesta abajo.
Entre piedrecitas y cristales.
Cada vez más lejos.
De mí mismo.
