jueves, 29 de enero de 2009

Ayer redescubrí el placer que se escondía oculto bajo mi dolorida piel. Un estirón que alargó mis penas durante horas como si estuviera atragantándome con un autobús. Pero todo acabó con la gloria espasmódica de la vuelta al ruedo y el bienestar divino del suspiro insignificante.

La profundidad de unas palabras me hizo tropezar con archivos de vídeo y acabé empalado en la mugrienta rutina del sinsentido. Descubrí un muro pintado de ventana y un cristal irrompible que gemía al viento.
Qué agradable volver a nacer
cuando sabes cómo va a acabar

miércoles, 28 de enero de 2009

Mi aula se vacía como una descarga de esperma y me siento cansado y fatigado emocionalmente. Tengo que fingir que todo esto me importa, que quiero profundizar en mis relaciones, cuando en realidad sólo soy un egoísta que aguanta la avalancha de nieve porque quiere continuar su paseo.
No sé de dónde viene mi falta de interés ni mi falta de ganas, pero sí sé lo fuertes que son y sus consecuencias.
Por eso me esfuerzo por evitarlas, por participar. Y aunque siempre parezca dispuesto y muestre iniciativa, todo esto me importa una mierda, porque en cuanto salgo de aquí me olvido de todo y vuelvo a esconderme en mí mismo.
Puta comodidad...

lunes, 26 de enero de 2009

Qué raro se siente el día cuando se recubre de alegría. En una fina capa, pues la alegría no se deja engrosar, el brillo del sol se posa suavemente sobre los contornos de la vida e incluso el pánico al exceso de detalles queda ensordecido por la luz. El horror vacui se ve velado por el vacío ingrávido de la felicidad momentánea y la sensación resulta tan fluida y tan intensa que uno casi siente la nube de átomos que lo rodea y que contagia su bienestar.

Y puede que todo resulte ser sólo un engaño de los sentidos, pero ¿qué no lo es?

sábado, 24 de enero de 2009

Arranqué las palabras del libro y las colgué de las horas del día. Quería tener algo en lo que apoyarme, con que construir escalones para elevarme un poco la moral y no decaer. La tarde se comió a la mañana y luego folló con la noche, dejándome solo desde el desayuno hasta la cena. Floté un rato en el éter suave de no saber qué hacer, hasta que las responsabilidades del día me echaron el lazo y tiraron de mí hacia tierra. Y de nuevo con los pies en el suelo, con ese olor a cemento fresco metido en la nariz. Atrapado. Sentado en una silla de mimbre durante horas, mientras la humedad eyacula sobre mi piel y la calefacción rumia ruidosa su aburrimiento. Sin nada mejor que hacer que asomarme al espejo a ver qué hay delante, aunque siempre vea lo que hay detrás de mis ojos.
-Todo el mundo lucha por algo. ¿Y tú?
-Yo lucho por encontrarme a mí mismo.
-¿Y qué harás cuando te encuentres?
-Perderme y volver a empezar.
Explota de rabia por una nimiedad y salpica con tu sangre mi aburrimiento.
Pídeme que te espere y luego desaparece con el viento.
Calienta mis pies antes de cortarlos por los tobillos
Y beberte mi cerebro a través de mis ojos.

Mi alma abierta como un frigorífico
con la luz encendida que tiembla aturdida.
Y mis pensamientos dando vueltas por el dvd
asaltando la programación de la vida.
Tu mirada punzante como una inyección
sacándome sangre para hacer morcillas.
Daría un puto billete de monopoli por recuperar mi inspiración.

sábado, 17 de enero de 2009

Puedo oír los tambores que vibran sobre mi piel apagando mis ideas. Un sonido ritual que incita a mascar huesos. Y la mezcla con el peyote que convierte mis pupilas en astros atravesando el espacio infinito. Las luces van y vienen clavándose en mí y formando diferentes imágenes sobre mi piel, que de repente es fotosensible como película fotográfica.
Unos ojos asoman a través de la densa piel de mi pecho, que se aparta como si fuera gelatina. Parpadean y comienzan a inspeccionar el lugar mientras mis verdaderos ojos se pudren repentinamente. Pus caliente resbala sobre mi boca, garganta y cuello. Al menos mientras siguen ahí, porque pronto mi cuerpo los absorbe junto a la cabeza, que se deshace como una vela derretida y se funde con los hombros. Poco después nuevos órganos emergen también en mi pecho.
Presiento que la colocación es similar pero cuando miro a las figuras danzantes sé que me he convertido en otra persona. En un dios mitológico. Me salgo del círculo y corro atravesando el bosque. Mis pies se apoyan en la oscuridad y olvido el significado del suelo. Los árboles comienzan a desaparecer consumidos por la energía que me rodea y luces de colores emergen de entre los sonidos ambientales.
Ojos felinos acechan en la oscuridad, pintados sobre el cielo estrellado que comienza a caer sobre mí. Vuelo en círculos por el éter inerte y mi carne se moldea por la falta de presión. Cada movimiento arrastra una masa de cuerpo en una dirección y el resto le sigue lentamente hasta recuperar una forma lógica. Pero sigo sin tener cabeza y con los sentidos en el pecho.
Mis manos son atrapadas por la oscuridad y desaparecen ante mí en la lejanía. Vuelo tras ellas atravesando el cielo purpúreo lleno de nubes de leche. Descubro mis manos posadas sobre un cuerpo de mujer. Una diosa. Su piel vibra ante cada caricia ondulándose como el agua invisible de la superficie de un lago. Junto mis brazos con las manos y me hundo dentro del cuerpo, que me acoge placentero permitiéndome atravesarlo.
Los ojos de gato se han juntado en dos solas estrellas que flotan frente a mí, a tan sólo un palmo. Cambiando de color, del verde al turquesa pasando por el amarillo y luego al rojo y al azul, los ojos comienzan a lamer mi cuerpo con una suave lluvia de baja intensidad. Las ondas de placer flotan invisibles en la arritmia de sus caricias. Froto mi esencia contra su espalda abrazando la estela que deja frente a mí y estrecho los brazos aunque ella se separa en pompas de jabón y flota a mi alrededor.
Toma forma de sí misma desde cada pompa y se multiplica formando un cálido circulo a mi alrededor. El círculo se estrecha y me devora, pero no siento miedo aunque sé que estoy muriendo. Y atravieso mi propia carne con un grito desesperado que la asusta y le roba una sonrisa cariñosa. Sé que está jugando conmigo como un gato con la comida. Y no siento miedo de que me mate porque sé que me está liberando de las cargas de la vida.
Poco a poco todo se difumina, precisamente en el momento en que el éxtasis del sufrimiento me abandona sobre una playa de arena, ella convertida en un mar de olas salvajes pero ralentizadas que parece que nunca vayan a llegar.
La intensidad de la señal empieza a debilitarse como el efecto de la droga en mi cuerpo. La música vuelve lejana desde el horizonte. Aunque es como si siempre hubiera sonado dentro de mí, siguiendo un ritmo propio, el de mis latidos desacompasados pero vertiginosos. Profundidad y vértigo, como si me absorbiera el vacío y la gravedad tirara de mí con suaves dedos de gelatina caliente...
...y despierto por un segundo mientras los tambores se alejan de mí y caigo al vacío, ya lejos de la plataforma sobre la que estaba y la realidad acerca el suelo pedregoso con círculos de piedra puntiaguda y no puedo pensar porque el recuerdo es más lento que mi camino hasta la muerte pero veo inconscientemente toda la información: la tribu, la droga, el sacrificio al dios piedra y la plataforma elevada muy por encima del árbol más alto.
Pero no llego a ver más que de lejos toda esa información porque los tambores estallan igual que mi cuerpo...
¿Cómo no sentir la soledad cuando esta te lame con sus fríos dedos, cuando notas su aliento en tus sueños? Cuando ella chilla en tus silencios.
La Luna anoche sonreía con malicia mientras las nubes, escondidas, coreaban con carcajadas las lágrimas de cristal que perdí entre mis sábanas. ¿Por qué lloraba? No lo sé. Quizás porque era la única manera de escuchar tu respiración agitada sobre mi almohada.
Y recuperar por un instante el calor entre tus muslos. El sudor de tu pecho. El abrazo suave y la mirada cercana.
Qué mierda de frío me persigue por la calle.
Qué mierda de luz vomitan las farolas.
Qué mierda de mierda pisan mis botas.
Y mientras desapareces en la lejanía de cada latido, mientras te fundes con el horizonte, nadan mis ojos en melancolía por cada palabra tuya que desaparece de mi mente.
Roída por el tiempo y los ratones,
consumida por el recuerdo de tus botones
que escondían el corazón de tus pechos
y el sabor de tus susurros...
Puta nostalgia...

jueves, 15 de enero de 2009

Te juro que he abierto mis tripas y he rebuscado entre las piezas buscando qué es lo que falla. Y no he encontrado nada, salvo una nueva colección de sonidos y texturas.
Me he arrancado las venas y he observado cada centímetro a la luz de la lámpara. Nada, sólo metros y metros de celuloide barato. Sólo el conocimiento de que mi sangre fluye por fotogramas de cine malo.
He frotado mi cerebro contra la alfombra persa. Una fina lluvia de letras ha comenzado a escalar por mis dedos como una infección y lo he tenido que arrojar asustado a la esquina. Tengo miedo al contagio, sobre todo de ideas.
(De noche despierto con el cerebro en su sitio: supongo que quedamos en tablas).
No sé si mis huesos tendrán la respuesta a algo: he hecho un buen caldo pero no he visto nada en sus vapores. Y sé que mis ojos no pueden ayudarme, pues sólo son embudos para engullir imágenes.
Y mire donde mire no encuentro qué me duele. Reviso el mapa de mi cuerpo y no queda peca sin inspeccionar...
Salgo a dar un paseo y me embobo frente al escaparate: la piel tersa de los maniquíes despierta mi libido. Sobre todo la que no tiene ojos y lleva ropa ajustada. Me alejo asustado, he agrietado el cristal.
La multitud me adormece así que intento evitarla, pero veo las cabezas y el sueño me vence: caigo rodando sobre cuerpos desechables y mi consciencia se escabuye por una alcantarilla.
Media hora mas tarde permanezco escondido bajo una nube. Veo a la gente pero creo que ellos a mí no. Ya no me dan sueño porque estoy descansado.
Atrapo al vuelo una mirada extraña y corro tras ella a través de los coches: esos juguetes de diamante tan incomprensibles. La gente que está en ellos parecen figuritas de cristal en vitrinas de barro.
Enamorado como un insecto recupero los ojos que me han llamado la atención, pero suspiro insatisfecho palpando un espejo. La calle resulta tan desconcertante...
Regreso a mi casa y me tumbo en el sofá. Tiro al suelo las compras de la tarde: un montón de sensaciones nuevas que ahora tengo que colocar en las estanterías de mi vida.
Pongo a calentar comida de tarro y me paso de tiempo: chorrea churruscada y se me escurre por las orejas. Está visto que hoy no me sale nada bien.
Enciendo la cama para dormir un rato pero me quedo desvelado entre sábanas de neón. No puedo dormir porque no he dejado la cuchara sobre la mesa, así que me la saco de la boca y escucho su tintineo suave.
Caigo redondo presa del sueño que me arrastra hasta su cubil. Si no llego a resistirme me hubiera devorado.
Y pongo fin a este consentido sinsentido cuando salgo de mi casa y me dejo en paz de una vez. Desde enfrente puedo ver por la ventana cómo por fin me relajo y me quedo dormido.
Me apoyo contra la pared y me arropo con el frío de la calle mientras espero a que salga el sol.
(...)
Por la mañana, cuando baja las escaleras y sale del portal, resulta cegador, pero al menos me avisa de que el día ha comenzado. Y veo cómo trepa por los cantos de los gallos y se cuelga del cielo, volviendo a dar sentido a toda esa luz que había goteado sobre la noche.
Vuelvo a mi casa contento de que todo haya terminado.
Aunque me queda un largo paseo porque vivo en otra ciudad...
Algunas relaciones flotan a la deriva por muchas anclas que les pongas. Supuse que la nuestra sería una de ellas y tardé mucho en darme cuenta de que se había hundido hacía tiempo, de que había desaparecido en el azul oscuro casi negro de las profundidades marinas. Allá donde los monstruos de la consciencia se pasean a sus anchas.

Durante un tiempo continué tumbado en mi barca. Sin agua, sin comida, sin esperanzas de ver tierra. Mentiría si dijera que esto ha cambiado. Mentiría igualmente si dijera que me importa...

Mi vida se ha reducido a un flote pasivo por la superficie de las relaciones, esperando desinteresado una ola que alcance a mojarme. Y por más que oteo el horizonte, no hallo huellas de nubes.

¿Dónde están aquellas tormentas de la adolescencia? ¿Dónde aquel sentir desdichado que tanto se sentía? Probablemente aplastados por la redonda rutina. O aturdidos por la retórica rancia.

...

miércoles, 14 de enero de 2009

La canción suena constantemente por la radio y resulta tan deprimente como una sonrisa enmarcada. Es como una melodía de ascensor que se cuela por las rendijas de la realidad y se cuelga de mi nariz, obligándome a dirigir mi cabeza hacia el suelo. Sólo puedo ver baldosas porque levantar la mirada resulta doloroso. Y tanto me he acostumbrado a la imagen de mis pies en movimiento que ya nunca veo una fachada a menos que se refleje en un charco.
Pues sí, la canción me entristece: empaña mi alegría con un velo pegajoso. Y arrastro esa sensación desde pequeño cuando me asalta implacable desde la publicidad, fruto del contraste entre la alegría de la canción alegre y ese sentimiento de impotencia que no sé cómo apartar. No sabría definirlo, pero es una sensación de falsedad: como maravillarse del amanecer y descubrir un inerte sol de neón sobre avejentado papel de regalo.
Y cuando la escucho sólo puedo recordar aquellos momentos grises en los que se posa sobre mí y me cubre de desilusión, cuando mi alegría huye aterrada de mi cuerpo y, contaminada, escapa dejando una nube de desesperación. Como la tinta del calamar a la fuga.
En esos momentos todo lo que queda es el tedio de un viaje en autobús y la sensación reseca de la tapicería quemada y maloliente de los asientos, el cristal empañado por mi respiración agitada y el enjambre de coches vacíos que flotan en paralelo a mi vida y los tapacubos que mandan un mensaje en clave sobre la rutina diaria y las vibraciones que cosquillean bajo mis pies y el periódico polizón, escondido bajo los asientos, y el chicle ya endurecido por su experiencia en viajes y la firma de una persona desconocida a la que no quieres conocer y la lucecita que apenas ilumina pero que te anima a leer y el vecino que se duerme apoyándose en tu hombro y la chica de la que te enamoras porque nunca te ha mirado y el puticlub que atrapa tu atención antes de desaparecer de tu mente y la furgoneta de gitanos traqueteando sobre el camino de arena y el avión que se cruza en el cielo con un puente sobre la ventana y la conversación pillada a medias entre cabezadas somnolientas y el conductor que abre la puerta sin esperar a detenerse y el frío aire congelado que monta corriendo para calentarse y el cielo gris reflejado en el río marrón y la vuelta a casa con el paisaje escondido tras el velo de la noche y las farolas en medio de la nada que nada tienen que decir y las putas de las rotondas, las únicas que allí no dan la vuelta, y la gente que baja en una parada y se aleja de tu vida y… y el autobús que por fin llega a tu parada y te devuelve aturdido a tus pies, con ese primer paso que tanto cuesta dar, hasta que uno vuelve a hacerse con los mandos…
La canción desaparece de los altavoces una vez me he bajado, pero todavía sigue resonando durante un tiempo sobre mi piel. Y me trae tantas sensaciones tan gastadas pero tan desconocidas… Que me recuerda que mi vida, triste y sin aventuras, es mucho más rica de lo que alcanzo a ver.
Sin embargo me entristece porque, joder, ¡qué mala es esa canción!
"mi mente está más allá de este universo" - G.G.Allin

Toda la gente que atraviesa la realidad desarrolla un deseo irrefrenable de matar. Esta es la manera de ir más allá del contacto físico, lejos de todo sentimiento, y acceder de manera directa a la esencia de lo que somos.

La muerte, al igual que el asesinato, reproduce la verdad más sincera y cruel de este mundo, pues nos recuerda que el ser humano es un objeto destruible.

Algunas personas parten de esta idea para llegar al a conclusión de que hay que respetar la vida, porque es una cosa única e irrepetible.

Otros, sin embargo, sabiendo que van a desaparecer sin remedio de la realidad, deciden traspasarla y destruirla. Esta gente representa todo aquello que la sociedad odia o no puede entender.

Todo, pero elevado a la máxima potencia.

Y, aunque hemos olvidado que no existe diferencia entre orden y desorden, resulta comprensible que su conducta nos repugne: nos hace sentir víctimas de nuestras propias reglas.

¿O no? A lo mejor, entre el miedo y la incomprensión, sólo podamos sentir pena y vergüenza ajena ante estas personas.

No lo sé, tal vez nuestra risa no sea muy diferente al balido sarcástico de las ovejas que miran nuestro coche al pasar.

Sentado a la mesa el muchacho intenta escribir: pequeñas gotas de inspiración caen de su frente al papel formando una historia. Agotado, contempla el charquito que ha formado y envidia a la gente que puede crear mares. Después levanta la hoja dejando que el trabajo de toda la tarde se escurra en un cubo.

Viendo que resulta imposible escribir nada decente, se le ocurre dibujar. Agarra el portaminas vacío e introduce las minas como si fueran balas, dispuesto a cazar algunos bocetos. Un par de infructuosos intentos y desiste también (...)

(06/04/2006)

El cuento de la niña

"En el campo, por un sendero que correteaba entre un gran maizal y un diminuto arroyo, una niña pequeña paseaba con un ramito de amapolas en la mano. El viento bailaba entre las espigas de maíz al son de la canción que ella tarareaba, a pesar de creer haberla olvidado hacía tiempo. A su paso, el riachuelo le susurraba palabras que no alcanzaba a entender.
El sonido lejano de un automóvil hizo que se volviese y esperase pacientemente junto al camino. Tarareando todavía, observó cómo la nube de polvo se iba acercando a ella. En el momento en que el coche pasó a su lado la pequeña intentó reconocer el rostro del conductor, pero el sucio cristal sólo mostró el fugaz reflejo de una niña con coletas. Después el ruido se fue alejando mientras el polvo del aire se iba asentando de nuevo en el suelo. Fue cuando la niña iba a reanudar la marcha que se dio cuenta del silencio que deambulaba a su alrededor.
Algo nerviosa, intentó silbar de nuevo la canción pero los sonidos se negaban a traspasar el umbral de sus labios, como si tuvieran miedo de interrumpir el inaudible monólogo del silencio. Sintiéndose observada, se volvió y miró en derredor: nadie. Todo estaba en calma. Sin embargo en cuanto dio el primer paso el viento regresó juguetón a las espigas y pudo continuar más tranquila, saltando de una piedrecilla a otra y evitando pisar las atareadas hormigas que aparecían aquí y allá.
Entre tanto, atraídas por el inocente paseo de la niña, las nubes comenzaban a aparecer por el cielo. En cuanto las primeras chocaron comenzaron a llegar más, como atraídas por la posible pelea, y se fueron empujando unas a otras hasta formar una tormenta. La niña apenas se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde: unas gotitas de advertencia y después el cielo bramó enloquecido derramándose sin control sobre el campo. Parecía que la gravedad estaba pasando factura de repente a toda esa agua que flotaba en el cielo.
Lejos del pueblo y en medio del campo, el único posible refugio se hallaba en el bosque, de manera que la niña salió a la carrera hacia los árboles. Según corría, las gotas de agua caían a cientos sobre ella y se aferraban a su vestido intentando retenerla. Ella apartaba como podía el maíz para abrirse paso y las espigas se giraban tras ella y la observaban enfadadas.
Por fin, sus embarrados zapatos llegaron a la linde del bosque y la niña respiró aliviada, aunque el vestido estaba totalmente empapado. La densidad del bosque en esa zona no era suficiente para evitar la lluvia, de manera que comenzó a adentrarse más y más, buscando una zona conocida en la que poder resguardarse del frío y esperar a que el cielo se apaciguara. Sabía que por ahí cerca debía de haber un montecillo y que en él se encontraba la antigua ermita del pueblo, pero en la creciente oscuridad de media tarde se veía incapaz de encontrarla.
Ahora la niña maldecía haber discutido con su hermano; sabía que todo esto era culpa suya, que si no hubiera pasado nada ella no habría andado jamás sola por el campo. Pero ahora era ya demasiado tarde para pensar en esas cosas y decidió que lo mejor sería refugiarse bajo un seto y simplemente esperar. Se metió bajo el primero que encontró relativamente seco y, agachada como estaba, trató de cubrirse las piernas con el vestido para evitar el frío. El sonido del bosque en la tormenta sonaba como una furiosa orquesta sin director, pero la niña ya no tenía miedo: miraba tranquilamente las ramas de los árboles y veía cómo se zarandeaban. Tras un rato empezó a sentir sueño".
(28/04/2006)-inconcluso

Buscando imágenes, part. I

>Ya sabes que siempre he deseado conocer el mundo... He de salir ahí fuera y ver qué hay.<
...
Esas habían sido sus últimas palabras. Sin llantos, sin mirar atrás, sólo un beso de despedida con el sol del amanecer y un día que me sorprendió sin saber qué hacer. Cayó la noche y yo seguía mirando el horizonte. De algún modo pensaba que hasta que no apartara la mirada no tendría que afrontar los hechos. Podría haberme pasado así meses, pero al final volví a casa.
Dicen que el tiempo lo cura todo pero conozco un cáncer de pulmón que nada pudo remediar: regresé a casa, pero a la suya. Abrí con mi propia llave y busqué por los rincones el recuerdo de su olor. Nunca compró un puto perfume pero siempre olía a campo de amapolas. Por desgracia, nunca he tenido buen olfato, ni para las colonias ni para las mentiras: debí suponerme que "para siempre" era sólo una manera de hablar. Si por mí hubiera sido estaríamos cosidos uno a otro como siameses pero ella necesitaba libertad. Nunca pude entenderlo: le ofrecía la celda más grande del mundo, una cuyo único límite era el horizonte. Y aun así ella se asfixiaba.
No podía quitarme de la cabeza el momento en que la conocí, cuando apenas podía intuir lo que se escondía tras cada palabra que sus labios me permitían descubrir. Era el tipo de mujer que con un suspiro hubiera hecho temblar un imperio, pero por algún motivo prefirió asaltar mi pequeño castillo. Y yo desesperado buscando la alfombra roja. El caso es que mi vida cambió totalmente aquel día: miré en sus ojos y vi un mundo, y supe que quería adentrarme en él y conocer todos sus secretos. A partir de entonces podía abarcar todo el universo con tan sólo abrazarla, porque no había para mí nada más allá.
Sin embargo, ¿qué hacía aquel fatídico día, en su casa, mirando sus fotografías y rebuscando en sus cajones? Supongo que buscaba una señal, una pista de hacia dónde podía haberse dirigido. Debo de ser de esas personas que no comprenden que la película ha acabado aunque se queden ante una pantalla en blanco. Lo peor de todo es que yo intentaba esperar a la siguiente proyección. ¿Volvería a comenzar nuestra historia si me quedaba sentado? No lo sé, pero no tenía suficientes palomitas, y allí, en el apartamento, la desesperación se instaló definitivamente en mi vida sin la menor intención de abandonarme. Debía darme prisa y hacer algo antes de que empezara a tirar tabiques.
Pasé de los cajones a las botellas y acabé destrozándolo todo. No era un buen comienzo, pero al menos era un principio y eso es todo lo que necesita una historia. Me llevé todas las fotos que vi y su libro favorito. Como si con ello fuera a encontrarla.


***

Al principio apenas podía creer que fuera el mismo: jamás pensé que llegaría a encontrarlo. Un vago sentimiento de incomodidad me hizo mirar a mi alrededor. Me sentía como si estuviera invadiendo un espacio privado, espiando un momento de la intimidad de otra persona. En cierto modo era exactamente lo que estaba haciendo, sólo que llegaba dieciséis años tarde.
Volví a levantar la foto: el cartel con forma de barquichuela, el pato amarillo y el lago. De fondo los árboles algo más jóvenes. Todo exactamente igual, salvo por la intrusión de la impaciente vegetación por todos los rincones. No era tan mal comienzo, si se tiene en cuenta que al principio sólo tenía una foto vieja; pero a pesar de todo persistía el sabor a derrota en mi boca. A fin de cuentas yo buscaba a la chica y sólo había encontrado el decorado. La sonrisa adolescente de la fotografía parecía burlarse de mí, parecía recordarme que sólo se trataba de algo de luz posada sobre un trozo de película. En todo caso me daba igual: ya tenía el primer elemento de la serie, lo cual demostraba que lo que me pretendía era en cierto modo posible.
Me senté con una cerveza, contemplé el pequeño éxito que para mí representaba el paisaje y comprendí que podría hacerlo. Seguro que empresas más descabelladas habían llegado igualmente a buen puerto. Daba igual tener que jugar contra toda probabilidad, porque yo no pararía hasta que fuera evidentemente imposible: me conformaba con la posibilidad de intentarlo. A fin de cuentas, estaba tratando de engañar al tiempo y todo sonaba absurdo, pero no más que la religión más respetable del mundo.
Cuando el sol comenzó a lamer el horizonte y este enrojeció, comprendí que había llegado el momento de irme. Tiré la lata, vacía ya desde hacía un rato, y me acaricié la barba pensativo contemplando otra vez el cartel. Después clavé la foto en él con un martillazo que pareció despertar todo el polvo que dormía sobre la madera y me aparté un par de pasos sorprendido. Había quedado de tal manera que el clavo atravesaba exactamente el mismo punto en el cartel y en la foto, tocando a la vez presente y pasado. A la vista quedaba la representación de un bucle temporal de dieciséis años.

Después me alejé y empecé a sentirme triste.
(15/05/2006) -inconcluso

Cliché

>¿Qué cojones es esto?< ruge el capitán.
>Arte< la voz áspera del detenido. Sus ojos parecen capaces de escurrirse de las cuencas.
>¿Piensas que esto es un puto juego?< Una mano en el bolsillo, la otra con un pañuelo sobre la nariz.
>Sí< mirada tranquila y sonrisa de hierro.
>Entonces les diré a los chicos que jueguen un rato contigo en la comisaría< ojos de acero.
>Me encanta el dolor< empujado fuera del apartamento.
>Sí, de eso estoy seguro< susurro que se pierde por el pasillo en la misma dirección que los pasos del asesino.
El capitán mira el cuerpo tendido en el suelo. Le pregunta la edad al forense e intenta alejar el pensamiento "como mi hija" cuando escucha la respuesta. Sin éxito. Un puñetazo de furia lo golpea en el estómago. Deseos de matar.
Se asoma a la ventana y contempla la lluvia que golpea monótonamente la ventana. Abre y saca la cabeza. Las gotas de agua fresca caen sobre su cara y siguen cuello abajo. Vuelve a ponerse el sombrero pero deja abierto. Que se airee esto.
Un café caliente en la mesa, media hora más tarde. Se miran mútuamente. Con la cucharilla crea una espiral oscura. Esto nunca acabará. Siempre aparecerá otro maldito loco. Cada vez peor, siempre un paso más allá. Deja dos monedas grises sobre la mesa y su sombra cruza el local.
Con el volante en las manos, las imágenes de la mañana se suceden entre sí. No puedo volver a casa, no lo soportaría. Un frenazo en el barro del arcén y vomita en la hierba. Llora. Cuando se tranquiliza vuelve al asiento de cuero. Enciende un cigarro.
El rugido del motor deja atrás a los otros vehículos de la autopista, cuyos faros desaparecen por el retrovisor. Deja el coche tras la comisaría y entra por la puerta trasera. Saluda al muchacho de la limpieza, gira hacia el pasillo de la derecha. Saca furioso la pistola y apunta sobre la mesa, junto a su placa.
>Se acabó< tajante.
La mirada irónica del superior lo enfurece aún más. Tiene los ojos del detenido. Y su sonrisa. Los ojos crispados del capitán sólo hacen que ría con más ímpetu.
>Traslado. Es lo único que te puedo ofrecer< abre un cajón y saca un pescado podrido.
>¿A dónde?<
>Flanagan, vas a ir al infierno. Al de verdad. Descubrirás lo que te has estado perdiendo los últimos años<
>¿A dónde?<

Silencio

>Distrito IV<
Un susp¡ro. Coge el arma y la placa y sale dejando la puerta abierta.

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(21/05/2006)

La lucha contra uno mismo

Hoy cuando despierto me invade una extraña sensación. Como si mi cerebro estuviera golpeando mi cráneo desde dentro. Mis ojos me duelen al moverlos hacia los lados y especialmente al moverlos hacia arriba. Ya me pasó una vez, y eran como arañazos en el músculo. Lo juro.
Después me cuesta ponerme en pie, mis piernas siguen débiles por el sueño. Eso sí que me suele pasar, eso es normal.
Entonces voy hasta la ventana y subo la persiana. El cielo está de un gris trágico, partido por una cuchillada resplandeciente, una nube dolorosamente blanca. Me giro para evitar la luz directa en las pupilas y me quedo apoyado de espaldas en la pared. Ante mí está toda la habitación, desordenada, penetrada por la luz dañina del día. Tan intensa como el foco de una cárcel.
Incapaz de soportarlo más, intento refugiarme en el baño, yendo en busca de una ducha relajante. Me desnudo rápidamente para esquivar el frío, que aun así parece envolverme con su acostumbrada lascivia, y cierro la mampara tras de mí. El agua caliente tiene el efecto de un bálsamo sobre mi piel. Alargo la ducha lo que puedo, hasta que al final alguien empieza a aporrearme la puerta. El despertador.
***
Despierto y mi cerebro está tranquilo. Mis ojos se mueven ahora sin causarme problemas, aunque sigo sin ver una mierda. Busco las gafas con la mano y no están. Por algún motivo, no me sorprendo demasiado. Abro la persiana y el cielo está gris. Una fuerte lluvia cae golpeteando contra el cristal, como si intentase darme en la cara. Vaya manera de dar los buenos días. Veo un par de hojas volar frente a mi ventana, como elevándose hasta mí para observarme, bailoteando con el viento. No sé por qué, pero pongo la mano en el cristal y digo "hola". Las hojas pierden fuerza y caen muertas, quedándose después flotando en un charco del asfalto. Como la pobre Ofelia. Qué cuadro tan bello. A lo mejor mi palabra les ha arrebatado la vida, puede que haya despertado como un rey Midas de la muerte. Pienso durante un segundo en ello y de repente estoy deseando saludar a mis vecinos.
Como toda mañana, me dirijo al baño, a echarme un poco de agua y limpiarme la pereza del cuerpo. Abro la puerta y al instante oigo un golpe sordo. Como si alguien hubiera tirado una piedra. Conozco ese sonido. Me acerco lentamente y me asomo con cuidado. Nadie. Lo he oído de verdad, refunfuño...
Siguiendo un impulso extraño a mí, abro la ventana y asomo medio cuerpo. La lluvia entonces empieza a golpear con más fuerza, como si quisiera volver a hundirme en mi habitación. Hago el esfuerzo y miro en ambas direcciones, pero sigue sin haber nadie. Intento cerrar la ventana, pero el viento es demasiado fuerte, tanto que parece que fuera a hacerme volar como a las hojas. Yo dejaría un cadáver más bello sobre el asfalto. Todavía empujando la ventana, que se niega a cerrarse a pesar de estar ya sólo a un palmo de su sitio, una luz cegadora aparece en el horizonte. Es como si los rayos de sol fueran una dedo metiéndose en mis ojos. Suelto y la ventana se abre de par en par, dejando que la lluvia y el viento, la luz y la desesperación entren en mí.
***
Lo primero que veo al despertar es lo mismo que veo cada día al despertar: nada. Mi habitación permanece en el anonimato, desenfocada por mis ojos miopes. Vuelvo a tener la sensación de que mis sábanas pesan más de lo normal. Desde donde estoy tumbado puedo ver una silla de madera que está al revés. Hay una chica sentada en ella. No puedo ver apenas, sólo intuyo los detalles. Le pregunto quién es, pero no responde. Con una mano adormilada y tranquila, busco las gafas en la mesita y hago que la realidad vuelva a hacerse visible: no era más que un montón de ropa sobre la silla. El jersey marrón que queda arriba hace la forma perfecta de una melena descuidada. ¿Lo dejé así aposta cuando me lo quité? Una extraña idea cruza mi mente: ¿y si mi habitación en realidad no tiene contornos y mis gafas me están engañando?
Pienso en ello cuando me pongo de pie, si es que una acción tan torpemente realizada puede denominarse así. Haciendo equilibrios, como si no tuviera pies y andase sobre muñones, me acerco a la silla. Le pego una patada al montón de ropa, que cae a una, como si fuera un cuerpo humano. Me entra una punzada de remordimiento y hago como que extiendo la mano para ayudarle. Para ayudarla, a la chica. Es sólo una broma de mal gusto, por eso no me lo tomo mal cuando ella me coge la mano.

(21/01/2007)
Hay un hombre muerto en mi cama.

No es nada nuevo, en realidad lleva ahí mucho tiempo. Por lo menos desde que alquilé el apartamento al anterior inquilino, un tipo de grandes ojeras y diminutas orejas. Me lo dejó muy barato pero no pude evitar que me resultara desagradable, con esa sonrisa nerviosa y todos esos extraños tics nerviosos. Como si fuera para tanto. ¿Sería el primer muerto que veía en su vida?

En verdad era también mi primera vez, pero fue mucho menos trágico de lo que cualquiera podría imaginarse: me limité a cerrar la puerta tras de mí, dejar la maleta en el suelo y darle los buenos días. No hubo respuesta, pero supongo que si uno está muerto queda eximido de ciertas costumbres sociales. En todo caso no me pareció maleducado.

Tal vez ustedes se estén preguntando cómo puede ser la convivencia con un hombre que está muerto. Bueno, a decir verdad no es nada fuera de lo corriente, simplemente se trata de una convivencia silenciosa. Dicen que es duro acostumbrarse a vivir con la muerte, y supongo que tienen razón: no debe ser fácil asumir que tu compañero va por ahí, día y noche, buscando a gente para quitarles la vida. Y debe ser un engorro encontrarse a veces la hoja de la guadaña en el lavaplatos. Y peor todavía deben de ser sus visitas: esos tres jinetes que se pasan de vez en cuando para jugar al ajedrez y te lo ponen todo perdido de ectoplasma.

Pero un muerto no, con un cadáver uno puede sentarse y leer, incluso en voz alta -si se tercia-, que nunca va a recibir quejas. Puedes traer visitas, poner música alta o ver la tele de madrugada con total tranquilidad, que él siempre seguirá ahí tumbado, un poco tieso, sin apartar la vista del techo. Por supuesto, resulta algo incómodo a la hora de irse a dormir, pero uno se acaba acostumbrando y al final siempre coge la postura adecuada.

Después de todo, si vive aquí es porque paga el alquiler, así que tiene tanto derecho a dormir en la cama como yo. No creo que al morir pierda uno el derecho a estar cómodo, menuda tontería entonces, ¿no?

(08/10/2006)

viaje de negocios

Un parpadeo oculta un instante las pupilas azules, perdidas en algún rincón del horizonte. El flequillo negro danza con la brisa sin interponerse entre la mirada y el paisaje, mientras el sol arde en el cielo a pesar de que la gravedad de la tierra lo atrae lentamente con la promesa de un descanso nocturno. Tiempo oxidado en una señal que prohibe cruzar las vías. El andén vacío al sol, en la sombra un obrero sesteando. Un cigarrillo apagado en la punta de sus labios da cabezadas al ritmo pausado de la respiración.
Crujidos de arenilla en baldosas rojas al caminar en dirección al edificio de la estación. El viajero se dirije a la cafetería, deja su enorme maleta sobre el mostrador, a pesar de que esto le impide mirar a la cara al dependiente, y contempla el cartel de refrescos. Pide uno y una voz ronca tras la maleta responde que no queda. Lo mismo pasa al pronunciar otros tantos nombres de la lista. Pacientemente, el viajero recita cada palabra, como si se tratase de una extraña poesía. Al llegar la última se oyen los pasos del dependiente: un clock clock que va y viene y un vaso grande es depositado sobre la barra, a la derecha de la maleta. Una lluvia de monedillas cae en el lado izquierdo sobre la madera mojada y una mano de dedos rugosos y peludos las recoje con calma.
Con un sonoro sorbido del dulce refresco azul, el viajero recoje su equipaje de mano y le da las buenas tardes al dependiente. Este lo mira con una inocente mirada bovina antes de darse la vuelta y desaparecer cojeando en la trastienda. Por la misma cortinilla de plástico por la que se ha ido aparece un hombre colocándose una corbata de color negro. No lleva camisa y su piel es escamosa y amarillenta. Cada hueso de su cuerpo asoma con el movimiento, mirando al exterior a través de la piel como lo haría una persona tras las cortinas de una ventana. El sujeto sale de detrás del mostrador y se dirije al viajero, que espera sentado en una mesa y al que no le pasa desapercibido el baileteo de huesos.
Cuando llega a su altura, se detiene y ambos se miran durante un instante a los ojos. El dependiente aparece de nuevo, bamboleando el cuerpo al andar, y se acerca para poner una silla tras el otro, que se sienta lentamente sin dejar de clavar sus pupilas en las del hombre que tiene delante. El dependiente regresa a su puesto y parece olvidarse del tema.
-Tenemos entendido que poseen una información que nos puede interesar. Al menos eso dijo el informador que nos llamó -el viajero.
El huesudo asiente una vez con calma, despacio pero llevando a cabo una inclinación un tanto exagerada, como si diera una cabezada. Parece un tipo silencioso, aunque tal vez se deba a que tiene los labios cosidos entre sí. Da la impresión de que por su cabeza pasan muchas más cosas de las que se pueden imaginar, posee la expresión sabia de un chamán. Sus ojos de cangrejo, sin expresión pero de gran profundidad, distorsionan el reflejo de una cafetería deforme. Sin alterar una sola de sus facciones extrae de un bolsillo unas tijeras muy grandes, desproporcionadamente grandes, teniendo en cuenta su cometido. Lentamente pero sin el menor atisbo de nervios, las eleva y las sitúa frente a su cara, a la altura del ojo. Las hojas afiladas se separan con un chillido de metal y encuadran un ojo negro como el alquitrán. En él se refleja el rostro sorprendido del viajero, que sin perderse el más mínimo detalle, toquetea nervioso los objetos de sus bolsillos. Inconscientemente trata de aferrar su mente a las cosas que roza bajo la piel del pantalón para así evadirse de la situación, pero sus dedos se detienen ante la imagen que golpea sus retinas.
El huesudo dirige las tijeras a la comisura de su boca y corta el nudo de cordel que mantiene su boca sellada. Después las deja con un chasquido en el mármol blanco de la superficie de la mesa y con sus dedos alargados y cayosos tira de un extremo, liberando sus labios de la atadura sin que aparezca ni una gota de sangre. La carne blanda parece irse acomodando a su nueva libertad y se despega con un ruido de succión antes de que las palabras comiencen a salir con calma, siempre con calma. El sónido sólo podría describirse como húmedo. El viajero nota cómo las palabras parecen adherirse al sudor de su frente y se limpia rápidamente con un pañuelo.
-Nadie dijo que fuera a ser agradable.
El viajero traga saliva:
-Me pagan bien.
-Seguro que sí.
-¿Qué tienes para nosotros?
El huesudo niega con un gesto tranquilo y replica:
-No intentes engañar al viejo mensajero -pasa un dedo por sus labios agujereados-, he dedicado mi vida a esta profesión.
El viajero se inclina hacia su derecha y eleva la maleta poniéndola sobre la mesa. El huesudo mira silencioso a su compañero y este sale de nuevo y se la lleva del asa a la trastienda. El viajero pregunta sorprendido si no van a comprobar la mercancía.
-Nadie se atrevería a engañarme -respondiendo con una melodía que parece acariciar con un dedo frío la cordura del hombre.
-Hemos cumplido nuestra parte, ¿no? -empapado en sudor.
El dependiente regresa apartando la cortinilla. Cuentas de plástico multicromático danzando frente a una oscuridad impenetrable que parece agazaparse en el interior como un insecto a la espera de una presa. El extraño ser asiente con su cabeza vacuna y se relame la nariz. Una mosca le incomoda y se agita sin variar la expresión vacía de su rostro.
-En efecto. Y yo por supuesto cumpliré la mía -un largo silencio. La ausencia de sonido parece envolverlos como una expectante multitud de curiosos. Luego continúa:
-Buscábais a uno de los vuestros. Pensábais que os había traicionado y que había escapado con algo que os pertenecía. No fue así: fue atrapado y asesinado. Su cuerpo apareció semienterrado en la arena.
-Está bien. ¿Quién fue?
-Eso yo no lo sé.
El viajero abre los ojos aún más, sorprendido. Replica tras una breve pausa para recuperar un poco sus nervios:
-Formaba parte del trato: si había un cadáver necesitábamos saber quién era el asesino.
-Y lo sabréis. Me pagáis por conseguiros información, no por conocerla yo.
-Pero, ¿entonces como...?
La respuesta resulta más que obvia.
-Lo sabrás de su propia boca.

(...)

(01/08/2006)

Cadáver exquisito

"En el cementerio, un sucio albañil se lía un pitillo en el muro encalado un poco de tabaco se cae y va a parar a la fosa,sobre los mostachos del difunto el cuervo sobre el ciprés, mensajero de lo eterno se abalanza sobre el cadáver, dispuesto a arrebatarle el tabaco porque su mujer no le deja fumar ya en casa el verdugo encapuchado merodea junto a una ramera de luto, el hacha hambrienta de carne la ramera quiere irse ya, pensando en el pedazo de bocata de bacon que le espera en casa un niño juguetea con las hormigas, que merodean por los pies del albañil siguiendo la promesa del queso saca su mechero para prenderlas,pero decide qe es mejor comerselas, acompañando a la tableta de chocolate qe tiene en su bolsillo el niño mira el chocolate y sale corriendo con él en la mano, perseguido por los gritos sofocados del hombre, pues viendo las intenciones del niño, no estaba dispuesto a qe se comiera su alimento preferido!! ambas sombras se alejan por el campo, correteando por la arena roja los asistentes al funeral, se disipan lentamente: vuelven a sus casas, como ovejas al matadero y después, sentados a la mesa y sin pronunciar palabra, la conversación es sustituida por los mendrugos de pan que mastican una mosca sobrevuela la estancia, atraida por el olor a cadáver qe desprenden los invitados cuyas frentes sudorosas quedan resaltadas ante la llama del candil al atardecer el olor a madera y humedad impregna el ambiente haciendo que en los cubiertos ensalivados crezcan el musgo y se arrastren los caracoles los caracoles piensan qe estas cosas de lo entierros son algo vano y sin sentido, pues la muerte solo es parte de un ciclo absurdo qe se derrite al sol del atardecer, como cada dia cuando el sol acuchilla el horizonte y el cielo se baña de sangre y las mariposas de cerca del lago, tiñen sus alas del carmesí de la matanza entonces la beata ama de casa aferra el cuchillo y se dirije al puerco atemorizado, mientras una gallina corretea sin cabeza, ignorando su propia muerte el crucifijo de su pecho emite destellos qe se reflejan en los ojos muertos de la gallina el cerdo chilla al primer tajo como lo hace la pizarra del maestro ante la tiza rota la beata acerca el barreño al cuello abierto, para aprovechar la sangre qe se derrama extrañas nubes se ven reflejadas en esta vida que se escapa en lágrimas rojas y pequeños angelitos sonrientes con la risa de la muerte parecen danzar y brincar alrededor del vaho mientras continúa impasible la procesión mortuaria los invitados comparten cigarros mientras observan con ojos vacios los espolones negros y el asfalto ardiente bajo sus sandalias enegrece las suelas el horizonte se vislumbra acuoso a causa del calor sofocante e imperceptibles fantasmas se inclinan en los viñedos para recoger la vendimia porque, como todos sabemos, los fantasmas adoran el vino por encima de todo y el vino les permite olvidar sus propios fantasmas al igual qe hacen los hombres "un segundo" dijo uno de los fantasmas al otro mientras apartaba las uvas de su cara y los pechos mustios y flácidos de la musa del poeta dejaban de inspirarle la musa y el vino, compañeros inseparables del poeta, se habian quitado la máscara, dejando ver su repugnante rostro cadaverico,despues de tantos años y, esta vez, tan sólo acercaban a sus labios ásperos el veneno definitivo y la tuberculosis de repente, el poeta se despertó sobresaltado, y descubrió que todo habia sido una alucinación, producto de la absenta y el cansancio, y vio su futuro reflejado en los ojos de una mosca mientras notaba cómo la polvorienta sabiduría rural que hasta ahora lo había guiado se posaba de nuevo sobre las piedras del camino abandonado".

Colaboración con Virginia Romero (texto sin negrita)
(26/6/06)

Vacío sin soledad, inercia inerte

Bajo el sol abrasador de finales de junio, un puente mantiene separadas ambas orillas del Rin. Un muchacho apoyado en la barandilla de metal contempla el agua buscando geometrías conocidas en el caos de formas, buscando sirenas en el agua oscura. Los trenes a su espalda ronronean y continúan su trayecto hacia destinos que él desconoce, acariciando al pasar la espalda del puente, que vibra y no sabe muy bien si de placer o de dolor.
Algunas nubes dispersas flotan por el cielo, en la distancia, pero se limitan a contemplar lo que pasa, se dejan llevar por el viento. El muchacho se pregunta por qué todo es tan bello a veces. Más que una pregunta es una sensación, pues las palabras vienen y van por su mente al son de la música, sin detenerse en ningún sitio. Caribou...
En su piel húmeda y perlada de sudor, el muchacho siente el peso de la luz del sol, que lame su camiseta negra. Luto aparente, burbujeante estela de barcos que dejan su marca en el agua como fantasmas durante tan sólo unos minutos. Luego las aguas borran el recuerdo ansiosas por continuar su camino sin interrupciones. Mientras haya agua el río se quedará ahí. Después probablemente se marche.
I put a spell on you... El grito desgarrado rasgea cuerdas en el alma: sabe a instituto y a desamores, sabe a Cuenca y a kilómetros de asfalto. Sabe a bellos recuerdos.
...because you´re mine. El muchacho decide regresar a casa. Sus pies se mueven compitiendo a ver quién irá delante mientras el suelo desiste y va quedando atrás. Ideas. Nunca dirás adiós de verdad a alguien mientras siga habiendo pájaros en el aire; mientras ellos sigan burlándose de la gravedad que a ti tanto te afecta el mundo no será más que una broma de mal gusto, un payaso sin chistes. Ninguna despedida lo es para siempre, pues nosotros no somos eternos.
Un tranvía para huir del sol y el muchacho llega a su calle. Apenas unos metros antes de entrar en casa se encuentra un pájaro muerto, en el suelo. Lleva ahí tiempo y parece picoteado. Parece que el muchacho se equivocaba. Recuerdo del gusano arrastrándose en el paquete de arroz. Recuerdo del sabor del Natto y su aspecto desagradable. Soja. Todo en este mundo importa una mierda, por eso mismo significa tanto. Sin conclusiones, finito pero eterno. Demasiado.

This is all...
(25/06/2006)
Miraba el disco de datos como si pudiera leer lo que había en él.
Le daba vueltas en la mano y no podía creérselo.
Jugaba con el reflejo brillante y verdoso del sol,
girando la muñeca como si anticipara el futuro.
Y mientras caminaba hacia casa todo parecía más alegre:
la lluvia, la vendedora de periódicos, la luz tenue del ascensor.
No sentía miradas de reproche, porque no había nada malo en lo que hacía.
Y en cuanto entró, se bajó los pantalones y se sentó al ordenador,
ansioso por pajearse con los mil vídeos porno que le habían prestado.
Empalmado,
consciente de que empezaba una larga tradición
que se perdía en el futuro hasta donde alcanzaba a ver.
Eufórico por vivir en un mundo feliz.
Un mundo de satisfacción.
Cálido sentía el fusil en mi mano tras haberlo disparado. Aquel humo delicioso flotaba en el ambiente, ignorando la respuesta agitada de la multitud. Todas aquellas personas corriendo de un lado para otro. Y mi ventana abierta. Probablemente la única en el edificio. Inevitable que alguien dirigiera su mirada hacia arriba y la viera. Y yo estaría allí, con un fusil en la mano. Esperando el tiro de gracia.
Vamos, encuéntrame.
Apunta.
Mátam(...)
..................................................

lunes, 12 de enero de 2009

La habitación está ardiendo. Recojo una colilla del suelo y me pongo a fumar. Y espero a que las llamas retrocedan antes de sentarme en el sofá. Y espero. La habitación se va apagando poco a poco. Las paredes recuperan el color verde del papel mal adherido y el suelo su reluciente parqué. Enciendo el cigarrillo y lo guardo en el paquete. Noto el olor a gasolina. Huele tan fuerte que cojo el bote que hay tirado en el suelo y riego la habitación con él. Descuelgo el teléfono y pienso: "aquí acaba todo".

sábado, 10 de enero de 2009

El tibio té dulzón calentaba mi aliento mientras anotaba mis impresiones nostálgicas en un cuaderno anónimo.
¿Qué motivaba aquella lluvia, aquel caer sin sentido de agua desde el cielo? La gente corría sudorosa -o simplemente mojada- sobre las baldosas indiferentes de las aceras. Y yo no podía verle el sentido a todo aquello.
Sospechaba que era cuestión de tiempo: tenían prisa. Supuse que querían aprovechar la lluvia al máximo antes de que desapareciera fugaz tras su cortinaje nublado. Chapotear el reflejo de las farolas en la calzada.
Pero no veía sentido a aquella danza apresurada: ¿acaso intentaban dejar huella de su existencia? ¿Pretendían simplemente existir, efímeros, en el tiempo de una pisada eterna sobre un charco de lluvia?
¿En qué esperanza se basaban para justificar semejante ajetreo?
Y aunque podía oir ya las explosiones que iluminaban el cielo, todo aquello me resultaba incomprensible.
Más aún que el temblor de la cuchara sobre mi mesa.
Sonreí mientras me destripabas
y abracé tu puñalada furiosa,
que penetró erecta en mi tórax
y descerrajó mis latidos.
Aún pude besar tus labios manchados
de mi sangre azul
o violeta,
pero rechacé pedirte cuentas por tus actos
ante tanta amargura en tu mirada.
Sólo al coger el taladro
vibrador,
pensé en lo que estabas haciendo:
sodomizando mi carne moldeable
con tu deseo infinito.
Pero, coño, no puedo negar
que, aunque dolió mucho,
viéndote gozar
me lo pasé en grande...

viernes, 9 de enero de 2009

La ciudad maldecía a la noche por haberle robado la luz.
La noche maldecía a las farolas por atentar contra su imperio de tinieblas.
Las farolas maldecían a los peatones que no reparaban en ellas.
Y los peatones se maldecían los unos a los otros porque sí.

jueves, 8 de enero de 2009

Escondido tuviste el secreto de tus sonrisas hasta que logré descifrarlo en lo profundo de tus lágrimas. Descubrí el teclado escondido bajo tu piel y con él escribí historias que se formaron a través de tus suspiros en la noche. Y escarbé en lo oscuro de tus ojos, profundizando en tus pupilas como en la madriguera del conejo.
Dentro de ti no supe qué hacer, mareado de sentimientos que no eran míos y sintiéndome arrastrado por la corriente descendente con que querías expulsarme. Meses estuve aferrado a tu piel -o a su recuerdo-, antes de ser excretado sin la menor compasión. Rebuscaste en tu alma hasta encontrarme y le diste la vuelta para vaciarla. Y caí al vacío de la soledad en medio de una lluvia de mecheros, papeles y calderilla olvidada en los bolsillos.
Sentí cómo mi recuerdo desaparecía de ti y regresaba a mí, cabizbajo, somnoliento; impregnado del fracaso con que regaste los quemeolvides que crecieron en la tumba de nuestra relación.
Desarraigado me desgarré con mis garras y
agredí mi garganta con aguarrás...
Y los sonidos de las palabras perdieron su sentido, al igual que el mundo siguió caminando cojo por la avenida, alejándose de mí cada vez más.
Envuelto en un raído abrigo de reproches olvidados.
Protegiéndose del frío absurdo de la noche.
Inevitable fue la decadencia de tus besos en mis labios tumefactos
y el entumecimiento de tus rasgos en el espejo empañado de lágrimas.
Mira en lo que te has convertido:
un susurro de cada imagen que fuiste,
un fantasma de una mirada.
Qué triste se volvió tu vida cuando dejaste que se secara,
qué triste se volvió verte arrastrar tus sentimientos
con cadenas por los callejones de la ciudad.
Suspirabas por un beso que, como una puñalada,
volviera a desangrarte en caricias
y sólo recibiste un abrazo sin brazos
en medio de la yerma, vacía, desolada
multitud.
Huye de esta ciudad que parasita tu vida, huye del blanco
de las paredes blancas de hospital.
Escóndete en el colchón de placeres junto al contenedor
bajo mojadas paredes de cartón marrón
y no dejes que la lluvia te encuentre.
Y no dejes que nadie te busque.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Te atrapé cinco sentidos y un placer con mi lengua y los esparcí por todo tu cuerpo. Tristes olas ardían sobre tu piel mientras tus ojos se convulsionaban. Y pensé que lo que salía de tu boca era espuma. O ácido.
Me dijeron que tus pecas eran de LSD y nunca les creí hasta que las chupé una a una. Entonces comprobé que, como los sapos esos, tu sabor era adictivo y el placer interminable. Tu angustia chorreaba sobre mí y me purificaba. como las mejores lluvias.
Intenté disfrutar de la melancolía de tu presencia mientras presentía un presente insulso. Y la realidad cotidiana amenazaba más allá de la cama, por lo que me negaba a salir de allí. Eché raíces sobre el somier y me anclé en tu vagina. Escondido en tu cuerpo para no volver al mío. Perdido en lo profundo de una mirada a través del humo de un bar de copas. Dulce como sólo contigo podía serlo.
Y arranqué mi pasado de tu piel a la vez que sacaba mi alma de tu coño.
Y desaparecí como el aliento de un moribundo
para no volver jamás.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Siento que ya he estado aquí.
Haciendo lo mismo que hago ahora.
Con la cabeza ocupada en las mismas cosas.
Es una sensación que ya conozco:
una sensación que proyecté hacia el futuro y ha regresado con el tiempo,
rebotada desde el final,
desde mi muerte.
Debería ser capaz de calcular el tiempo que me queda.
Seguro que es una operación bastante simple.
Lástima que sea de letras.
Luz azul y artificial
Ilumina la habitación como una pecera
Mientras floto en la oscuridad
Que se escurre por el techo
Negro siento mi cuerpo
Dulce mi sangre que me recorre
Y sentimientos de recién nacido
Brotan como flor en mi pecho
Agua llena mis ideas
Siento sólo las caricias
De las olas que en mareas
Trae este mar de delicias
Me da miedo quedarme en silencio por la noche y oír mi respiración insomne, mi sueño velado. Aparecer y desaparecer en mi habitación como una luz intermitente. Iluminar sueños y pesadillas con la luz del baño mientras meo. Y volver a la cama sabiendo que aunque me hunda en ella pronto saldré a flote otra vez.
Despierto y escribo unas líneas que me cruzan la cabeza; el transiberiano de la medianoche que atraviesa los recuerdos diarios. Y mis ojos legañizos se atontan con la luz y se espabilan en la oscuridad.
Creo que mi piel brilla cuando cierro los ojos, pero nunca puedo verlo porque se apaga cuando los abro. Es lo mismo que me pasaba con la luz del frigorífico, aunque un día conseguí verla dejando entornada la puerta.
Tanto esfuerzo sólo para quitarle un poquito más de magia al mundo…
Como si nos sobrara, digo yo.
Sé mi musa para poesía difusa
Sé el sabor de mi sobria sonrisa
Sé suave sin saber sólo serlo
Y silba sedosa sobre tu entreabierta blusa.
Echaste una mirada por encima de mi hombro y miraste al horizonte. Seguramente para ver el final de nuestra relación en el espejo de la pared. Yo también lo estaba viendo, pero reflejado en la pared de mármol como una sombra oscura y difusa.
No había ninguna salida y caíamos en picado mientras el tiempo estallaba en las esferas de los relojes. Minuteros y otras agujas se clavaban en mi piel y comenzaban a moverse de nuevo con su ritmo interno, sólo que esta vez arañando el músculo y rasgando mi vida.
Sentí cómo mis pupilas se derretían en el iris color de miel y se escurrían por mis mejillas. Pero no es que estuviera llorando. Sólo vaciaba de agua mi cuerpo para secar mis sentimientos. Y cocido al sol sentí que la última gota se evaporaba y volvía a ser feliz.
Sí, seco al calor de la mañana, olvidé tu aliento frío y pude volver a dormir.
Insomne sí, pero no sin sueños.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Cada palabra de mi vida era un mueble de aquel cuarto, cada idea un centímetro de papel de pared. Problabemente mis pecados eran las flores frescas de aquel jarrón y mis deseos los pétalos secos que se arremolinaban sobre el mantel. El moho de la bañera era mi estancia en la guerra, mis opiniones políticas una pila de periódicos olvidados junto al sofá. Y la colcha agujereada de la cama, olvidada e inerte como mi vida sexual.
Era un cuartucho de soltero, un final para un camino solitario, y los rajados cristales no encajaban en las ventanas, como no encajaba el cuerpo de ella allí.
Irreal por inerte y real por su muerte, aquella piel azulada era una melodía discordante que estropeaba la sinfonía, pobre pero hermosa, de aquel cuarto sin nombre. Anónimo mas no indiferente, iluminaba el sol aquella esquina igual que harían las farolas llegado el momento, y la luz parecía lamer deleitada aquellas piernas que colgaban ahogadas tan lejos de la bañera.
Era un misterio cómo el oxígeno le había faltado. Había miles de hipótesis, como cientos de coches circulando por la avenida, pero ninguna parecía llevar a un destino correcto. Y el fresco de la ventana se condensaba en sus pestañas convertido en el rocío de la mañana que ella nunca vería; convertido en perlas relucientes en torno a sus verdes esmeraldas aguadas. Terrible, como la mirada que formaban sus ojos. Terrible por sincera, terrible por ausente, terrible por apuntar a aquel clavo saliente, del cual colgaba un trapo enredado.
Y el misterio de su muerte, evidente para los muebles como para la bombilla (inocente) del techo, flotaba como un susurro en el viento calmo que inspeccionaba el lugar. Viento que salió por debajo de la puerta y se acurrucó en la moqueta al calor de un radiador.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Corro, sabiendo que no tiene sentido, mientras el plomo susurra silbando a mi alrededor y siento el roce desgarrado del calor de una bala. Clavada en una pared de hotel convertida en ruina anónima, mi espalda se aprieta contra la cal descarada, que, blanca, revela mi posición al destacar, negra, mi ropa. Como un collage abstracto de muerte y pureza, mi sangre rojiza se escurre por el muro y empapa la tierra que, embarrada con mi vida, se secará con mi muerte.
Tu recuerdo empañaba el cristal de mis gafas y tuve que limpiarme los ojos para ver con claridad. Sentí sobre mi piel una fría lluvia de cristales que me recordaba que debía seguir atento a la carretera, en la que el morro de un coche enemigo se acercaba agresivo y cariñoso a la vez. Tan cerca que mi carrocería se abollaba, intentando dejar pasar aquel falo de acero que atravesaba el motor. Como un barco partido por un iceberg, mi coche y mi cuerpo se abrieron por la mitad, dejando escapar mi consciencia en una nube de mariposas purpúreas que bañó la depresión de la carrocería.
Tal fue el impacto de tu presencia sobre mis cristales. que me quedé colgado en el aire. Como una marioneta, como las estrellas en la noche. Sólo que los hilos eran mis venas, que salían de mis ojos y por ellos me desangraba. Y una niña tiraba de ellos viendo cómo goteaba roja mi vida.
Todo sucedió ante la atenta mirada de una mujer tuerta que, sentada sobre una montañita de calaveras infantiles, le arrancaba los deditos a un niño como quien deshoja margaritas.
Mientras, susurraba con voz embarrada:
“me quiere… no me quiere… me quiere… no me quiere…”.
Y nunca se acababan los deditos.
Un chirrido suave pero estrepitoso salía de tu mirada cuando me reprochaste lo que había hecho con aquella chica. La clavé con mi alma contra aquella pared. Y allí la dejé, indefensa, mientras recorría su piel lubricada como una juguetona infección. Lamiendo sus heridas para sacarles la pus, chupando sus venas y hasta el tuétano de los huesos. Plomo hirviendo fueron tus palabras, que marcaron mi espalda como látigos de neón, mientras tu melena de alambre de espinos atragantaba mi garganta y me hacía vomitar. Una lluvia de chinchetas se esparció como mucosa sobre el suelo de cobre.
Arañaste mis manos y arrancaste los huesos de las articulaciones de los dedos: falange tras falange, sólo que fueron todas a la vez. Y adiós a lo de tocar el piano. Y adiós a lo de explorar tu vagina. Y ya sólo me quedaba un pene arrastrado por paredes de cal y unos ojos envidriados que se descascarillaban como huevos de gorrión.
Para mi desesperación, esquivaste mi metáfora -directa al corazón- y machacaste con un cascote mi cráneo saturado. Cientos de lombrices suspiraron en la noche tibia mientras devoraban mi cuerpo a la luz de la luna
y las ruedas de los coches se arrastraban por el asfalto dejando un triste olor a goma quemada.
Nunca quisiste verme en estas condiciones, pero no fuiste capaz de apartar la mirada.

Raro

En la esquina, a la puerta del bar, afilé mi mirada como un cuchillo y probé a pinchar a los transeúntes. Nadie pareció notar nada pero más de uno se fue desangrado. Después me calé el sombrero sobre los hombros y me lancé sobre la multitud, cayendo en picado desde la altura de tres escalones. Atravesé sus cuerpos tan suave como el aire a través de los pulmones y arranqué carteras y vacié bolsillos. A alguno incluso le dejé la piel del revés. Pero nadie tosió mi presencia.
Y frío como los dedos del viento fue mi roce sobre tu nuca. La tuya, preciosa y morena, que era mayor tesoro que cualquier moneda de plata.
A ti te robé el corazón, lo cambié por una lata
y lo puse en mi altar de amapolas
clavado sobre una patata.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Una frase escondida en un libro te hizo salir a buscarme. Intercambiamos palabras que llevaron tu culo a mi sofá, tu boca a la mía y mis dedos a tu ombligo. Luego tejiste una lágrima en mis ojos y dejaste de leer mis labios. Entonces llegó ella, escondida tras un muro de reproches que no alcancé a derrumbar, siquiera a hacer un ventanuco. Miré a través y susurré sentimientos sin sonido que rebotaron en el eco de su niebla. Pero mis palabras jamás llegaron más allá y ella desapareció en la lluvia.
Y ahora, seco mi arroyo de palabras, recojo apesadumbrado restos de comida entre las páginas de libros que no alimentan salvo mi resentimiento. Mi corazón seco arde en mi tronco como la leña humeante de la chimenea. Y noto cómo cada latido se apaga con calma, extinguiéndose como los animales del bosque. Ardiendo entre los edificios manchados de hollín.
Y remuevo la ceniza con un palo, esperando en vano un ave fénix, antes de alejarme con la cabeza hundida entre los hombros. Hundida como un barco en el fondo de una bañera. Un barco fantasma con invisible tripulación de plástico.
Me da miedo quedarme en silencio por la noche y oír mi respiración insomne, mi sueño velado. Aparecer y desaparecer en mi habitación como una luz intermitente. Iluminar sueños y pesadillas con la luz del baño mientras meo. Y volver a la cama sabiendo que puedo hundirme en ella pero que pronto saldré a flote.
Despierto y escribo unas líneas que me cruzan la cabeza; el transiberiano de la medianoche que atraviesa los recuerdos diarios. Y mis ojos legañizos se atontan con la luz y se espabilan en la oscuridad.
Creo que mi piel brilla cuando cierro los ojos, pero nunca puedo verlo porque se apaga cuando los abro. Es lo mismo que me pasaba con la luz del frigorífico, aunque un día conseguí verla dejando entornada la puerta. Tanto esfuerzo sólo para quitarle un poquito más de magia al mundo… Como si nos sobrara, digo yo.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Choqué contra una pared y allí se quedó mi cara pegada. Como un grafiti burlón que me devolvía la mirada. Entonces comprendí que iba a ser otro de ESOS días. Me cerré bien el abrigo al cuello y, esperando que nadie pudiera verme, me escurrí de aquella esquina a toda prisa. Llegué tarde al trabajo, pero me encerré con llave y me pasé todo el tiempo aislado.
A media tarde comprobé con satisfacción que ya me habían vuelto a salir los ojos y las orejas. Aunque la nariz seguía siendo demasiado chata, no como la patata que suelo llevar. Para cuando saliera a la calle, seguramente ya estaría todo en orden.
Ya con el sol a oscuras, volví a asomarme por la ciudad. Las luces de Navidad habían asesinado todas las sombras de la calle, pero aun así encontré el camino a casa. Pasé con cuidado por la esquina de mi tropiezo y descubrí asombrado que un montón de gente estaba de rodillas adorando mi cara.
“¡¡Jesús, te adoramos, Jesús!!” gritaban.
Me encogí de hombros y continué hacia casa. Allí al menos tenía el calor del radiador: alguien con quien hablar. Después de contarle cómo había ido el día, fui al dormitorio, me di un cabezazo contra la pared y comprobé con satisfacción mi cara sobre la pared.
Entonces me puse de rodillas y empecé a rezar:
“¡¡Jesús, te adoramos, Jesús!!”
Porque pensé que si la gente iba a empezar a creer en mí, yo no podía ser menos, ¿no?

jueves, 4 de diciembre de 2008

Hay días en los que mi creatividad se desliza
Como una tiza chillona sobre una pizarra
Cantando con voz caliza de cigarra.
Y días en que con un cali ya estoy en la parra.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Reconozco que tengo sueño.
Mis ojos se cierran y mis poros se abren, y me dejo inundar por la suave somnolencia latente en mis huesos, mientras mi sistema operativo relaja sus defensas y los virus picotean mi piel, que se deshace en el huracanado viento azucarado. Y volamos por la brisa, un pájaro de nubes cuyo canto penetra bajo las faldas de las chicas.
De algún modo, percibo el olor a pintura de mis ojos y sé que ya estoy soñando.
El corazón abierto como una piñata y los dulces escapándose de mi vientre como caramelos ventolados. Y me convierto en aquella lágrima que aplastaste contra mi chaqueta. Aquella que me hizo sentir que realmente existías. Esa gota de agua salada con que descolgaste el mar sobre mis hombros.
Y de aquel mar surgió la ciudad bajo cuyos adoquines escondimos nuestros sueños, sin saber que acabarían amontonados en barricadas. Manchados de sangre, negros por el hollín. Nunca imaginamos que aquellas calles tenían fecha de caducidad, que nuestra ciudad era un cementerio: estábamos cegados por las flores de plástico.
Pero recuerdo el brillo en tus ojos, el calor de un aliento compartido que suspira una historia a la almohada. Nuestros brazos enlazados como el mimbre, nuestros besos resonando como un timbre.
Y despierto asustado, perdido entre mi felicidad interior y el opaco amanecer helado que se aproxima. El radiador tirita de frío. Me siento en la cama, frente a la ventana que se ilumina lentamente de un rojo anaranjado. Una aguja de sol se clava en mi alma inspeccionando mis venas. Cegándome.
Y siento que la belleza de tu recuerdo, vana creación de mi mente, es mejor regalo que un rayo de sol.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Yo tenía una pistola y él un kalashnikov.
Pero el tamaño no importa, me decía: una bala es una bala. Y yo soy más rápido, le daré primero.
Disparamos y, como dije, yo le di primero.
En todo el cuello, una herida mortal.
Pero el cabrón no disparó una, sino muchas.
Me dio por todo el cuerpo. Sobre todo en el pecho.
Joputa...
No hay nada que me dé más asco que tener semen de otro en el pecho, joder…
No hacía más que rascar mi cabeza, como si con ello quisiera suavizar mis pensamientos. La piel se revolvía y agitaba y el pelo se caía. Pero mi uña no cesaba, ni aun sintiendo rozar el hueso.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Amar marea como mirar al amargo mar de mármol amartillado
Que con cosquillas quisquillosas cuesta cada cosa que queremos.
tranquilamente desquiciado, observo desde mi sillón de piel humana cómo mis pensamientos corretean sobre los tablones del suelo. Mis ojos dan vueltas sobre sí mismos y las imágenes se mezclan en mi cerebro con visiones de mi mente y mis órganos internos.
la madera cruje en el fuego de la chimenea y en mi cabeza el sonido se arrastra como polvo de arena a través de las venas. Las neuronas de neón se iluminan como puticlubs de carretera, llenas de sexo barato y psicosis frustradas sobre marrones moquetas mojadas.
un bebé se arrastra por el suelo utilizando brazos y piernas que en realidad todavía no tiene. Le animo diciendo: "lo que importa es el sentimiento", pero su reacción no me gusta, pues es pura química: se derrite sobre la madera escapando por las grietas de mi alma.
un francotirador inspecciona mi habitación con el ojo rojo de su rifle. Mis pupilas se detienen por primera vez en meses. En el puntero láser. Acribillo el reflejo ennegrecido en mis pupilas de un frío reproche sexual. El puntito rojo sube por mi pierna y se detiene en mi poya.
noto el calor sobre mi piel de aterciopelada porcelana y el semen brota en espasmos cuando el puntero me roza la uretra. El líquido blanquecino y lechoso se filtra al entresuelo y se extiende buscando algo que fecundar. Probablemente buscando una infección.
y mis pensamientos se esconden bajo la alfombra cuando muero. Mis ojos estáticos aún pueden distinguir sus bultos. Exploto expandiéndome por la habitación.
cubriendo cada rincón con un trozo de carne latiente.
Arranco mis sentimientos de tu corazón con ebria precisión de cirujano. Quemo tus ojos somnolientos en el calor cafeínico de mi chimenea industrial. Meo en tu boca sin extinguir las ardientes palabras con que lames mi glande.
Y mi ano vomita simpatía por la gente que no aguanto.
Pompas de jabón con olor a pedo y besos de chocolate con vómito reseco en la comisura del labio. Sabores agridulces del día a día que se difuminan en la noche de ardientes sentimientos que se deshiela goteando por mi piel.
Deja arder mis pupilas. Deja que introduzca mi alma erecta en tu cerebro húmedo. Pulsa mis lunares como si algo fuera a encenderse y desabotona mi pecho para raspar mis costillas.
Si el amor duele oiré tus chillidos.
Si el amor huele asfixiaré tus latidos.
Que se apagarán con el olor intenso de nuestra
bienaventurada depravación
(22.11.08)

lunes, 10 de noviembre de 2008

El cielo se abre en el techo de mi cuarto cuando me tumbo en la cama y la clásica me abanica. Música que libera mi alma y mis pensamientos, que desata la calma en mis sentimientos. Violines como silbidos rondando sobre mis pupilas abiertas, escurriéndose en mis oídos hasta mi cerebro. Tapizando de terciopelo las paredes, ocultando los barrotes con ramos de flores.
Floto cuando los acordes drogados de jazz desafían al silencio y trotan enloquecidos, o navegan entumecidos por la neblina de mis ojos. Tizas arañando pizarras como trompetas y largos lamentos de un saxofón ebrio de pena. Y un piano tropezando por el suelo, pisando su propia melodía.
Exploto cuando las guitarras desgarran las paredes y arañan los cristales, salto esquivando voz condensada en puñetazos y escupo mis demonios contra el cielo, desdibujado sobre el blanco del techo. Como si no hubiera suficientes sueños por quemar, añado un poco de gasolina a mi sangre. Todo sea por elevar mi humo hacia el infierno de los gritos.
Y de nuevo la calma cuando el corazón impone su propio ritmo y los músicos continúan tocando fuera de tono. Al final se silencian avergonzados cuando bajo el volumen. En ese momento, mi locura y mi cordura cesan su baile por el techo y regresan frustradas a mis dedos.
Y con un paraguas de lluvia, me enfrento con una sonrisa al día soleado.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Los pulmones llenos de disolvente y el corazón mal aireado, esquivo el sueño mientras mi cerebro se pudre como verdura almacenada en malas condiciones. Las ratas corretean entre mis pensamientos y mordisquean un poquito de cordura. Pero lo justo como para no perder el hilo de la conversación.
Las relaciones sociales brotan entre la apatía y el malhumor, que no mueren aunque uno se esfuerce en olvidarlos. Como una cortina que no acaba de correrse, el recuerdo de experiencias pasadas contamina mis sentidos.
Pasos: mordiscos sobre el asfalto para continuar adelante. Aunque el suelo desaparezca bajo mis pies.
La gravedad se ceba hoy conmigo: me obliga a doblarme hacia el suelo, los pelillos de mi barba rozando las grietas de la calzada. Mi espinazo partido cruje como pan tostado y mis costillas sobresalen detrás de mi piel intentando saludar a los paseantes. Bailoteo de huesos sin ritmo ni melodía, vaivén de miradas.
Y mi estómago chilla después del sepuku de anoche. Litros de alcohol intoxicando mi sangre, litros de cáncer goteando en el suelo verdoso del servicio.
En mi mente, abrazos olor canela y besos sabor a menta. Pero soledad esculpida en cada rostro sonriente, moral impregnada en cada mirada. Y pechos demasiado inmaduros como para merecer un beso. Un beso que destruiría el mundo.
Dedos que acarician y brazos que ahorcan. Mi piel se irrita, burbujeando ante el calor de la fría noche estrellada contra el cielo. Y la lluvia de cristales que anega mi vientre suena como maracas mientras caigo al vacío.
Lejano se oye el temblor de una cuerda de guitarra. Tan lejano que lo siento dentro de mí.
A estas horas ya no sé lo que siento, pero la vida es dulce cuando no distingues los sabores.
Escribí con furia mi odio en un papel y lo dejé escapar a través de mi piel.
Dicen que es un virus, pero yo sólo siento mariposas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

No te quise más que a nadie, nunca te adoré. No me sentí mal cuando todo se rompió. No miré al cielo azul y lo vi gris. No pensé que la arena me llegara al cuello. No me costó respirar. No fluyeron mis lágrimas desde mis ojos al desagüe en el fregadero. No se volvió frío mi reflejo en el charco. No hubo menos viento agitando mi piel. No se rompieron mis lazos con los amigos de los demás. No se silenciaron las canciones, ni sonaron de más lejos. No sentí que la mentira fuera verdad. No dejé nunca de creer en nada de nada.
Pero sí que me escurrí por el empedrado cuesta abajo.
Entre piedrecitas y cristales.
Cada vez más lejos.
De mí mismo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

No sé si me duele la cabeza pero la noto llena de hormigas. Mordisquean con fría ansia de insecto mis conexiones neuronales. Puedo sentir cómo mi memoria se desvanece y los agujeros negros crecen como cráteres. Nubes de neuronas flotan formando ideas entre el caos y la lluvia, hasta que se dispersan como multitudes poco convencidas. El agua que resbala por mi cuerpo no consigue llevarse este sentimiento.
Soy como un campo de pruebas militares: aquí mi piel se enfrenta a mis huesos, arañando las articulaciones con poca dulzura. Allí mis ojos se descuelgan como bolas de demolición y demuelen mis dientes, que caen astillados al suelo y se clavan en la tierra como flechas del ejército enemigo. Pero no hay ejército enemigo, el enemigo está siempre dentro.
Voy a ir a las vías del tren para lamer los fríos raíles de acero.
NEcesito calma.
Andaba por la calle sin sentido ni dirección cuando comprendí que no veía nada. A través de los cristales de mis gafas y de los cristales de mis ojos las imágenes se perdían difuminándose en colores cada vez más apagados. No es que hubiera niebla pero lo veía todo nublado. Las imágenes me atravesaban y se estampaban contra mi retina como huevos lanzados contra una pared. Y daba igual que me esforzara achinando los ojos, pues los contornos se escurrían hasta hacerse imperceptibles.
Y perdido caminé hasta caer la noche.

lunes, 27 de octubre de 2008

Una nube de humo rojo brotando sobre las cabezas y luces multicolores segregando epilepsia entre el público; litros y litros de cerveza pasando de botellas a bocas y acabando encharcados en suelos de servicios; tiros al aire que rebotan en la niebla y tiros de nieve que rebotan entre neuronas… y cada cual buscando la manera de matarse. Yo, contra mi naturaleza, elijo el silencio. Morir atragantado de palabras que tenía que haber dicho se convierte en mi pesadilla. Y mientras tiemblo de miedo por terrores interiores, canto para recordar mi voz, que he llegado a olvidar.
Y no sé si soy un muro para lamentarse pero todos vienen y me dan un cabezazo.
Siendo mi única respuesta a todo esto
una sonrisa.
Libera tu mente. Mata. Ignora

Los prejuicios morales de una obsoleta civilización

que esclaviza tu vida. No dejes que aten tu cuello a la rueda

no des vueltas sin sentido. Clava

el ancla de tus huesos en el suelo y vende caro tu aliento.

Piensa por ti mismo

sábado, 25 de octubre de 2008

Una vieja de piel llorosa y ojos arrugados tirita en un banco en el sol. Ni bajo el torrente de luz le entra calor. Ahorcada por la bufanda y encadenada a unos guantes, sus brazos bailan sin rigor y sus ojos vagan por la plaza sin encontrar un punto de apoyo.
Y los paseantes pasan por delante sin notar su existencia, antes de entrar en la iglesia y rendir culto al sacrificio de un inocente. Cada pie que entra por el histórico pórtico clava un clavo que condena a esa mujer a ese banco.
Yo, mientras, sentado sobre un rayo de sol sobre una esquina de piedras, rindo mi incoherente tributo a esta viuda de la vida. Y, sin pretender dar la nota pero abordado de melodías, canto mi impresión en silencio.
Antes de alejarme como todos y olvidarla dentro de mí mismo.

viernes, 24 de octubre de 2008

Sentado con el corazón apagado pero la mirada encendida, espero inerte en estado de letargo a que llegue la ansiada inspiración. Llega, inspiro con ansia y mis pulmones se hinchan como el pecho de un gallo de peleas. Mis dientes tiemblan de excitación, chorreando saliva azucarada, y mis pupilas se vuelven tan pequeñas que parecen hundirse en el iris color de miel. Como una piedra negra cayendo a un río de lodo, como una moneda oxidada dirigiéndose al fondo de un pozo. Es entonces cuando mi cerebro bucea hacia abajo y, atravesando mi garganta, se instala en mi pecho sustituyendo al innecesario corazón, empujándolo hacia abajo. Y mi corazón cae entre las ruidosas tripas, escurriéndose hasta mi poya. La uretra se abre y el corazón se lanza al váter en cuanto intento mear. Sin embargo no noto, ni entusiasmo ni desesperación, porque mi cerebro filtra la tristeza que corría por mis venas y la convierte en carbón. Con él quema mis deseos frustrados y por cada uno me sale un pedo. Así, ronroneando como un motor estropeado, deambulo por la calle un rato hasta que encuentro un sitio en el que echar el ancla.
Un sitio en el que hundirme

miércoles, 22 de octubre de 2008

Aquel día habías decidido que yo ya no te servía. Me dejaste esperando una llamada con un agujero de bala en la cabeza. Mis ideas goteaban despacito hasta que se condensaron y dejaron de fluir. Pero la costra se caía cada vez que pensaba en ti y me desangraba otra vez en pensamientos extraños. Caminé sin rumbo durante meses sin respuesta sabiendo que las preguntas estaban colgadas en montes muy altos. Tenía que subir a por ellas y volver a la ciudad, todo para darme cuenta de que mi sabiduría cabía en el logo de una camiseta.

Cansado, decidí esperar a que pasara el tren que me llevara de vuelta a tu interior, pero elegí mal el sitio y tomé asiento entre las vías. No pasó nada porque no hubo tren, pero imagínate qué susto cuando me di cuenta.

Un buen día conocí la desesperación cuando la vi tomando café en la mesa de enfrente. Me acerqué a saludarla pero no me miró, aunque desde entonces me la encuentro en todas partes. Suele estar en la única esquina que tiene mi cuarto, entre las telas de araña, y a veces la noto escurrirse bajo el colchón de mi cama de fakir. Como el guisante del cuento aquel, aunque yo sigo durmiendo como un príncipe porque estoy anestesiado ya.

Ayer me hice una herida: un leve resentimiento sobresalía de una pared y al pasar la mano se rajó mi dedo. Justo el dedo corazón. La piel se abrió como queso fresco y empezó a soltarse por capas. Mi piel es así, como la cebolla, por eso siempre que me corto lloro. Tiré de ella como de un hilo y acabé deshilando mi desilusión. Decidí que luego cogería agujas de vudú y me haría un jersey. Después me lo clavaría en el corazón, pero sólo si hacía juego con mis venas.

Y así seguí durante un tiempo, zumbando sin ruido en mi panal de apartamento, haciendo el zángano entre los obreros. Busqué trabajo entre los asesinos de masas pero respondieron que no querían más publicistas. Además el lavado en seco de cerebro nunca se me dio bien. Vomité arena para gatos en un cubo y me alejé al empezar a oír los maullidos.

Pronto me di cuenta de que, entre tanta ignorancia, te había olvidado, así que empecé a beber para recordar. Con cada vaso aparecía una imagen, con cada chupito un píxel. Y con cada gota de agua, desaparecía un año.

Desapareció todo cuando me bebí el agua del váter.

Desaparecí yo cuando empezó a llover.
Regresé a casa empapado y busqué un perchero para colgar mis sentimientos. No lo encontré y los dejé en el felpudo. Antes de que me diera la vuelta ya había un vendedor en la puerta limpiándose los pies.

Le pregunté qué quería y él me rebotó mi pregunta, así que tuve que responderle algo:

-quiero paz

Sus ojos se iluminaron como semáforos en rojo y entró hasta el comedor agitando su maletín en el viento. Apagué el ventilador y lo siguió agitando en la brisa.

-tengo justo lo que usted necesita

me dijo, aunque en realidad yo no necesitaba nada

-no tendrá usted un perchero

le pregunté a sus ojos en ámbar

-no diga tonterías ¿quiere? usted lo que necesita es paz

y rebuscó en su maletín y sacó algo de este tamaño más o menos, con un color similar a ese y que pesaba tanto que lo tuve que coger así

-pero qué se supone que debo hacer con esto?

le pregunté

Sus ojos en verde precedieron a sus pasos hacia la calle y nuevamente pisó los sentimientos de mi felpudo

-buscar la paz, caballero

hizo una pausa innecesaria

-ni más, ni menos

antes de marcharse escaleras abajo por el ascensor

así que volví a mi comedor y traté de entender cómo funcionaba aquella cosa.

en valde.

Al final me aburrí y lo dejé encima del armario, aunque no cabía y sobresalía la punta.

aquella punta me dio una idea

y quité mis sentimientos del felpudo y los colgué de aquella cosa.

luego me senté a esperar......................................................
y esperé otro poco........................................
y al final todavía un poquito más.....

hasta que me di cuenta de que funcionaba: había encontrado la paz

y sonriendo me fui a dar un paseo
en sobreexcitada tranquilidad
Cansado del día, celebraba la noche sujetando con los labios una colilla que apenas había fumado. Sólo era para dar ambiente. Y de todas formas, la lluvia no se andaba con tonterías: la mitad de mi cigarro flotaba en un charco.
Esperaba el autobús, aunque no había ninguna parada cerca. En realidad sólo estaba pensando un poco. Moliendo café en mi molinillo, dándole vueltas a las cosas. Sentía que algo no iba bien por dentro: o la digestión o mis sentimientos. Y lo primero no podía ser, porque nunca he tenido estómago para esto.
La recordaba en el apartamento, en la habitación que iluminaba aquel oscuro callejón. Con esos ojos que iluminaban mi oscuro coraz… Vaya, ya vuelvo a decir tonterías. La recordaba sentada en la cama mirando sus fotos y mirándome a mí. Diciéndome que no quería volver a verme y que iba en serio lo que decía. Y yo con los ojos muertos, con la mirada inerte de un pescado, flotando por aquel río de desesperación que chorreaba escaleras abajo y me llevaba hasta la puerta.
Y me dejaba olvidado en lo negro de aquel oscuro callejón.
Y recordando todo aquello, me di cuenta de que sí que esperaba el autobús. La lluvia golpeteaba el suelo con impaciencia y después se iba, harta de esperar, hacia las alcantarillas. No se oía ningún ruido, salvo cuando pasaba algún coche de cuando en cuando.
Miré la farola porque creí que me guiñaba un ojo, pero sólo había sido una nube que flotaba por el cielo, por aquella lejana distancia que era ahora la otra acera de la calle. Mi mundo se iba haciendo cada vez más grande según yo me iba haciendo más pequeño.
Descubrí un rumor lejano, como de un río que se desborda. Era el autobús, que ya venía.
La recordé mirando las fotos. Me miró. Me dijo que ya no me quería.
Y di un paso adelante para pillar el autobús.
Aunque, irónicamente, fue él quien me pilló…

martes, 21 de octubre de 2008

Como en un sueño corro atravesando un túnel de piedra que nunca termina el corazón bombea como si fuera a estallar pero la luz al final indiferente se mantiene siempre a la misma distancia cristales afilados crecen a través de charcos de agua sucia mis pies se clavan y pierden su carne pero continúo corriendo frenéticamente dejando detrás pedazos de mí mismo el sudor frío corre por mi frente y mis dientes se aprietan tanto que chirrían como un tren descarrilando noto cómo mis vísceras suben y bajan en completo caos armónico y mi corazón rebota de un lado a otro mientras mi cerebro se licúa esquizofrénico y al final el final se acerca rápido desapareciendo tras de mí como un recuerdo vago mientras caigo rajando el aire hacia los picos afilados de los edificios que me sirven de colchón.
Y termino, clavado, cada miembro en un pararrayos, dejando que los buitres me picoteen, y derritiéndome, en éxtasis líquido, por los edificios de cristal, acabo yéndome, por las alcantarillas, hacia el infierno, que yo mismo he creado.

lunes, 20 de octubre de 2008

Disparé mi conciencia contra tus ojos y cegué tu mirada durante un momento. Tiré a matar pero sólo alcancé a herir. ¿Era cierto todo lo que me habías dicho? Temí que no mientras me lanzaba corriendo a las vías del tren y comprendí que sí cuando esquivé el primero entre la niebla. El segundo me arrastró hacia él pero supe dudarlo y el tercero no pudo matarme porque era yo el que lo conducía. Derecho hacia el horizonte como si viajar fuera gratis. Y tus palabras resonando sobre las vías, condensándose en el cristal, pellizcando mi culo desde el asiento. Me hicieron olvidar de qué huía y descarrilé en la primera curva. Miré hacia atrás y la estación estaba a unos metros: todo había sido una ilusión. O una desilusión. Una tras otra.

viernes, 17 de octubre de 2008

Apreté tu pecho como si fuera a estallar y miré tu cara. Las formas iban y venían en contracciones de dolor/placer y las facciones no sabían por qué bando decidirse. Al final acabó todo con una batalla de todos contra todos y las expresiones se volvieron un lenguaje obsoleto. Quiero decir que no había manera humana de entender lo que tu cara estaba haciendo, a menos que la explicación fuera que mi poya entre tus labios inferiores estaba haciendo efecto. Pero nunca lo supimos porque el capó se acercó demasiado rápido. Y nuestras cabezas se destrozaron contra el cristal. Y cerebros grisáceos flotaron en el viento entre fina espuma roja de olas de mar salado. Y salpicamos a la gente que había alrededor de nuestro coche cuando nos deshicimos en pedazos el uno contra el otro.

Pensaste que no te necesitaba y por eso me echaste de tu lado. Y ahora el sofá se te presenta frío y austero. Pues te jodes. Ve la película tú sola.
Ella supo sacarme de la escritura cuando empezaba a quemarme los dedos. También supo sacarme de la conversación cuando mis palabras incendiaban a los oyentes. Y todo porque creía que sólo buscaba provocarles… No buscaba provocación: no buscaba reacciones. Sólo quería que me llevaran en hombros o me clavaran de una vez en aquel madero. Porque supe desde el primer momento que aquellos clavos llevaban mi nombre. Y no es que no tuviera miedo, porque estaba acojonado; y no es que no quisiera abrir la boca, porque delaté a todos al momento; y no es que no sintiera nada, porque mis medidores de dolor chillaban lo suficiente. En realidad, fue sólo que la vida me aburrió y tuve que abrir mi cabeza y dejar que aquella nube gris saliera a flote. Aquella nube gris de materia que empezó a alejarse en el cielo ignorando que su destino era explotar con la presión, allá donde nadie podría oír el estallido.
Siempre quise morir entre tus brazos y nunca me importó que fueras manca. Puede que me fuera a caer rodando por las escaleras, resbalándome entre tus dedos, pero nunca me importó con tal de tener tu falsa promesa de sostén. Así que agárrame, que ya estaré muerto cuando todo esto importe.
Te vi bailando, con ese culo prieto y sereno, y no pude evitar desearte. No pude evitar desearlo. Y no pude evitar que mi cerebro se fuera por el desagüe cuando tiraste de la cadena. Y mis besos a tu boca en tu cabeza contra el suelo eran más fruto de la ebriedad que del deseo. Pero aun así no pude evitarlo. Y por eso aplasté a besos tu boca contra el asfalto, porque sabía que podía hacer que te rindieras, porque sabía cómo meterme entre tus piernas. Para acurrucarme ahí y esperar a que pasara el temporal. Mierda que lloviera también allí dentro…
Intenté hablar en clave para que no me entendieras pero mi retraso mental actuó en mi contra. Y las palabras con que creía cubrirme eran en realidad señales que delataban mi posición. Por eso no me asusté cuando vi que me apuntabas: al menos sabía de quién era la culpa.
Sin reconocer mi rostro en el espejo me enfrento al Yo desconocido que acecha en lo más profundo de mí, en las sombras que me rodean. A mi alrededor encuentro un bosque de árboles, probablemente de plástico, que crea una frontera a mi consciencia y encierra entre ramas de color verde industrial al niño que soy. Y abrazado a un peluche de tripas de ciervo, corro por el bosque aullando por mi cordura perdida entre las ofertas de un supermercado de deseos que se empeña en llamar mi atención con carteles de oferta y de demanda. Sin sentido todo, e indiferente.
Wolfgang no andaba como un lobo aunque su nombre dijera lo contrario. Andaba como una tortuga, despacio en el espacio, con lentitud inaguantable. Y le daba igual que las sirenas cantaran a ambos lados de la calle, porque él seguía recto como si nada. No es que no las deseara, sino más bien que ni las veía. Y, lentamente pero sin paz en el corazón, Wolfgang se alejaba en línea recta sin saber lo que se estaba perdiendo. Aunque al final un último tiro lo detuvo. Un tiro de Ouzo, directo al hígado, como los buenos puñetazos.

martes, 14 de octubre de 2008

Intentaba entender lo que decías pero parecías hablar en clave. Y, mientras, tus ojos me lanzaban señales para que hiciera algo. Pero no sabía qué. No decían qué. Así que estuve una eternidad y media tomando aire para poder actuar. Y en el último momento, como siempre, me desinflé, con un sonido de trompetilla. ¿Qué demonios querías que hiciera? ¿Trepar por la pared como un mono para que vieras que te quería? Además, no te quería. ¿Qué sentido tiene? ¡Querer a alguien cuando el mundo está tan loco, es de locos! Por eso me marché agachando la cabeza: fui hasta el baño con la cabeza entre los hombros. Cuando salí por la puerta ya la tenía entre las costillas y sabía que acabaría muy dentro de mí, entre el corazón y el estómago. Al final acabaría metiéndome dentro de mí mismo en un bucle interminable de carne blanda y me quedaría en una esquina dándole vueltas a todo sin parar. Y la culpa sería tuya,
¿no ves que podrías haber evitado todo eso con tan sólo darme un beso?