- Lo que lleva a mucha gente al suicidio no son los grandes acontecimientos trágicos de sus vidas sino los pequeños detalles, irrelevantes pero desesperantes, que salpican su existencia.
- Uno puede sacar fuerzas de la nada para vencer a un enemigo externo y bien visible, pero no hay manera de atacar a esos pequeños enemigos internos que nos lanzan a la autodestrucción, que aguardan sumergidos en nuestras almas el momento de la guardia bajada, el momento sin defensa.
- El infierno de cada persona está dentro de uno mismo y la puerta de entrada se activa con detalles ocultos pero irritantes que están desperdigados a nuestro alrededor.
- Somos bombas rodeadas de pulsadores que nos activarían irremediablemente.
- Pero sabemos ignorar la señal de detonación.
- Al menos es así hasta el día en que ya no es así.
- En ese momento no somos personas: somos epicentros del desastre.
viernes, 25 de julio de 2008
Agosto
XIX - B
Las olas del mar lamían con monótona suavidad la arena que, proveniente de lejanas tierras, había decidido concluir su viaje en aquella playa para así dejar constancia de mis pisadas. En el susurro del viento, el canto de las sirenas me puso en guardia. Lejos de atraerme, me recordaban que tenía que seguir huyendo.
jueves, 24 de julio de 2008
Flotando en la charca
El pasado es lo que ya no es
pero fue
El futuro es lo que todavía no es
pero será
El presente es la puerta por la que se sale del pasado
aunque por ella no se entre en el futuro
El presente es una puerta que no viene de ningún sitio
ni va a ninguna parte
El presente es un estanque cerrado
en el que el agua fluye incesante.
Y tenemos que elegir
entre seguir a flote
o dejarnos hundir
pero fue
El futuro es lo que todavía no es
pero será
El presente es la puerta por la que se sale del pasado
aunque por ella no se entre en el futuro
El presente es una puerta que no viene de ningún sitio
ni va a ninguna parte
El presente es un estanque cerrado
en el que el agua fluye incesante.
Y tenemos que elegir
entre seguir a flote
o dejarnos hundir
El Polizón y la Flauta Mágica
Se sube al tren en El Pozo.
Tiene doce años y una flauta.
Parece la viva representación de la miseria. De esa miseria vecina a nuestras urbanizaciones en las que no se puede ser niño sin más.
Toca y lo hace bien.
Se pasea soplando su flauta con los ojos cerrados de un lado a otro,
sin parar de soplar canciones conocidas a las que mete florituras para que suenen mejor.
Cada nota tiene su trino,
y eso es realmente complicado siendo un niño.
Se nota cuando toca que es lo único que tiene,
que es lo que lo mantiene cuerdo.
Conoce las canciones, sopla a Mozart de oído.
De repente la música cesa y algo cambia.
El niño se tambalea,
apenas puede mantener los ojos abiertos.
Se lo ve deambular, como drogado, pidiendo una monedita por favor.
No mira a nadie a los ojos y nadie le da nada.
Pasa a mi lado y puedo ver sus cicatrices y sus heridas todavía abiertas.
Su piel habla de suciedad y de pobreza,
parece repetir la palabra droga a cada gesto.
Sin música ya no vuela, aunque no parece estar aquí abajo, sino mucho mucho más arriba.
Tiene la piel de los viejos yonkis que suben a pedir comida o dinero.
Sólo que este es un niño y cuesta más aceptarlo.
NO!
Una mota de polvo sale de una fábrica se sube en un libro viaja en camión y aguarda en una tienda a que la ponga en mi estantería para de ahí saltar a mi sofá,
¿¿y tú quieres barrerla??
miércoles, 9 de julio de 2008
I
Llevo despierto desde el amanecer pero sigo con los ojos cerrados.
Una luz cada vez más intensa, empujada por el sol, se cuela por los resquicios de la ventana.
Cuando la presión del pis en mi vejiga es suficiente, me levanto.
Derecho al váter, achinando los ojos.
Que huyen de la luz.
II
-¿Qué era lo que intentabas decirme?
-Sólo te explicaba por qué te hablé en el metro, después de clase.
-Sí, pero lo único que he entendido es nosequé de una canción de Elvis.
-Que me gustas, joder, no te hagas la tonta.
-Sólo te explicaba por qué te hablé en el metro, después de clase.
-Sí, pero lo único que he entendido es nosequé de una canción de Elvis.
-Que me gustas, joder, no te hagas la tonta.
III
Eran amigos pero ya casi no hablaban de sus cosas.
Cuando salían, bebían y reían.
A veces hablaban.
Pero nunca de sus cosas.
Cuando salían, bebían y reían.
A veces hablaban.
Pero nunca de sus cosas.
IV
Le había robado el bolígrafo a Marta en clase. Sabía que las palabras que escribía con él también eran robadas... Pero no sabía a quién.
V
Aquel día bajar al metro le pareció particularmente depresivo - como caer por un agujero - verse atrapado bajo tierra - junto a cientos de personas - en un ambiente cargado - bajo una luz ténue - para salir finalmente en cualquier otra parte - Se preguntó cuánto costaba hacer el mismo camino a pie - luego se preguntó cuánto valía.
VI
Una mirada fugaz entre un chico que va en el tren y una chica que espera en la estación puede ser el mayor romance de sus vidas. El resto es vivir...
VII
"Tener un trabajo lo es todo", se repetía. "Dinero para comida y viajes, para ropa, para darse un capricho y, ¿por qué no?, para drogas".
Entonces miraba a la gente que por la calle estresada se dirigía a toda prisa a la estación y al trabajo. Apuraba con calma el café y seguía observando a través de la ventana. Sabía que no era sólo ese fino cristal lo que lo separaba de esa gente.
Entonces se pedía otro o se iba a pasear.
Entonces miraba a la gente que por la calle estresada se dirigía a toda prisa a la estación y al trabajo. Apuraba con calma el café y seguía observando a través de la ventana. Sabía que no era sólo ese fino cristal lo que lo separaba de esa gente.
Entonces se pedía otro o se iba a pasear.
VIII
El ansia de viajes devoraba su alma inquieta a la vez que la necesidad de una cierta estabilidad le impedía liberarse de su rutina, que se había posado como una negra nube de desesperación en el cielo a pesar de que, en el fondo, surtía el efecto de un bálsamo sobre sus nervios y permitía la justificación y explicación de una vida frustrada.
sábado, 21 de junio de 2008
Poesía apestosa nº XXI
Ya terminaron
nuestros días de vino y rosas,
nuestra pequeña lavandería,
nuestros paseos por la ciudad
de espaldas al mar.
Ya terminaron
nuestras noches de abrazos y risas
y se apagaron
nuestros susurros.
Ya sólo quedan recuerdos
amargos de cada experiencia
y el necesario olvido de tus
favores.
Miénteme y dime que
somos amigos...
Miénteme y dime que no
pudiste olvidarme.
(O al menos deja de pasar de mi puto culo)
nuestros días de vino y rosas,
nuestra pequeña lavandería,
nuestros paseos por la ciudad
de espaldas al mar.
Ya terminaron
nuestras noches de abrazos y risas
y se apagaron
nuestros susurros.
Ya sólo quedan recuerdos
amargos de cada experiencia
y el necesario olvido de tus
favores.
Miénteme y dime que
somos amigos...
Miénteme y dime que no
pudiste olvidarme.
(O al menos deja de pasar de mi puto culo)
miércoles, 18 de junio de 2008
El Hundimiento
Hay días en los que, desde el amanecer hasta el último rayo de sol, sólo mueres...
Tus fuerzas se van desgastando y las olas te pasan por encima...
y te hundes...
y parece que nada te va a sacar a flote...
y parece que el fondo oceánico te llama...
y parece que tus huesos son de plomo y tus sonrisas de hierro oxidado...
Las burbujas se te escapan,
igual que las ratas abandonan el barco cuando se hunde
pero tú eres el capitán y te hundes con él...
Y no hay sirenas en este mar
sólo bolsas de plástico a la deriva...
Y aunque te repitas a ti mismo que no te piensas dejar hundir
tus pies se convencen cuando tocan el fondo
y tu cabeza está a punto de estallar por la presión...
Entonces es cuando el azul marino entra en tu alma,
cuando la paz del espíritu es lo único que queda en tus pulmones
tras un último momento de angustia...
Hay días en los que además el fango te traga y te hundes más de lo posible...
Días en los que matar o morir... Días en los que llorar...
Pero, por suerte, no todos los días son así...
Aún nos quedan los días esporádicos en los que flotamos por el aire
como burbujas de alegría...
Tus fuerzas se van desgastando y las olas te pasan por encima...
y te hundes...
y parece que nada te va a sacar a flote...
y parece que el fondo oceánico te llama...
y parece que tus huesos son de plomo y tus sonrisas de hierro oxidado...
Las burbujas se te escapan,
igual que las ratas abandonan el barco cuando se hunde
pero tú eres el capitán y te hundes con él...
Y no hay sirenas en este mar
sólo bolsas de plástico a la deriva...
Y aunque te repitas a ti mismo que no te piensas dejar hundir
tus pies se convencen cuando tocan el fondo
y tu cabeza está a punto de estallar por la presión...
Entonces es cuando el azul marino entra en tu alma,
cuando la paz del espíritu es lo único que queda en tus pulmones
tras un último momento de angustia...
Hay días en los que además el fango te traga y te hundes más de lo posible...
Días en los que matar o morir... Días en los que llorar...
Pero, por suerte, no todos los días son así...
Aún nos quedan los días esporádicos en los que flotamos por el aire
como burbujas de alegría...
sábado, 14 de junio de 2008
-¿Qué escribes? // - Algo que se me ha ocurrido...
Era un gran artista, aunque su principal error era pensar que sus obras le pertenecían, que era su dueño. No era así: él las había creado, pero no tenía ningún derecho sobre ellas. Más bien al contrario: él pertenecía a sus obras. Él, un conjunto de huesos y carne, una existencia desechable, un animal que en principio no tendría por qué tener talento artístico alguno ni ser siquiera capaz de apreciar matices, había sentido de repente, no por magia ni por el destino sino por una combinación de susurros en el viento que su mente había descifrado, la necesidad de atrapar una sensación, la esencia de algo inteligible, a través de un tosco lápiz que arañaba y ensuciaba un pedazo de papel. Uno tras otro, hasta dar forma a la obra que después fue modificando movido por su ambición y de la que, sin embargo, no había conseguido aplastar toda la frescura con que en un principio la había recibido. Era peor, sí, pero seguía siendo buena. Era arte. Y seguiría siéndolo cuando él estuviera muerto, cuando él ya no pudiera oler las flores y fuera sólo un recuerdo de una existencia pasada, anotado en pequeños detalles que le había robado a la obra para darle “su toque”. Existía en ese fragmento de belleza que lo había usado para existir, en esa combinación de experiencias y símbolos que se habían unido para siempre. Y, por todo ello, era un gran artista.
O qué coño, a lo mejor no.
Eter no
Ella me quería y yo lo sabía.
Me bastó con meterle un dedo en la vagina y le toqué el corazón. Porque saqué el dedo lleno de sangre. Me miró con ojos grises-azules-verdosos y me suspiró algo ininteligible. Escuché la frase, pero mi cabeza sólo entendió un susurro, una pausa y otro susurro. Como si pudiera ver la estructura, un armazón de andamios, pero no el edificio.
Andaba por la calle oscura cuando descifré sus palabras, que toda la tarde habían dado vueltas por mi cabeza como los autobuses por la ciudad.
Había dicho:
-Siempre recordaré este momento, vivirás en mí para siempre.
Una suave luz amanecía sobre las baldosas y mi sombra crecía sobre ellas, alargándose cada vez más.
Me llevé la mano a la cara y pensé que mi dedo olía a bacalao. No me disgustó: en el fondo me daba igual vivir para siempre.
The Special K
K era especial, como sus cereales.
Era fibroso, como sus cereales.
Era dulce, como sus cereales.
Y empezó a pensar que era lo que comía,
cuando empezó a tener pesadillas con cucharas gigantes.
Era fibroso, como sus cereales.
Era dulce, como sus cereales.
Y empezó a pensar que era lo que comía,
cuando empezó a tener pesadillas con cucharas gigantes.
Ella
Bailaba con la música que yo había puesto.
Brazos y piernas, caderas y muslos: todos a la vez.
Con los ojos cerrados y los sentidos abiertos.
Con ese cuerpo que jamás podría tocar
pero al que había inferido vida.
Sabía que no había sido yo,
que ella bailaba al son de músicos ya muertos,
pero todo aquello tenía sentido
porque estábamos allí.
Me sentí excitado y me sentí feliz y me sentí orgulloso de lo que había logrado, puesto que había creado algo a partir de la nada y,
a pesar de ser todo un engaño de mis sentidos,
parecía estar pasando.
El Cerdo Agridulce y el Cerdo Tragicómico
Un acabar la universidad lento y pegajoso que se ha ido escurriendo con parsimonia por los días y horas de las últimas semanas desde hace meses... Un verano que se avecina como una sucesión de días gemelos y vacíos... Unas amistades que han ido desapareciendo como quien se esconde saltando un seto y descubre detrás un barranco... Una vida sin etiquetar cuya fecha de caducidad desconozco... Y unas chicas que se han ido bailando cuesta abajo, en busca de aventuras, alejándose de mi costrosa piel de porcelana rota...
...Una mirada al horizonte lleno de coches y viajes, de personas anónimas por conocer y personas conocidas que se alejan... que se alejan de Alejandría y aletean dejando atrás la alegría... Malas melodías que engarzar, como perlas barrocas que no pegan pero que algo significarán... Pues todo tiene un sentido y un "sin-" antepuesto.
...Una experiencia adquirida con los años que abofetea nuestra inocencia con pequeñas realidades asumibles o con grandes tragedias griegas... Una sensación total de frustración y vacío ante la mirada ardiente de un sol que ha visto cosas peores y que ha lamido con sus rayos miles de batallas, asesinatos, torturas e injusticias y que no por ello mira hacia otro lado...
Todo esto y más; o menos, cada vez menos... Y aun así todo sabe amargo para el paladar delicado...
...¿Qué es lo que os atemoriza? Llamadlo Dios, llamadlo Demonio; Destino, Fortuna, Albedrío, Caos... Pero sed conscientes de que designan una única realidad: el aburrimiento...
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´
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Morid, pero que al menos puedan decir: "De su madre a la tumba, vivió y rió. El resto no existió".
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Porque si sacas a bailar al aburrimiento, a lo mejor acaba esbozando una sonrisa
domingo, 8 de junio de 2008
Víctimas y verdugos
Después de sobrevivir a un atentado terrorista uno ya no es una persona normal: es una víctima. Cuando se evalúa la catástrofe y se hace balance de muertos y heridos, cuando se habla de héroes y mártires -en definitiva, cuando se hace periodismo-, se habla de un total de víctimas. Pero hoy en día hacer periodismo es rellenar telediarios. Esto tiene que ver primero con cosas de la franja horaria y la productividad y segundo con la demagogia y la creación de opinión pública. En otras palabras, la instrucción del pueblo: "esto es lo que tienes que pensar acerca de lo ocurrido".
´
Por otro lado cuando engañas a la gente casi les estás haciendo un favor: están deseando que les den una verdad aceptable, aunque sea parcialmente falsa, con tal de que tengan algo a lo que aferrarse. Si les dijeran la verdad, probablemente esta les parecería inaceptable y se revelarían contra ella.
´
De este modo se crean dos bandos: el de los terroristas y el de la víctima. El PUEBLO pertenece siempre a este segundo grupo, en parte por haber habido muertos, en parte como posible víctima futura de nuevos actos de violencia. Suena bien: "acto de violencia". Casi se olvida uno de que tras esas palabras se esconde un cuerpo despedazado por una explosión y tripas y sangre desperdigados por el suelo.
´
Por supuesto, esta división es una verdad a medias: el terrorista no es un ente externo que surge y desata la muerte, sino que es un miembro del pueblo, es decir, que es una de las víctimas posibles. Una víctima que se convierte en verdugo al cambiar de bando. Si los malos son los que matan y los buenos el resto, ¿cuánta gente del pueblo sería realmente buena? Si se sabe quiénes son los buenos porque se conoce a los malos, ¿entonces es necesaria la existencia de los malos?
´
Si se medita lo suficiente en torno a esta idea, uno casi empieza a pensar en lo útil que resulta el terrorismo a la hora de crear un clima de miedo y confusión: tú puedes ser la próxima víctima, o tus seres queridos, de manera que aceptarás cualquier medida, cualquier cosa, con tal de que eso no pase. CARTA BLANCA para quien habla por ti y actúa en tu nombre. ´
Por otro lado cuando engañas a la gente casi les estás haciendo un favor: están deseando que les den una verdad aceptable, aunque sea parcialmente falsa, con tal de que tengan algo a lo que aferrarse. Si les dijeran la verdad, probablemente esta les parecería inaceptable y se revelarían contra ella.
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De este modo se crean dos bandos: el de los terroristas y el de la víctima. El PUEBLO pertenece siempre a este segundo grupo, en parte por haber habido muertos, en parte como posible víctima futura de nuevos actos de violencia. Suena bien: "acto de violencia". Casi se olvida uno de que tras esas palabras se esconde un cuerpo despedazado por una explosión y tripas y sangre desperdigados por el suelo.
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Por supuesto, esta división es una verdad a medias: el terrorista no es un ente externo que surge y desata la muerte, sino que es un miembro del pueblo, es decir, que es una de las víctimas posibles. Una víctima que se convierte en verdugo al cambiar de bando. Si los malos son los que matan y los buenos el resto, ¿cuánta gente del pueblo sería realmente buena? Si se sabe quiénes son los buenos porque se conoce a los malos, ¿entonces es necesaria la existencia de los malos?
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Si se medita lo suficiente en torno a esta idea, uno casi empieza a pensar en lo útil que resulta el terrorismo a la hora de crear un clima de miedo y confusión: tú puedes ser la próxima víctima, o tus seres queridos, de manera que aceptarás cualquier medida, cualquier cosa, con tal de que eso no pase. CARTA BLANCA para quien habla por ti y actúa en tu nombre. ´
Por eso, después de sobrevivir a un atentado terrorista -o, por defecto, fallecer en él- se lo considera a uno una víctima, lo cual equivale a presuponer su bondad, su inocencia, la tragedia de su muerte. Si bien esto debe ser cierto en general -no lo sé-, ya os digo que no sirve para conmigo. Yo soy un auténtico hijo de puta y estaría mejor muerto.
´
El día que sufrí el atentado había ido en tren a Madrid por asuntos de negocios: tenía un par de trabajitos que hacer y no podía quedarme todo el día en la cama. No lo hago nunca, pero aquel día menos aún.
´
Por lo general odio el tren, como cualquier otro transporte público, ya que me obliga a estar en contacto con la gente y eso es algo que me repugna. Frente a mí tenía sentado a un negro con tres grandes cicatrices en la cara, como si le hubiera dado un zarpazo un tigre o una fiera. Fue el único ser humano que vi en el vagón, el único al que no odié: el resto no eran más que basura blanca de clase media.
´
He de decir que yo disfruto con la violencia. El olor de la sangre, su mera visión, hacen que se desate en mí la adrenalina. Es una sensación extraña, de bienestar. La primera vez que maté a una persona tuve una erección. Después no se volvió a repetir. Esto es bueno porque, si bien me gusta ser un asesino, detesto a los pervertidos; sean zoófilos, pederastas, homosexuales o raritos.
´
Como decía, la primera vez tuve una erección. No hice ninguna gilipollez como violar el cadáver -aquí me surge una interesante cuestión: ¿introducir el pene en un montón de carne muerta equivale a una violación? ¿dónde queda en este caso el consentimiento y el posible rechazo?- da igual, pero sí es cierto que, en parte, disfruté sexualmente de mi asesinato.
´
Esta primera vez fue con una prostituta que recogí en Madrid. Por supuesto me la tiré, no penséis que soy uno de esos frustrados sexuales que son incapaces de empalmarse y por ello se ponen a matar a la gente. Follamos y bien -estoy convencido de que por lo menos la hice correrse un par de veces-, lo que pasa es que no me gusta follar con putas, porque me parece algo muy feo. Es casi inmoral, ¿no? O sea, te alquilan su cuerpo para que hagas lo que quieras con él durante un rato. ¿Quién entiende eso? ¿Cómo vas a disfrutar de verdad cuando te ceden algo con tanta frialdad? Hay que tener en cuenta que el cuerpo es la esencia de lo que somos: sin él no somos nada. Por eso me la follé durante el tiempo que alquilé sus piernas, su coño, sus tetas y su boca, pero cuando realmente me apropié de estos fue cuando la maté. Fue un acto de conquista e imposición: como si el haber escalado aquellos inmensos pechos me diera derecho a destruirlos.
´
Sumido en un intenso disfrute, la llevé atada en el maletero hasta Galicia. Cada hora que pasamos en la carretera fue para mí una explosión de adrenalina. La sangre me bombeaba en las sienes como si mi cabeza se estuviera llenando hasta el borde. El color rojo del primer semáforo que vi al entrar en La Coruña parecía una anticipación de mi crimen.
´
Una vez en el garaje de mi casa de veraneo, aparqué el coche y abrí el maletero. Parecía exausta cuando la saqué de él, pero en cuanto cayó a las frías baldosas su cuerpo pareció recuperar la vitalidad y empezó a retorcerse intentando desatarse. Su carne, estremeciéndose mientras la arrastraba escaleras arriba, parecía poseida por la locura. Quizás a través de esa extraña danza intentara pedirme que la liberara, demostrarme que seguía viva, pero eso sólo aumentaba mis ganas de matarla.
´
Durante las primeras horas me dediqué a tranquilizarla: le decía que no le iba a hacer ningún daño, que era de la E.T.A. y sólo quería reivindicar nosequé... Al rato le metía los pies en una palangana con agua y le daba electroshocks con una esponja y un enchufe conectado a las baterías del coche. Luego volvía a insistir en que no quería hacerle daño y que era necesario que colaborara. No quiero hacerte daño.
´
Claro que quería, pero estaba practicando la guerra psicológica: una vez estuviera loca del todo y ya no fuera una persona, podría hacer lo que quisiera con ella sin remordimientos. Tenía tenazas, alicates y demás herramientas, a parte de un completo juego de cuchillos de la Teletienda. Diversión a raudales.
´
Sin embargo, mi intención inicial al contar la historia era hablar del atentado, el resto resulta innecesario. Como resumen, después de esta prostituta maté a un par de personas más, siempre cambiando de método, de zona de España, etc. No soporto a los asesinos que repiten siempre la misma técnica y víctima... Esa especialización resulta aburrida y acaban cometiendo siempre el mismo asesinato. A mí me gusta innovar, buscar nuevas sensaciones.
´
Como decía, el día que sufrí el atentado iba en tren a Madrid. Al llegar a Plaza de España, saliendo del metro, oí la explosión y pude ver el edificio derrumbándose sobre mí. Había fuego por todas partes y salí despedido contra un coche que partió mi columna vertebral por la mitad. Esto es más o menos lo que me han dicho, porque yo sólo recuerdo hasta el momento de subir las escaleras, escuchar un ruido muy fuerte y gritos. Y el edificio desplomándose.
´
"Todo esto a qué viene", me diréis... Bueno: es simple. Estoy respondiendo a vuestra pregunta. Y creo que es la mejor explicación que podría daros para que entendáis por qué cuando me habéis dicho que qué se siente siendo víctima inocente de un atentado no he podido evitar reírme.
´
Después de todo, tenéis que ver que yo no soy una víctima. Soy uno de los malos.
Sumido en un intenso disfrute, la llevé atada en el maletero hasta Galicia. Cada hora que pasamos en la carretera fue para mí una explosión de adrenalina. La sangre me bombeaba en las sienes como si mi cabeza se estuviera llenando hasta el borde. El color rojo del primer semáforo que vi al entrar en La Coruña parecía una anticipación de mi crimen.
´
Una vez en el garaje de mi casa de veraneo, aparqué el coche y abrí el maletero. Parecía exausta cuando la saqué de él, pero en cuanto cayó a las frías baldosas su cuerpo pareció recuperar la vitalidad y empezó a retorcerse intentando desatarse. Su carne, estremeciéndose mientras la arrastraba escaleras arriba, parecía poseida por la locura. Quizás a través de esa extraña danza intentara pedirme que la liberara, demostrarme que seguía viva, pero eso sólo aumentaba mis ganas de matarla.
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Durante las primeras horas me dediqué a tranquilizarla: le decía que no le iba a hacer ningún daño, que era de la E.T.A. y sólo quería reivindicar nosequé... Al rato le metía los pies en una palangana con agua y le daba electroshocks con una esponja y un enchufe conectado a las baterías del coche. Luego volvía a insistir en que no quería hacerle daño y que era necesario que colaborara. No quiero hacerte daño.
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Claro que quería, pero estaba practicando la guerra psicológica: una vez estuviera loca del todo y ya no fuera una persona, podría hacer lo que quisiera con ella sin remordimientos. Tenía tenazas, alicates y demás herramientas, a parte de un completo juego de cuchillos de la Teletienda. Diversión a raudales.
´
Sin embargo, mi intención inicial al contar la historia era hablar del atentado, el resto resulta innecesario. Como resumen, después de esta prostituta maté a un par de personas más, siempre cambiando de método, de zona de España, etc. No soporto a los asesinos que repiten siempre la misma técnica y víctima... Esa especialización resulta aburrida y acaban cometiendo siempre el mismo asesinato. A mí me gusta innovar, buscar nuevas sensaciones.
´
Como decía, el día que sufrí el atentado iba en tren a Madrid. Al llegar a Plaza de España, saliendo del metro, oí la explosión y pude ver el edificio derrumbándose sobre mí. Había fuego por todas partes y salí despedido contra un coche que partió mi columna vertebral por la mitad. Esto es más o menos lo que me han dicho, porque yo sólo recuerdo hasta el momento de subir las escaleras, escuchar un ruido muy fuerte y gritos. Y el edificio desplomándose.
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"Todo esto a qué viene", me diréis... Bueno: es simple. Estoy respondiendo a vuestra pregunta. Y creo que es la mejor explicación que podría daros para que entendáis por qué cuando me habéis dicho que qué se siente siendo víctima inocente de un atentado no he podido evitar reírme.
´
Después de todo, tenéis que ver que yo no soy una víctima. Soy uno de los malos.
La culpabilidad
Tiene que haber un culpable para cada historia. Nos lo dicen desde niños y nos acostumbramos a clasificar las acciones distinguiendo lo que está bien de lo que está mal o lo que es mejor de lo que es peor. Olvidemos los matices: la vida está planteada en blanco y negro.
-
Un día pasé revista a mi memoria y descubrí que me consideraba víctima de la mayoría de mis acciones. No era capaz de verme como culpable y, además, siempre encontraba una justificación medianamente razonable. El resto lo hacía la negación.
-
Esta consideración de víctima aludía a ciertos problemas más serios: la relajación del complejo de culpa y la inexistencia de la propia responsabilidad sobre mis actos.
-
Lo medité día y noche: busqué algo de lo que me sintiera culpable. No lo encontre. Había cosas de las que avergonzarse, pero no de las que culpabilizarse.
-
Me llevé las manos a la cabeza por mi actitud totalmente negligente hacia la vida.
-
Decidí que algo tenía que cambiar, así que me marché lejos y comencé una vida de reflexión constante. Tras una dura disciplina fui capaz de sentirme culpable de cosas que en su momento no me habían parecido reprochables pero que pronto comenzaron a atormentarme.
-
Día y noche, sin un respiro, mi conciencia pasaba lista a cada palabra dicha, a cada gesto y a cada intención oculta de cada acto de mi vida.
-
Irremediablemente, un extraño sufrimiento, pegajoso y húmedo, me surgió de los huesos. La culpabilidad me hizo enfermar.
-
Pasé meses en un hospital: había descuidado tanto mi vida que llevaba un tiempo viviendo en la más completa miseria. Al final la inanición destruyó mis defensas. De repente tenían que obligarme a comer porque me sentía incapaz de ello.
-
Todo esto y el psicólogo fueron cosas que llegaron juntas. Unas pastillas, sedantes, vitaminas y un montón de cosas más.
-
Me hicieron ver que no tenía de qué preocuparme, que todas las cosas que me atormentaban eran nimiedades que los demás pasaban por alto y que uno no podía vivir cargándose con tanta responsabilidad.
-
Me dieron un trabajo fácil y cómodo en una oficina con gente amable y sana y poco a poco empecé a vivir de nuevo. Iba al cine con compañeros de trabajo, salía a pasear... A veces incluso invitaba a gente a casa y organizaba comidas y fiestas.
-
Todo había vuelto a la normalidad. De hecho, todo era incluso mejor que antes.
-
Me sentí libre.
-
Desde aquel día he superado mis problemas y puedo reconocer la responsabilidad de mis actos sin obsesionarme por ellos.
...
...
...
Pero lo cierto es... Que por más que lo pienso... No entiendo qué culpa tenía yo de lo que me había pasado.
lunes, 2 de junio de 2008
Ya pasó
Habíamos estado fumando maría y me comentó algo del colegio. De repente, como si sus palabras fueran un conjuro que resucitara mi infancia de entre mis huesos y me oprimiera los pulmones, me sentí triste. El oxígeno parecía no llegarme y de mi boca salía lentamente humo negro.
-No fue una buena época para mí, tío.
Le dije, y después seguí bebiendo whiskey para no llorar.
Cáscaras
En lo alto de una montaña Dios pela palabras con un cuchillo y les quita la piel, que tira en un cuenco de madera.
-
Las palabras peladas las tira montaña abajo, de manera que se llenan de arena y crecen como bolas de nieve.
-
Al llegar abajo se hunden en el agua enlodada de un pantano, luego salen a flote como pequeñas islas y se alejan, convertidas en tortugas gigantes.
-
Sus patas costrosas apartan el barro para avanzar y sus cabezas asoman, destacándose sus ojos negros.
-
Finalmente se hunden y van a esconderse en las profundidades marinas, donde aguardarán el momento de regresar a la superficie.
-
Una vez Dios llena el cuenco con las cáscaras de las palabras, lo pone en su regazo.
-
Aparece un hombre y Dios le dice:
´
-He aquí las palabras: úsalas con sabiduría, pues son tu única herramienta. Con ellas aprenderás a guiar a tu pueblo a la felicidad eterna y salvarás sus almas. Pero ten cuidado, pues su poder corrompe y muchos intentarán usarlas como armas o persiguiendo su propio provecho. En ellas se encierra la verdad absoluta, así que no permitas que esto ocurra, o me veré obligado a castigaros y destruiros por utilizar mal mis dones. Una vez avisados, soy libre de toda culpa y en vuestras manos queda la responsabilidad de vuestro destino. Ahora vete.
´
Dicho esto, el hombre le dio las gracias con una reverencia y se marchó con el cuenco para compartirlo con su tribu.
-
Hay quien cuenta que, cuando el hombre se había ido, Dios echó una mirada de reojo al pantano en el que se habían hundido las palabras y sonrió con placer.
martes, 27 de mayo de 2008
Vacuo, pero romántico
Alcé mi mano hacia ella, que desnuda ante mí, flotaba con una apariencia onírica y difusa. Apenas rocé con mis dedos su piel, comprendí que estaba muerta. El frío inerte del olvido había congelado su cuerpo, que se hundía de repente en el agua oscura del lago, ondulando el reflejo de la luna. Desapareció en el negro azabache de las profundidades y se llevó consigo mi recuerdo.
´
Quedé sumido en el más desesperado olvido.
´
Cada noche busco el reflejo de su mirada en el fondo del lago, busco dos perlas que brillen atrayéndome y me obligen a profundizar en esas aguas malditas. Busco el olvido entre las aguas que se la llevaron.
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Cada noche sueño que la sigo hasta el fondo y allí yacemos abrazados, cubiertos por las raíces del nenúfar negro que crece alimentado por nuestra sangre.
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Nunca despierto de ese sueño triste y melancólico. Y cuando lo hago, descubro una realidad cruel que, exenta de las metáforas que en mi sueño dan vida a la muerte, resulta fría y aséptica.
domingo, 4 de mayo de 2008
Despiece
Empecé a escribir para diseccionarme: era un acto de purificación a través del sufrimiento, de profundización en mis terrores. Alimenté mis miedos y odios, los cubrí de cínica ironía y los compartí como el guerrero expone sus tripas para que los otros reconozcan su honor. No hubo honor, ni siquiera sangre. Tal vez descubrí que mis entrañas no eran tan sucias como creía, tal vez el cuchillo las había limpiado. O tal vez los monstruos internos supieron esconderse, hacerse fuertes en las sombras y esperar su momento.
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Desde hace tiempo he dejado de desangrarme en palabras; las imágenes que escupo en el papel han sustituido al discurso sobrevalorado de mi prosa anodina y ahora ataco folios en blanco pensando que creo y no que repito. Vana creencia la del que se cree artista. Pero igual de vana es la vida del que no se cree nada y la del que lo cree todo, pues ambos extremos están tan cerca que más que juntarse se abrazan.
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Abracemos nuestros demonios internos y llevémoslos de la mano al purgatorio del viaje diario en tren, de la cola en el supermercado, del futuro incierto que se esconde detrás de un presente demasiado concreto y lleno de detalles. Enseñémosles de dónde han surgido, presentémosles a nuestros amores frustrados y digámosles que sólo son anotaciones inconexas en una pizarra gigantesca.
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Enseñémosles a hacernos daño para que vean que somos frágiles, porque entonces nos valorarán.
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Es más: nos adorarán.
Poema de amor
Te arrancaría la cabeza
Si con ello te quitara la ropa
Te besaría con los dientes
Si con ello sintieras mi aprecio
Me clavaría en tu corazón
Con tal de estar dentro de ti
Te quemaría los ojos
Para que vieras que existo
Y si me quisieras me mataría
Para conservarte
Mátame
Dame una oportunidad
O haz ambas cosas
Si con ello te quitara la ropa
Te besaría con los dientes
Si con ello sintieras mi aprecio
Me clavaría en tu corazón
Con tal de estar dentro de ti
Te quemaría los ojos
Para que vieras que existo
Y si me quisieras me mataría
Para conservarte
Mátame
Dame una oportunidad
O haz ambas cosas
viernes, 4 de abril de 2008
Intertexto
Cuatro paredes lisas y grises forman lo que podría llamarse una habitación, en la que el único mueble es una cama de madera con sábanas verdosas. A través del hueco enorme de la única ventana, que es sólo ausencia de pared, entra con timidez la luz azulada de un día ni muy vivo ni muy despierto. De pie frente al día, una muchacha de dieciséis años sostiene desnuda un libro cuyas páginas, separadas por un dedo, se abren como una vagina. Estaba absorta en la lectura y se había levantado tras el pensamiento de que alguien, a una distancia infinita, podía estar mirando en su dirección. Pero no.
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El sujeto A grita cuatro versos prohibidos mientras araña las paredes hasta que las uñas quedan lisas y un poco grises. Sus palabras blasfemas resuenan por la habitación. Sobre las sábanas manchadas saltan ranas verdosas que se cuelan por la ventana. En una esquina, por un hueco que devora la luz como un agujero negro, apareció un día el cuerpo de B. La muchacha hambrienta recuerda el momento en que lo encuentra, lo desnuda y corta la carne con un cuchillo en lonchas finas como las páginas de un libro. El dedo que tiró al hueco a veces asoma la uña y ella chilla asustada, porque señala su vagina. De noche no duerme y, casi a oscuras, se da a la lectura para mantener ocupado el pensamiento, consciente de que está sometida a tan atenta mirada. De madrugada intuye una música en la distancia y cree reconocer la dirección de la que viene. O quizás no.
domingo, 16 de marzo de 2008
Ya sabes de qué va esto...
En la tele había algo de porno malo, de ese que ni siquiera te la empina, ya me entiendes. Detrás de la barra, una camarera que se veía que de joven había sido guapa, pero como ya muy castigada. No sabría decirte su edad, pero bastante vieja. Probablemente con un par de putos críos de veinte años dando el palo a los turistas que pasean por el puerto o entrando a robar en obras y talleres. La tía tenía dos tetas como mustias colgando a los lados, sabes, casi en las axilas, y llevaba los brazos un poco separados, así: a lo john wayne. Había un par de chicas más, pero ni nos hicieron caso. Con este troncho entre las piernas y ellas ahí meneando sus martinis secos. Ya te digo: menudo desperdicio.
No sabría decirte qué mirada nos echó la vieja, pero se veía que disfrutaría dando de comer a sus perros con nuestros putos cadáveres. En esas estaba, lo típico, en plan "no-pienso-decir-nada", e insistía en que el jefe no estaba. A mí eso me jodió un montón, porque llevábamos horas merodeando el puto sitio y sabíamos de qué iba todo. Y menudo puto tinglado, ya te digo. Un puto negocio millonario de venta de drogas y no sabe nada. La tía vieja.
No sabría decirte qué mirada nos echó la vieja, pero se veía que disfrutaría dando de comer a sus perros con nuestros putos cadáveres. En esas estaba, lo típico, en plan "no-pienso-decir-nada", e insistía en que el jefe no estaba. A mí eso me jodió un montón, porque llevábamos horas merodeando el puto sitio y sabíamos de qué iba todo. Y menudo puto tinglado, ya te digo. Un puto negocio millonario de venta de drogas y no sabe nada. La tía vieja.
Yo te refrescaré la memoria, preciosidad, le dije, y la empujé contra las botellas que tenía detrás. Como mover una jodida hoja de papel, sabes, la tía estaba tan chupada de meterse cocaína y probablemente jaco que no pesaba dos putos kilos. Parecía un cartón de esos que tienen una foto de una persona y son así de grandes. Bueno, algo así, no sé. El caso es que este va y se mete detrás de la barra, agarra a la tía por el pelo y la levanta, y luego la lleva así hasta la puerta del fondo, la de la cortina como de plástico. La tía parecía estar alucinando, y al muy gilipollas no se le ocurre otra cosa que plantarse delante de la puerta y gritar que salgan todos con las manos en alto.
La tía quedó como un colador: la dejaron fina. A este le dieron sólo dos, pero bien puestas: una en la sien y otra en el puto cuello. Para no contarlo, ya te digo. Ahora ya puede fardar de cicatrices ante las tías, pero a un paso estuvo de fardar de gusanos en su puta tumba... Yo estaba algo más lejos y me tiré detrás de la barra. Joder, a mis putos años y haciendo el mono porque al imbécil este le da por hacerse el héroe. Pero nada, después entraron los s.w.a.t., que tenían orden de arrasar con todo si oían un puto tiro. Y ya ves si habían oído uno o dos...
Al final se entregaron y ya está: la vieja y el chaval se fueron en camilla al hospital -no me jodas si no podrían haber tirado a la zorra esa en un contenedor de camino- y se hizo recuento de drogas, detenidos, etc. Salimos en las noticias: dijeron que habíamos arrestado a 23 traficantes, aunque como tal sólo contaba media docena, el resto eran compradores, puteros y, básicamente, guardaespaldas. Con la que se lió había que darle un poco de buena publicidad, que si no... Se nos cae el pelo.
Ah, sí, en cuanto a droga dijeron que habíamos incautado 20 kgs. de cocaína procedente de colombia o no sé qué... Aquí está el resto: 30 kgs. de mierda pura como la nieve a buen precio. Y no olvidéis que os quitamos de en medio a un montón de cabrones de la competencia, o sea que sería un detalle que nos diérais una prima y unos tiritos gratis. Ya sabes, por la sangre derramada... Mira sus putas cicatrices, tío.
Bien, pues eso es todo. Ha sido un placer, señores. Si necesitan algo más, no lo duden: llamen a la policía, jeje... Me encanta hacer ese chiste.
sábado, 15 de marzo de 2008
dedicado a j.g.ballard
Noto el cerebro consumido por las drogas y el alcohol. lanzo la botella contra la pared y me tambaleo hacia el coche. dejo caer mi peso sobre el asiento acolchado y me abrocho el cinturón. el morro del coche apunta hacia la gran avenida que hay al final de este callejón. según las reglas, bloqueo el freno para no poder utilizarlo y lo pongo en automático, desactivando las marchas. luego acelero y salgo a toda hostia del callejón, derrapando sobre unas cajas y apareciendo en la avenida como un jinete del apocalipsis. voy evitando los coches que me aparecen delante y cuando voy lo suficientemente rápido entro con un volantazo en la acera llena de peatones. siembro el caos, las personas van quedando espachurradas contra el capó. el crujir de huesos bajo las ruedas me da la risa. madres, niños y padres de familia paseando a sus mascotas desaparecen a mi paso, convirtiéndose en humus rojo. saco la poya y la froto contra el volante. una cabeza revienta contra el parabrisas haciendo una brecha en el cristal. el motor está al máximo de revoluciones y el contador marca 270 kms/h. la visión en el retrovisor de la avenida que va quedando atrás, presidida por una alfombra roja de peatones, desaparece cuando esnifo con fuerza de un bote de disolvente. pierdo el conocimiento y el coche se dirige sin control hacia la entrada de un hotel. atravieso el cristal de entrada, cinco sillones y dos sofás, además del mostrador de recepción y los cuerpos de treinta y dos personas, antes de pararme clavándome en el muro que detiene mi carrera y pulveriza mi cuerpo y mi coche. mi cráneo roto contra el volante y el cuello retorcido, las piernas en una impúdica postura y las manos incrustadas en mis antebrazos, que han sido arrancados de mis codos y clavados en el cuero del asiento, es el resultado de la colisión. varios miles de personas han televisado todo esto gracias a las cámaras situadas por todo el coche, además de la visión en primera persona gracias a la cámara implantada en mis retinas, servicio que costaba un incremento de 23 eurodólares. un presentador engominado despide la conexión hasta la semana siguiente y empieza la tanda de propaganda del Estado. es lo que tiene la televisión pública.
sábado, 8 de marzo de 2008
De trenes
El tren avanza despacio y da la sensación de que la estación retrocede. Entonces empieza el carnaval de edificios, puentes y fábricas que danzan ante mi ventana. Una casa abandonada, una excavadora, una chimenea muda; una flor entre matojos, un riachuelo y un gato furtivo; de nuevo una casa, una excavadora y una chimenea. Y otra estación------------------------------------------------------------------------------------------------Un periódico vuela por la estación despidiendo el tren como en las mejores películas. Si no se esconde entre unos matorrales acabará en la basura. Como las mejores películas-------------------------------------------------------------------------------El acero de los raíles -si es que están hechos de acero- es una verdad fría y rígida. Sin embargo al mirarlo me siento fluir y mi imaginación se desata. Veo muchas obras de arte que sólo consiguen anclar mis pies en la tierra.
martes, 4 de marzo de 2008
Vacío
Rodeado de libros, como si el saber plasmado en caracteres y acumulado en páginas me acercara al infinito o a la inmortalidad, pasé mi vejez.
Los últimos años de mi vida fluyeron como un río de pequeñas experiencias de la vida cotidiana llenas de pequeños nuevos avances en mi comprensión de la vida cotidiana.
Conservo aún recuerdos de mi acelerada juventud, que se me escapó de las manos al no conseguir enjaularla y domesticarla. Luego el tiempo enlazó mi nacimiento con mi muerte de una manera mucho menos sofisticada de lo que uno querría y se acabó.
Qué raro es estar aquí...
Los últimos años de mi vida fluyeron como un río de pequeñas experiencias de la vida cotidiana llenas de pequeños nuevos avances en mi comprensión de la vida cotidiana.
Conservo aún recuerdos de mi acelerada juventud, que se me escapó de las manos al no conseguir enjaularla y domesticarla. Luego el tiempo enlazó mi nacimiento con mi muerte de una manera mucho menos sofisticada de lo que uno querría y se acabó.
Qué raro es estar aquí...
jueves, 14 de febrero de 2008
S.H.A.R.K.
Desde el muro de la fábrica se tiene una extraña panorámica: abajo el agua, enfrente las fábricas semihundidas en el mar y al fondo la ciudad y los altos rascacielos desolados. No hay rastro de gente, y permanezco encaramado al muro, que se levanta aislado en mitad del agua, entre las ruinas de lo que un día fue una fábrica de zapatos. Trepo un poco más y me siento en lo alto, con las piernas a los lados, agarrándome fuertemente para no caer. Apunto, enfoco y disparo. Se oye un chasquido y de la cámara emerge una fotografía instantánea. De momento está negra, pero la agito y una imagen aparece levemente.
Cuando ya tengo la foto, la miro una vez más y la guardo en mi chaqueta. Una fuerte ola golpea el muro, que tiembla haciendo que me agite. De entre los ladrillos cae un poco de arenilla, lo cual no es buena señal: me levanto y el que me servía de asiento se resbala y cae al agua. Con cuidado, como puedo, trato de regresar al bote. Sabía que se avecinaba tormenta, pero es que es la única ocasión en la que puede verse a los escualos por la vieja ciudad.
“Quizás ahora acepten y conviertan esto en una reserva”, pienso mientras desciendo aferrándome a las grietas para no caer.
Cuando subo al bote un tiburón pasa por debajo y noto un escalofrío. Mientras mi bote se eleva y desciende de nuevo por las olas, rezo por que no tenga hambre. Espero un rato y enciendo el motor.
En el muelle del puerto no hay nadie. Ya ha empezado a llover y la lluvia ácida nos obliga a todos a encerrarnos en cualquier parte. Corro tapándome la cara con el abrigo de neopreno hasta un cobertizo. En el porche, debajo de un tejado de plástico ya bastante carcomido que apenas durará una hora, hay un par de niños tumbados contra la pared. Me ven y me miran con terror, pero les enseño mi chapa del gobierno. Entonces sí que tiemblan de verdad.
-Soy el fotógrafo, nada más –intento tranquilizarles, pero no hay manera.
Después de un rato allí, la lluvia cesa. Los dos muchachos salen corriendo hacia la ciudad mientras yo me quedo sentado mirando las olas lejanas. A veces una aleta asoma del agua, pero cada vez veo menos: parece que están regresando a las profundidades. Sólo vienen con tormenta, aunque esto tampoco es malo: cada vez son más frecuentes.
Miro mis instantáneas: una aleta saliendo a la superficie, una sombra oscura entre las ruinas sumergidas de una fábrica, el ojo negro y frío de un escualo que pareció verme encaramado al muro…
La semana pasada saqué una fotografía terrible: debido a una ola gigante, un tiburón se golpeó con una tubería sobresaliente y comenzó a sangrar. Al instante aparecieron tres más, que comenzaron a devorarlo a grandes bocados. Los restos del cadáver se hundieron lentamente mientras cientos de diminutos pececillos se acercaban a picotear la carne que quedaba. Capté el momento de la primera dentellada, justo en las branquias, en el momento exacto en que emergía del agua la boca abierta, llena de afilados dientes del segundo escualo. El tercero se intuía como una sombra más profunda, pero podía verse su cabeza con bastante claridad.
Volví a guardarme las fotos y me encaminé hacia la moto: le quité la funda de protección y me dirigí al ayuntamiento de la nueva ciudad. Las ruinas de la antigua quedaron detrás de mí, semihundidas y llenas de peligrosas alimañas: hace tiempo que perdimos nuestro derecho a estar allí. Tendremos que aprender a convivir con la muerte.
[fin de la conexión]
Cuando ya tengo la foto, la miro una vez más y la guardo en mi chaqueta. Una fuerte ola golpea el muro, que tiembla haciendo que me agite. De entre los ladrillos cae un poco de arenilla, lo cual no es buena señal: me levanto y el que me servía de asiento se resbala y cae al agua. Con cuidado, como puedo, trato de regresar al bote. Sabía que se avecinaba tormenta, pero es que es la única ocasión en la que puede verse a los escualos por la vieja ciudad.
“Quizás ahora acepten y conviertan esto en una reserva”, pienso mientras desciendo aferrándome a las grietas para no caer.
Cuando subo al bote un tiburón pasa por debajo y noto un escalofrío. Mientras mi bote se eleva y desciende de nuevo por las olas, rezo por que no tenga hambre. Espero un rato y enciendo el motor.
En el muelle del puerto no hay nadie. Ya ha empezado a llover y la lluvia ácida nos obliga a todos a encerrarnos en cualquier parte. Corro tapándome la cara con el abrigo de neopreno hasta un cobertizo. En el porche, debajo de un tejado de plástico ya bastante carcomido que apenas durará una hora, hay un par de niños tumbados contra la pared. Me ven y me miran con terror, pero les enseño mi chapa del gobierno. Entonces sí que tiemblan de verdad.
-Soy el fotógrafo, nada más –intento tranquilizarles, pero no hay manera.
Después de un rato allí, la lluvia cesa. Los dos muchachos salen corriendo hacia la ciudad mientras yo me quedo sentado mirando las olas lejanas. A veces una aleta asoma del agua, pero cada vez veo menos: parece que están regresando a las profundidades. Sólo vienen con tormenta, aunque esto tampoco es malo: cada vez son más frecuentes.
Miro mis instantáneas: una aleta saliendo a la superficie, una sombra oscura entre las ruinas sumergidas de una fábrica, el ojo negro y frío de un escualo que pareció verme encaramado al muro…
La semana pasada saqué una fotografía terrible: debido a una ola gigante, un tiburón se golpeó con una tubería sobresaliente y comenzó a sangrar. Al instante aparecieron tres más, que comenzaron a devorarlo a grandes bocados. Los restos del cadáver se hundieron lentamente mientras cientos de diminutos pececillos se acercaban a picotear la carne que quedaba. Capté el momento de la primera dentellada, justo en las branquias, en el momento exacto en que emergía del agua la boca abierta, llena de afilados dientes del segundo escualo. El tercero se intuía como una sombra más profunda, pero podía verse su cabeza con bastante claridad.
Volví a guardarme las fotos y me encaminé hacia la moto: le quité la funda de protección y me dirigí al ayuntamiento de la nueva ciudad. Las ruinas de la antigua quedaron detrás de mí, semihundidas y llenas de peligrosas alimañas: hace tiempo que perdimos nuestro derecho a estar allí. Tendremos que aprender a convivir con la muerte.
[fin de la conexión]
miércoles, 16 de enero de 2008
Danza macabra
Las partes del cuerpo se movían con bastante coordinación, pero a primera vista se apreciaba que algo no iba bien. Los brazos se elevaban en el aire, meneando los antebrazos sin vida, en cuyo extremo los dedos bailoteaban como gusanos en busca de carne. El sonido que se producía con el movimiento de los intestinos resultaba fascinante, con un chof chof similar al que hacen las pisadas en el barro empapado. Saltito a saltito, el cuerpo articulado subía y bajaba en el aire, posándose con cierta torpeza sobre el suelo, cada vez con una posición distinta. Se notaba el esfuerzo de los marionetistas, pero algo seguía sin ir bien, quizás era que el cuerpo pesaba demasiado. Lord Fabian estaba en el baile, que en la posterior noche de Walpurgis relató de manera extasiada con las siguientes palabras: "sí, amigo mío, tanta grandeza como en el baile del emperador no se ha visto jamás por estas tierras. El padre hereje maldijo el cadáver y se llevaron los preparativos con la máxima cautela. El resultado, ah... el resultado no pudo ser mejor: todo el pueblo festejaba en la plaza, alrededor de aquel armatoste de madera, y todos observaban extasiados la danza macabra que los marionetistas llevaban a cabo. Nunca se vio un emperador tan querido y alabado como aquel. Bebimos absenta hasta el amanecer y procedimos a recogernos con el alba, como se acostumbra a hacer, volviendo cada uno a casa a refugiarnos del sol. El pueblo de los malditos nunca tuvo mejor festejo que el baile del emperador. Al final de la noche colgamos el cuerpo del mástil de la plaza, que habían untado con pez. Menudo deleite viendo a los muchachos intentando trepar por la madera para robarle la corona al emperador. Caían al suelo y se levantaban corriendo para intentarlo de nuevo. Un jovenzuelo estuvo a punto de conseguirlo, pero se aferró mal al cuerpo y cayó arrancando de cuajo una pierna. Por supuesto le dejamos que se la quedara. Fue una noche magnífica...". Y con un trago de ron, Lord Fabian continuó relatando cada detalle de aquella noche inolvidable. Las brujas escuchaban ensimismadas mientras apuraban sus cazuelas de sangre de doncella y esperaban a la medianoche para realizar los rituales sacrílegos.
La luna llena brillaba en el cielo, no podía haber noche más bella.
viernes, 4 de enero de 2008
Rojo, negro y blanco
Desde la ventana abierta me llega el sonido de su saxofón: me lo trae el viento. Ella está a cientos de kilómetros, ni siquiera sé si está tocando ahora, pero todo lo que oigo es el sonido de su alma a través de su instrumento. Qué coño, todo lo que oigo, veo, siento... mis sentidos parecen haberse puesto de acuerdo para acosarme con ella: todo en este mundo me recuerda al tiempo que estuvimos juntos. Y al tiempo que estuvimos separados. Mi mundo es ella. Y me ha echado fuera.
Danzando en la Nada de mi existencia vacía y ebrio, más de amor que del whiskey que bebo, paso el día recordándola y sufriéndola. ¿Qué te llevaste de mí? ¿Qué pieza fue, que ahora no puedo funcionar sin ella? Bebo y apago mis sentidos, pero no su recuerdo. Aunque eso ya es algo.
Me miro al espejo y me pregunto qué puedo hacer, ahora que ya no existe el "nosotros", ahora que quedo otra vez encerrado en el "yo": ahora que tengo que enterrar mi vida porque ella me la mató. Suene donde suene, el lamento de su saxofón ahora sólo hace pompas de sangre. Sopla; sopla, maldita, porque cada aliento que exhalas a través de ese hierro es uno más que me quitas, porque cada vez que tomas aire me robas el oxígeno.
...
Ayer me pasé varias horas escribiendo su nombre por las paredes de mi habitación. Cuando acabé, cada centímetro de superficie estaba pintado, todas las paredes estaban teñidas de negro... Negro. ¿Qué le pasa a este color, que me persigue? El negro es el color del luto, de la muerte y de la noche... También es el color de las ruedas de un coche. Río como un alcohólico por mi rima famélica y me tumbo mirando el techo.
Nada, no consigo entenderlo. ¿Por qué me dejó? Pienso durante un rato contemplando esa noche sin estrellas y luego miro al reloj. Cuento las horas que me faltan para poder comprar pintura blanca en la ferretería y borrar las manchas de mi desesperación. Son demasiadas. Hasta el puto reloj está en mi contra... Debería sacarle sus agujas y clavármelas en los ojos para no ver lo patético que soy, pero no puedo, porque ya estoy dormido. Dejadme dormir, que ya he sufrido suficiente.
Después de una noche oscura en mi habitación negra, sumido en un sueño sin sueños, despierto con la sensación amarga de estar viviendo el mismo día cada día. Me recompongo el cuerpo dolorido y levanto del suelo deseando ver una línea de tiza con mi silueta, esperanza que como todas las mañanas se ve frustrada por la manía de mi corazón de seguir bombeando. Aunque bombee veneno, da igual: nunca dejará de hacerlo, tenga sentido o no. De camino al baño se van recolocando mis huesos en su sitio y la piel se acomoda como un traje que debería planchar. Cuando entro, el espejo mira para otro lado y el váter abre la boca para comerse la mierda que se quedó en mi cuerpo y no llegó a entrar en mi alma.
Veinte minutos más tarde salgo por la puerta de la ferretería con dos bidones de Titanlux blanco y una brocha. A ver si conseguimos que todo esto pinte un poco mejor...
Danzando en la Nada de mi existencia vacía y ebrio, más de amor que del whiskey que bebo, paso el día recordándola y sufriéndola. ¿Qué te llevaste de mí? ¿Qué pieza fue, que ahora no puedo funcionar sin ella? Bebo y apago mis sentidos, pero no su recuerdo. Aunque eso ya es algo.
Me miro al espejo y me pregunto qué puedo hacer, ahora que ya no existe el "nosotros", ahora que quedo otra vez encerrado en el "yo": ahora que tengo que enterrar mi vida porque ella me la mató. Suene donde suene, el lamento de su saxofón ahora sólo hace pompas de sangre. Sopla; sopla, maldita, porque cada aliento que exhalas a través de ese hierro es uno más que me quitas, porque cada vez que tomas aire me robas el oxígeno.
...
Ayer me pasé varias horas escribiendo su nombre por las paredes de mi habitación. Cuando acabé, cada centímetro de superficie estaba pintado, todas las paredes estaban teñidas de negro... Negro. ¿Qué le pasa a este color, que me persigue? El negro es el color del luto, de la muerte y de la noche... También es el color de las ruedas de un coche. Río como un alcohólico por mi rima famélica y me tumbo mirando el techo.
Nada, no consigo entenderlo. ¿Por qué me dejó? Pienso durante un rato contemplando esa noche sin estrellas y luego miro al reloj. Cuento las horas que me faltan para poder comprar pintura blanca en la ferretería y borrar las manchas de mi desesperación. Son demasiadas. Hasta el puto reloj está en mi contra... Debería sacarle sus agujas y clavármelas en los ojos para no ver lo patético que soy, pero no puedo, porque ya estoy dormido. Dejadme dormir, que ya he sufrido suficiente.
Después de una noche oscura en mi habitación negra, sumido en un sueño sin sueños, despierto con la sensación amarga de estar viviendo el mismo día cada día. Me recompongo el cuerpo dolorido y levanto del suelo deseando ver una línea de tiza con mi silueta, esperanza que como todas las mañanas se ve frustrada por la manía de mi corazón de seguir bombeando. Aunque bombee veneno, da igual: nunca dejará de hacerlo, tenga sentido o no. De camino al baño se van recolocando mis huesos en su sitio y la piel se acomoda como un traje que debería planchar. Cuando entro, el espejo mira para otro lado y el váter abre la boca para comerse la mierda que se quedó en mi cuerpo y no llegó a entrar en mi alma.
Veinte minutos más tarde salgo por la puerta de la ferretería con dos bidones de Titanlux blanco y una brocha. A ver si conseguimos que todo esto pinte un poco mejor...
domingo, 16 de diciembre de 2007
Encuentro casual
Él era un profesor universitario, ella una rubia que no estaba mal.
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Se conocieron en un bar, después de que ella, cansada de llamar constantemente por teléfono desde la barra a un chico que había conocido en el fin de semana y que no contestaba, colgara y pidiera un tercio. Uno tras otro. Luego levantó la vista del número de teléfono que tenía, vio al profesor y rompió el papelito para no llamar más. Seguro que el chaval le había dado el número mal para quitársela de encima. Menudo cabrón. Igualmente, se sintió desesperada, y sin saber muy bien lo que hacía se acercó a la mesa del profesor, que la miraba constantemente de tapadillo.
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Sin sentarse siquiera y bastante nerviosa, le preguntó si le apetecía dar una vuelta.
Sin sentarse siquiera y bastante nerviosa, le preguntó si le apetecía dar una vuelta.
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Fue un paseo agradable aunque ambos estaban nerviosos: la mirada de él iba alternativamente del suelo a los ojos de ella, que mantenía la vista al frente, pues temía que si miraba directamente a su acompañante perdería el interés y las fuerzas para seguir con todo esto. Así caminaron y charlaron juntos durante un par de horas. Cuando él había aprobado más o menos el examen de personalidad que ella le venía haciendo, le dijo su nombre: Marta.
´Fue un paseo agradable aunque ambos estaban nerviosos: la mirada de él iba alternativamente del suelo a los ojos de ella, que mantenía la vista al frente, pues temía que si miraba directamente a su acompañante perdería el interés y las fuerzas para seguir con todo esto. Así caminaron y charlaron juntos durante un par de horas. Cuando él había aprobado más o menos el examen de personalidad que ella le venía haciendo, le dijo su nombre: Marta.
"Es muy bonito", respondió él sinceramente. "Yo me llamo Gregorio."
´ "Hay un cine cerca de aquí, ¿te apetece que veamos algo?"
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Él pensó que ella buscaba pasar más tiempo acompañada, pero sin estar tampoco con nadie. A pesar de eso, aceptó. No es que le hiciera sentirse demasiado especial, pero era mejor que volverse a casa y encerrarse a solas con los libros y estudiar una noche más. Prefería ver dónde acaba esto: Marta parecía un poco perdida, pero no le desagradaba. Y aunque no era guapa, sí resultaba atractiva.
Él pensó que ella buscaba pasar más tiempo acompañada, pero sin estar tampoco con nadie. A pesar de eso, aceptó. No es que le hiciera sentirse demasiado especial, pero era mejor que volverse a casa y encerrarse a solas con los libros y estudiar una noche más. Prefería ver dónde acaba esto: Marta parecía un poco perdida, pero no le desagradaba. Y aunque no era guapa, sí resultaba atractiva.
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La cartelera no era gran cosa y Gregorio le dejó elegir a ella para evitarse problemas. Marta lo vio más como una falta de carácter que como un detalle, ya que a ella le costaba mucho decidirse y además le preocupaba su elección, pues de algún modo ésta daría bastante información sobre su manera de ser. Fue un primer tropiezo que, aunque pequeño, la molestó. Él no se dio cuenta.
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Entraron a ver una de las que parecían menos comerciales y se enfrentaron con una sala casi vacía.
La cartelera no era gran cosa y Gregorio le dejó elegir a ella para evitarse problemas. Marta lo vio más como una falta de carácter que como un detalle, ya que a ella le costaba mucho decidirse y además le preocupaba su elección, pues de algún modo ésta daría bastante información sobre su manera de ser. Fue un primer tropiezo que, aunque pequeño, la molestó. Él no se dio cuenta.
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Entraron a ver una de las que parecían menos comerciales y se enfrentaron con una sala casi vacía.
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"¿Dónde quieres sentarte?", preguntó Gregorio con cierto desinterés.
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"Me da un poco igual...", respondió Marta, que se empezó a poner un poco nerviosa: el vacío de la sala tenía algo siniestro que hacía que se sintiera desprotegida. "¿Por qué no compramos algo para comer?"
"¿Dónde quieres sentarte?", preguntó Gregorio con cierto desinterés.
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"Me da un poco igual...", respondió Marta, que se empezó a poner un poco nerviosa: el vacío de la sala tenía algo siniestro que hacía que se sintiera desprotegida. "¿Por qué no compramos algo para comer?"
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"Claro", Gregorio no era partidario de las palomitas, tan ruidosas y molestas, aunque un refresco sí que le apetecía. Cuando llegaron al puesto no había nadie a la cola, así que el dependiente les preguntó directamente qué querían y no les dio tiempo a pensar. Esta vez él afirmó con bastante rapidez: "fanta de naranja, mediana" y Marta se quedó descolgada, enfrentándose a la mirada del chaval, de modo que se trabó y, deseando evitar un momento de incómoda impaciencia, pidió lo mismo.
"Claro", Gregorio no era partidario de las palomitas, tan ruidosas y molestas, aunque un refresco sí que le apetecía. Cuando llegaron al puesto no había nadie a la cola, así que el dependiente les preguntó directamente qué querían y no les dio tiempo a pensar. Esta vez él afirmó con bastante rapidez: "fanta de naranja, mediana" y Marta se quedó descolgada, enfrentándose a la mirada del chaval, de modo que se trabó y, deseando evitar un momento de incómoda impaciencia, pidió lo mismo.
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Después regresaron a la sala y se sentaron hacia la mitad de las filas, justo en la parte del centro. Solos, sin que hubiera nadie a su alrededor. Gregorio estaba ahora contando algo sobre los chavales a los que daba clase como profesor asociado de la universidad de Alcalá. Contaba pequeñas discusiones que habían mantenido en clase sobre obras de teatro y cómo uno debe enfrentarse a los alumnos desde una posición de humildad para evitar que lo fusilen: "Que vean que sabes más que ellos, pero que no piensen que intentas convencerles, sino que les estás contando tu versión". De algún modo, Marta no entendía lo que él intentaba decirle, pero descubrió que su compañero de paseo resultaba una persona bastante más sensible que la gente con la que solía estar. Tenía al menos más cosas que contar, aunque tampoco fuera apasionante.
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Se relajó un poco en el asiento y no le importó que sus brazos quedaran en contacto cuando las luces se apagaron y empezaron los anuncios. La película transcurrió sin mayor complicación: "típico rollo intimista que seguro que gana muchos premios y la admiración de la crítica pero que no pasa de ser un refrito histórico -de la guerra civil, por supuesto- propicio al bando republicano sobre amor y moral, etc. Si en un alarde de fingida objetividad sitúan la acción en el lado franquista, mejor que huyas del cine", pensó Gregorio. La miró a ella, que parecía entusiasmada, y prefirió no decir nada.
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No era tal el entusiasmo que sentía Marta, pero simplemente hacía mucho que no iba al cine y quería disfrutar la película, que por lo menos era una historia de amor con la que ella podía sentirse identificada. "No tiene sentido ponerse a analizar esto: es sólo una película, una historia... Y ya que pagas la entrada al menos hay que intentar sacar algo, supongo. A mí me está gustando", se dijo a sí misma.
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Hora y media más tarde salieron del cine: él un poco emocionado -al final la demagogia kitsch que tanto le había asqueado había conseguido hacerle llorar, debido seguramente a la mezcla demasiado dramática de imágenes evocadoras de sufrimiento existencial y a la melodía trágica que las acompañaba- mientras que ella salía un poco decepcionada por el final tan simplón que le habían dado a la película.
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- ¿Te apetece ir a algún sitio?- preguntó él.
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- La verdad es que no sé, ¿quieres tomarte unas cañas?
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Gregorio pareció algo incómodo, aunque lo estaba deseando:
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- Bueno, mañana tengo que madrugar y preparar la clase, pero por mí vale.
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- Pues vamos aquí al lado y nos tomamos una rápida, ¿vale?
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Charlaron durante tres horas más, se emborracharon y él la acabó acompañando a casa. Ella insistió en que le gustaba, pero que no lo conocía lo suficiente como para acostarse con él -normalmente lo habría hecho, pero creía que con éste podría llegar a más, así que no quería exponerse a que desapareciera, como el resto-. Sin embargo, durmieron juntos, abrazados, y cuando un rayo de sol entró por la ventana, ellos seguían pegados el uno al otro. Gregorio se descubrió al lado de Marta y sintió una intensa felicidad -aunque no sabía si debido a la conjunción de sucesos inesperados y vivencias nuevas o al hecho de que empezaba a enamorarse-, besó en la mejilla a Marta y siguió con su ronda de besos por el cuello y los hombros hasta que la despertó. Entonces ella sintió mucho cariño por Gregorio. Se besaron un buen rato y al final hicieron el amor. Follaron, vamos. Para Gregorio fue una experiencia intensamente positiva, una relación felizmente consumada, un loco arrebato de abandono a la pasión. Marta lo vio como que le apetecía y, chica, una no debe tampoco dejar pasar las oportunidades; no estuvo mal, él lo hacía con mucho cariño, pero no llegó a más: nunca ocuparía un lugar en su puesto de mejores amantes. Qué bobada, si ella tampoco tenía tanta experiencia como para hablar de "amantes"...
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Total, que desayunaron, Gregorio salió corriendo hacia la universidad -veinte minutos corriendo: no estaba muy lejos- y Marta bajó a dar un paseo por el centro y a disfrutar del sol en su día libre mientras pensaba en lo que había ocurrido.
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Ella realmente no sabía qué pensar de todo esto, quizás había sido un error acostarse con él. En realidad no sabía si quería volver a verle. ¿Él qué pensaría, qué sentiría?
´
Bueno, para cuando llegó corriendo a la puerta del aula -donde se quedó un momento recomponiendo sus ideas-, Gregorio sentía todavía el recuerdo del cuerpo caliente de Marta contra su pecho. De algún modo, se sentía completamente enamorado. Entró a clase con sonrisa de haber follado.
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Todos se dieron cuenta.
martes, 4 de diciembre de 2007
Un taimado hijodeputa
Todo el mundo pensaba que era un tío estupendo, aunque él y yo sabíamos que en realidad era un taimado hijodeputa.
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Tenía un especial talento para esquivar cualquier cosa similar a una habilidad artística o a un verdadero interés por las cosas que lo rodeaban, lo cual le permitía dedicarse única y exclusivamente a sus relaciones sociales y mantener su mente siempre en un plano vulgar y anodino que lo mantenía en una constante felicidad.
¨
Tras esta máscara de amabilidad se ocultaba un alma putrefacta llena de egoísmo, vanidad y desprecio. No habría hecho nada en su puta vida sin la promesa -o esperanza por lo menos- de una recompensa más o menos inmediata.
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Y ese hijoputa estaba apoyado en la barra a mi lado, hablándome desde su falsa y mal fingida ebriedad sobre varios aspectos algo escabrosos de su vida. Yo sabía que toda esa cháchara era una mierda sin sentido que me soltaba para que yo hiciera lo mismo, poniendo mis puntos débiles a su entera disposición para hacer conmigo lo que quisiera. No pensaba hacerlo, pero yo sí que estaba borracho, así que había que tener cuidado.
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No sé bien en qué momento el whiskey con hielo apagó esta señal de advertencia pero cuando me di cuenta le había contado mis penas, neuras, pasiones y rarezas. Me había desarmado inevitablemente exponiendo mi interior secreto a un taimado hijodeputa.
¨
Su sonrisa se volvió afilada como una cuchillada.
¨
Joder...
Mía
Desde que la vi por primera vez supe que nunca sería mía. Supe que ella disfrutaría seduciéndome y llevándome a la perdición, jugando conmigo, destruyéndome. Desde ese momento quise abandonarme a su capricho, desconectar mis defensas sentimentales y dejarme inundar por el dulce dolor de la insatisfacción amorosa. Yo no lo sabía, pero en el fondo era así.
¨
El día que se lo dije me miró en silencio, con una expresión vacía y carente de cualquier significado. Me respondió con un tono extrañamente inerte, sus palabras se clavaron frías en mi piel con grapas de cobre: "¿Qué es lo que quieres de mí?"
¨
"Nada", pronuncié con satisfacción.
¨
Y me alejé calle abajo con esa puñalada en mi corazón.
Café solo
Café solo. Un café negro como el petróleo, como el agua aceitosa del muelle de una gran ciudad. La veía beberlo a largos tragos, una taza tras otra, y mi estómago se resentía. Nunca he soportado el café: me da por culo.
Laura bebía y bebía y yo la miraba callado. Cuando reanudó la conversación, no parecía más nerviosa que antes:
-Así que me marcho. Mañana de madrugada.
Durante un largo silencio esperé a que añadiera un motivo o aclaración; una disculpa. No lo hizo, claro, así que le pregunté:
-¿Por qué te vas?
Silencio.
-Simplemente me voy. Necesito hacerlo, las cosas no están bien por aquí.
Eso me jodió, y le pregunté a qué se refería:
-¿A qué te refieres?
-No sé -bebiendo de nuevo-, me gustas, pero no le veo sentido a seguir así. Trabajamos juntos y eso de alguna manera acaba causándonos problemas.
-No digas tonterías. Dame un motivo de verdad.
Silencio.
-No lo hay, salvo que quiero irme.
-Pero, ¿a dónde vas a ir?
-No lo sé. Tengo dinero ahorrado; buscaré un sitio donde pueda volver a empezar.
Me quedé callado un rato mirando por la ventana. En la autopista mojada podía ver cómo los pocos coches que pasaban levantaban pequeñas nubes de gotitas de lluvia. Pensé que debería haber más coches un domingo por la mañana. Por un momento me olvidé de ella, hasta que volvió a decir algo:
-Venga, anda, dame un beso. Tengo que irme a preparar las maletas.
Dejó el cigarrillo moribundo en el cenicero y se puso de pie con sencilla majestuosidad. Ver ese cuerpo elevándose ante mí me recordó las noches de sexo y sudor, el lecho cálido y húmedo. Me empalmé un poco y no quise levantarme.
-No seas crío: te llamaré.
-No estoy siendo crío. Es sólo que no entiendo a qué viene todo esto.
Me miró durante un segundo muy seria:
-Hay otro hombre.
Mi pene se desinfló, de repente había perdido todo poder sobre ella.
-Lo que me faltaba -volví a mirar por la ventana.
-Venga, no dramatices: nuestra vida sexual siempre ha sido buena y no me puedo quejar de ti como amante.
-Entonces, ¿por qué te has buscado a otro? -dije mientras jugaba con el servilletero.
-No lo busqué: apareció.
-¿Y qué te da él que yo no haga?
-Tú no me quieres.
Levanté la vista del servilletero; su mirada era sincera hasta un extremo incómodo:
Silencio.
-Simplemente me voy. Necesito hacerlo, las cosas no están bien por aquí.
Eso me jodió, y le pregunté a qué se refería:
-¿A qué te refieres?
-No sé -bebiendo de nuevo-, me gustas, pero no le veo sentido a seguir así. Trabajamos juntos y eso de alguna manera acaba causándonos problemas.
-No digas tonterías. Dame un motivo de verdad.
Silencio.
-No lo hay, salvo que quiero irme.
-Pero, ¿a dónde vas a ir?
-No lo sé. Tengo dinero ahorrado; buscaré un sitio donde pueda volver a empezar.
Me quedé callado un rato mirando por la ventana. En la autopista mojada podía ver cómo los pocos coches que pasaban levantaban pequeñas nubes de gotitas de lluvia. Pensé que debería haber más coches un domingo por la mañana. Por un momento me olvidé de ella, hasta que volvió a decir algo:
-Venga, anda, dame un beso. Tengo que irme a preparar las maletas.
Dejó el cigarrillo moribundo en el cenicero y se puso de pie con sencilla majestuosidad. Ver ese cuerpo elevándose ante mí me recordó las noches de sexo y sudor, el lecho cálido y húmedo. Me empalmé un poco y no quise levantarme.
-No seas crío: te llamaré.
-No estoy siendo crío. Es sólo que no entiendo a qué viene todo esto.
Me miró durante un segundo muy seria:
-Hay otro hombre.
Mi pene se desinfló, de repente había perdido todo poder sobre ella.
-Lo que me faltaba -volví a mirar por la ventana.
-Venga, no dramatices: nuestra vida sexual siempre ha sido buena y no me puedo quejar de ti como amante.
-Entonces, ¿por qué te has buscado a otro? -dije mientras jugaba con el servilletero.
-No lo busqué: apareció.
-¿Y qué te da él que yo no haga?
-Tú no me quieres.
Levanté la vista del servilletero; su mirada era sincera hasta un extremo incómodo:
-¿Él sí?
-El sí -asintiendo levemente con la cabeza.
-¿Y cómo sabes tan bien que yo no te quiero? Ni yo mismo estoy seguro...
-Tú y yo follamos y dormimos juntos y esas cosas, pero no estamos enamorados. No me merece la pena seguir así.
-No creo que sea tan malo: una relación moderna.
Ella sonrió y volvió a sentarse. Bajando la voz y afilando la mirada, dijo:
-Es tan malo porque te estoy dejando para siempre y sé que te importa una mierda y que lo único en lo que estás pensando es en si te voy a echar un último polvo esta noche.
Me quedé callado, desarmado. Touché.
-Y la respuesta es "no".
...
Un rato después la vi salir del bar y de mi vida. Me abandonaba: iba en serio.
Le di una calada al cigarrillo mal apagado que se había dejado en el cenicero y noté cómo algo, lo que quedaba de ella, de su recuerdo, se introducía dentro de mí. La tenía en mis pulmones, pero no me servía.
Apagué su recuerdo en el cenicero y pagué la cuenta. Al coger la chaqueta de mi silla me quedé un momento mirando su taza de café vacía, una de tantas que había acumulado durante la conversación. El resto de café en el fondo de la taza resultaba intranquilizador, como si mirara dentro de un pozo sin fondo o dentro del alma de una persona vacía. Luego salí al frío de la tarde y estuve un rato sentado en el coche, en silencio. No estaba pensando, sólo esperando a que algo pasara.
Al rato arranqué y me largué a casa.
Otra historia que se iba a la mierda...
No lloré en todo el camino, pero me empecé a sentir mal en cuanto vi nuestra cama. Me tumbé abrazado a la almohada y entonces todos los sentimientos se mezclaron en mi cabeza y mi pecho como el zumbido de millares de abejas. No sabía qué hacer, estaba saturado. Ella ya no estaba.
Creo que me dormí llorando... Puede que no.
jueves, 29 de noviembre de 2007
Cuento corto
En la oscuridad de la noche, Cesare contempla a través de una ventana el cuerpo de su amada mientras la lluvia cae con furia. Un leve movimiento y un rayo de luna delata el cuchillo en su mano. En su cabeza sólo un pensamiento, en su cuerpo sólo excitación. A su espalda el vacío más allá de la barandilla de la terraza.
Un suave chasquido, apenas perceptible, y la ventana está abierta. Después, como una exhalación, se introduce en la estancia con un movimiento calculado. En la cama, parte de la espalda desnuda de la muchacha sobresale entre las sábanas. Al estar tumbada de lado la cabeza y los brazos permanecen ocultos.
Invisible en la negrura, Cesare espera con calma a que sus ojos se adapten a la oscuridad y entonces se acerca a la cama, cruzando un rayo de luz que atraviesa la habitación. A cada paso se eleva un poco el cuchillo, la otra mano preparada para retirar las sábanas. Tan sólo un tirón y se deslizan por el cuerpo de la muchacha besando su desnudez y cayendo con un suspiro apagado.
A pesar de que la fría hoja del cuchillo está preparada, el cuerpo de Cesare permanece inmóvil. Ahora es cuando todas las consecuencias de su acto empiezan a hacerse tangibles, cuando por primera vez piensa en lo que hará después. Un último pensamiento corretea por su cabeza: la huida no será fácil. Entonces la mano libre comienza a avanzar.
Con envidiable rapidez, el cuchillo realiza un único movimiento y los ojos de la chica se abren de par en par. El grito desgarrado se queda en su boca, atrapado por la palma de la mano de Cesare, que aprieta con fuerza. Ella lo mira sorprendida.Sus pupilas muestran reconocimiento, también incomprensión.
Cesare acerca su boca al oído de la muchacha y susurra:
-He venido a rescatarla, princesa.
Y la joven se incorpora en silencio acariciándose las doloridas muñecas mientras él tira a un lado la cuerda cortada y se prepara para sacarla del castillo.
Un suave chasquido, apenas perceptible, y la ventana está abierta. Después, como una exhalación, se introduce en la estancia con un movimiento calculado. En la cama, parte de la espalda desnuda de la muchacha sobresale entre las sábanas. Al estar tumbada de lado la cabeza y los brazos permanecen ocultos.
Invisible en la negrura, Cesare espera con calma a que sus ojos se adapten a la oscuridad y entonces se acerca a la cama, cruzando un rayo de luz que atraviesa la habitación. A cada paso se eleva un poco el cuchillo, la otra mano preparada para retirar las sábanas. Tan sólo un tirón y se deslizan por el cuerpo de la muchacha besando su desnudez y cayendo con un suspiro apagado.
A pesar de que la fría hoja del cuchillo está preparada, el cuerpo de Cesare permanece inmóvil. Ahora es cuando todas las consecuencias de su acto empiezan a hacerse tangibles, cuando por primera vez piensa en lo que hará después. Un último pensamiento corretea por su cabeza: la huida no será fácil. Entonces la mano libre comienza a avanzar.
Con envidiable rapidez, el cuchillo realiza un único movimiento y los ojos de la chica se abren de par en par. El grito desgarrado se queda en su boca, atrapado por la palma de la mano de Cesare, que aprieta con fuerza. Ella lo mira sorprendida.Sus pupilas muestran reconocimiento, también incomprensión.
Cesare acerca su boca al oído de la muchacha y susurra:
-He venido a rescatarla, princesa.
Y la joven se incorpora en silencio acariciándose las doloridas muñecas mientras él tira a un lado la cuerda cortada y se prepara para sacarla del castillo.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
violencia de genera
La estoy golpeando con toda mi fuerza y me siento genial. Parece que no me vaya a cansar nunca. Noto cómo me duelen los nudillos pero tengo la adrenalina tan disparada que nada me impide seguir golpeándola. También lo hago con el antebrazo y el canto de la mano, hasta que ya me duele todo y la golpeo con el codo.
Ella intenta decir algo:
-¡Cállate!
No pienso dejarle hablar. Le doy un cabezazo con todas mis fuerzas y me noto mareado. Joder, es dura... Me tambaleo un poco, la cabeza se me va de un lado a otro. Debo de parecer George Foreman después del galletazo de Alí... A punto de caer al suelo... Joder, que ni lo piense: aquí sigo, nena. Otro izquierdazo y noto cómo se me rompe la mano.
¡¡¡DIOSSSSS!!!
El dolor casi me hacer caer de rodillas, se me saltan las lágrimas. ¡No pienso rendirme, puta! Lanzo el puño contrario derecho a su jodida cara y me imagino que revienta como un melón.
¡¡Siiií!!
Después otro cabezazo, este aún más fuerte que el anterior. Y otro y otro y otro... Oigo un crack y ahora sí que me mareo y caigo. La cabeza me sangra... Joder, me duele como si se me fuera a salir el puto cerebro.
.................................................................................
Dos horas más tarde, cuando su mujer llega a casa, lo encuentra tirado en el suelo, muerto. Parece ser que estaba tan fuera de sí que mientras esperaba a que volviera se puso a golpearse contra la pared hasta que se reventó la cabeza.
(...)
Y yo digo: ¿por qué nunca pasan estas cosas?
viernes, 23 de noviembre de 2007
Es cena
Grito:
-¡¡¡¡TE ODIO!!!
Golpeo.
Cientos de cristales caen al suelo como una cascada de purpurina.
Mi mano está manchada de sangre. Lloro y me llevo las manos a la cabeza.
Caigo de rodillas junto al espejo y luego ruedo por el suelo.
Me pongo en pie como si una cuerda invisible estuviera ahorcándome.
Voy hacia la mesa y cojo el cuchillo. Lo clavo en mi tripa.
Un pañuelo de sangre brota hacia los tablones del suelo.
El chas del cuchillo indica que se ha caído de mi mano. Aunque yo ya no siento nada.
De repente me quedo en la oscuridad. Hasta que sube de nuevo el telón.
Entonces todo son aplausos.
Saludo a los espectadores durante todo el tiempo que clapean con sus manos y después me despido con un gesto y me marcho.
Salgo del teatro por la puerta de servicio y aparezco en el callejón frío y sucio de todas las noches.
Camino por la calle nevada mientras la nieve me recubre y mi alma escapa en vaharadas de aliento de mi boca.Vuelvo a sentir el vacío. Vuelvo a sentirme sola.
martes, 13 de noviembre de 2007
el monstruo interior
Mi piel se cae a trozos. Literalmente.
Hace tiempo que sé que podía pasar y lo temía: ahora ha empezado de verdad y no sé cuánto va a durar pero sé que es bueno.
Una vez tuve un sueño en el que mi rostro aparecía destrozado, la piel convertida en cortezas de cerdo. Una imagen que también aparecía era la de un suelo de madera en el que todos los tablones se combaban hacia arriba y sobresalían como cicatrices.
La gente me miraba y señalaba, mis amigos me rehuían, se me obligaba a vivir encerrado.
Aunque sea una imagen demasiado simbólica, al final del sueño me veía a mí mismo destrozando a martillazos el suelo de madera. Las astillas volaban por el aire.
Estaba sacando al monstruo: cambiando la piel.
Floreciendo de dentro hacia afuera...
Hace tiempo que sé que podía pasar y lo temía: ahora ha empezado de verdad y no sé cuánto va a durar pero sé que es bueno.
Una vez tuve un sueño en el que mi rostro aparecía destrozado, la piel convertida en cortezas de cerdo. Una imagen que también aparecía era la de un suelo de madera en el que todos los tablones se combaban hacia arriba y sobresalían como cicatrices.
La gente me miraba y señalaba, mis amigos me rehuían, se me obligaba a vivir encerrado.
Aunque sea una imagen demasiado simbólica, al final del sueño me veía a mí mismo destrozando a martillazos el suelo de madera. Las astillas volaban por el aire.
Estaba sacando al monstruo: cambiando la piel.
Floreciendo de dentro hacia afuera...
domingo, 21 de octubre de 2007
Muerte en prisión
Su último aliento expiró con el estruendo del batir de alas de una mariposa negra. El cuerpo vacío de vida quedó tirado sobre las frías baldosas de la antigua prisión, la postura de sus extremidades retorcida como la de una marioneta rota. En el negro inerte de sus pupilas la ventana de gruesos barrotes se reflejaba como la entrada a un mundo lleno de luz.
Todo en su cara resultaba desagradable, en especial los dientes, que asomaban provocadores de unos labios mordisqueados y secos que permanecían anclados en una última sonrisa desquiciada.
El guardia que descubrió el repugnante cadáver diría horas más tarde a un desconocido en un bar, mientras con mirada perturbada examinaba las gotitas de condensación que recubrían el cristal de su bebida, que la expresión del muerto era la de quien reconocía a un ser querido.
Pronto se formó la leyenda de que el diablo en persona había visitado en su lecho de muerte al preso, aunque la historia fue cayendo poco a poco en el olvido, aplastada por la rutina del presidio.
sábado, 13 de octubre de 2007
Jazz nocturno
El lamento del saxofón revoloteó sobre la espuma de mi cerveza y se entremezcló con el humo del cigarrillo que se consumía entre mis dedos, antes de estallar llenando todo el bar de luz y desaparecer después lentamente como el zumbido de un tren que se aleja. Entonces el rasguido quemado del chelo emergió de entre los tablones del suelo y el ritmo nos inundó a todos como una ola de embriaguez. Casi consiguió levantarme el ánimo, pero no. Las notas del piano empezaron a caer sobre nosotros con el repicar de una lluvia que empapaba nuestras almas. Los labios de la cantante se separaron lentamente.
Yo estaba sentado solo frente al escenario, más o menos en el centro del local, y desde mi sitio podía intuir cómo sus labios oscuros se despegaban sensualmente, con suavidad, aunque no puedo saber hasta qué punto la imagen era fruto de mi fantasía. Entonces, como si surgiera de todas partes a la vez, como si hubiera estado todo el rato escondida en las sombras de los rincones, su voz empezó a resonar sobre mi piel. En cuanto la oí empecé a sentir el calor dentro de mí, un calor que expulsaba lejos los problemas y me liberaba de mí mismo. La voz de la melancolía, el temblor de la llama de una vela.
Ahora el saxo se limitaba a mantenerse en el aire envolviendo el suave canto de la chica, que se contorsionaba lentamente como una serpiente, al son del deseo de un amante escondido. Las lentejuelas de su vestido relucían intermitentemente como un firmamento lleno de estrellas. En mi mente estalló el deseo por su piel negra: casi podía sentir su tacto suave cuando una lengua de voz entró cariñosa en mis oídos. El piano, como una máquina de escribir, susurraba una historia a través de pausados acordes, una historia triste de desamor que parecía dirigirse a la voz de la cantante, suplicándole que nunca dejara de cantar esa melodía. Sin embargo, en un caprichoso crescendo rematado por unas últimas notas apenas susurradas, la canción terminó. Yo ni siquiera parpadeaba.
Todo en el bar se detuvo: el hombre que dirigía una cerilla a su puro, el camarero que estaba a punto de llenar una copa y la chica que recogía los vasos vacíos de una mesa cercana a la mía. Todos la miraban a ella, esperando que volviera a comenzar, que volviera a darnos vida con su voz como si fuéramos juguetes de cuerda que no pueden subsistir sin ayuda de una mano ajena. Todos nosotros necesitábamos su voz, deseábamos que nos diera cuerda.
Empezó otra canción y la magia reapareció como un recuerdo borroso. Dejé de contener la respiración y me abandoné a su hechizo. Un ruido en la mesa me devolvió a la realidad: era Charlie Rouse, que había pegado un trago a mi cerveza. Ni siquiera me había dado cuenta de que había entrado.
-¿Qué quieres?
-El Jefe quiere verte.
De algún modo ya presentía que este repentino bienestar que yo experimentaba no podía durar demasiado: en cuanto vi a Rouse supe que traía malas noticias.
-¿De qué se trata?
-Hay que apretarle las tuercas a alguien. El Jefe te lo explicará todo.
Y de repente ya no podía quedarme allí y escuchar la música. No podía escapar de mí mismo y desaparecer en las sensaciones que le música me producía. La vida real, personalizada por un tipo grueso y de voz ronca, había tomado de nuevo el control de la situación: yo volvía a ser el matón de poca monta que siempre había sido y se esperaba de mí que fuera un asesino implacable y un perro fiel. ¿Por qué no me había hecho músico cuando tuve la ocasión? Me levanté apartando la silla con la mano, me acabé la cerveza de un trago y aplasté el cigarrillo contra las cenizas del cenicero como si estuviera aplastándole el cráneo a Rouse contra la mesa por interrumpir mi descanso. Con el sombrero en la mano me di la vuelta, lancé una última mirada al escenario y busqué su mirada. Juro por Dios que si ella me hubiera mirado a los ojos nadie hubiera podido sacarme vivo de aquel bar, pero no fue así: ella siguió cantando para sí ante las pocas personas que estábamos en el local y me calé el sombrero antes de marcharme por la puerta a una fría noche de invierno.
lunes, 8 de octubre de 2007
El dilema de Sandra
Sandra cruzó el parque meneando las caderas. Había un grupillo de chicos de su insti cacareando en un banco y al pasar a su lado la miraron descaradamente. Pasó de largo sabiendo que el movimiento de sus ya abultados pechos los volvía locos y se acercó al coche de su nuevo novio. Se apoyó en la ventana abierta de manera que pudiera exhibir su culo perfecto y ponerles los dientes largos a esos gilipollas. Que se mataran a pajas, porque ese culo no lo iba a tocar ninguno.
Luego se acomodó en el asiento y le pegó un buen morreo al chaval. Miguel, creía que se llamaba. Qué más da, lo importante es poder dar una vuelta por el centro en coche. Sandra se había acostumbrado en el último año a que la llevaran a todas partes y disfrutaba viendo cómo las pavas de su clase la envidiaban por ser tan guay. Que les jodan, son unas estrechas: si quieres ir en coche tienes que dejarles por lo menos que te soben las tetas. Si no, te tachan de calientapoyas y cojen a otra que sí se deje. Ni hablar.
Dejando atrás una calle tras otra, con la radio a todo volumen, Sandra miraba a la gente que caminaba por las aceras y se sentía superior, pues ella sola había conseguido quedar por encima de todos los demás: había conseguido que la llevaran en coche. Es como que te lleven en brazos, pero a toda hostia y vacilando. Sólo el hecho de pensarlo le excitaba y empezó a frotarse el culo contra el cuero del asiento.
Marcos, que era definitivamente como se llamaba el tío, le preguntó si estaba incómoda, pero ella le puso la mano en la pierna y le dijo sonriendo que es que las bragas le molestaban. Eso lo volverá loco. Aunque de todas formas todavía le queda bastante hasta que le deje ir más allá. Y que ni piense en follar, no mola lo suficiente como para perder la virginidad con él.
Desde que su cuerpo empezó a tener verdaderas formas de mujer a los quince, Sandra había comprendido un par de cosas: primero, que cualquier chico haría lo que fuera por meterse entre sus piernas y segundo, que si cualquier chico lo hacía, la llamarían guarra. Había que saber contenerse y mantener la reputación: no dejar que ningún cayo fuera por ahí diciendo que le echó mano a las bragas, o todos los imbéciles de primero pensarían que era una tía fácil. Hay que parecer intocable, aunque si el tío está bueno y te paga unos chupitos, puedes dejarle que se divierta un poco. Después de todo, no va una a dejar que se desperdicie un culo así. Pero que se lo curren, que te traten como a una reina.
Pensando esto, Sandra permanecía embobada y ni siquiera prestaba atención a la ruta que seguía el coche. Cuando vio la zona en la que estaban se empezó a poner nerviosa y le preguntó a Marcos a dónde iban. Él contestó que a un sitio donde pudieran estar solos.
-¿Por qué no me llevas mejor al cine? Seguro que ponen algo que mole.
-Nah, el cine es un rollo. Mejor nos quedamos en el coche, aquí podemos hablar tranquilamente y escuchar un poco de música. Además, me he traido para echar unos petas.
Sandra accedió de mala gana pero no pudo evitar mirar de reojo al cielo: era tarde y en media hora empezaría a ser de noche.
Un rato después, tras fumar un poco de hachís que, la verdad, estaba bastante seco, Sandra empezó a notarse ya algo fumada y eso le preocupó, porque tampoco quería hacer ninguna tontería y tenía que mantener a raya a Marcos, que desde hacía un rato ponía su mano sobre su pierna aunque ella se la apartara con una sonrisa. Al final se enrollaron. Después de todo, no besaba mal el chaval.
Ya era de noche y la farola más cercana estaba bastante lejos. Marcos había subido ya las manos de su pierna a su cintura y dentro de poco empezaría a tocarle los pechos. Estaba claro que el cabrón se había buscado un sitio íntimo. "Oye, creo que deberías llevarme ya a casa, mañana tengo clase y no quiero que mis padres me echen la bronca". Él la miró como si ella estuviera bromeando y le dijo que no fuera tonta, que dentro de un rato la llevaba, que no era tan tarde.
Sandra accedió a quedarse un ratillo más y se justificó a sí misma pensando que ya había hecho los deberes y que hoy su madre tenía turno de noche en el hospital y no se enteraría de nada hasta el día siguiente. Papá es fácil de torear, si le pongo cara de niña buena probablemente no dirá nada. Lo único malo era que no podía volver apestando a porro.
Seguían enrollándose y Marcos le estaba pegando un buen sobe a sus tetas, lo cual la incomodaba bastante. Con este no vuelvo a quedar, se dijo, no sé quién se ha creído que es para tratarme como a una guarra. Aun así, siguió jugueteando con su lengua y dejando que él le lamiera un poco el cuello. Al fin, Sandra pensó que ya era suficiente: quería irse ya. Marcos, que estaba totalmente excitado por lo que él consideraba los preliminares, tardó bastante en apartarse cuando ella intentó cortar.
-¿Qué pasa?
-Quiero que me lleves ya a casa.
-¿Qué dices?
-Que me lleves ya, joder, que es muy tarde.
Marcos, sorprendido, parecía empezar a comprender que la chica a la que estaba metiendo mano no quería más y se sintió decepcionado.
-¿Ya está?
-"¿Ya está?" ¿qué más quieres? No soy una guarra, joder, no me puedes tratar así.
-¿Qué dices? Pero si pensaba...
-¿Qué? ¿que soy una tía fácil? Pues te has equivocado chaval, a ver quién te crees que eres...
-No, es sólo que creía que tú también querías. El otro día en el bar no dejabas de tocarme y antes dijiste lo de las bragas y eso...
-¿Es que una no puede divertirse simplemente? A ver si te crees que el que me enrolle contigo te da derecho a manosearme. Y ahora -hizo un gesto determinante con la mano-, a casa.
Marcos se había quedado de piedra. Su cara había cambiado y ya no era sorpresa lo que se veía en sus ojos. Ahora la miraba de manera distinta: no estaba enfadado, ni decepcionado, era algo mucho más profundo que todo eso... Su mirada la estaba condenando, estaba juzgándola. Era una mirada de desprecio:
-No eres más que una calientapoyas. Te mola subirte a los coches de los tíos, ponerlos cachondos y luego nada, ¿no? Ahora te llevo a casa, no te preocupes.
Marcos encendió el motor y las luces y el descampado se iluminó delante de ellos. El coche salió a la carretera que había al final y Marcos apagó la radio irritado, dejando a Sandra a solas con su vergüenza. Ella creía haberle escuchado mascullar algo así como "puta niñata", pero tampoco estaba segura. Una pregunta le golpeaba ahora constantemente en la cabeza: "¿y ahora qué van a decir de mí en el insti?" Parecía que al final Sandra había calculado mal y había dado una imagen de chica sexualmente dispuesta, cosa que no era en realidad. O sea que ahora iba a ser el hazmerreír de todo el instituto: todas las tías la señalarían y tacharían de estrecha, a pesar de que ellas habrían hecho lo mismo. Lo harían simplemente por reírse de ella, por bajarle los humos. Iba a ser un linchamiento social: se quedaría con la fama y luego todos se acordarían de Sandra, la tía esa que iba de pibón y sólo era una calientapoyas. Y antes de eso le esperaban otros tres años de clase en el instituto, que sería un infierno, y eso sólo si no resultaba que en la universidad había alguien que la conociera. En ese caso iba a estar marcada de por vida. No podía permitirlo, tenía que hacer algo.
Marcos conducía con un cabreo de la hostia, estaba deseando dejar a la puta niñata en su barrio y olvidarse del tema. "Me molestan las bragas", había dicho la muy zorra. ¿Y se suponía que eso no significaba nada? No me jodas...
-Marcos.
La miró irritado.
-¿Qué?
-Para el coche.
-¿Por qué? ¿Dónde? No me jodas, ¿ahora qué quieres, no ves que vamos por la carretera?
-Salte por ahí, como yendo a la uni.
Marcos suspiró, pegó un acelerón y entró en la zona universitaria preguntándose por qué coño no la mandaba a tomar por culo y la dejaba en su puta casa. Aparcó junto a unos setos bastante altos, miró a Sandra y le dijo "y ahora qué".
Sandra, en silencio, mantenía los ojos en el suelo. Se giró despació, siempre mirando hacia abajo, y muy lentamente se inclinó y le abrió la bragueta a Marcos. Con cuidado le sacó la poya y la sujetó: estaba un poco pringosa, con el capullo medio fuera. Marcos tragó saliva y Sandra empezó a masturbarlo muy despacio, subiendo y bajando la mano mientras lo besaba en la boca. Marcos suspiraba y acariciaba con su mano el pelo de Sandra. Después empezó a hacer un poco de presión y, al no notar demasiada resistencia, dirigió la cara de Sandra hacia abajo. Sus labios rodearon su pene y él cerró los ojos.
.... .... .... .... .... ....
Al día siguiente, Sandra fue muy avergonzada al instituto: no debía haberlo hecho, aunque fuera por mantener su reputación. Ahora se sentía sucia, no le había gustado nada. Menuda mierda, ahora tendré que cruzármelo por los pasillos y me mirará sabiendo lo que pasó. Me odio. Soy más tonta...
Así llegó Sandra al insti, subió las escaleras y saludó a unas chicas de su clase. Dejó su mochila en el respaldo de la silla y se fue al baño. Se estaba lavando las manos cuando una chica de la clase de al lado -era la hermana de Marcos- apareció detrás de ella en el espejo:
-Espero que te laves bien con jabón, no sea que te huelan las manos a poya.
A Sandra le entró pánico:
-¿Qué dices?
-Digo que ayer mi hermano me dijo que eras mazo de guarra y que le hiciste una paja.
Sandra se puso colorada:
-¿Pero qué dices? Eso se lo ha inventado.
-¿Sí? Pues no es lo que él dice, y los de mi clase te vieron ayer meneando el culo por el parque como una puta barata. Dicen que te montaste en el coche como una guarra.
-Pueden decir lo que quieran, me da igual: yo sé que es mentira.
-Seguro -la chica empezó a pavonearse mientras salía al pasillo y decía en voy muy alta-, no te preocupes: ya se ha encargado mi hermano de decirles a todos que la chupas bien, puede que a partir de ahora te ganes una pasta chupándole el rabo a los de bachillerato. Parece que se lo han ido contando unos a otros por el Messenger.
Sandra salió detrás de ella al pasillo y trató de hacer que se callara, pero venían ya los profesores y no hizo falta:
-Venga, las dos a clase -dijo el de Matemáticas, que esperó a que Sandra entrara en el aula.
Al entrar, esta vio cómo todos la miraban riéndose de ella: todos lo sabían. Sólo el profesor ignoraba esta incómoda situación. Sandra se sentó en su mesa y al ir a sacar sus cosas vio que en su mesa ponía: "eres una zorra". Cuando las chicas vieron su cara al leerlo se empezaron a reír en voz alta. El profesor mandó callar y Sandra empezó a llorar en silencio, antes de salir corriendo al baño.
-¿Qué te pasa, Sandra? -y luego a la clase- ¿le pasa algo?
Miryam, con una sonrisa enorme, aclaró la situación al profesor:
-Le habrá sentado mal algo que ha comido.
Y todos se rieron otra vez. Eran risas afiladas como cuchillas, preparadas para un auténtico linchamiento.
Una bella mañana
Me paso la lengua por los dientes. Noto un fuerte sabor a sangre en los incisivos superiores. La piel de mi cara está hinchada y siento como si llevara una aguja clavada en cada poro.
El sudor corre por mi frente y percibo el olor salado o ácido de mi piel.
Miro hacia arriba y veo el maletero de un coche y el capó de otro. Los veo desde abajo porque estoy tirado en el suelo, con uno a cada lado. Intento darme la vuelta y mis costillas se resienten. Mi mirada se pierde en una mancha de pis seco que rodea la rueda más cercana a mi cabeza.
Tengo el pie encajado de alguna manera contra el bordillo y al intentar moverlo me cago de dolor, así que al final desisto: la postura no es tan incómoda, siempre puedo esperar a que muevan el coche. O podría quedarme aquí, da igual.
Empieza a entrarme sueño, me noto agotado y mis párpados echan el cierre.
De hecho, aquí se está bastante bien.
El sudor corre por mi frente y percibo el olor salado o ácido de mi piel.
Miro hacia arriba y veo el maletero de un coche y el capó de otro. Los veo desde abajo porque estoy tirado en el suelo, con uno a cada lado. Intento darme la vuelta y mis costillas se resienten. Mi mirada se pierde en una mancha de pis seco que rodea la rueda más cercana a mi cabeza.
Tengo el pie encajado de alguna manera contra el bordillo y al intentar moverlo me cago de dolor, así que al final desisto: la postura no es tan incómoda, siempre puedo esperar a que muevan el coche. O podría quedarme aquí, da igual.
Empieza a entrarme sueño, me noto agotado y mis párpados echan el cierre.
De hecho, aquí se está bastante bien.
sábado, 29 de septiembre de 2007
Fly Away
Lo siento por todo mi cuerpo. Como una lengua ardiente. Es la radiación. Traspasa mi piel y llega hasta los huesos, se clava en mí como una bala en un tablón de madera. Y me mata por dentro. Noto cómo empieza a pudrir mi cuerpo. La corrupción. Podredumbre. Sonrío con dientes amarillentos y la saliva espesa de mi boca me cae sobre el pecho. Ya da igual, porque me estoy muriendo y no voy a andarme con escrúpulos. Vomito algo verde y mis ojos se clavan como cuchillas en el público. ¿Os gusta esto, cabrones? ¿Queréis más?
Sé que soy sólo un espectáculo, que mi vida no vale nada. No desde que maté a esos críos. Se reían de mí, yo lo sabía. Estaban al otro lado de la calle. No me arrepiento. Se reían sin parar y supe que yo era el motivo. Ahora ya no se reirán de nadie más. Crucé la calle y los maté. Al menos a un par, el resto consiguió huir. A uno le abrí la cabeza contra la pared. Debían de tener dieciséis años. La flor de la vida. Y un huevo.
Y ahora aquí estoy. Me están ejecutando. Ni silla eléctrica, ni inyecciones ni hostias: con radiación. Mitad ejecución mitad espectáculo. Probablemente siempre ha sido así. Y yo aquí, notando cómo mis órganos internos explotan y sabiendo que me lo merezco.
Menuda mierda...
sábado, 22 de septiembre de 2007
Ron ron ron sin la botella de ron
-No hay amigos, tío.
-No los hay.
-Crees que sí, pero no. Te engañas.
-Te dices: esta gente me apoya, son mis amigos.
-Intentas pensar que es cierto, lo necesitas.
-Pero no te sirve.
-No.
-Al final siempre acabas quedándote tirado.
-Y lo peor es la gente en la que confías.
-Si es que realmente confías en alguien.
-Sabes que no: ni en ti mismo.
-Cuando te quedas solo es cuando te das cuenta.
-Cuando piensas que esto es a lo que has llegado y te preguntas por qué.
-Pero sabes que en el fondo da igual: dentro de poco todos muertos.
-Y nadie se acordará.
-Exacto.
-Que le den.
-Que nos den a todos: pensaré en mí mismo.
-Mejor no pensaré en nada.
-En nada.
-Joder...
Esto es lo que oí anoche. Lo iba diciendo un borracho que se acercaba andando solo por la calle. Mis amigos y yo lo vimos pasar y nos reimos en silencio de él, porque hablaba solo. Estábamos bebiendo en la calle y el hombre apareció murmurando todo esto y desapareció. Nosotros nos miramos y nos echamos unas risas alcohólicas.
Sabíamos que eso a nosotros nunca nos pasaría.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
un gran escritor
Conocí a un tipo que por cada línea que escribía se hacía un corte en la piel.
Todo su cuerpo estaba marcado por heridas y cicatrices.
Las chicas lo detestaban, hasta las que disfrutaban de su poesía.
Resultaba mucho más fácil conocer lo que escribía que conocerlo a él.
Una vez lo vi en un bar con un bloc de notas: apuntó algo y se cortó con una navaja.
Lo echaron, pero yo pensé que era un ser admirable.
Me acerqué y le pregunté por qué hacía eso, qué sentido tenía ese ritual.
Me contestó:
A uno tiene que dolerle lo que escribe, porque escribir es un crimen.
Y se alejó con los hombros encogidos, envuelto en un aura de misterio.
Desde entonces, por cada corte que me hago afeitándome, escribo una línea.
Todo su cuerpo estaba marcado por heridas y cicatrices.
Las chicas lo detestaban, hasta las que disfrutaban de su poesía.
Resultaba mucho más fácil conocer lo que escribía que conocerlo a él.
Una vez lo vi en un bar con un bloc de notas: apuntó algo y se cortó con una navaja.
Lo echaron, pero yo pensé que era un ser admirable.
Me acerqué y le pregunté por qué hacía eso, qué sentido tenía ese ritual.
Me contestó:
A uno tiene que dolerle lo que escribe, porque escribir es un crimen.
Y se alejó con los hombros encogidos, envuelto en un aura de misterio.
Desde entonces, por cada corte que me hago afeitándome, escribo una línea.
domingo, 16 de septiembre de 2007
Nueva vida
Llevo dos horas asomado al balcón.
Todo comenzó cuando mi corazón se desmoronó y fumar ya no servía de nada: no podía matarme tan rápido como yo deseaba, no podía calmar los latidos en mi pecho. Entonces salí al balcón y empecé a pensar.
Llevo dos horas asomado al balcón y hace por lo menos media que está lloviendo. Empapado por fuera y sangrando por dentro, me duelen los nudillos de apretar el hierro oxidado de la barandilla.
"Jamás pensé que esto sería así", me decía a mí mismo al colgar el teléfono. "¿Qué le ha pasado a mi vida? ¿En qué la he convertido?"
Tiemblo de frío, o al menos eso es lo que me digo para tranquilizarme. Noto en la espalda el calor que se escapa por la ventana. La calefacción. Ojalá pudiera expulsar el frío que tengo dentro.
Pronto.
Cuando ella llamó me dije a mí mismo que todo iba a mejorar: "Pronto saldrás de esta situación y todo irá mejor." Qué ingenuo. Debería de haberlo sospechado y haberme quedado en la cama. Sabía, algo interior me lo decía, que hoy no debía moverme de la cama, que tenía que huir de este día como fuera. No debería haber hecho caso al timbre del teléfono, pero era un sonido tan desagradable... Como los gritos de un bebé enfermo. Tenía que interrumpir ese ruido o me volvería loco.
Y ahora aquí estoy. Ya nunca me volveré loco. No tendré tiempo.
Noto cómo las lágrimas caen por mi rostro siguiendo el mismo recorrido que las gotas de lluvia. Todo va hacia abajo hoy. Miro por encima de la barandilla: ocho plantas hacia abajo. Aprieto más el hierro empapado.
"Esto es a lo que has llegado, chaval, lo has estropeado todo."
Y eso es lo último que digo en esta vida, antes de saltar.
Y salto.
Salto y caigo, con mayor o menor fortuna, sobre una pila de libros que tengo tirada junto a la ventana. Ya no importa pisarlos, se acabó. Abro un cajón, cojo las llaves del coche y bajo a la calle. Empapado, me siento en el asiento del coche y presiento que esto es lo mejor que puedo hacer: abandonar esta vida.
------------------------------------------------------------------------
Después de haber conducido ocho horas sin parar, estoy en la frontera con Francia. No sé exactamente cuándo la he pasado, pero de repente todas las señales estaban en francés. Paro en una gasolinera para repostar y aprovecho y me compro un sandwich. La chica que me atiende es bastante guapa. Cuando me da las vueltas, le digo gracias.
-Gracias.
Son las primeras palabras de mi nueva vida. ¿Qué significan? No lo sé, pero en cuanto las pronuncio empiezo a sentir como un calor en el pecho, empiezo a relajarme y a estar más tranquilo.
"Cojo el coche y desaparezco. Nunca nadie sabrá nada más de mí. Así tiene que ser: empezaré una nueva vida."
Me siento en el coche con la puerta abierta y dejo que unas gotas de agua me humedezcan el pelo. Me acaricio la cara, contento de estar vivo, y me marcho.
El golpe de la puerta suena como un cuerpo contra el suelo.
Y me marcho
Todo comenzó cuando mi corazón se desmoronó y fumar ya no servía de nada: no podía matarme tan rápido como yo deseaba, no podía calmar los latidos en mi pecho. Entonces salí al balcón y empecé a pensar.
Llevo dos horas asomado al balcón y hace por lo menos media que está lloviendo. Empapado por fuera y sangrando por dentro, me duelen los nudillos de apretar el hierro oxidado de la barandilla.
"Jamás pensé que esto sería así", me decía a mí mismo al colgar el teléfono. "¿Qué le ha pasado a mi vida? ¿En qué la he convertido?"
Tiemblo de frío, o al menos eso es lo que me digo para tranquilizarme. Noto en la espalda el calor que se escapa por la ventana. La calefacción. Ojalá pudiera expulsar el frío que tengo dentro.
Pronto.
Cuando ella llamó me dije a mí mismo que todo iba a mejorar: "Pronto saldrás de esta situación y todo irá mejor." Qué ingenuo. Debería de haberlo sospechado y haberme quedado en la cama. Sabía, algo interior me lo decía, que hoy no debía moverme de la cama, que tenía que huir de este día como fuera. No debería haber hecho caso al timbre del teléfono, pero era un sonido tan desagradable... Como los gritos de un bebé enfermo. Tenía que interrumpir ese ruido o me volvería loco.
Y ahora aquí estoy. Ya nunca me volveré loco. No tendré tiempo.
Noto cómo las lágrimas caen por mi rostro siguiendo el mismo recorrido que las gotas de lluvia. Todo va hacia abajo hoy. Miro por encima de la barandilla: ocho plantas hacia abajo. Aprieto más el hierro empapado.
"Esto es a lo que has llegado, chaval, lo has estropeado todo."
Y eso es lo último que digo en esta vida, antes de saltar.
Y salto.
Salto y caigo, con mayor o menor fortuna, sobre una pila de libros que tengo tirada junto a la ventana. Ya no importa pisarlos, se acabó. Abro un cajón, cojo las llaves del coche y bajo a la calle. Empapado, me siento en el asiento del coche y presiento que esto es lo mejor que puedo hacer: abandonar esta vida.
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Después de haber conducido ocho horas sin parar, estoy en la frontera con Francia. No sé exactamente cuándo la he pasado, pero de repente todas las señales estaban en francés. Paro en una gasolinera para repostar y aprovecho y me compro un sandwich. La chica que me atiende es bastante guapa. Cuando me da las vueltas, le digo gracias.
-Gracias.
Son las primeras palabras de mi nueva vida. ¿Qué significan? No lo sé, pero en cuanto las pronuncio empiezo a sentir como un calor en el pecho, empiezo a relajarme y a estar más tranquilo.
"Cojo el coche y desaparezco. Nunca nadie sabrá nada más de mí. Así tiene que ser: empezaré una nueva vida."
Me siento en el coche con la puerta abierta y dejo que unas gotas de agua me humedezcan el pelo. Me acaricio la cara, contento de estar vivo, y me marcho.
El golpe de la puerta suena como un cuerpo contra el suelo.
Y me marcho
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